Hipatia (Carta a Alejandro Amenábar)

Hipatia (Carta a Alejandro Amenábar)

José I. González Faus. La Vanguardia. Querido Alejandro: quisiera hablar de tu película Agora. Antes del estreno te oí decir que no era una película contra la religión sino contra la intolerancia. Luego me aseguran que has dicho que todas las religiones son intolerantes. Agora ha suscitado algunas reacciones dolidas, y otras fundamentalistas que no han declarado una “sharia” contra ti (como contra S. Rusdie), pero te tachan de falso y embustero.

No me parece falsa tu película: la imagen es ambigua por sí misma, y no generaliza como la palabra: es el espectador quien hace la generalización. Pero me parece sesgado el letrero final, que, más allá de la ambigüedad de la imagen, sugiere una tesis de aplauso de la Iglesia a las arbitrariedades de Cirilo. Pero las canonizaciones no eran entonces un proceso centralizado como ahora, sino más bien exaltaciones de héroes locales, manchadas casi siempre de nacionalismo.

Lo principal que quiero decirte es que la intolerancia no es un veneno propio y exclusivo de las religiones, sino de todos nosotros los seres humanos, que luego echamos mano de nuestras convicciones (religiosas o ateas) para alimentar ese veneno. Las religiones intentan todas desactivar ese veneno: el hinduismo con su relativismo, el budismo con la convicción de que toda la realidad es una pura ilusión a la que nuestro deseo da más entidad de la que tiene, el cristianismo con enseñanzas como la del perdón y “presentar la otra mejilla”, el judaísmo, a pesar de su tendencia exclusivista, con la observación del profeta Jeremías de que no hay nada mas perverso y retorcido que el corazón humano… En buena parte, las religiones han fracaso en ese empeño, y un personaje de tu película reconoce que “he sido perdonado pero me siento incapaz de perdonar”; exacto.

Pero también ha fracasado ahí la razón humana (o la filosofía de Hipatia): en nombre de la Razón se llegó al jacobinismo. El filósofo Leibnitz (tan optimista por otro lado) escribía que: “si la geometría se opusiera a nuestras pasiones e intereses actuales como lo hace la ética, poco faltaría para negarla y violentarla a pesar de las demostraciones de Euclides”. Y el platonismo de Hipatia justificó la esclavitud alegando que todos los hombres no participan por igual de la razón (y ya sabrás que no todos lo señores romanos trataban a sus esclavos como Hipatia en tu película).

Fue el cristianismo quien promulgó que todos los hombres somos iguales y hermanos “en la carne y en el Señor” (S. Pablo). Pero la intolerancia anida en lo más profundo del corazón humano. A veces con cierta razón aparente: pues no es fácil mantener la fidelidad plena a las propias convicciones cuando faltan apoyos exteriores (aprender eso, sin caer en un diletantismo fácil y cómodo es la gran tarea del crecimiento humano). Pero creo -contra la clásica definición de Aristóteles- que el hombre no es un “animal racional” sino un animal que racionaliza sus pulsiones. El físico Sajarov decía que “la intolerancia es la angustia de no tener razón”: una angustia no explícita (eso sería ya neurosis) sino tácita, no reconocida ni confesada. Y que brota de nuestra gran necesidad de identidad plena y total, y de que nuestra identidad no es sólo individual sino también social. A pesar de todo eso, creo que hay que estimar y trabajar al máximo tanto la razón como la religiosidad humana.

El veneno de la intolerancia está en que quien se cree tolerante, suele volverse intolerante contra los intolerantes; con lo cual entra en su mismo juego. Pregúntate si eso te ha ocurrido a ti, o si tu maestra Hipatia habría hecho una película como la tuya. Lo segundo lo dudo, lo otro no puedo juzgarlo yo, pues caería en eso que tanto nos gusta a los humanos: hacer juicios de intenciones.

La pendiente para esa intolerancia es atender sólo a un lado de la realidad y olvidar el otro. Cristianos eran los que quemaron (no la biblioteca de Alejandría sino) lo que quedaba de ella en el Serapeum; pero cristianos eran también los que copiaron y transmitieron a la humanidad toda la literatura griega y latina, sin pensar que debían dedicarse a copiar sólo los textos bíblicos. Cristiano fue Cirilo de Alejandría; pero cristiano era también el historiador Sócrates que, en su historia eclesiástica da una breve semblanza muy elogiosa de Hipatia y concluye que su muerte “fue causa de oprobio para el patriarca Cirilo y la iglesia de Alejandría, porque ese tipo de peleas son ajenas a lo cristiano”. Un historiador de la Iglesia escribió (a propósito de la conducta de Cirilo con Nestorio): “Cirilo será santo, pero no puede decirse que lo sean todas sus obras”. Y parece que lo que estaba debajo de su intolerancia no era su fe, sino un afán de poder político que quería encumbrar Alejandría por encima de Antioquía y de Constantinopla (ya un predecesor de Cirilo maniobró en la deposición y destierro de san Juan Crisóstomo).

Ambos, tú increyente y yo creyente, podemos quedarnos con una lección de tu película, sugerida por la historia paralela de las investigaciones astronómicas de Hipatia: ambos hemos de estar dispuestos a poner en juego nuestras convicciones (en el caso de Hipatia que el círculo es la figura perfecta), si éstas no se ajustan a los hechos, los cuales muestran que la elipse (con sus dos focos y no con un centro único como el círculo) es la figura que explica las maravillas del cielo. Siento no poder alargarme más. Un abrazo.- José Ignacio González Faus.

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