De esos polvos estos lodos

Santi Torres. El caso de la activista saharaui Aminatou Haidar puede abordarse desde muchos puntos de vista. Uno de ellos, y en el cual ya aviso no entraré, es el de la utilización de la huelga de hambre como arma de presión política. Contrariamente a aquellos que ven en esta actuación una resistencia de carácter pacífico, a mi me quedan muchas dudas sobre el carácter pacífico de una medida que supone de hecho una extrema violencia, al menos sobre la propia vida.

Más allá, sin embargo, de la percepción de la acción está el hecho de la justificación de su uso en casos donde la situación personal o colectiva está sometida a una injusticia tan flagrante y desesperada que la persona llega a la conclusión de que este es el único camino para atraer la atención de la opinión pública y los gobiernos. Y son, ciertamente, muchos los indicios que en el caso de Haidar y del pueblo saharaui la situación ya ha llegado a unos niveles de represión absolutamente insostenibles.

Esta insostenibilidad tiene en buena parte su raíz en la política exterior española desplegada durante los últimos años en relación con Marruecos. Esta política ha estado absolutamente  condicionada al tratamiento que desde los años 2004-2005 se está haciendo del fenómeno de la inmigración. Toda esta política se ha dirigido exclusivamente a conseguir a través de diversos medios, con una clara implicación de la UE, una externalización de la frontera sur. Esta frontera que antes se situaba frente a las vallas de Ceuta y Melilla, o de la costa andaluza y canaria se sitúa ahora más abajo en los países del Magreb, entre ellos Marruecos como elemento estratégico esencial. Marruecos, por tanto, ya no es sólo un estado vecino, si no que es país-frontera de España y de la UE. A este papel hay que sumarle también la cuestión del terrorismo islámico y el carácter de aliado estratégico que la Monarquía alauí tiene para la mayoría de potencias occidentales entre ellas los EUA.

Seguridad e inmigración son, pues, la cartas que ha sabido jugar Marruecos. Ellos realizan el trabajo sucio, con un estado policial como se corresponde a un estado-frontera no democrático, y nosotros cerramos los ojos. Si aprovechando esta situación se ha incrementado la presión sobre el pueblo saharaui y se ha perdido toda esperanza sobre la celebración de un referéndum limpio y democrático sobre el futuro del Sáhara Occidental, nosotros cerramos los ojos.  No hay que extrañarse pues, que ante la tímida protesta española haya llovido inmediatamente la amenaza por parte del gobierno marroquí pronunciando las dos palabras “mágicas”: seguridad e inmigración.

Puestos a expresar deseos, uno pediría a Haidar que no sacrifique su vida de este modo, ya que la necesitan tanto su familia como su pueblo. Pero uno entiende que las alternativas en una situación tan enrocada como esta no son muchas, si exceptuamos las de venderse al plato de lentejas de una nacionalidad española ofrecida de forma desesperada o la arbitraria solución entre “reyes hermanos”. Haría falta, sin embargo, que a partir de este caso hubiese una revisión sobre la manera como se ha llevado la política exterior española los últimos años en relación a la externalización de fronteras y también en relación a casos como los del pueblo saharaui. Pero para eso haría falta también, una opinión pública informada y democrática, plenamente consciente de lo que suponen los derechos de las personas y de los pueblos.

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