¿Cultura del esfuerzo?

Veus. Josep M. Lozano. Últimamente se ha convertido en un tópico reclamar el retorno de la cultura del esfuerzo. Ha alcanzado la categoría de lo políticamente correcto con tal celeridad, que parece que se ha convertido en condición necesaria para resolver muchos de los problemas que nos acucian. Especialmente en lo que se refiere a la actitud de los jóvenes ante el trabajo y la educación. Hasta el punto que no hay dirigente político o empresarial que se precie que últimamente no lo incorpore a su cualquier programa de cambios o de reformas que quiera emprender.

Lamento no compartir tanta unanimidad. Entiendo lo que se quiere plantear con la apología nostálgica de dicha cultura del esfuerzo. Pero me asaltan muchos interrogantes. El primero, el uso y abuso del término cultura. Ya imagino que con ello se quiere aludir a un problema generalizado, que ha penetrado por todos los intersticios de las actitudes personales. Pero llamarle cultura a eso me parece excesivo y desproporcionado. Puede que mi resistencia sea producto de mis recuerdos (¿o debería decir de mi cultura de la memoria?). Años atrás, en las épocas gloriosas de Mario Conde, ya se puso de moda hablar de la cultura del pelotazo (sic). Siempre me pregunté por qué le llamaban cultura a aquello, sinceramente, pero estuvimos hablando de la cultura del pelotazo durante bastantes años sin ningún rubor. Y si aquello era cultura, es obvio que ya cualquier cosa puede serlo. Volveré sobre ello.

En la reivindicación de la cultura del esfuerzo se concentra un diagnóstico y una terapia: en la escuela y en el trabajo predomina una actitud cómoda y acomodaticia, que va a lo fácil y vive instalada en el inmediatismo, y que es incapaz de posponer cualquier gratificación o satisfacción en aras de algo –probable pero incierto- que pueda acontecer en el futuro como consecuencia de nuestros actos o decisiones de hoy. Para gentes acostumbradas a vivir a un google o a un click de casi todo, que consideran que tener abiertas cuatro o cinco pantallas simultáneamente no les genera ningún problema de atención, y que han sustituido el tomar apuntes por la transmisión de mensajes breves en tiempo real a través de sus redes virtuales a propósito de lo que (les) está ocurriendo, que alguien se escandalice por su déficit de cultura del esfuerzo se asemeja al escándalo de los misioneros cuando constataban con pavor que los miembros de las tribus indígenas a las que “descubrían” iban casi desnudos por la vida. Yo mismo, que me relaciono profesionalmente con personas hechas y derechas, con varios años de carrera profesional, descubro cada año entre los trabajos que me presentan a unos cuantos copiados literalmente de cualquier informe con sólo teclear al azar alguna frase del trabajo en el buscador (y eso es sólo lo que descubro…). Hablando con sinceridad: que esto ocurra, ¿retrata sólo a su autor o, en cierto modo, también me retrata a mi?. ¿Será Microsoft con su “cortar y pegar” el culpable de la pérdida de la cultura del esfuerzo? Si es así, quien nunca haya cortado y pegado que tire la primera piedra (virtual, por supuesto).

Que tenemos un problema, parece evidente. Que la solución sea reivindicar una supuesta cultura del esfuerzo, ya no me lo parece tanto. De entrada, diría que el esfuerzo es un valor, y no propiamente una cultura. Es más, si es un valor, lo es en el marco de una determinada cultura, que le da sentido… o no. Por eso tengo muchas dudas sobre la reivindicación pura y simple del esfuerzo. Y, sobre todo, sobre la reivindicación del esfuerzo por sí mismo. Más aún: me temo que la reivindicación del esfuerzo como tal, y al margen de todo contexto, no sea a menudo más que una exhibición de impotencia y paternalismo por parte de quien lo reclama. Como no consigue que los demás (sean estudiantes o trabajadores) lleven a cabo de manera diligente y efectiva las tareas que les asigna, espera que una inyección de cultura del esfuerzo transformará la molicie en alegre actividad. Incluso, ante determinadas reivindicaciones del esfuerzo, me pregunto si lo que se añora es el esfuerzo o la obediencia.

No tengo nada contra la necesidad de valorar positivamente el esfuerzo, al contrario. Lo que digo es que la simple reivindicación de la supuesta cultura del esfuerzo esconde el auténtico debate: ¿esforzarse, para qué? El lenguaje cotidiano nos lo dice a las claras, aunque no reparemos en él: hablamos de lo que vale la pena. Dicho con otras palabras, no podemos reivindicar el esfuerzo sin clarificar que es lo que merece nuestro esfuerzo. Sin deliberar sobre qué es aquello valioso que merece nuestro esfuerzo. Me temo que se utiliza a menudo la reivindicación de la cultura del esfuerzo para escamotear el debate sobre qué es lo que vale la pena, sea en lo educativo, sea en lo laboral. No tengo la cita a mano, pero creo recordar que en la granja animal de Orwell una de las claves del dominio de los cerdos era que conseguían que el caballo se convenciera de que tenía que esforzarse más.

¿Tenemos proyectos empresariales, políticos, educativos, sociales, que merezcan nuestro esfuerzo? ¿Que nos movilicen y nos impliquen desde lo más hondo de nuestro ser? ¿Que nos abran horizontes y nos hagan aspirar a más y a ser mejores? ¿Forman parte del universo mediático y de los personajes de referencia perfiles ejemplares que dinamicen nuestras energías por connaturalidad con ellos? ¿Qué tipo de trayectorias vitales merecen hoy nuestro reconocimiento público y privado? ¿Cuáles son los incentivos que diseminan nuestras instituciones y organizaciones, y qué valor tiene lo que incentivan? ¿A qué aspira cada uno de nosotros cuando se proyecta a si mismo hacia el futuro? ¿Qué conexión vital establecemos cada uno de nosotros entre lo que hacemos hoy y un escenario de futuro posible o previsible… caso que resulte creíble que existe dicha conexión? ¿A quién se referiría hoy Machado si repitiera su tan citado “todo necio confunde valor y precio”? ¿Da igual si el esfuerzo nos hace más necios o más sabios?

No tengo nada en contra del valor del esfuerzo, lo repito. Pero ninguna cultura del esfuerzo sustituirá el déficit energético que provoca que la respuesta a muchas de las preguntas anteriores sea el vacío de un vulgar “no sabe, no contesta”.

Y sin respuesta a estas preguntas, ¿vale la pena el esfuerzo?

www.josepmlozano.cat

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