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¿De espaldas al pueblo?

Los nostálgicos de una Iglesia de cristiandad, de aquella de la misa en latín y de espaldas al pueblo, de luengos rezos y severas admoniciones, andan intentando digerir el nuevo Motu proprio del papa Francisco, Traditionis custodes, por el que limita y pone fecha de caducidad a la irregularidad que permitió Juan Pablo II y amplió Benedicto XVI. El primero, permitiendo que la vida de la fe del pueblo, la Lex orandi, pudiera vivirse fuera de la comunión de la Iglesia universal celebrando mediante el rito previo al Concilio Vaticano II, con la cautela de que fuera el obispo quien lo otorgara en su diócesis. Benedicto XVI fue un paso más allá y otorgó la potestad a cualquier sacerdote, de esta manera, cualquier grupúsculo que no aceptara el Vaticano II, podía seguir celebrando sus ritos y permanecer dentro de la Iglesia católica.

El papa pone fin a esta irregularidad volviendo a atribuir la potestad al obispo, signo visible de la unidad de la Iglesia local. Pero, lo más importante, es que obliga al obispo a asegurarse de que quienes soliciten celebrar según el rito preconciliar no lo hacen contra el Vaticano II, por eso deberá «comprobar que estos grupos no excluyan la validez y la legitimidad de la reforma litúrgica, de los dictados del Concilio Vaticano II y del Magisterio de los Sumos Pontífices». Esto implica que no pueden ser grupúsculos cismáticos que añoran un mundo que solo existe en sus febriles mentes. Para conseguir erradicar este mal eclesial, el papa se reserva la autorización de los nuevos sacerdotes. Si bien el obispo puede designar a sacerdotes concretos para esas celebraciones, la aprobación para los neopresbíteros queda reservada a la Santa Sede. La intención clara es dejar que la biología haga su trabajo y estos grupos sectarios desaparezcan poco a poco, sin hacer ruido.

Este paso era necesario en el proceso que nos lleva a una nueva Iglesia, verdaderamente sinodal, en comunión con la tradición que nació de las primeras comunidades y en sintonía con el Evangelio. Se hacía imprescindible abrogar los permisos concedidos a los cismáticos ultramontanos para mandar la señal clara de que la Iglesia está en la línea del Concilio Vaticano II y que no hay vuelta atrás posible. Deben perder toda esperanza los que apuestan por una involución eclesial tras el conclave que deba elegir al sucesor de Francisco. La Iglesia ha puesto rumbo definitivo a encontrarse consigo misma, abandonando formas que solo la conducen a la muerte en vida, porque somos un pueblo que camina, peregrino con el resto de la humanidad hacia un mundo de misericordia y justicia. Los que anhelan las misas de espaldas al pueblo dan la espalda, en realidad, al mundo y a Dios mismo, que quiso hacerse uno con los sufrimientos de los pobres y oprimidos. La Iglesia ama cuanto verdaderamente es humano, pues en la profundidad de lo humano se encuentra lo divino.

[Imagen extraída de Vida Nueva Digital]

¿Vale la pena?

Paseo por mi ciudad y encuentro el cartel de una conocida cadena de gimnasios que me invita a entrar con el siguiente mensaje: «Si no cuesta, no vale la pena». Entre tantas otras imágenes que recibo a lo largo del día, inicialmente me pasa desapercibida, pero luego pienso y me pregunto: ¿de verdad si no cuesta, no vale la pena?

En Occidente vivimos en unas sociedades en que se carga sobre los hombros del individuo la responsabilidad de ser el mejor, tener el cuerpo más esbelto o musculado, la carrera más brillante, el coche más lujoso, no errar nunca, no tener ningún defecto…, y por el camino se van quedando millones y millones de personas que no resisten tanta presión absurda y deshumanizadora.

Esta exageración de la responsabilidad puramente individual (creer que todo depende sólo de mí) tuvo un precursor hace muchos siglos en la tradición cristiana en Pelagio. Para resumir mucho, él insistía, polemizando con Agustín de Hipona, en que la vida no es un don de Dios sino una conquista humana. A lo largo de los más de dos mil años de historia, el pelagianismo ha asomado la cabeza y está presente todavía en no pocos planteamientos de algunos grupos e iniciativas religiosas. Sorprende, no obstante, que una sociedad tan secularizada como la nuestra tome también esta senda y que el reclamo para apuntarte a un gimnasio (y gastar un dinero que quizás podrías utilizar mejor para alguna otra cosa) sea un mensaje tan crudo: sólo lo que cuesta vale la pena.

Ignacio de Loyola, de quien estamos celebrando los 500 años de su conversión, vivió muchos años de su vida atrapado en esa trampa, primero como cortesano y posteriormente en su primera etapa de seguimiento de Jesús de Nazaret. Él quería hacer más extravagancias que los santos, él quería ser más, darlo todo…, siempre imperceptiblemente invadido por un yo hinchado que acaba ocupando todo el espacio. Quizás el momento de transformación decisiva para Ignacio fue en Manresa, cuando aún haciendo las penitencias más exageradas y los ayunos más estrictos, no encontraba la paz y hasta pensó en suicidarse. Todo un caballero cargado de honor y de méritos dio un grito desesperado y admitió que, si era necesario, seguiría a un insignificante perrito a fin de encontrar el sendero de la liberación de tanta responsabilidad autoimpuesta. Viviendo entre los pobres y como un pobre pudo entregarse plenamente. Ignacio reconoció finalmente que se trataba no de controlar, ni de hacer, sino de abandonarse radicalmente y confiar en que la salvación/sanación no se podía producir ni fabricar, pues era un don y un regalo totalmente inmerecido que se le ofrecían incondicionalmente.

Cierto que muchas cosas en la vida requieren de nosotros dedicación, entrega, tenacidad y perseverancia. Pero uno puede vivir todo esto no como una conquista, sino como una humilde contribución a algo que me sobrepasa y que está vivo desde el nosotros, en definitiva, a una corriente de vida que fue, es y será antes que yo.

De vez en cuando, y quizás hoy más urgentemente que nunca, necesitamos recordar que hay infinidad de cosas que no cuestan nada de nada y que sí valen la pena: contemplar una puesta de sol, recibir una caricia antes de ir a dormir, pasar una tarde con el abuelo que ya empieza a desvariar, sentir la pasión compartida en una asamblea de barrio para tratar de apoyar a los más vulnerables…

Celebrémoslo, agradezcamos esto y dejemos atrás el espejismo de intentar alcanzar por voluntarismo una imagen irreal de nosotros que no existe. Ignacio salió adelante y los momentos históricos que le tocó vivir no fueron menos convulsos que los nuestros.

[Artículo original publicado en catalán en Pregària.cat/Imagen de FelixMittermeier en Pixabay]

Leyendo a Jeremías

“En verdad hoy te envío al mundo como si fueras una plaza fuerte,
una columna de hierro, un muro de bronce;
te envío a los soberanos, a los poderosos, a los jefes religiosos,
al pueblo entero.
Te harán la guerra, pero no prevalecerán,
porque yo estoy contigo para ampararte, te doy mi Palabra.”

Profecía de Jeremías, cap. I, vers. 18-19

El encargo de Yavé a Jeremías está expresando una llamada muy fuerte. Una llamada a ser arrojado a la existencia con un propósito preconcebido. O sea, está expresando una vocación. No es la descripción de una elección de esas que alguien puede tomar en su vida, entre una buena opción u otra mejor. Aquí no hay elección. Porque, ¿quién elegiría ser como una plaza fuerte frente a los poderes establecidos? Nadie, ni aun en medio de la locura. Así que el mensaje trata de una vocación. La vocación no se elige. Solamente se descubre. Y se puede ser fiel a ella o no.

¿Qué conlleva esta vocación? La vocación tiene un elemento dialéctico y confrontativo. Al trascender la metáfora de la ciudadela militar al terreno de la dialéctica, son las palabras, el mensaje, la voz, los que son fuertes, sólidos, férreos. Como toda verdadera dialéctica, en la vocación hay una confrontación con lo otro percibido como mensaje engañoso, inauténtico, desviado, tramposo.

Desde este punto de vista dialéctico, la vocación es luz y lucidez, la vocación revela y desvela. Por eso no se elige, deviene ella misma para ser acogida.

El contenido de esta confrontación se realiza en un resistir. Es sostener la confrontación. Sostener el ser de lo escondido, de lo ocultado, de lo olvidado, lo descartado, lo desechado. Sostener a Dios mismo, quizá. Todo aquello que es lo verdaderamente otro, lo opuesto a las promesas hegemónicas de felicidad puestas en el poder, el prestigio y la riqueza.

Esta vocación no cae en el victimismo. Esta vocación no envía “como cordero en medio de lobos” y ya está. Quien es llamado no es un kamikaze, un peón suicida. No hay sacrificio, holocausto o hecatombe. Esta vocación es para la vida, para vivir, aunque durante la confrontación y la dialéctica se consuma la vida.

La plaza fuerte esconde un rincón sencillo, una calleja sin salida seguramente, que representa también el lugar del cultivo y el alimento de la resistencia. Un lugar que es mi hogar y que sostiene. Que está aquí mas no es de ese otro mundo. La plaza fuerte íntima en que soy, vivo, pienso y amo. Donde y cuando recupero el aliento, el sostén. La calleja en la sombra en donde reposo con los míos, con mi gente, con quien me acompaña incansablemente en la vocación.

La vocación es difícil a menudo, después de todo. Sostener y sostenerse en la dialéctica es una tarea para toda la vida, para siempre. A largo plazo. Sin embargo, la vocación no es solo mía, ni siquiera solitaria. Es individual, tal vez, aunque no exclusiva. La vocación no ensimisma, ni aísla. La vocación requiere alianza y comunidad.

Lo más difícil de admitir es aquello por lo que resulta irrenunciable la vocación una vez descubierta: que implica la capacidad del profeta. “Eres capaz, te doy mi Palabra.” Entonces, no hay discusión posible.

[Imagen de 愚木混株 Cdd20 en Pixabay]

Xavi Casanovas y Jaume Flaquer: «Será necesario que CJ siga aportando una palabra de sentido»

En el equipo de Cristianisme i Justícia (CJ) llevamos meses previendo este momento, pero las despedidas nunca son fáciles, y aunque Xavi Casanovas y Jaume Flaquer (director y director adjunto salientes) van a seguir vinculados al área social y teológica del centro, respectivamente, en el día a día les vamos a echar de menos…

Por ello, queríamos cederles la palabra y desearles buena suerte en sus nuevas andaduras, charlando con ellos sobre aquello que se llevan en la mochila a nivel personal y profesional de estos años de intenso trabajo y también, ahora que ya pueden empezar a tomar cierta distancia y perspectiva, qué retos vislumbran para Cristianisme i Justícia en el horizonte.

  • ¿Qué os lleváis de vuestra experiencia de todos estos años en Cristianisme i Justícia?

Xavi (X): Las personas, siempre las personas. Cristianisme i Justícia cuenta con un equipo de casi 100 personas que colaboran desinteresadamente aportando su pensamiento, su inquietud por el diálogo fe-justicia, y poder trabajar con ellas, compartir el entusiasmo de la misión, pensar el mundo con ellas y la palabra adecuada en cada situación y realidad, con pasión, compromiso y auténtica gratuidad, esto ha sido un gran regalo.

Jaume (J): Me llevo toda la línea teológica que hemos ido desarrollando en el seminario interno y en la revista Selecciones de Teología. Además de dirigir, he aprendido muchísimo trabajando junto a teólogos que ponen al Sufriente y al Marginado en el corazón de una teología encarnada. Me voy también impresionado y agradecido por la calidad humana del equipo de trabajadores/as y voluntarios/as.

  • ¿Qué os hubiera gustado llevar a cabo y no lo habéis podido hacer?

X: ¡Hemos hecho muchas cosas estos años! Y estoy especialmente orgulloso de la renovación generacional, de la actualización en las temáticas y de la valoración que la gente hace de nuestro trabajo. Pero es verdad que hemos vivido años muy convulsos a nivel político y social, y creo que saberse situar y acertar en cómo responder en estos momentos es muy difícil y en ocasiones no hemos acertado.

J: Me hubiera gustado haber podido involucrar a más teólogos y teólogas de otros lugares de España y de Latinoamérica en el equipo. Tenemos las puertas abiertas.

  • ¿Qué retos creéis que plantea la realidad social y eclesial a la tarea futura del centro?

X: Cuando entré en CJ como trabajador, en 2010, estábamos inmersos en una crisis socioeconómica derivada de la crisis financiera de la que no hemos levantado cabeza; es más, nuevos eventos y recaídas han ido haciendo más cruda y dura la realidad, polarizando nuestra sociedad. Creo que el sistema económico capitalista y la actual democracia que lo sustenta están en clara crisis desde hace muchos años y que vamos dando palos de ciego sin encontrar vectores de cambio acertados ni desencadenadores de estos cambios. Al tiempo que críticos y proféticos en la denuncia, nosotros siempre hemos estado atentos a la novedad -a aquel inédito viable- que es semilla de esperanza para un futuro de cambio. Creo que este será el reto del pensamiento del centro para los próximos años: tener una palabra que mueva a una acción esperanzadora y al tiempo realmente transformadora de la realidad, sin hacerse ilusiones, pero tampoco cayendo en el derrotismo de quien ve los grandes retos (cambio climático, shock pandémico, desigualdad global) como imposibles. No es nada fácil, pero será necesario que CJ siga aportando una palabra de sentido ante tales retos.

J: Nosotros hacemos una reflexión que mira siempre la realidad desde los ojos de la fe. La realidad siempre cambiante exige una mirada constante. Este mundo nuestro plantea a menudo retos urgentes no previstos, como la pandemia, que se sobreponen a otros conocidos inaplazables como la cuestión del cambio climático, las migraciones, la desigualdad de las mujeres… Cristianisme i Justícia continuará haciendo un gran servicio si es capaz de analizar globalmente todos estos retos mostrando la interrelación entre todos ellos. Por otra parte, a pesar de la buena noticia que es tener el Francisco como obispo de Roma, existe una cierta extrema derecha que busca alianzas con grupos eclesiales que ven este pontificado como un paréntesis (en el mejor de los casos) o, incluso, como una desviación de la verdad católica inmutable. En este panorama CJ puede ser un oasis para la fe de muchos creyentes.

  • ¿Algún logro o recuerdo especial que queráis destacar?

X: Hay muchos. Las jornadas fe-justicia, celebradas bianualmente con más de 100 participantes de diferentes lugares, han sido momentos muy especiales donde revivir la misión fe-justicia y actualizarla, para mí momentos realmente bonitos y simbólicos. Pero, tal vez, si hay algo que con el tiempo sé que recordaré es haber tenido la oportunidad de invitar en lecciones inaugurales y ver pasar por CJ todos estos años a personas como Boaventura de Sousa Santos, Monseñor Agrelo, Jon Sobrino, Yayo Herrero, Jorge Riechman…, y tantos otros referentes nacionales e internacionales del pensamiento teológico y social. Y yo he tenido el honor de presentarlos en nuestro salón de actos. Un auténtico privilegio.

J: Me quedo con la experiencia de ver llegar los donativos a finales de año, uno tras otro, en un goteo constante, que es casi una riada, hasta llegar a unos 10.000. Me impresiona la cantidad de gente con la que compartimos la misma visión de la sociedad y de la iglesia que queremos construir, y que tanta gente responda positivamente a la gratuidad del envío de los cuadernos.

[Fotografía de Pau Cuadern]

¿Anticristo?

Ese es el título de la última obra de Nietzsche de la cual comienzo citando varios párrafos:

Al cristianismo se lo llama religión de la compasión. La compasión es antitética de los efectos tonificantes que elevan la energía del sentimiento vital… La compasión obstaculiza la ley de la evolución, que es la ley de la selección… Conserva lo que ya está maduro para perecer, opone resistencia para favorecer a los desheredados y condenados de la vida… Ese instinto depresivo y contagioso obstaculiza aquellos instintos que tienden a la conservación y a la elevación del valor de la vida” (7). 

Formulación perfecta de una experiencia: la energía de la vida, que tiende a la selección y elimina lo débil. Sigamos:

“En otro tiempo (Dios) representó la fortaleza de un pueblo, todas las tendencias de agresión y de sed de poder nacidas en el alma de un pueblo: ahora es ya meramente el Dios bueno… Los dioses, o son la voluntad de poder –y mientras tanto serán dioses de un pueblo- o son la impotencia de poder; y entonces se vuelven necesariamente buenos” (16).

“La divinidad de la decadencia, castrada de sus virtudes e instintos más viriles” (17).

Dios, ¿poder o bondad? Más allá de todas las elucubraciones estériles sobre dualidad y no dualidad, este es el verdadero dilema sobre la identidad de Dios y nuestra posible evolución en su conocimiento, conforme lo humano crece y nos vamos dando cuenta de que los “enfermos” son también humanos y hermanos nuestros. Aquí es donde tropieza Nietzsche:

“El concepto cristiano de Dios -Dios como Dios de los enfermos-… es uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra” (18).

“Las fuertes razas de la Europa nórdica… tendrían que haber acabado con semejante enfermizo y decrépito engendro de la decadencia” (19). 

Nietzsche (al revés que Wagner) nunca fue antisemita. Pero, ¿quién le iba a decir que esas “razas fuertes” acabarían convirtiendo su país en un inmenso campo de concentración, para acabar con todo eso “débil” y “enfermizo”? ¿Qué habría dicho de Auschwitz la fina sensibilidad estética de Nietzsche? Pero él no llegó a conocer ese escándalo y tropezó solo con este otro escándalo:

El miedo al dolor no puede acabar de otro modo que en una religión del amor” (30)

“La comunión, ese concepto del que la Iglesia ha abusado tan perversamente como de todo lo judío” (32).

“El cristiano no opone resistencia, ni con palabras ni con el corazón, a quien es malvado con él. No establece ninguna diferencia entre extranjeros y nativos… No se encoleriza con nadie ni menosprecia a nadie” (33).

Este último párrafo resulta ser o la máxima crítica o la mayor alabanza posible al cristianismo. Por eso es significativo que los subtítulos posibles que se barajaban para para esa obra eran o “Maldición del cristianismo” o “Transmutación de todos los valores”. Eso es, efectivamente, lo que está en juego en estas reflexiones.

No hay que quitar su valor a esa experiencia espontánea e instintiva de la vida como autoafirmación y plenitud, con la desvalorización de todo lo débil y enfermizo. Nótese cuántas veces el primer texto citados habla de “instinto”. La voluntad de poder es, en definitiva, una voluntad o afirmación instintiva del ser. Lo sorprendente, lo inesperado, es que esa afirmación de la vida vaya a terminar en tragedia (como creo que intuyó bien María Zambrano y veremos más tarde) o en crueldad

Por eso, no se pueden leer esos ataques con ira ni sintiéndose agredido sino, más bien, con un hondo respeto por el dolor de aquel hombre, que le llevó hasta la locura. Qué pena que la viuda de Wagner (Cósima) destruyera antes de morir todas las cartas que Nietzsche le había enviado (sí se conservan las que ella le escribió a él). 

Por supuesto, puede haber una compasión fraudulenta que solo parece buscar la propia justificación y la tranquilidad de conciencia. Pero Nietzsche debió saber que no es esa la compasión del cristianismo y que (remontándonos al origen griego de la palabra), com-pasión significa lo mismo que sim-patía: sentir con el otro. 

Porque, para forzar todavía más la paradoja, fue precisamente un acto de compasión lo que hizo brotar la locura en Nietzsche. Y ni siquiera compasión ante una persona débil, sino ante un animal: un caballo golpeado por su cochero. Aunque seguramente Nietzsche diría que no fue un acto de compasión sino un sentimiento estético. Pero reconocería así que hay más belleza en la compasión que en la crueldad.

También es significativo que lo que más ayudó a Nietzsche enfermo fue la compasión de un cristiano: su fiel amigo, el pastor protestante F. Overbeck, que no dejó de visitarle y salvó los manuscritos de la obra para su publicación. Pues hoy resulta muy útil enfrentarse ante ese dilema instintivo, tan serio y aparentemente cierto: compasión o vida; que pone de relieve la crueldad de la vida y el escándalo del cristianismo.

Eso capacitará para una auténtica decisión creyente desde la trayectoria y la enseñanza de Jesús de Nazaret: la solidaridad como camino a la Vida (aunque la solidaridad pueda implicar una muerte que resultará ser solo aparente).

¡Qué profundas resultan aquí las palabras de Jesús! Quien quiere salvar su vida la pierde, y el que entrega su vida la salva (cf. Mc 8, 35).

[Imagen de WikiImages en Pixabay]

El Misterio, las mujeres y la cocina

[A mí profesor Ángel Fco. Méndez de la Ibero, a las Carmelitas de Tulpetlac; y a las Patronas de Amatlán. Con cariño, respeto y admiración.]

«El Reino de los cielos es semejante a la levadura
que una mujer tomó y escondió
en tres medidas de harina hasta
que todo quedó fermentado.»

(Lc 13, 21)

Alguien hace poco, no recuerdo quién, desatinó comentando que la mujer ha sido históricamente relegada a la cocina como una forma de sometimiento impidiendo con ello que se desarrollen en diversos campos del saber.

En esa conversación también se afirmaba, contrariamente, que hay mujeres que han aportado de modo significativo en la teología, la eco-espiritualidad y en estudios bíblicos entre otros espacios. El comentario desatinado fue que esa persona «no imaginaba a Santa Teresa (de Ávila) en la cocina» dado su enorme bagaje teológico y espiritual. Pero justo la Santa pensaba distinto y elaboró frases muy conocidas como: “también entre pucheros anda el Señor” (Libro de las Fundaciones).

Y es que este afán binario y maniqueo de ver un mundo sacro y otro profano, no termina de disolverse.

Una monja española, con sensatez y simplicidad explicaba que esa frase Teresa de Jesús “la decía porque al hacer las cosas tenemos que hacerlas mirando solamente al hermano, al que no tiene que comer y a Dios”.

Hay un camino espiritual y místico en Teresa de Ávila, que pasa por lo cotidiano, al cual no renuncia para «elevarse» con su teología y mística. Ese camino está también en la cocina.

La cocina es lugar de encuentro, comunidad y manifestación. En la selección de los ingredientes para elaborar la comida y la bebida, su preparación y mixtura, podemos encontrar también al Misterio, porque la comida y su elaboración son ante todo experiencia de don y de vida compartida.

En la reflexión teológica y en la praxis de la fe hay ejemplos de mujeres que han hecho de la cocina, no el lugar de sometimiento y exclusión, sino de resistencia y de experiencia comunitaria de Dios. Cito dos de ellas, en contexos absolutamente distintos: Sor Juana Inés de la Cruz y el grupo de mujeres solidarias que dan de comer a los migrantes en un pueblito de Veracruz, México, Las Patronas. Por cierto, con éstas últimas he preparado tamales hablando de Dios y pensando en el prójimo, gran experiencia mística.

La Décima musa, por su parte, elaboró una profunda filosofía y teología de la cocina y la comida, su gastronómica. Formuló, más por agudeza que por resignación, frases tan contundentes como «para fogones, mujeres» contenida en su Carta a Sor Filotea, aludiendo al calor y fuego de la cocina, pero sin duda también al saber que ilumina.

Ella misma, Sor Juana, afirmó, con esa sabiduría del saber y del sabor: «(…) pero señora, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.» Seguramente para Juana de Asbaje la cocina fue, junto a los libros y el servicio comunitario, una experiencia fundante, una revelación.

Esto también lo han entendido algunos hombres. Pascual Bailón aderezaba sus guisados con rítmicas danzas y oración, porque sabía que la vida conventual y comunitaria tiene que ver con el pan que es espiritual y material. Patrono de los Congresos eucarísticos, franciscano y de vida simple, Pascual Bailón promovió la fraternidad y la alegría que parten de una buena comida.

Y es que todos estos ejemplos ayudan a entender que las mujeres, y algunos hombres también, encuentran al Misterio a partir de su corporalidad y en la cotidianidad del comer y el beber, lo que se hace posibilidad y realidad a partir de la cocina.

El papa Francisco en medio de esta pandemia reconocía el genio de las mujeres en la cocina:»Pienso en la gente, sobre todo las mujeres, que multiplican el pan en las cocinas de la comunidad cocinando un delicioso guiso para cientos de niños con dos cebollas y un paquete de arroz», seguramente haciendo un rico recalentado del primer libro de Reyes en el que una mujer viuda comparte su último resguardo de harina y lo come hecho pan con su hijo y el profeta Elías.

Cada guisado de una madre o una mujer cuidadora en las periferias de cualquier ciudad del mundo, es una apuesta por hacer presente al Misterio que es amor, ternura y cuidado, y es una muestra de que entre ollas y pucheros anda el buen Dios.

¡Provecho!

[Imagen de Samuel Narciso en Pixabay]

Mérito

Al terminar la final de la Copa de la Reina de fútbol, una de las futbolistas del Barça fue entrevistada por una periodista sobre cómo había llegado la victoria, y respondió, entre otras cosas, «nos lo merecíamos». Afirmación apasionada y comprensible, pero… ¿justa? ¿Cómo se puede saber si se la merecían más las jugadoras del Barça que las del Levante?

En este sentido, he leído con mucho interés el libro de Michael Sandel, La tiranía del mérito. Sandel, profesor de ética y política en la Universidad de Harvard, explica que muchos de los que votan a Donald Trump en EE.UU. son ciudadanos blancos sin un título universitario, que han perdido su empleo o han reducido sus salarios debido a la competencia que empresas globales han hecho a las empresas estadounidenses en que trabajaban. Pero además de haber perdido riqueza, se  han sentido humillados como perdedores de la globalización.

En efecto, los profesionales con títulos universitarios, que han conseguido ganar salarios y riqueza con la economía global, han humillado a estos perdedores repitiéndoles que son responsables de su fracaso en el mercado laboral. Que se han de esforzar por «reinventarse» y «formarse mejor»… Sandel opina que, en realidad, son la economía y la sociedad estadounidenses las que deben reinventarse: a fin de permitir una vida económicamente viable y un reconocimiento a todo ciudadano, independientemente de si sube o baja en la escala social. Es esencial que se valoren socialmente los trabajos que hacen los no universitarios: al fin y al cabo, un maestro de escuela o un trabajador sanitario contribuye más al bien común que un gran empresario de casinos de juego.

En todo caso, la razón, que dan los ganadores (profesionales con títulos universitarios) para justificar sus salarios y su desprecio, es que ellos han llegado arriba por méritos propios. Sin embargo, Sandel constata que los sistemas de acceso a las universidades de élite de EE.UU. se hacen muchas trampas que distorsionan el mérito. Además, afirma que el mérito es un espejismo, un autoengaño, una distorsión de la realidad. De hecho, quienes defienden que tienen una posición económica y social por su propio mérito

  1. subestiman su talento natural y todo lo que su familia les ha dado para que desarrollen este talento;
  2. y sobrevaloran el esfuerzo personal que han hecho: gente que se esfuerza tanto o más que ellos llega a ganar menos dinero. (¡Tal vez las jugadoras del Levante corrieron más que las del Barça!)

Por otra parte, Sandel constata que los que confían en el (propio) mérito, son gente que vive estresada por seguir siendo reconocidos y seguir subiendo en la sociedad. Son ganadores heridos que hieren a los perdedores responsabilizándolos de ser perdedores.

El mérito es, pues, un espejismo, un autoengaño que me hiere y hiere a los demás. Una tiranía que se combate con gratitud y humildad.

¿Cómo podemos dejar de engañarnos desplegando humildad y gratitud?

De entrada, debo valorar bien mi talento natural: lo que he recibido de la familia, y lo que he recibido del país donde he nacido (¿qué sería yo, si hubiera nacido con grandes talentos en la familia más pobre del país más pobre del mundo?). No tengo ningún mérito por haberlo recibido.

Incluso el carácter que tengo, y que me ha permitido esforzarme, lo he forjado gracias a la contribución de mis padres, maestros, monitores/monitoras, hermanos u otros referentes que me han motivado.

Finalmente, hay mucha parte de azar que explica los éxitos de los «ganadores de la sociedad». Sandel pone el ejemplo de un jugador exitoso de baloncesto la NBA: si por azar hubiera nacido en el siglo XVI, sus habilidades y sus esfuerzos de jugador baloncesto no le habrían servido para enriquecerse y tener reconocimiento social como ganador.

Y si la realidad es esta, entonces tengo que vivir la vida con una profunda y radical gratitud; hacer florecer mis talentos; trabajar para que todos puedan hacer florecer los suyos; y poner los frutos de mis talentos al servicio de aquellos y aquellas que han tenido menos suerte que yo.

En cuanto a mi relación con los demás, mejor suprimir toda referencia al mérito. En cambio, es bueno admirar la grandeza de las acciones de cualquier persona que procura hacer bien las cosas en unas circunstancias de talento, carácter y azar, que son siempre únicas y, por tanto, incomparables.

[Imagen de PDPics en Pixabay]

El Sur sigue existiendo

En medio de graves crisis, el Sur sigue existiendo, o, resistiendo. Porque como escribía Mario Benedetti y cantaba Joan Manuel Serrat: “Con su esperanza dura, el Sur también existe”.

La pandemia de la covid no ha provocado la actual crisis global, la ha desvelado y acelerado, eso sin duda. Por tanto hablamos de poli-crisis, en una situación que se perfila como endemia (que llegó para quedarse) y de sindemia, puesto que son muchos los hilos entre los cuales se entrelaza la crisis sanitaria.

En ese marco global, América Latina y el Caribe, lleva millones de contagios de covid-19 y decenas de miles de fallecidos, pero ¿cuántos por hambre y violencia?, ¿cuántos por causas muy ligadas a las crisis sanitaria y socioeconómica? Un país tan pequeño como Uruguay, en el 2020, fue noticia por el buen manejo sanitario y el escaso número de infectados; en tanto este año, 2021, por estar en el primer lugar en el promedio de contagios y fallecidos.

Por otra parte, las crisis políticas y los estallidos sociales en esta región también son noticia, ya sea desde Brasil, Perú, Chile o Bolivia, sin contar las situaciones de países más al norte como Colombia y México, ni los sucesos recientes de Haití. Los retrocesos en materia de derechos son notorios en nuestros países. No obstante, en algunos casos hay caminos que se van abriendo, como es el caso de la nueva Asamblea Constituyente en Chile.

Pero me voy a centrar en un hecho que anima a la esperanza contra toda esperanza, parafraseando a San Pablo, en mi país, Uruguay. Es tan pequeño, entre dos grandes colosos como son Argentina y Brasil, tanto en territorio como en densidad de población, que solemos llamarlo con cariño “el paisito”. Este paisito tuvo quince años de gobiernos “progresistas”, con presidentes que se han dado a conocer en Europa como Tabaré Vázquez y José (Pepe) Mujica. A fines del 2019 las elecciones nacionales las ganó una coalición conservadora, que asumió el 1° de marzo del 2020, pocos días antes de decretarse el “estado de emergencia sanitaria”.

Dicha emergencia, con su capacidad de desvelar las otras crisis, nos encontró con un nuevo Gobierno, con orientaciones opuestas a las que nos habíamos acostumbrado por quince años, que algunos errores, y el propio desgaste acumulado por el Frente Amplio, lo llevó a perder por 37.042 votos. Así como lo leen, la coalición ganadora, con el lema Partido Nacional, obtuvo 1.189.313, en tanto que el Frente Amplio obtuvo 1.152.271, votos válidos; en porcentajes hubo un 50,79 %, contra 49,21 %. Si doy estas cifras y porcentajes, que pueden verificar fácilmente, es para que se note palmariamente la escasa diferencia y que este país está, como lamentablemente casi todos, dividido en mitades.

Con este escaso margen de votos, era de esperarse un Gobierno con atención, o por lo menos respeto, a la otra mitad del país, más aún en una situación de emergencia sanitaria global. Pues no fue así. El Gobierno se ha manejado desde su instalación como si hubiese ganado por una gran diferencia y tuviese amplio margen para imponer su modelo político y económico. En su defensa se podría decir que está cumpliendo con lo prometido en campaña, un giro total.

En este contexto, contexto de pandemia, desconcierto e incertidumbre general, en un país paralizado por temor al virus, tal como se había anunciado en campaña electoral, se elevó al Parlamento la llamada “Ley de Urgente Consideración” (LUC). Por ser tal, tenía un plazo muy breve para su consideración en las cámaras. Cumplido el mismo, a cuatro meses de instalado el Gobierno, el 9 de julio del 2020, fue aprobada por el Senado de la República la Ley N° 19.889 con 476 artículos. Obviamente el plazo y las circunstancias no permitieron un amplio debate público, ni el estudio detallado por parte de los legisladores, ni hubo posibilidad de grandes modificaciones al texto original, si bien algunos artículos no fueron votados.

Esta Ley, en su conjunto, implica consolidar en forma legal el rechazo a los avances en materia de derechos logrados durante los gobiernos de izquierda, lo cual significó un duro golpe, no sólo a los políticos de esa línea, sino fundamentalmente a las clases más vulnerables y a la población en general. Con la LUC se pierden garantías a todo nivel: desde lo laboral a la seguridad en materia jurídica y de Derechos Humanos, pasando por la seguridad económica y de asociación para la defensa de los mismos. Ante la implantación de esta Ley, muchos -en  medio de la pandemia y la crisis económica desatada- se resignaron y bajaron los brazos sintiéndose derrotados e impotentes.

La buena noticia que os quiero comentar, es que no todo el país bajó los brazos, algunos decidieron dar batalla, legal, por supuesto. La Constitución de la República Oriental del Uruguay, posibilita el recurso de promover un referéndum en el cual los ciudadanos, mediante elecciones nacionales, puedan refrendar o inhabilitar una ley aprobada por el Poder Legislativo y promulgada por el Ejecutivo. Para llegar al referéndum es necesario que la ciudadanía se organice, se instale una “Comisión Nacional Pro-Referéndum” a fin de obtener el 25% de firmas de ciudadanos habilitados a votar.

Recuperadas tímidamente las fuerzas, tras la aprobación de la LUC, en primer lugar, la Central Nacional de Trabajadores (PIT-CNT) junto con otras organizaciones sociales, y luego dirigentes del Frente Amplio, se fueron sumando, hasta dar forma al planteo para impugnar 135 artículos. Así, el 29 de diciembre del 2020 se lanza la “Campaña Pro-Referéndum”, que debía recoger 672.000  firmas antes del 9 de julio, es decir antes del año de aprobada la ley.

La recogida de firmas no fue nada fácil, no se podían hacer actos ni marchas, ni estaban permitidas las concentraciones públicas, ya que en el 2021 sí nos tocó una fuerte ola del virus, pero además porque el país estaba desmovilizado. La campaña fue lenta y parecía condenada al fracaso, casi a la vergüenza, y, sin embargo, ¡este paisito es una caja de sorpresas!

El sur sigue existiendo y resistiendo. En los últimos quince días faltaban aún miles de firmas y allí se produjo el milagro, como en esos minutos finales de un muy difícil partido de fútbol: los uruguayos lejos de achicarse, se levantaron dispuestos a “sudar la camiseta” hasta el final. El 8 de julio se entregaron a la Corte Electoral 797.261 papeletas firmadas y hubo fiesta, mucha fiesta durante muchas horas. Como en Caná de Galilea, el mejor vino se sirvió al final.

A la Corte Electoral le compete verificar una a una y aprobar las firmas, muchas se pueden anular por distintas razones, pero difícilmente se anulen 120.000 firmas, por tanto es muy probable que, cumplidos los requisitos y plazos legales, haya Referéndum el próximo año.

Este sur, al que le cantaron Mario Benedetti y Joan Manuel Serrat, este sur en pequeñísimo que es Uruguay, que parecía adormilado y vencido, se ha puesto en pie y ha dicho que quiere que sean todos los ciudadanos los que decidan si esos 135 artículos, los cuestionados por más peligrosos, seguirán vigentes o no. La campaña será seguramente muy dura, con argumentos y contraargumentos, con el papel de los medios de comunicación jugando seguramente de un lado y todo lo que ya sabemos, pero lo que celebramos es este ponerse en pie de la ciudadanía y salir paso a paso del sepulcro, desatándose las vendas, cual Lázaro al grito de Jesús.

Eso fue lo que vimos en el último mes, más aún, en los últimos diez días: en cada esquina una mesita con papeletas para firmar. Empezaron a recoger las firmas a principio de año algunos militantes y trabajadores convencidos; luego salieron los más veteranos, hombres y mujeres con canas, gafas y sus viejos sueños rotos; al final los jóvenes con su impulso. En los días de julio familias enteras ya no sólo se sentaban a esperar pacientemente las firmas, sino que caminaban por las calles preguntando a todos si deseaban firmar y explicaban -como podían o sabían- las razones. Fue cuerpo a cuerpo, y a contrarreloj, porque el Gobierno negó a la Comisión Pro-Referéndum tanto el pedido de extensión del plazo como la presentación de los argumentos por Cadena de Prensa.

Cuerpo a cuerpo, con tapabocas, claro, mano a mano, alma a alma, se fue logrando esta hazaña de casi 800.000 firmas en un país de poco más de 2.600.000 habilitados para votar. De hecho, luego de entregadas las mismas y en medio de los festejos había gente que seguía firmando o queriendo firmar, aunque ya no sirvieran, como gesto de adhesión. “Podrían haberse decidido antes” -pensé-, pero así como muchos judíos creyeron en Jesús y fueron a Betania después del “milagro”, muchos uruguayos creyeron después de ver cargar y llevar en procesión las cajas azules con miles de voluntades, que era posible llegar al referéndum.

Fernando Pereira, presidente de la Central Sindical Nacional, que se confiesa cristiano en un país marcadamente laico, dijo con orgullo al entregar las firmas: “Si algo ha sobrado en esta campaña, ha sido amor”. Sí -agrego yo- amor concretado en defensa de la democracia y de la madurez ciudadana, en tiempo entregado, en paciencia, en respeto a todos. Con renacida esperanza, esa niñita de nada, al decir de Peguy, podemos recitar o cantar el final del poema El Sur también existe:

“…Pero aquí abajo, abajo
cerca de las raíces
es donde la memoria
ningún recuerdo omite
y hay quienes se desmueren
y hay quienes se desviven
y así entre todos logran
lo que era un imposible
que todo el mundo sepa
que el Sur,
que el Sur también existe”.

[Imagen extraída de LaRed21]

Siete (intentos de) tesis sobre la mística

Hace un tiempo he venido leyendo algunas obras referentes al tema de la mística. Me ha parecido un tópico muy sugerente en cuanto nos invita a evitar capturar el Misterio de lo Divino en lenguajes cerrados. La mística, a juicio de los estudiosos, nos abre la perspectiva a desarrollar un sentido lúdico, crítico, incluso amorfo[1], de entrar en la experiencia de Dios. A partir de estas lecturas, iniciales en todo el sentido de la palabra, he querido pensar y compartir siete (intentos de) tesis sobre lo que sería la mística. El paréntesis del “intentos de” no es accidental, y responde más bien al corazón mismo de la cuestión mística, a saber, el saber que no podemos capturar a Dios y que nuestro modo de acercarnos a Él siempre es (y debe ser) aproximativo, a la distancia, en la contemplación. Y, a su vez, estoy consciente que las tesis pueden ser pobres en su contenido, pero pienso que estos pensamientos sueltos, anotados su mayoría en cuadernos y hojas sueltas pueden dar alguna pista (o intento de pista) sobre este tema tan sugerente. Y, en segundo lugar, al ser tesis supone el ejercicio siguiente de proponer un contenido a las mismas tesis, trabajo que se crea y continuamente se recrea, se duda y se quiere abrazar. Algunas de las tesis ofrecen, a pie de página, algunas de las referencias bibliográficas que he podido trabajar y desde las cuales he ido proponiendo estas ideas. Pienso que la historia de los y las místicas nos invita a dejarnos interrumpir por esas experiencias originarias.

I

La mística es la conciencia de la no-posesión de Dios[2].

II

La mística es la im-posibilidad de comunicar a Dios tal cual es y es la a-respuesta a la inevitable pregunta por lo Absoluto[3].

III

La mística es comprometerse radicalmente con el mundo.

IV

La mística es la (in)capacidad de nuestros conceptos sobre lo divino y, por ello, es el parto del lenguaje simbólico como lenguaje vital y lúdico en vistas al deseo de entender-nos-le[4].

V

La mística es aprender a buscar la Fuente Originaria de la cual brota todo.

VI

La mística es aprender que el camino hacia el Misterio es eso, un camino junto a otros caminos.

VII

La mística es tener la disposición a entender que la Presencia sólo puede experimentarse desde lo aproximativo.

***

[1] Utilizo la expresión de Gershom Scholem.

[2] Federico Hölderlin lo expresa en los siguientes términos: “El dios es cercano y difícil de abarcar. Pero donde hay peligro también aumenta lo salvador. Las águilas viven en tinieblas, y los hijos de los Alpes marchan sin miedo sobre el mismo en puentes de liviana construcción” (Federico Hölderlin, Poemas (Penguín clásicos, Barcelona 2018), 453).

[3] Pienso en lo dicho por el poeta argentino Juan Gelman: «Tal es el misterio de la palabra humana. Procede, cualquiera sea la lengua, del mismo vuelo entre la oscuridad y la luz y así las consubstancia: es oscura su luz, clara su oscuridad, con cada lengua, cada grupo humano abrió una boca para que el vuelo sea posible y compruebe a cada instante su lentitud, y cómo se desangra y lo que hay que trabajar” (Juan Gelman, Fulgor de aire (Lom, Santiago de Chile 2007), 159-160)

[4] Juan Martín Velasco insiste en este aspecto de la creación de nuevos lenguajes. Sostiene este autor: “pero esa lucha agotadora de los místicos con las palabras no comporta el naufragio del lenguaje. Al contrario, libera fuerzas creadoras que generan un lenguaje nuevo, despiertan sus capacidades expresivas y llevan al límite el poder significativo de las palabras mediante lo que J. Baruzzi llamaba “transmutaciones operadas en el interior de los vocablos tomados del lenguaje normal”. Tales transmutaciones se logran por medio de toda clase de recursos: adjetivos, prefijos, superlativos, signos de admiración, etcétera” (Juan Martín Velasco, “El fenómeno místico en la historia y en la actualidad”, en VVAA, La experiencia mística: estudio interdisciplinar (Ed. Juan Martín Velasco), (Trotta, Madrid 2004), 15-49, 19).

[Imagen de Anastasia Makarevich en Pixabay]