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El 15M y el papa Francisco (I): una política desde abajo

Ahora que se acerca la efeméride del movimiento social que se produjo el 15 de mayo del 2011, más popularmente conocido como 15M, he pensado que sería interesante enlazar la memoria de esa fecha con algunos de los posicionamientos públicos expresados durante estos años por el papa Francisco. Hay dos elementos, uno temporal y el otro geográfico, que pueden ayudar a conectarlos. El primero, temporal, es el hecho de que el papa es nombrado en 2013, por tanto, con los ecos recientes de una serie de movilizaciones que se produjeron en diversos lugares sobre todo durante los años 2010-2011: la primavera árabe en el Magreb, Occupy Wall Street (en Estados Unidos), o el 15M en España entre otros. La crisis financiera de 2008 trajo una larga resaca y provocó protestas con un marcado carácter revolucionario y anticapitalista. Y el otro elemento, geográfico, el hecho que Bergoglio al ser nombrado papa se definió como venido del «fin del mundo», del Sur y por tanto con una experiencia muy viva sobre los efectos que determinadas políticas y culturas económicas neoliberales habían tenido sobre países como el suyo. Estos dos elementos confluyeron en un momento donde las movilizaciones abrieron un horizonte de esperanza y de cambio que después no llegaron a materializarse o que incluso generaron una reacción autoritaria y neoconservadora muy importante.

Hablar de un papa que apuesta por una perspectiva política desde abajo, puede llegar a parecer una paradoja. El papa en su dimensión política representa el verticalismo extremo. No en vano, hoy por hoy, el Estado Vaticano sigue siendo una (la única) «monarquía absoluta, electiva y teocrática”, y el papa está en el vértice de esta estructura de poder en calidad de jefe de Estado. Añade además a esta condición, la de cabeza de una Iglesia también vertical y jerárquica.  Esto no ha cambiado con Francisco y no se espera, de momento, que cambie. No obstante, y a pesar ello, en la manera de expresarse y en su mensaje sí que el papa ha adoptado siempre una perspectiva que aspira a romper con su posición de poder para convertirse en un líder social y religioso, en parte carismático, que busca conectar con los movimientos que se producen en la base del sistema o incluso fuera del sistema.

Su pontificado está plagado de momentos en que esto se ha evidenciado: gestos, discursos, encíclicas… Quizás haya dos momentos, muy al principio de su pontificado, donde lo formuló de una manera más clara. El discurso en Roma el 28 octubre del 2014, y el que realizó en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) el 9 de julio del 2015, durante el II encuentro mundial de los movimientos populares.

En Roma se habían reunido movimientos sociales alrededor de tres temas que el papa hizo suyos -tierra, techo y trabajo- y a los cuales añadió de su propia mano una reflexión sobre la paz y la ecología. No entraré en el detalle de sus reflexiones, pero si en el fondo de su visión que le hace exclamar en un momento determinado del discurso:

“Los movimientos populares expresan la necesidad de revitalizar nuestras democracias, tantas veces secuestradas por innumerables factores. Es imposible imaginar un futuro para la sociedad sin la participación protagónica de las grandes mayorías y ese protagonismo excede los procedimientos lógicos de la democracia formal. La perspectiva de un mundo de paz y justicia duraderas nos reclama superar el asistencialismo paternalista, nos exige crear nuevas formas de participación que incluya a los movimientos populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con este torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común”.

Este fragmento, enlaza con multitud de mensajes y pancartas que se pudieron ver en plazas y calles durante el mes de mayo del 2011. En contraste con la visión de la democracia representativa, formal y liberal-burguesa, la visión y el mensaje político de Francisco conecta inesperadamente con las bases y los perdederos de la historia a los que anima a autoorganizarse y a luchar más allá de las estructuras que configuran nuestra organización social. Su crítica que se extiende incluso a las ONGs cuando denuncia la “domesticación” de los pobres y sus causas, son ciertamente novedosas dentro de los planteamientos tradicionales de la Doctrina Social de la Iglesia. De hecho algunos autores como el teólogo brasileño Fabio Regio publicaron artículos[1] en los que destacaban el carácter rupturista del papa Francisco en contraste con las posiciones «reformistas» defendidas tradicionalmente por los pontífices en sus encíclicas sociales. Seguramente una afirmación así es demasiado atrevida, pues a la hora de las concreciones Francisco remite continuamente a sus predecesores, pero sí que es novedosa la centralidad que da a la participación política desde la base, a que ese compromiso se dirija a atacar las causas de la injusticia, aunque ello suponga una subversión del sistema, o a la hora de criminalizar el “estado actual de las cosas” calificándolo directamente de “amenaza a la humanidad”.

Meses después, en Bolivia, y de nuevo en un encuentro mundial de movimientos sociales, los exhortó a seguir con ese trabajo de transformación desde la realidad concreta, desde las necesidades concretas: “Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día…. ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino de las personas”.

Imposible no escuchar en estas palabras, citadas recientemente en la encíclica Fratelli Tutti  los ecos de las reivindicaciones presentes ahora hace 10 años en nuestras calles y plazas. Imposible no conectar esta perspectiva desde abajo y desde lo cercano, con aquello que allí se promulgaba.

Diez años después la materialización política de aquellos movimientos no deja de cosechar derrotas, inmersos en contradiccciones, cismas, egos e incapacidades. Diez años después el papa también se ha visto en cierta manera incapaz, pese a su condición de «monarca absoluto» o quizás por esa misma condición, de impregnar la estructura eclesial de esa llamada a la solidaridad desde abajo, a esa visión política que pone al excluido en el centro de las prioridades. Ciertamente han surgido en la iglesia no pocas iniciativas y algunas muy interesantes, pero la acción y pensamiento mayoritario sigue tocado por un sesgo asistencialista que dificulta una auténtica opción transformadora.

Diez años después quedan los brotes que han protagonizado algunos movimientos autoorganizados y que luchan por escapar a las dinámicas de descarte a las cuales les somete el sistema.  La Iglesia y los cristianos deberíamos estar más atentos a estos movimientos, trabajar codo con codo con ellos, ser capaces de generar otros si hace falta, si no queremos que esta democracia anémica que tenemos se nos acabe deshaciendo entre las manos. A pesar de todo el 15M sigue inspirando y, curiosamente, el papa también…

(Continuará…)

[Este artículo resume en parte la ponencia que tuve en el ciclo “Conozcamos la Fratelli Tutti” coorganizada por el Centro Loyola y la Diócesis de San Sebastián. Tenéis la ponencia completa a continuación]

***

[1] Fabio Regio Bento ‘Adeus Reformisno. Papa Francisco e a doutrina social da Igreja’, Perspectiva Teológica, v. 50, n. 3 (2018) 509-23.  La revista Selecciones de Teologia que publica Cristianisme i Justícia  lo tradujo y condensó en su número 232 de julio-septiembre de 2019, p 267-276

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

Me duele Colombia

«Me ahogo, me ahogo, me ahogo en este albañal
y me duele España en el cogollo del corazón».

(De una carta de Miguel de Unamuno a un profesor universitario español residente en Buenos Aires)

Al igual que el gran filósofo vasco, me duele Colombia, mi patria. Escribo estas páginas desde la distancia geográfica que acrecienta el dolor, desde el respeto que me merecen las víctimas que están dejando las actuales movilizaciones ciudadanas y desde el reconocimiento al trabajo de las personas que se están dejando la piel en la consecución de la paz social.

Colombia, uno de los países con mayor potencial de América Latina, vuelve a ser noticia de relevancia internacional por la situación generada como consecuencia del paro nacional convocado el pasado 28 de abril para protestar y exigir la derogatoria de la reforma fiscal presentada por el gobierno del presidente Iván Duque.

Una semana después, aunque el gobierno retiró el proyecto de la reforma fiscal, sigue habiendo manifestaciones en varias ciudades del país con los nefastos resultados que por la prensa vamos conociendo: más de 30 personas muertas en enfrentamientos con la fuerza pública, cerca de 800 personas heridas, daños cuantiosos en la infraestructura urbana y en el sistema de transporte masivo de ciudades como Cali y Bogotá, desabastecimiento de los mercados y encarecimiento de los productos básicos ocasionados por los cortes de las carreteras principales y, sobre todo, la desconfianza, el temor y la crispación que se van adueñando del alma de los colombianos que ya no resisten más.

La gota que rebosó la copa…

El paro nacional del pasado 28 de abril es la punta de un iceberg o la gota que rebosó la copa. Son ya tantas páginas de dolor y frustración las que va acumulando el pueblo colombiano que la reforma tributaria del presidente Duque fue solo un pretexto para decir “no más”.

En importantes sectores de la población se percibe una creciente frustración por el curso que ha tomado el proceso de paz con la guerrilla de las FARC. Del entusiasmo y la ilusión por ver el final de más de 60 años de enfrentamientos fratricidas, se ha pasado al estupor al ver cómo los índices de violencia no descienden y, por el contrario, aumentan sobre ciudades y campos los asesinatos de líderes sociales y de antiguos combatientes de la guerrilla.

La polarización política ha dividido familias, pueblos y comunidades. El discurso del odio y la confrontación no es inocuo. Sus palabras, lejos de llamar al diálogo y a la reconciliación, incendian y favorecen el clima de violencia que vemos con preocupación en las notas de prensa y a través de las redes sociales. Líderes políticos de uno y otro lado están detrás de este clima de crispación y, más temprano que tarde, habrán de reconocer su parte en lo que está sucediendo y ofrecer caminos alternativos de solución a los problemas acuciantes de la ciudadanía.

La pandemia ocasionada por la COVID-19 no puede dejarse al margen en este sucinto análisis pues ésta ha dejado en evidencia las enormes grietas que tiene el sistema de organización social de Colombia y de no pocos países más. Las personas fallecidas, el colapso de los servicios de salud en algunas ciudades del país, el abandono sistemático de las personas vulnerables y la falta de oportunidades para el acceso a una vida digna son solo unos cuantos indicadores de que la “normalidad” no era tan normal.

La lectura de algunos indicadores sociales puede ser útil a la hora de comprender las motivaciones para que los colombianos sigan expresando su malestar. En enero la tasa de paro ascendía al 17,3%, un 4,3% más que en diciembre de 2020.

Pero ahí no queda esta cifra. La informalidad en el país, de acuerdo con el último informe de Departamento Nacional de Estadísticas (DANE), el sistema estadístico del país latinoamericano, es del 49,2% y en marzo el desempleo ascendió al 14,2% (1,6 puntos porcentuales más comparado con el mismo mes del año pasado). Este es un indicador preocupante pues detrás de las cifras hay cientos de familias que no tienen para cubrir sus necesidades básicas.

Los indicadores de pobreza son, desafortunadamente, más dolorosos. Como resultado de la pandemia, se prevé un aumento de la pobreza de hasta el 42,5% y, de esa cifra, un 15,1% en situación de pobreza extrema. ¿Podemos imaginar que una familia pueda vivir con menos de 2€ por día?

El paro

Colombia necesita una reforma fiscal, eso no lo pongo en duda, pero no cualquier reforma y no en cualquier momento. Desde hace varios años las sucesivas reformas fiscales han dejado heridas las cuentas del Estado. Para nadie es desconocido que la reforma de 2019, que redujo las aportaciones de las grandes empresas, ha dejado en la quiebra al país lo cual ha implicado una disminución notable en la aportación presupuestal a las políticas sociales y de inclusión. Con el Estado al borde del colapso financiero, así lo expresaban los ministros del ramo poco antes del paro, el pueblo no ha visto muestras de austeridad y contención del gasto del gobierno. No han sido pocas las voces que se han levantado ante el excesivo gasto del ejecutivo y ante algunas compras previstas justo en este momento de crisis: ¿Hacen falta aviones de combate de última generación? ¿Hacen falta tantos coches blindados para los funcionaros del Estado? ¿Hace falta invertir tanto dinero en al mantenimiento de la imagen del presidente?

Con este escenario de fondo el gobierno envía a trámite parlamentario una reforma que gravaba con dureza a las personas de clase media. Dice un político colombiano que esta reforma gravaba los alimentos de los que tienen difícil acceso a ellos y los salarios de los que aún tienen trabajo. El malestar ciudadano es evidente y conduce a la convocatoria del paro del 28 de abril. Ciertamente la propuesta de reforma no pudo venir en un momento más inoportuno.

La jornada, en principio planteada como una propuesta pacífica y dentro del marco constitucional del derecho a la protesta, muy pronto cambia su deriva hacia la violencia, el vandalismo y la muerte.

La fuerza pública arremete contra los manifestantes en un exceso policial que ya ha sido denunciado por la Delegada de Derechos Humanos de las Naciones Unidas y otras instituciones y Estados. Han sido particularmente dolorosos los hechos acaecidos en Cali, Bogotá y Pereira.

Pero también algunos manifestantes, quizá azuzados por personas cuya intención es sembrar el caos y la anarquía, han recurrido al vandalismo y la barbarie que aparta de su voz la legítima protesta y sus justos reclamos. Esto, con el saldo de vidas humanas perdidas que ya hemos apuntado.

Me parece injustificable el uso de la fuerza ante personas inermes, no obstante, y con la misma radicalidad, repudio a quienes, muy probablemente, desde intereses ajenos a las marchas, han incitado a los manifestantes a la violencia. Yo ejercí el ministerio sacerdotal en La Aurora, el barrio en el que unos manifestantes prenden fuego a un centro de atención de la policía con los uniformados dentro y, podría afirmar, que no me imagino a los jóvenes que conocí allá llevando a cabo un acto tan violento y falto de humanidad y consideración.

Ya va una semana de paro. Al parecer la cordura va ganando algunos puntos, pero aún es necesario desarmar los espíritus y seguir llamando a los actores políticos a la mesa del diálogo y la reconciliación. El recurso a la violencia no conduce sino a más violencia, más dolor y, en las actuales circunstancias, a debilitar la ya frágil economía del país.

Dice la letra del himno nacional de Colombia: “Cesó la horrible noche”. Pueda ser que Colombia, este pujante país de América Latina, resurja de las cenizas y ocupe el lugar que sus gentes se merecen y la historia le ha de dar.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

Laicidad liberticida

La laicidad en Francia -aprobada en 1905- ha sido comprendida y vivida, desde la finalización de la primera guerra mundial, como “de libertad”: de culto, de asociación, de enseñanza y, por supuesto, de opinión. Sin embargo, su vigesimocuarta revisión legislativa está siendo percibida por los responsables religiosos católicos, protestantes y ortodoxos como “liberticida” o, cuando menos, promotora “de la sospecha”. Es lo que han sostenido, de manera inusualmente crítica, hace unas pocas semanas, el presidente de los obispos franceses, Éric de Moulins-Beaufor, junto con François Clavairoly, presidente de la Federación protestante de Francia y Emmanuel Adamakis, Metropolitano del patriarcado ecuménico en Francia.

Curiosamente, es una crítica con la que sintonizan, entre otros, Pierre Ouzoulias, senador comunista. Para este político, la reforma -retomada en el Senado tras su aprobación en la Asamblea Nacional- atenta contra “la conquista más bella de la revolución francesa y de la ley de 1905”: la libertad de conciencia. Por eso, no es solo un atentado contra los ciudadanos de confesión católica, además de musulmana, sino también contra todos los franceses; y, con ellos, contra él mismo. Antes de esta crítica, se han podido escuchar otras parecidas en los debates parlamentarios habidos en la Asamblea nacional. Así, por ejemplo, para Jean Luc Mélenchon, de La Francia Insumisa (LFI), se confunde el islam con el islamismo, estigmatizando a la población musulmana. Para el grupo socialista, es una “ley parlanchina” y “ayuna de coherencia”. Y, otro tanto, para los Republicanos (LR).

En el origen de esta nueva reforma se encuentra el asesinato y decapitación del profesor Samuel Paty (octubre de 2020) por mostrar a sus alumnos las caricaturas de Charlie Hebdo sobre Mahoma y el discurso del presidente Emmanuel Macron contra el “separatismo islamista”: “continuaremos en el combate por la libertad”. “Defenderemos la libertad que enseñabas tan bien y la laicidad. No renunciaremos a las caricaturas, a los dibujos, aunque otros reculen”. Desde entonces, han sido dos las iniciativas de fondo promovidas por el gobierno francés: urgir a las diferentes organizaciones musulmanas a adherirse a los valores republicanos (para atajar dicho “separatismo islamista”) mediante la firma de la correspondiente Carta, así como reformar, de nuevo, la ley de la laicidad.

Como es sabido, desde que se proclamara en el año 1905 que la república francesa “asegura la libertad de conciencia y garantiza el libre ejercicio del culto”, a la vez que “no reconoce, ni paga ni subvenciona culto alguno…” se han dado dos aplicaciones e interpretaciones de dichos principios: una, catalogada como “beligerante”, “integral”, “estricta”, “exigente”, “normal” o “a la antigua” y “excluyente” y, otra, calificada como “positiva”, “moderna” o “cooperadora” e “incluyente”. La primera, marcadamente anticlerical, restrictiva y excluyente, fue la que se impuso hasta el final de la guerra mundial de 1914-1918. La segunda, ensayada a partir de ese momento, entiende que la responsabilidad del Estado consiste en garantizar la libertad de todos los ciudadanos, facilitar el diálogo y el acuerdo, cuidar la neutralidad y no intervenir (la no injerencia) en los asuntos internos de las diferentes religiones y cosmovisiones.

Sería esta última concepción y ejercicio de la laicidad la que estaría siendo gravemente comprometida. Lo evidenciaría la presión para que los franceses de las diferentes organizaciones de confesión musulmana se adhieran a la “Carta de los principios del Islam de Francia”; una iniciativa que, de momento, solo ha servido para separarlos y enfrentarlos más, entrando, por ello, en vía muerta. E, igualmente, lo evidenciaría la crítica de los representantes de los cristianos y de algunas fuerzas políticas (también de la izquierda) a las que me he referido más arriba: a la vez que se reforma la ley de 1905, se está modificando el espíritu “creativo”, “cordial” y “abierto” que ha imperado en las diferentes reformas aprobadas hasta el presente.

Sin embargo, es una crítica contundente que no impide que creyentes y políticos reconozcan la necesidad y urgencia de combatir los matrimonios forzosos, las mutilaciones sexuales, la apología del odio y todo tipo de discriminación. Pero que tampoco les incapacita para recordar que la ley de 1905 ya prevé límites, controles y penas. Es suficiente, recuerdan los representantes de las diferentes confesiones cristianas, con reformar tales límites, aplicar los controles oportunos y adaptar las penas al tiempo actual. Si se procediera a una reforma de este calado, concluyen, los poderes públicos tendrían los medios suficientes para reaccionar ante el odio, los movimientos subversivos y contra la injerencia de Estados extranjeros en nuestro país. Y lo podrían hacer sin controlar internamente las diferentes religiones, como así puede suceder a partir de esta reforma.

La respuesta gubernativa no se ha hecho esperar. Le ha correspondido al Ministro del Interior (encargado de las relaciones con los diferentes cultos): la reforma de la ley no es “liberticida”, sino necesaria en un país en el que la libertad de culto ha evolucionado muchísimo, en particular, con la aparición del culto musulmán. No queda más remedio que afrontar el “separatismo identitario” que se oculta en el islamismo que controla las mezquitas extremistas. Como contrapartida, ha señalado, las organizaciones musulmanas que se adhieran a la “Carta de valores de la República” tendrán acceso, entre otros beneficios, a deducciones fiscales o a inmuebles públicos de manera gratuita.

Pero tampoco se ha hecho esperar la réplica: con esta reforma se sigue instalando en el espacio común una policía del pensamiento. “La laicidad, inicialmente concebida como un régimen de protección de las libertades, queda transformada en instrumento de control de conductas y creencias religiosas, en nombre de los ‘valores’ que define el Estado” (Philippe Portier). Y, con ella, la imposición de lo que algunos sociólogos tipifican como religión civil; una cosmovisión que, por cierto, empieza a tener problemas, a diferencia de no hace mucho, para ser recepcionada por la mitad de los jóvenes: según un nuevo sondeo IFOP para Licra, el 52% de los estudiantes se declaran partidarios de que, quien lo desee, pueda llevar signos religiosos ostensibles en los centros de enseñanza públicos, es decir, el doble de la población adulta. Y, por su parte, el 80% de los alumnos de confesión musulmana denuncian que las leyes sobre la laicidad discriminan al islam. Todo un aviso para navegantes.

El debate queda abierto. También entre nosotros; y, en libertad, por supuesto.

[Imagen de Bartłomiej Koc en Pixabay]

Mi(ni)sterio eclesial y mujer

La necesidad de ocuparse del “trumpirato” ha retrasado este comentario a la carta apostólica Spiritus Domini que concede a las mujeres acceso canónico a las antiguas “órdenes menores” de lectorado y acolitado.

  1. Negativos. A primera vista el documento parece decepcionante: se limita a reconocer algo que viene practicándose desde hace tiempo: ¿quién no ha visto a mujeres leer y dar la comunión en mil lugares? Eso confirmaría la opinión de que, a veces, es necesario comenzar a hacer las cosas “ilegalmente” para que un día acaben siendo legales. Lo cual es cierto siempre que seamos suficientemente sensatos y desinteresados al elegir esas transgresiones. Por ejemplo: bastantes presbíteros siguen diciendo hoy que la sangre será derramada “por vosotros y por todos”: no por muchos, como está mandado por una falsa manía lingüística de un anciano venerable (falsa porque apunta solo al texto griego, pero no parece responder al posible arameo subyacente).
  2. Positivos. No obstante, una lectura más atenta del documento sugiere que hay en él algo muy típico del modo de proceder de Francisco, que suelo describir así: él levanta una escalera y luego sube solo un peldaño. O abre una puerta y solo se asoma sin pasar al otro lado. Pero ahí quedan la escalera levantada y la puerta abierta.

En efecto: el documento comienza estableciendo el principio de que el Espíritu “concede a los miembros del pueblo de Dios los dones que permiten a cada uno contribuir, de manera diferente, a la edificación de la Iglesia y al anuncio del evangelio”. Y añade que “hay que profundizar doctrinalmente en este tema para que responda… a las necesidades del pueblo de Dios”.

Efectivamente: las llamadas “órdenes menores” las creó la Iglesia atendiendo a necesidades pastorales. Solo la tríada “obispo–presbítero–diácono” procede del primer cristianismo. Y aun así, Vaticano II (LG 28) corrigió expresamente a Trento que asignaba a esa terna una institución divina.

  1. Tareas pendientes. Pues bien: parece evidente que hoy, las necesidades de construir la Iglesia y anunciar el evangelio apuntan a algo más que el que las mujeres hagan alguna lectura o ayuden a repartir la comunión. En momentos en que la catequesis sale de la escuela (aunque no debería salir la información sobre el hecho religioso y sus concreciones), parece urgente la creación de un ministerio de “catequista”, tan apto para varones como para mujeres con solo que tengan buena preparación. En momentos en que, con el alargamiento de la vida, aumenta la necesidad de cuidados (porque la vida se alarga en cantidad, pero no en calidad), parece conveniente la necesidad de un ministerio de “cuidador” que, caso de ser cristiana la persona asistida, acompañe los cuidados materiales con una ayuda espiritual, que haga más soportable la soledad y la decadencia.

No estaría mal, por eso, que uno de los próximos sínodos se dedicara a estudiar y crear esos nuevos ministerios u “órdenes menores” que la Iglesia necesita hoy, tan accesibles a varones como a mujeres. Llegaríamos así hasta las puertas de la terna antes citada: a una especie de “subdiaconisas”.

Lo de las diaconisas sabemos que está en estudio porque así lo prometió Francisco en una reunión con religiosas. Hasta donde yo sé, es un dato innegable que hubo diaconisas en la iglesia antigua (p. ej: en algunas iglesias eran las que acogían a las mujeres que salían desnudas del agua cuando el bautismo era por inmersión). Lo único a investigar es si ese encargo era considerado como sacramental o no.

  1. “The heart of the matter”. Llegamos así al presbiterado y a la impaciencia de algunas mujeres a las que quisiera dirigirme ahora de la manera más fraternal y cariñosa posible.

Escribí en otro lugar que, personalmente, no veo que haya objeciones al presbiterado de la mujer desde el punto de vista bíblico. De acuerdo con las palabras de Jesús, lo que el Espíritu dice a la Iglesia no es lo que Cristo hizo entonces sino lo que Cristo haría hoy. Es importante recordar las duras palabras de Jesús en Mc 7, y Mt 15: “hipócritas, quebrantáis la voluntad de Dios por acogeros a venerables tradiciones de vuestros mayores”. Añadí, no obstante, que ese paso tropieza hoy con un serio obstáculo ecuménico por la negativa radical de las iglesias ortodoxas. El imperativo de “que todos sean uno” me parece urgente y decisivo para el cristianismo en el mundo de hoy.

Además, este problema solo se planteará bien cuando desparezca todo aspecto de dignidad o poder en la visión del presbiterado. Para empezar, y por obediencia al Nuevo Testamento, no deberíamos llamar sacerdotes a los presbíteros: no hay más que un único sacerdote que es Cristo. También habría que desterrar la expresión “Santo Padre” para el obispo de Roma, porque es profundamente idólatra. No estanos aquí ante dignidades y cargos sino ante servicios y cargas. Y no puede quedar en mera palabrería piadosa la afirmación de Juan Pablo II: el título más apto para el papa es el de “siervo de los siervos de Dios”.

Situadas así las cosas, no puede decirse que la negativa actual del presbiterado a las mujeres es una “opresión”. Quien habla así refleja una mentalidad burguesa que desconoce lo que es realmente la opresión, ofende a los oprimidos de la tierra y parece buscar una dignidad más que una carga. Benedicto XVI dio por resuelto el problema arguyendo que el presbiterado de la mujer “no es voluntad de Dios”. Visto negativamente, ese argumento sugiere la pregunta de cómo estaba Ratzinger tan seguro de que esa es la voluntad divina, cuando infinidad de buenos cristianos creen lo contrario. Mirado positivamente hay que reconocer que Benedicto situó el problema en su verdadero lugar: cuál es la voluntad de Dios en este punto. Y añado que si la Iglesia toda se pone en disposición orante para buscar y cumplir la voluntad de Dios, esta acabará cumpliéndose.

Pasando a pronósticos históricos, tengo la impresión de que si un día llega el presbiterado de la mujer (como espero) no será a corto plazo: el documento de Juan Pablo II en 1994, ata todavía las manos de sus sucesores. Aunque, si son ciertos los rumores vaticanos, hay que agradecer al entonces cardenal Ratzinger que evitase una declaración infalible como pretendía Wojtila.

  1. Un consejo. En esta situación histórica, se me ocurre recomendar a todas las mujeres impacientes, la película Una cuestión de género. Buena película, basada además en un hecho histórico (aunque con algo de western como luego diré). La película obliga a plantearse la pregunta que allí se hace a la protagonista: ¿quieres tu propia victoria, aun a costa de dañar a la larga la causa de las mujeres, o un primer paso que luego constituirá un precedente? Esa es una de las grandes preguntas que suele lanzarnos la historia. No me cansaré de repetir que a una buena causa se le hace más daño cuando se la defiende mal desde dentro que cuando se la ataca desde fuera. Y en el caso de creyentes todavía más: porque pertenece a toda revolución bíblica el que su promotor (Moisés) se queda sin entrar él en la tierra prometida.
  2. N.B. Explico lo antes dicho sobre el esquema western de casi todo el cine americano. Dejando aparte méritos de buena narración, fotografía y demás, los westerns tienen algo de positivo que era plantear la vida como una lucha entre el bien y el mal. Pero suelen tener tres defectos claros: a) siempre está muy claro quiénes son los buenos y quién los malos, sin que haya en ellos mezclas complejas, sino que todo es bueno o todo malo; b) cuando ocurre alguna causalidad negativa (vg. llegar tarde o a tiempo), si es a mitad de película puede afectar al bueno, pero si es al final de la película siempre perjudica al malo; y c) los buenos son además mucho más guapos, mejor vestidos y con imagen mucho más agradable que los malos…

En la vida, por desgracia, no todo es tan claro.

[Imagen de Andrys Stienstra en Pixabay]

«No llores»

En mayo de 2019, la filósofa y psicoanalista francesa Cynthia Fleury escribía en Le soin est un humanisme (Gallimard, 2019): «cuando una civilización no se dedica a cuidar a los demás, no es nada». Poco podía imaginarse que unos meses más tarde la propagación de una pandemia haría evidente el profundo sentido de sus palabras. Fleury presenta una visión de la vulnerabilidad humana inseparable de la capacidad regeneradora de toda persona. Sostiene que de la experiencia de vulnerabilidad brota el sentirse responsable hacia los otros, y es precisamente este cuidado lo que nos hace humanos.

La suya es una propuesta humanista que sale al encuentro de la desesperanza y desorientación existencial provocadas por el COVID-19 y sus consecuencias, sin embargo, se trata de un punto de vista en el que Dios parece estar ausente.

El relato bíblico de Lucas 7, 11-17 viene en nuestra ayuda y puede darnos una respuesta.

El pasaje presenta la escena del encuentro de Jesús con una madre viuda que acompaña el cortejo fúnebre de su hijo único. Un texto escrito con nombres y verbos, sin matices, donde se resalta aquello que es esencial: la acción que define a cada persona.

La madre es la expresión de la vulnerabilidad en una sociedad judía: mujer, viuda y sin el único hijo. Ella no hace nada, ningún gesto, simplemente está ahí.

Jesús al verla, ante su sufrimiento, se conmueve y le dice: «No llores». A continuación, toca el féretro, le dice al muerto que se levante y se lo entrega a su madre.

No hay una súplica por parte de la mujer y tampoco Jesús pone alguna condición para realizar un milagro.
No hay intercesores que fuercen a Jesús a actuar.
No sabemos si el hijo había muerto de enfermedad, había sido víctima de una injusticia o se lo había buscado.
No se indica si se trataba de una familia judía observante.
No hay ningún discurso ni ninguna enseñanza teológica.

Solamente la vulnerabilidad humana y el movimiento compasivo de Jesús ante el profundo dolor.
Solamente habla Jesús y es para decir a una «no llores» y al otro «levántate».
Solamente hay una intencionalidad: liberar a esas personas del sufrimiento.
Solamente hay la acción de acercarse y tocar.
Solamente se pronuncian palabras que generan vida.

La escena se cierra con la conclusión que extrae la gente que lo presenció: «Dios ha visitado a su pueblo», aunque Jesús no ha mencionado a Dios.

La desnudez descriptiva del episodio hace resaltar que el movimiento espontáneo de Dios ante la vulnerabilidad humana es el de compadecerse y acercarse. Dios es así. Lo que es propio de Dios es generar consuelo y vida. Este es Dios, y en esta actuación el pueblo lo reconoce presente.

La austeridad de la narración no pretende descalificar las mediaciones humanas a través de las cuales Dios actúa, estas son claras en el evangelio que es necesario interpretar conjuntamente como un todo. Ahora bien, este texto pone ante nuestros ojos lo que es esencial en Dios, aquello que da precisamente fecundidad y sentido a las mediaciones humanas.

Jesús se acercó para aliviar el sufrimiento. Él no puede hacerlo físicamente hoy, pero lo hace en las personas que se acercan a la vulnerabilidad humana movidos por la compasión, el movimiento de Dios. Esto es lo que, con otras palabras, se expresa en el discurso de Cynthia Fleury, aunque ella probablemente no sea del todo consciente.

[Imagen de mark10852 en Pixabay]

La idealización de la locura en el arte

En las sociedades primitivas, las preguntas que implicaban los límites y la consciencia del ser humano estructuraban la vida social con centralidad: ¿por qué existimos?, ¿para qué existimos, ¿qué hay después de la muerte? Todo aquello que tiene que ver con la subsistencia como cazar, labrar el campo y reproducirse, es un acto sagrado dónde hay una comunicación con los dioses, con el sentido: porque, en vivir, se está muriendo y anticipando el más allá o su ausencia. La distinción entre lo profano y lo sacro es difícil de establecer en las comunidades más antiguas.

La antropóloga Karen Armstrong defiende la idea de que hasta que no se consolida la era de la razón, la especie humana conserva, en su lenguaje, una vertiente mística que remite, con las propias referencias culturales y de civilización, a mostrar y actualitzar los grandes misterios en la cotidianidad. El hecho religioso, el hecho de la experiencia del sentido, es un hecho abordable colectivamente: cada sociedad vive en sus arquetipos y en sus representaciones de lo innombrable, que se atraviesa de mitos y de historias para ser vivido y compartido. De alguna forma, defiende Armstrong, en los últimos siglos, con la imposición del racionalismo moderno y el auge de la individualidad, el lenguaje mítico no desaparece: está arrinconado en el arte, en la literatura, que vienen a ser aquellos reductos dónde uno puede acceder, a través de una inteligencia que nos precede, de un excedente de lucidez anterior a nosotros, a los interrogantes que, a pesar de todo, siguen persistiendo.

En las sociedades indoeuropeas hay un arquetipo que ha ido repitiéndose, según mi opinión, hasta nuestros días: el del loco. Con un nombre u otro, el loco ha sido aquel que ha tenido una experiencia de vida tan intensa que no ha suportado la colectividad. De alguna forma el conjunto de la sociedad nombra al loco en dos sentidos. El primero, para marcar los límites colectivos de lo posible; la locura puede ser un estigma que disciplina la normalidad y censura aquellos comportamientos que no la refuerzan. El segundo, para mostrar la Verdad; la locura también es la apertura de una puerta a aquello que la sociedad, por sí misma, no es capaz de nombrar: es el acto de llevar la existencia humana más allá de sus propios límites.

Hay una extensa bibliografía que ha estudiado el primer caso, des de Foucault a Deleuze y Guattari, hasta las nuevas corrientes de pensamiento de género, que demuestran como la feminidad ha sido patologizada con el objetivo de controlar la reproducción en un sentido o en otro. En términos de instantáneo presente: vivimos en una sociedad hipermedicalizada, dónde todos aquellos comportamientos que estorban al ritmo de producción son catalogados como enfermedad o, diciéndolo mejor, vivimos en un mundo dónde la idea de salud mental tiene que ver con abocar la identidad y el sentido de vida en el mundo del trabajo. Aquí quiero señalar un punto. Nuestra sociedad da centralidad al mundo del trabajo no del modo de aquellas antiguas sociedades, que lo entendían como un momento de contacto con el sentido consciente (¿por qué trabajamos?, ¿por qué vivimos?), sino con una forma mucho más vulgar: una sociedad que debe producir, crecer y estar inserta en el orden internacional de mercado. Porque sí.

Con este primer punto entramos a la segunda vertiente de la locura: el del acceso a la Verdad. En las sociedades primitivas, el sacerdote era un ser que entraba en trance y, de vuelta, contaba lo que había visto: y como el lenguaje mítico era una forma cotidiana más, junto con el lenguaje racional, de nombrar y habitar al mundo, aquello que había visto podía tener validez. Lo desconocido aterrizaba en forma de historias que, colectivamente, podían ser revividas, representadas y, de esta forma, la sociedad maduraba en sus misterios. Con los siglos, las sociedades se vuelven más complejas. Hay otro arquetipo que se va repitiendo: el de subir a las alturas para tener acceso a la verdad. Como Abraham llega a Moriah para sacrificar a Isaac y recibir el misterio de Dios; como Elías elevándose a través del Cielo con un carro de fuego, yendo a disolverse en el Padre. Los grandes profetas siempre buscaron las alturas. Me pregunto: ¿quiénes eran ellos sino sabios locos? ¿Qué vivían sino la experiencia humana desde sus límites más terribles? Pero vivían también en una sociedad que los nombraba como profetas, y sus visiones tenían validez. Tanta que, a través de Kierkegaard, el acto de Abraham da sentido a misterios como el de la creencia a toda una corriente de pensamiento existencialista viva en nuestra sociedad actual. Este último hecho nos descubre que vivimos insertos en una tradición y que la individualidad es un espejismo. Es un espejismo y su continua autoreivindicación es dolorosa: porque aquel que se hace la pregunta del sentido hoy día no tiene al alcance unas estructuras de acogida suficientes, como diría el antropólogo Lluís Duch, más que las que él mismo sea capaz de proveerse. Y en nuestros días pareciera que solo las puede hallar en el arte o en algunas formas de vivir la religión, como dos parcelas escindidas de la vida pero que guardan, fragmentariamente, la capacidad del lenguaje mítico para explicar la realidad humana. El paso de la niñez a la vida adulta es el paso del mundo estudiantil al mundo laboral, con sus ritos lúdicos y seculares que ofrece nuestro presente. A menudo, quien va más allá, encuentra las propias representaciones en la literatura, en el cine, en identificaciones simbólicas de un cuadro, etc. Y es aquí donde estriba la crítica del presente artículo: considero que la locura está representada desde un mal síntoma: que la sociedad ya no guarda la locura como el arquetipo de un estado donde se deposita la verdad. El ser humano, históricamente, nunca como hoy se ha tenido que enfrentarse tan solo a la magnitud de un hecho como empalabrar el mundo. En el sufrimiento exacerbado, en la pasión desenfrenada, en la idealización del suicidio, es fácil y accesible hallar aquello que la sociedad no nos ofrece desde el punto de vista del sentido: una existencia llevada al límite a la cual podamos preguntar lo central en el ser humano. Proyectar la locura y transformarla en identidad, a causa de este vacío tan grande, puede presentarse como refugio. Acaecer Rimbaud, sufrir como Pizarnik, admirar biografías como la de Alda Merini, nos permiten protestar e impugnar, hoy, todo el régimen de la existencia contemporánea. Y, como amante de la poesía, me parece precioso que aquellas y aquellos poetas, con la intensidad de su lenguaje y su apuesta de vida, permitan a generaciones posteriores escindirse de su hoy más desamparador. Sin embargo, la sociedad sigue siendo la misma: y, mientras estos caminos no tengan regreso, mientras el mundo no sea cambiado, la sensibilidad de quienes necesitan reflejarse en la locura se vierte a una intensidad insoportable, a una frustración sin salida. Porque la locura es la evidencia del final, su expresión más instantánea, más carnificada, y dar centralidad en la educación humana a esto puede exacerbar todavía más el problema del individuo, esto es, la escasez de recursos para habitar la vida.

Con todas estas reflexiones reivindico la figura del testimonio. Creo que el arte hoy debe ser también testimonio. Para mí el solo hecho de escribir poesía y atravesar las preguntas dolorosas de la existencia ya es un hecho terriblemente social, porque pretende curar una sociedad que ya no se interroga. Y, según mi parecer, el arte tiene que saber reivindicar las verdades de la locura, pero no tiene que reivindicar siempre la locura: ni como identidad, ni como referente en el cual reflejarse, ni como representación del vivir. Buscar un sentido y vivir en esta búsqueda, habitar aquello que persiste, nombrar al misterio: éstas son representaciones que necesita nuestro mundo. Y dar espacio, en definitiva, para que hable la locura y nos habite, sin tener pore ello que estar nosotros locos, sin tenernos que sentir malditos para construir con sentido nuestro mundo tan frágil y que tan desolados nos tiene. Tratar de llevar el Cielo, por más borroso que sea, a la Tierra, por más intempestivo que sea el camino.

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Referencias bibliográficas:

Armstrong, Karen: Breve historia del mito,  Siruela, Madrid, 2020

Duch, Lluís: Religió i comunicació, Fragmenta, Barcelona, 2010

Eliade, Mircea: El mite de l’etern retorn. Arquetips i repetició, Fragmenta, 2015

[Imagen de Ryan McGuire en Pixabay]

Francisco y la Iglesia europea: «armar lío» con las personas LGTBI

Obispos, arzobispos, clérigos, teólogos alemanes, austríacos, suizos y belgas, entre otros, se han tomado en serio las palabras del papa Francisco en la misa final de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Río de Janeiro (Brasil), en agosto de 2013: «Caminad contracorriente y «armad lío» con los valores de la belleza, la bondad y la verdad para llegar a grandes ideales. Vosotros podéis hacerlo. Tenéis el poder para hacerlo. Si no lo hacéis es por pereza. ¡Ánimo! Id hacia adelante y haced ruido. Vosotros sois portadores de esperanza. Vosotros estáis en el presente, pero vosotros estáis mirando hacia el futuro, vosotros sois artífices de futuro, constructores del futuro».

El próximo 10 de mayo, desafiando la Congregación para la Doctrina de la Fe, está convocada una jornada de bendiciones de personas del mismo sexo a nivel europeo donde varios obispos europeos han dicho a los sacerdotes de sus diócesis que no se enfrentarán a ningún consecuencia si deciden bendecir a parejas del mismo sexo de su diócesis. El obispo de Essen (Alemania), Mons. Franz-Josef Overbeck, a modo de ejemplo, así lo ha dicho: «No suspenderé a nadie ni «aplicaré la ley canónica» si un sacerdote bendice una pareja del mismo sexo». Responden así al documento «Responsum a un dubium sobre las bendiciones de las uniones de personas del mismo sexo», del pasado del 03/15/2021, donde se declaraban no lícitas estas bendiciones.

El mundo de la teología católica también se encuentra en plena convulsión en Alemania: 277 teólogos han firmado una declaración denunciando una «falta de profundidad teológica, comprensión hermenéutica y rigor argumentativo» en la nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe. También lamentan «una postura paternalista de superioridad que discrimina a los homosexuales y sus estilos de vida». Estos teólogos junto con unos 2.600 sacerdotes y diáconos llaman a no aplicar la nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe que se opone a la bendición de las parejas homosexuales. Un viento pascual con aires de revuelta rejuvenecida sopla en Europa y el rumor se oye en el Vaticano.

En 2019, el presidente de la Conferencia Episcopal de Alemania, el cardenal Reinhard Marx ya dijo que «si las personas homosexuales mantienen una relación de fidelidad durante los años y viven el uno para el otro, la Iglesia no puede ignorarlo y decir que este vínculo no tiene ningún valor». Por su parte, el presidente de los obispos austriacos, el arzobispo Franz Lackner, reclamó recientemente «un acompañamiento ritual para las parejas homosexuales; merecen respeto y una respuesta positiva de la Iglesia». El obispo auxiliar de Barcelona, Joan Carrera, en el libro ¿Qué piensa Joan Carrera?, ya dijo proféticamente que «con los homosexuales hay que ir más allá de una pura comprensión o un sentimiento de lástima. Se nos pide una voluntad decidida de aceptación; hay un colectivo de homosexuales cristianos que hay que tener muy en cuenta».

En nuestro país, ¿seguirán jesuitas, franciscanos, benedictinos, entre otros, «armando lío» y bendiciendo parejas del mismo sexo en el seno de las comunidades, de manera discreta como hasta ahora, después de que el Vaticano dice que no es lícito y no pueden hacerlo? ¿Se sumarán el próximo 10 de mayo a la jornada europea? He asistido a lo largo del tiempo a 9 bendiciones de parejas de gays o lesbianas en el seno de comunidades de la Iglesia católica y puedo dar fe del doble recorrido de las personas implicadas: han repensado mejor y discernido la homosexualidad dentro de la Iglesia católica primero y han repensado mejor y discernido la moralidad de las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo en el s. XXI. Y han obrado en conciencia.

Es necesario dar un paso más en torno al sacramento del matrimonio, repensarlo también para personas LGTBI teniendo en cuenta los dos pasos anteriores. De acuerdo con el Concilio Vaticano II, sobre todo a partir de la Constitución Gaudium et spes 47-52, el simbolismo del sacramento del matrimonio y su trayectoria histórica «diferente» a los otros sacramentos son la base para «repensarlo». Y tres son los ejes principales de reflexión que hay que tener en cuenta también aplicados a las personas LGTBI: a) La persona humana (y no su orientación sexual) debe ser el punto de partida y prioridad máxima; b) La centralidad del amor conyugal también es aplicable a las personas del mismo sexo; c) La salvación del prójimo debe ser accesible a toda criatura de Dios, también para las personas LGTBI. El matrimonio es un sacramento diferente y su evolución histórica nos da luz para repensarlo. Y la Iglesia catòlica europea ha comenzado a hacerlo desde hace años. Seguiremos «armando lío», siguiendo las palabras del papa Francisco y a la luz del Evangelio de Jesús y su Espíritu.

[Imagen extraída de iStock]

El amor en tiempo de balas

Hace una semana, el domingo de madrugada hacia las 12:30, con premeditación, nocturnidad y alevosía, dos hombres armados despiertan a gritos al P. Christian. Cuando él abre la puerta de su habitación, sin tiempo de nada, le disparan seis o siete tiros. Lo hieren en las piernas y huyen. El desenlace hubiera podido ser fatal, pero por suerte parece que el P. Christian se recuperará.

Esto pasaba en Rumbek (Sudán del Sur), el país que sufre la peor crisis de desplazamiento del continente con más de 4 millones de personas refugiadas y desplazadas internamente y que no consigue salir de la espiral de conflicto atizada por la lucha por el control de la tierra, el ganado, el oro y el petróleo. Ni un papa de rodillas pudo convencer a los líderes de los diferentes bandos de que pararan tanta absurdidad y tanta muerte.

Tantos y tantos otros, como el P. Christian, que han vivido las consecuencias de la violencia, ya no están para poder explicarlo. Todavía recordamos con dolor el asesinato hace apenas dos años y medio del compañero jesuita Victor-Luke en la misma zona del país.

A medida que pasan los días, el estupor va dejando paso en mí a una mezcla de indignación y desconsuelo. El P. Christian Carlassare, misionero comboniano nacido en Italia, fue recientemente nombrado obispo de Rumbek, lleva más de 15 años en Sudán del Sur y tiene mi edad (43 años). El año que viví en Juba, la capital, él y yo compartimos bastante, sobre todo los domingos celebrando la eucaristía con la población desplazada a las afueras de la ciudad.

Siento desconsuelo por la comunidad cristiana –y en concreto la católica– en Rumbek, una diócesis que llevaba 10 años sin obispo y donde el mensaje del evangelio se encuentra con unas grandes resistencias. Fruto, en buena parte, de una cultura local profundamente atravesada por la violencia y la venganza juntamente con una comprensión de la identidad étnica muy exclusivista. Después del asalto armado al obispo in péctore, se están investigando personas diversas, entre ellas sacerdotes e incluso al coordinador diocesano (que en la diócesis hacía la función del obispo, mientras no se nombraba uno). Algunos medios han indicado que los tiros fueron un aviso y una advertencia, una salvaje bienvenida a la tierra donde solo reina la ley del clan. El P. Christian es extranjero y además ha trabajado muchos años con personas de la etnia históricamente enfrentada a los habitantes de Rumbek, donde se le ha pedido ser obispo. Se me ponen los pelos de punta al pensar que quizás detrás el ataque haya curas y personas con autoridad dentro de la comunidad católica, clara muestra de que el cáncer de la cleptocracia sin escrúpulos de las élites políticas y militares se ha extendido dentro de la Iglesia también.

Pero quizás más todavía, siento una gran indignación porque mientras Sudán del Sur no consigue superar años y años de conflicto armado, los países del norte incrementan el gasto militar y se lucran con la venta indiscriminada de armas. En muchos países, la presencia masiva de armas automáticas y ligeras es fatídica. En Rumbek chicos con solo 10 años vigilan el rebaño de vacas de su clan con un Kalashnikov colgado al hombro. Con mucho de acierto y con una sencillez que desarma, Marcelina, la madre del P. Christian, cuestionaba:

«Además de lo que pasó, me pregunto: ¿de dónde salieron estas armas que dispararon a mi hijo? Ciertamente no del Sudán del Sur. Vienen de nuestro mundo occidental. Está muy bien rezar por Christian y por Sudán del Sur y también organizar una vigilia de oración pero por qué no transformamos estas fábricas de armas para construir la paz en el mundo? Todas las energías, inteligencia y tecnología que ponemos al servicio de las armas y de la muerte, por qué no las convertimos en herramientas que, en cambio, produzcan vida y esperanza para los seres humanos?»

El mensaje de perdón que el P. Christian ha ofrecido a sus asaltantes es un testigo de la fuerza de alguien movido por una fe profunda en Jesús de Nazaret y de una Iglesia convocada a vivir el amor en tiempos difíciles. El amor y la esperanza no se demuestran solo cuando todo va viento en popa, cuando todo parece que nos sonríe, sino también, y quizás más todavía, cuando la cosa se pone complicada y pintan bastos. En Sudán del Sur, y en tanto otros lugares, nos hace falta pues un amor que perdona, que trabaja para transformar una cultura local hostil y violenta, que desenmascara la lacra de la corrupción de las élites y que reclama cambios estructurales en un mundo profundamente injusto lastrado por la locura del negocio armamentístico.

Esta es la llamada a vivir el amor en tiempo de balas. Buen recordatorio para los que residimos en España: hay balas más allá de los sobres y la política en Madrid. O como decía mi abuela: “más vale no jugar con fuego”.

[Imagen de Gerhard Litz en Pixabay]

¡Profundicemos en las políticas activas de ocupación, repensemos nuestro modelo productivo!

Las altas tasas de paro que tradicionalmente tenemos, agravadas ahora con el drama de la Covid-19, nos indican que hay que hacer un replanteamiento de cara al futuro sobre el tipo de puestos de trabajo que se generan en nuestro país. En este sentido, nos preocupa la tendencia a convertir los ERTE en ERE, es decir, en un aumento del paro con carácter permanente. A corto plazo hay que encarar como dotamos de instrumentos a las personas desempleadas para que puedan estar mejor situadas para encontrar trabajo, por eso, sin lugar a dudas, es del todo urgente y necesario impulsar en Cataluña nuevas y enérgicas políticas activas de empleo. El gobierno del Estado y el de la Generalitat deben aprovechar más y mejor los fondos que la Unión Europea destina a las políticas activas.

Nos dirigimos hacia un mundo donde las trabajadoras y trabajadores debemos formarnos de manera constante para actualizar nuestros conocimientos a lo que la sociedad demanda. La formación ocupacional debe tener en cuenta las demandas del mercado, actuales y previsibles, atendiendo en particular al reto de la digitalización. La formación a lo largo de la vida y la adquisición de nuevas competencias profesionales beneficia a todos, hay que consolidarla como derecho laboral, y hay que facilitar la asistencia puntual a acciones formativas acompañadas de una retribución justa. La formación profesional y ocupacional de las personas sin trabajo, una vez terminada, se completará con un seguimiento personalizado para ayudarlas a entrar en el mercado laboral. Es injusto e inhumano que las personas «sin papeles» no tengan acceso a estas políticas, porque se les están negando posibilidades para su inserción social y se falta al respeto a su dignidad.

Para impulsar políticas activas de empleo hay que negociar seriamente nuevos y valientes acuerdos entre el sector público, máximo responsable del tema, y ​​el sector privado, a menudo encargado de su gestión. Hay que garantizar siempre un control público y transparente de las actuaciones. Queremos que las empresas del Tercer Sector y de la economía social, solidaria y cooperativa tengan un papel destacado en la investigación y la realización de nuevas políticas activas. Estas empresas, sin ánimo de lucro, pueden facilitar la superación de muchas de las actuales carencias.

Si bien en el presente hay un aprovechamiento mayor y más accesible de las políticas activas de empleo, de cara al futuro hay que hacerse determinadas preguntas. Las altas tasas de paro juvenil -líderes en Europa en las dos crisis económicas de forma consecutiva- nos indican que algo anda mal con nuestro modelo económico y laboral, intenso en mano de obra de baja calificación, ante una juventud cada vez más formada. Tanto las personas que tienen estudios y no encuentran trabajo de lo que han estudiado (fenómeno conocido como «sobrecualificación») como las personas jóvenes que quedan fuera del sistema académico formal, no son problemas individuales como se suele poner de manifiesto, sino una tragedia colectiva: tenemos un sistema económico que se ha demostrado incapaz de aprovechar los conocimientos de la gente joven, y ante ello no hay formación continua que lo arregle. ¿Cómo puede nuestra economía absorber el talento? ¿Cómo puede retener los puestos de trabajo y generar otros nuevos? ¿Cómo debe responder nuestro modelo productivo a los grandes retos de la humanidad, en particular a la emergencia climática y la justicia global? ¿Cómo puede nuestra economía avanzar hacia una transición ecológica justa, que genere puestos de trabajo sostenibles en el tiempo y arraigados en el territorio? Para este 1º de Mayo, reclamamos valentía a los agentes sociales para asumir estos retos, y un debate real participado con la ciudadanía donde podamos sentar las bases para repensar el modelo productivo en la era post-Covid.

[Imagen de Leni_und_Tom en Pixabay]