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Sin noticias de América Latina

Con mi abuela María, en el Santuario de Las Nieves, recuerdo la oración por los primos de Venezuela. Para entonces había fallecido ya en accidente laboral mi tío Gelasio y la abuela llevaba a sus nietos para poner ante el altar de la Señora de La Palma a los familiares lejanos. Por entonces, con las difíciles y lentas comunicaciones, no se podía aplicar aquello del “no news, good news”. Más bien, la ausencia de noticias generaba cierta ansiedad y se esperaban las cartas desde el otro lado del Atlántico como un auténtico regalo.

En América Latina pasan cosas interesantes todos los días. Sin embargo, casi nada de lo que allí pasa parece suscitar el menor interés en Europa. No era así cuando con el cambio de siglo tuve mi primer periodo en aquel mundo desmesurado. Me tocó vivir en el cono sur, en concreto en Paraguay, y casi todo el continente experimentaba el retorno a regímenes democráticos después de los años oscuros de las dictaduras militares. Por entonces, los movimientos sociales latinoamericanos suscitaban un seguimiento apasionado a este lado del Atlántico y los sones y ritmos latinoamericanos, la literatura, el cine o el teatro tenían espléndida acogida entre nosotros.

El caso es que los intereses (informativos) europeos (y los españoles principalmente) con respecto a América Latina parecen ceder ante otras preocupaciones: la guerra de Ucrania, la carestía energética, los movimientos migratorios desde África, las pretensiones de China… Y, como sucedía con mi abuela María, la ausencia de noticias no significa que las cosas van bien. Suceden, por supuesto, muchísimas cosas bellas entre las gentes del cada día. Impresiona el esfuerzo de personas, empresas, instituciones, por afrontar las dificultades y salir adelante, por proponer novedades educativas, medioambientales o sociales de enorme interés.

Sin embargo, de algún modo, aquella fiesta de la democracia, quizás leída con demasiado optimismo, que hoy parece clausurada en un mundo a la defensiva, apenas dio tiempo a las sociedades latinoamericanas para generar estados con instituciones consolidadas y ciudadanía con cultura política democrática. La inestabilidad y debilidad de algunos liderazgos solo parece compensarse cuando acceden al poder gobernantes que tienden al totalitarismo. Lo que vivimos en la era Trump con el gran vecino del norte tiene reflejos llamativos al sur de Río Grande. El aprecio por la democracia retrocede ante una problemática que supera todos los esfuerzos y recursos.

La situación en Cuba, Venezuela o Nicaragua, que directamente reniegan de la democracia liberal, con poca o ninguna libertad en los medios de expresión no afines, con persecución de quienes mantienen posiciones políticas que no caben en sus regímenes, o que no diferencian entre los tres poderes institucionales no son las únicas anomalías. Por doquier, el fracaso de las instituciones para proporcionar los servicios básicos de un estado protector (educación, salud, seguridad) alienta el apoyo a opciones políticas personalistas al margen de los partidos y con notoria incapacidad para la gestión de la compleja maquinaria pública; el crimen organizado ocupa muchos espacios en todos los niveles sociales, desde las clases más populares, hasta las élites económicas y políticas en no pocos países; los complejos equilibrios de separación de poderes, requeridos para hacer de la democracia algo más que un acarreamiento periódico a las urnas, se muestran frágiles y se debilitan en luchas internas sorprendentes.

Sin embargo, todo esto sería abordable desde una gestión política y educativa más o menos acertada, con el debate público de las diferentes opciones, si no concurriere el desestabilizador manejo de la comunicación digital. Se colocan mentiras y se promueven campañas de desinformación que deterioran instituciones y partidos en favor de actores presuntamente nuevos y limpios aunque, en realidad, más fácilmente manipulables por las organizaciones criminales. Sorprende cómo la imagen digital y la reputación digital sustituyen a la presentación de los problemas reales y a la propuesta de ideas de gestión política para afrontarlos. Asombra que la valoración de los diferentes liderazgos políticos cada vez se distancia más de la realidad que viven las personas. El aumento de los precios, el desempleo, la violencia, las dificultades para llegar a fin de mes o para tener a disposición un buen servicio de telefonía o electricidad parecen datos irrelevantes frente a los discursos que se colocan en las redes y que los medios tradicionales refuerzan al darles cobertura de noticia a lo que no es más que campaña de imagen o rumorología infundada.

En América Latina se levantan cada día miles de personas que hacen bien su trabajo, promueven una sociedad más justa y buscan lo mejor para sus familias o comunidades con intensidad. Hay muchas, muchísimas personas de gran talla profesional y personal en instituciones de la sociedad civil, en los medios, las administraciones públicas, la iglesia católica u otras confesiones, organizaciones indígenas o mediambientalistas. Sin embargo, no deja de resultar impresionante la capacidad de perversión de las mafias, los totalitarismos y la desinformación.

Quienes vivimos con esperanza el resurgir de las democracias latinoamericanas en los años ochenta y noventa no podemos menos que sorprendernos ante la doble sensación de que estamos perdiendo mucho de lo avanzado, de que con nuevas formas más sutiles estamos ante más de lo mismo, y de que a la comunidad internacional parece importarle poco. Claro está que para quienes ponemos nuestra esperanza en un crucificado esto tiene poca novedad. Toca mirar tanta resurrección y vida que, encarnada en personas concretas, se oponen cada día a esa capacidad destructiva que tienen algunas ideologías totalitarias o esas personas y organizaciones que sencillamente buscan en exclusiva su interés, su poderío, su enriquecimiento, a veces como crimen organizado y en otras como parte de las empresas comerciales o la administración pública. En realidad, y es dicho también de abuela, más ruido hace el árbol que cae que el bosque arrullado por la brisa suave.

[Imagen de Daniel Enrique Jiménez Chacón en Pixabay]

Sobre masculinidades

Nos parece interesante, para empezar, observar tres situaciones que podrían ser perfectamente reales…

Situación 1. Una madre acompaña a su hijo en la compra de un envoltorio de corcho con el cual disfrazarse para la representación de Navidad en la escuela infantil donde va. El niño elige el corcho de color rosa. La madre, preocupada, llama por teléfono al padre. Reproducimos brevemente la conversación:

Madre: El niño ha elegido el disfraz de corcho de color rosa… ¿Qué te parece?
Padre: Si lo ha elegido él me parece muy bien. ¿Cuál es el problema?
Madre: es que es muuuy rosa, muuuucho…
Padre: ¿y qué? ¿Tú no eras feminista?
Madre: Sí, pero es que tengo miedo de que los otros niños o los padres se rían, o lo ridiculicen.

Situación 2. En una juguetería una madre compra los regalos de Navidad para su único hijo: un dinosaurio y un estuche para pintarse las uñas con diferentes colores. La dependienta presupone que los destinatarios son dos (un niño y una niña) y envuelve los regalos por separado: el dinosaurio con papel de regalo azul y el estuche con los esmaltes de uñas con papel rosa.

Situación 3. Un grupo de embarazadas descubren que tan solo una de ellas será madre de un niño, el resto tendrán niñas. Todas felicitan a la futura madre del niño por el chollo que supone educar un futuro adolescente con menos problemas y con más oportunidades de triunfar en la vida.

Las tres situaciones son ejemplos cotidianos de como los humanos construimos el género más o menos conscientemente. Incluso antes de nacer, el género proyecta sobre el feto una serie de presupuestos sobre los comportamientos y las acciones futuras. ¿Pero, qué entendemos por género? Y, por otra parte, ¿qué es la masculinidad?

El género clásicamente se ha entendido como construcción natural (de nacimiento), binaria (hombre/mujer), asociada a rasgos biológicos como los genitales o el aspecto físico (el fenotipo) y que condiciona indefectiblemente la orientación sexual (heterosexual, obviamente). Los estudios de género concluyen, sin embargo, que el género es básicamente una construcción social, por lo tanto, contingente y cambiante, asentada sobre aspectos físicos y especialmente psicológicos, que incide en las conductas y los roles de las personas y que históricamente ha favorecido al hombre (considerado el género “dominante”) en detrimento de la mujer (considerada el “sexo débil”).

La masculinidad es, dentro de este constructo de género, el modelo de normalidad asociado a los hombres e incorpora toda una serie de premisas sobre aquello que es adecuado –y sobre lo que no– en el comportamiento de un hombre. Tradicionalmente ha considerado inapropiada la expresividad emocional (“los hombres no lloran”) y ha potenciado la agresividad como herramienta de dominio sobre los otros.

El profesor y activista Luciano Fabbri[1] define la masculinidad como un «dispositivo de poder orientado a la producción social de varones cis hetero, en tanto que sujetos dominantes en la trama de relacionas de poder generizadas». Por lo tanto, la masculinidad puede ser entendida como un mecanismo de género que jerarquiza las relaciones interpersonales, confiriendo privilegios a los hombres a la vez que ninguneando y oprimiendo a las mujeres. Todo ello lo conocemos más comúnmente por machismo.

Este machismo, asociado irremediablemente a la masculinidad, es nocivo principalmente para las mujeres y colectivos tradicionalmente marginados (personas transexuales, intersexuales o queer), pero también es perjudicial para los propios hombres, por la coacción que supone a una vida emocionalmente libre y plena. La activista afroamericana bell hooks[2] afirma sobre ello que «los niños patriarcales, como sus homólogos adultos, conocen las normas: saben que no tienen que expresar sentimientos, con excepción de la ira; que no tienen que hacer nada que se considere femenino o de mujeres. […] los chicos aceptaban que para ser viriles tenían que imponer respeto, ser duros, no hablar de sus problemas y dominar a las mujeres». Incluso llega a asegurar que «se educa a todos los chicos para que sean asesinos aunque aprendan a esconder el asesino y actúen como jóvenes patriarcas benévolos».

La violencia machista mata, tal y como relata bell hooks. Demasiado a menudo se producen agresiones, violencia sexual y asesinatos de mujeres y criaturas. La ira, la frustración que provoca la represión emocional, la obligación de imponerse, de dominar al otro, la carencia de una cultura del consentimiento, la cosificación y sexualización del cuerpo femenino, están en la raíz de esta lacra social.

Pero no todo son malas noticias: que el género y la masculinidad sean constructos sociales, a pesar de que sean muy estables y sólidamente incrustados en las creencias sociales, hace que puedan ser modificables. Esto abre el camino a plantear de qué maneras se puede transformar esta realidad.

Por un lado, podemos intentar construir nuevas masculinidades, dando por sentado que no aspiren a ser hegemónicas, es decir, que no tengan voluntad de dominio sobre los otros y que se fundamenten en principios de igualdad y de noviolencia. Existe el peligro de que este análisis acabe resultando demasiado auto-centrado en el hombre, por eso es imprescindible escuchar las reivindicaciones de los colectivos perjudicados por el machismo y empatizar con ellos.

Por otro lado, podemos deconstruir la masculinidad, desertar de los privilegios que conlleva, abandonar la investigación improductiva sobre la identidad del hombre y fijar la atención en cómo construimos nuestras relaciones interpersonales, evitando que dichas relaciones se asienten sobre la desigualdad, la injusticia o que resulten opresivas para los otros. Simplemente dejar de preguntarnos «cómo ser un hombre», para centrar los esfuerzos en cómo establecer vínculos igualitarios y sanos con el resto de personas. Fabbri lo describe de este modo: «…podríamos pensar la des-masculinización no sólo como menor presencia, menor protagonismo, menor monopolización de los espacios políticos, fundamentalmente de conducción y representación, por parte de los varones cis militantes, sino también, y fundamentalmente, un desplazamiento feminista en los términos de la política y el poder».

Ambas propuestas son objeto de discusión este curso en el Grupo de Género y Feminismos de Cristianisme i Justícia. El grupo está abierto a la participación de todas las personas que se sientan interpeladas por lo que explicamos en este artículo y quieran profundizar en ello mediante un encuentro mensual de debate y reflexión colectiva.

***

[1] Doctor en Ciencias Sociales (UBA) y Licenciado en Ciencia Política (UNR). Coordinador del Área de Género y Sexualidades de la UNR e integrante del Instituto Masculinidades y Cambio Social, Rosario (Argentina). Cita extraída de “La masculinidad como proyecto político extractivista. Una propuesta de re-conceptualización” dentro del libro “La masculinidad incomodada” (UNR, 2021), páginas 27-43.

[2] bell hooks, acrónimo de Gloria Jean Watkinsque, escritora y activista feminista afroamericana. Lamentablemente murió a finales de 2021. Cita extraída del capítulo 3 “Ser un nen” dentro del libro “La voluntat de canviar” (Tigre de paper, 2021). La traducción al castellano es nuestra.

[Imagen de 0fjd125gk87 en Pixabay]

Adviento: “Uno que ame lo entenderá”

La existencia humana en los países llamados desarrollados está siendo limitada al ámbito de lo material-manipulable. Se propaga el cientificismo como único paradigma cognoscitivo, se intensifica la fascinación del consumismo y se promueve la adicción al mundo virtual. El resultado es que los ciudadanos acaban por creer que sólo es real lo que se puede controlar y gozar en esas dimensiones. Hay gente deseosa de escapar de ese clima, pero viviendo en esta atmósfera es difícil evitar el contagio y la gravedad del contagiarse reside en que se impide a la persona hacer experiencia de sí misma, de quién es y de qué está llamada a ser. Logrando que los ciudadanos se identifiquen como consumidores se facilita que vivan anestesiados.

La auténtica ciencia y desarrollo tecnológicos son bienvenidos en cuanto ayudan al sano y justo progreso de la humanidad pero la mencionada presión cultural en lugar de potenciar al ser humano lo cosifica. Entonces, en este contexto, ¿cómo reaccionar para permitirnos hacer experiencia vital de nosotros mismos, de nuestra humanidad?

Si alguien quiere salir de una atmósfera necesita poner distancia, desplazarse “medio palmo” como sugiere Josep Ma. Esquirol. Desplacémonos pues “medio palmo”, hacia dentro de nosotros mismos, en profundidad. Un desplazamiento al que es necesario volver con constancia, al ritmo de la vida, poco a poco, y en la medida en la que se practica se recogen los frutos. Y es que ahí, medio palmo hacia el fondo de sí, la persona se experimenta con una sabiduría que le desvela lentamente el sentido de la propia existencia y con una certidumbre que la ancla en la realidad.

¿Cuándo y cómo efectuar ese “medio palmo”? Aprovechando lo que la vida te presenta, puede ser a raíz de una contrariedad a superar o de una alegría a agradecer, o simplemente siguiendo una invitación como, por ejemplo, la del tiempo litúrgico recién iniciado: el Adviento.

Adviento proviene del latín adventus, venida y litúrgicamente su razón de ser consiste en prepararnos a celebrar el nacimiento del Dios que viene al encuentro de la humanidad: Jesús. Desplazándonos “medio palmo” en profundidad nos disponemos para reconocer hoy, en nosotros, esa acción del Dios que viene.

Al dirigirnos hacia lo hondo percibimos estar existiendo. Si nos mantenemos un poco ahí, captamos que la vida misma, esa realidad misteriosa e indefinible que nos hace existir, no es una posesión controlable, es algo que “viene”. Y lo comprobamos a todos los niveles. Cada mañana, al despertarnos, nos “ha llegado” la vida; en nuestras relaciones, la amistad nos “llega” en la palabra y los gestos de los otros; al artista le “llega” la inspiración, igual que al escritor, al científico o al profeta. Es más, las realidades más preciadas de nuestra biografía personal nos han sido dadas, nos “llegan”. Ciertamente también nos “llegan” las dificultades, y con ellas también “viene” la resiliencia necesaria para afrontarlas, aunque sea fatigosamente.

La vivencia cotidiana sana que se genera en nosotros al existir es que la vida “adviene” sin hacer nosotros nada.  De hecho, se enferma por la obsesión de controlar la propia vida y queriendo dominar la vida de los otros se les causa un sufrimiento injusto.

Que la vida sea Adviento, despierta en nosotros la esperanza. Esperamos porque tenemos experiencia de recibir. Esperamos porque conocemos que lo que está por venir, tanto los objetivos más cotidianos como los deseos personales más anhelados, no depende de nuestra voluntad, esfuerzo o capacidades. Esperamos aquello que hemos comprobado que construye y devuelve la dignidad humana, aunque cueste enormes esfuerzos. Esperamos y sentimos que esa esperanza “estira” de la vida hacia adelante. Nos damos cuenta de que esa esperanza activa alimenta nuestra resiliencia y nos permite ser agentes positivos en la tarea interminable de transformar los espacios de muerte de nuestro mundo en contextos de humanidad.

Pero ¿cómo hacer para que esa esperanza sea algo más que resiliencia y vivifique enteramente nuestro vivir? No se puede vivir sólo de resiliencia, la esperanza necesita el amor.

Quien ama conoce, descubre y valora las posibilidades de las personas o de las causas que ama. Ese amor humaniza la esperanza. Y porque es amor verdadero pone los medios necesarios, permanece, aguarda, confía, comprende, apoya, no se arredra ante las dificultades y no cede en su empeño de esperar.

Quienes son objeto de ese amor, se transforman, porque ese amor les capacita para dar el salto cualitativo que va de la posibilidad a la realidad. Y quien ama así también es transformado. El amor rompe las fronteras personales y genera vida en ambas partes.

Por eso, cuando las dificultades, los conflictos, los sufrimientos, las injusticias tanto a nivel local como global parecen deshinchar la esperanza en causas o personas, más que autoanimarse conviene cuidar la calidad de nuestro amor.

¿Y cómo nace en nosotros ese amor? Ciertamente es responsabilidad nuestra prepararnos, pero amar de esa manera es, fundamentalmente, don. Don recibido. Don que necesitamos suplicar. Y aquí adquiere de nuevo una importancia capital el Adviento.

La cultura actual no reconoce la necesidad de la súplica, pero para quien hace experiencia de sí y de que lo esencial de su existencia le es dado, la súplica se convierte en la irrenunciable atmósfera interior.

Los cristianos pedimos “Ven Señor Jesús”, porque ese tipo de Amor, Dios, se expresó en Jesús. En este tiempo de Adviento, desplacémonos “medio-palmo” en profundidad de nosotros mismos, oremos con palabras y gestos para que nos sea concedido ese Amor. Así podremos parecernos a Jesús y posiblemente evitaremos que las luces navideñas, las campañas comerciales y demás estrategias nos cosifiquen.

San Agustín lo resumió expresando: «dame uno que ame, y entenderá lo que estoy diciendo»[1].

***

 [1] cfr. San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de san Juan, 26, 4, tomo XIII, BAC, Madrid 1955, p.661.

[Imagen de Piyapong Saydaung en Pixabay]

Pegados al marco apocalíptico

No sabemos durante cuánto tiempo seguiremos viendo activistas entrando en museos y salpicando cuadros con pintura o comida. Probablemente el efecto sorpresa, cuando la acción ya se ha repetido suficientes veces, se pierde y deja de tener el propósito deseado. Pero lo cierto es que estas acciones son un síntoma del momento presente que pide ser pensado. Que la crisis ecológica es el gran reto que la humanidad enfrenta en el siglo XXI –el siglo de la gran prueba– ya nadie lo duda. Cómo hemos llegado hasta aquí ya ha sido más que analizado y probablemente no pide más explicaciones. De las tres preguntas kantianas nos quedan dos por responder: ¿qué debemos hacer? y ¿qué podemos esperar? Quien lanza salsa de tomate a un cuadro y se pega después a su marco está diciendo desesperadamente que quiere una respuesta para la primera pregunta, y que no encuentra ninguna para la segunda.

¿Qué debemos hacer?

Como buenos nietos de la modernidad vivimos intentando alcanzar la mayoría de edad. Queremos hacernos responsables de nuestros actos. Pero no hay manera. Ante la pregunta sobre cómo responder a la emergencia climática, su complejidad y su dimensión global inabarcable nos deja tan sólo dos opciones: o confiamos en los dirigentes reunidos en la cumbre de turno, políticos que sabemos atados de pies y manos por unos intereses que les impiden dar pasos coherentes con los discursos sobre ODS con los que se llenan la boca; o nos sumamos a proclamas del tipo “cambiémoslo todo y hagámoslo ya” de una ingenuidad galopante y totalmente estériles. Entre estas dos propuestas se abre un gran agujero, un espacio donde el ciudadano de a pie sólo tiene al alcance el gesto de dejar de utilizar bolsas de plástico o reducir su dosis semanal de proteína animal. «¿Soberano… de qué?», ​​se pregunta el sujeto occidental preocupado por el futuro de sus nietos y que parece que sólo tenga el consumo como medio para transformar el mundo. “¿Soberano… de qué?”, se interroga la familia chadiana desplazada por el hambre y la sequía dependiendo de unas ayudas occidentales insuficientes y que no llegan.

¿Qué podemos esperar?

Ante este estancamiento descrito, la pregunta se transforma y la inquietud nos lleva a poner en cuestión cualquier expectativa, cualquier esperanza. La apocalíptica ahora mismo no es una opción sectaria más, sino el marco en el que nos encontramos totalmente pegados. Cuando estos jóvenes se untan las manos con cola para plantarlas a los bordes de las Majas de Goya, nos están señalando desesperadamente su única opción, la del marco apocalíptico al que no tienen más remedio que sumarse. Las tentaciones milenaristas son bien conocidas en la historia reciente, la culpa la tenemos los cristianos que afirmamos con contundencia que habían acabado los tiempos cíclicos, que la historia tenía un sentido de salvación y que el Reino de Dios llegaría. Cuando todo esto se seculariza, y el Reino ya no es una promesa para la otra vida sino un ideal a construir aquí y ahora -¡desgraciada fe en el progreso!-, cuando esta promesa se aplaza hacia un final de la historia que no llega, cuando observamos que la salvación terrenal parece reservada sólo a unos pocos escogidos -el 1% de lo que algunos sin creerlo formamos parte-, la apocalíptica como relato y espíritu de los tiempos –zeitgeist– se apodera de nosotros. No sé si el fin de los tiempos había estado tan presente en el imaginario occidental como hasta ahora, pero entre la emergencia climática y las posibilidades de una guerra nuclear, las tesis escatológicas se esparcen como la pólvora. Sólo nos queda esperar a que baje algún tipo de mesías y nos salve. Al igual que en la escena final de la película Don’t look up acabaremos rezando alrededor de una mesa por mucha secularización a la que creamos hemos llegado.

El marco apocalíptico trastoca nuestra visión del mundo y nos urge a una respuesta. Los tiempos presentes se convierten sobre todo en tiempos de reacción. Y ésta tiene más números de ser reaccionaria que liberadora. Algunos profetas de calamidades contemporáneos, como Houellebecq, han entendido que la posible vinculación entre ecologismo y autoritarismo marcará las políticas de las próximas décadas, y que sólo una lectura teológica puede darnos las claves para entender el momento presente (como muy bien ha analizado aquí Joan Burdeus).

En la película Children of Men, de Alfonso Cuarón, en un contexto similar al que describen los discursos colapsistas, un funcionario inglés se dedica a recoger obras de arte en su despacho para que éstas no sean destruidas. Entre ellas vemos el David de Miguel Ángel en la recepción del despacho, o el Guernika de Picasso decorando el comedor mientras el mundo entra en llamas. Cuando el protagonista llega a este tipo de Arca de Noé contemporánea de la historia del arte, el funcionario le confirma: «No pudimos salvar La pietà«. No sé si los activistas han leído a Houellebecq o han visto Children of Men, pero no cabe duda que, ante la inminente posibilidad del fin del mundo, las obras de arte invierten todo su sentido. Ya nos avisó de ello Walter Benjamin: todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie. Supongo que éste es el mensaje. El debate hoy lo tenemos centrado en aquello que podemos o no esperar, pero si no queremos caer en un inminente futuro reaccionario, necesitaremos reubicar el debate en el terreno de lo que podemos hacer. De otro modo, ya podemos empezar a recopilar aquellas obras que más ilusión nos haría conservar, porque: ¿de verdad creemos que querremos visitar los museos que exponen lo que adorábamos mientras el mundo se acababa? Será una experiencia para la que sólo los arqueólogos estarán dispuestos a perder el tiempo.

[Imagen de Ralph en Pixabay]

Cristianos de narices

Primero fue Galletas Río; luego se la quedó el Grupo Siro, hasta que la cerraron en 2003. Y seguro había tenido otros nombres, otros propietarios, antes de que la conociéramos. Aunque para nosotros era, sencillamente, la fábrica de las galletas, un nombre común que apuntaba mejor hacia el mito y el cuento. A eso de las siete de la tarde –imagino que al abrirse los hornos de la fábrica– el olor a galleta que salía de ella invadía todo el pueblo. El recuerdo de ese olor –hoy más idea que fragancia, imposible de reproducir–, me trae a la memoria a mi familia, algún rato pasado a la fresca, delante de la puerta del garaje donde dormía el camión del iaio

Es extraño que un sentido como el olfato, tan asociado a la memoria y, por lo tanto, al corazón y, por lo tanto, al amor, no haya sido objeto de las curaciones de Jesús en los Evangelios. No nos consta que el Señor pusiera sus manos sobre la nariz de nadie, ni que introdujera algo de barro recreador en ningún orificio nasal. O quizá sí lo hizo, y a los evangelistas no les pareció importante dejarlo por escrito: ya se sabe que la fe está asociada en Israel al oído, y los que vinimos después, entre Jerusalén y Atenas, a veces parece que solo hayamos añadido la vista. Hoy, gracias a las redes, vista y oído siguen siendo los reyes. 

Sin embargo, en la tradición espiritual de la Iglesia todos los sentidos han tenido su importancia. Desde que Orígenes empezara a hablar de los sentidos espirituales, otros Padres, teólog@s, y personas religios@s de toda condición han seguido explorando esta asombrosa posibilidad: la de llegar a captar algo de Dios en el rumor de la brisa, en una comida, en el cielo y el mar abiertos ante nosotros, en un abrazo, en el recuerdo del olor a galleta, capaz de hacernos remontar hasta el Padrenuestro rezado por nuestra abuela.

San Ignacio, por ejemplo, habla también de sentidos en los Ejercicios Espirituales: de aplicarlos y de rezar con ellos. Propone –con el imaginario disponible– imaginar cómo hiede a sentina y azufre el infierno. Pero no se queda en la pars destruens, en lo que nos enseña a decir “por aquí huele mal”. También cree que es posible imitar en el uso de los sentidos a Cristo y a nuestra Señora, si dedicamos un rato a considerar cada uno de ellos y rezamos un Padrenuestro o un Avemaría, según queramos semejarnos a uno o a otro. Puede sonar a magia, pero la lógica es muy humana: cuántas veces hemos dicho en la vida: “me gustaría verlo como tú”. Se trata, entonces, de pedirlo.    

O sea: que podemos tener también una nariz cristiana, un olfato transfigurado. De hecho, esta es la condición de posibilidad del sensus fidelium, ese consenso de narices capaz de ponerse de acuerdo en que algo huele a Pascua. Hoy, cuando no se oye tanto hablar de Pascua, una nariz transfigurada nos tendría que ayudar a descubrirla presente, aunque el otro no hable de ella explícitamente, o pertenezca a otro credo, o no tenga ninguno. Aunque nos resulte más difícil. Algo de lo que dice o hace el otro pueden traer el olor del kerigma, aunque el otro no sepa ni lo que es el kerigma. No se trata solo, en mi opinión, de un cristianismo anónimo, como proponía Rahner: hay personas que ni son cristianas ni quieren serlo, y no creo que su verdad puede ser reducida solo a un implícito. Sin embargo, cuando husmeamos en lo que hacen o en lo que dicen, a nosotros, cristianos, nos huele a Evangelio, incluso nos puede hacer comprender mejor lo que queremos vivir y decir. 

Hace unos días me topé con unos versos de Luis García Montero. Pertenecen al poema “Los cuidados”, incluido en “Un año y tres meses”, el poemario escrito a raíz de la enfermedad y la muerte de su mujer, Almudena Grandes. Dicen así: 

“La ropa sucia deja de oler mal
porque ya se ha mezclado
con todo lo que somos y sentimos.”

García Montero no es cristiano, pero sus versos hablan de un olfato transfigurado, capaz de trascender por el amor, por la consistencia frágil de una relación, el mal olor que deja en las ropas la enfermedad. Gracias a estos versos no cristianos podemos entender mejor lo que pedimos al rezar considerando nuestro olfato. A algunos, ese trabajo del Señor sobre su nariz los ha llevado a pasar por encima del mal olor de la pobreza, a dar su vida en lugares donde a veces apesta, y hacerlo con alegría. 

Decir que nuestra cultura es postcristiana no tiene por qué ser solo una afirmación melancólica, provocada por la ausencia de lo que antes estaba más presente. Si nuestra cultura es postcristiana es, sobre todo, porque no se puede entender sin la presencia secular del cristianismo y del Espíritu en ella. Si los cristianos de los primeros siglos supieron descubrir “semillas del Verbo” en las filosofías y religiones paganas, qué no tendríamos que poder olfatear nosotros en un mundo que no se entiende sin el paso del cristianismo por él, y en el que el Espíritu sigue cocinando. 

La felicidad del poeta que ya no percibe el mal olor en las ropas de su mujer enferma o el recuerdo del amor que pone en marcha el olor a galletas nos conducen a aquel que recrea todas las narices, al que percibía el aliento de vida de Dios en todo.

[Imagen de Freepik]

Adviento: volver a creer, volver a confiar

Empieza el Adviento. Este año convivirá en el tiempo con el mundial de futbol de Qatar. Difícil y desigual competencia. Para muchas personas el futbol es una nueva religión y un mundial sería como una especie de tiempo litúrgico: un calendario de actos (partidos de futbol) que rompen la monotonía de los días dándoles una especie de emoción o incentivo; un elenco de personajes que configuran una constelación o santoral laico (¿qué son sino los cromos de los jugadores sino una especie de estampas?) entre los cuales algunos son elevados a la categoría de dioses o semidioses; un despliegue de cánticos y de estolas/bufanda en honor de mi equipo o mi país; y todo esto con una cobertura mediática de alcance mundial con miles de millones de dólares implicados. De hecho, esta “nueva religión” no es sino una versión más de la religión que da culto al ídolo que está detrás de todo esto y que no es otro que mammón, el dios dinero.

Será, pues, un tiempo de Adviento extraño y ruidoso. Pero no por esto dejará de ser Adviento: una oportunidad de pensar y repensar la vida, de detenerse, de mirarla y agradecerla… Este año, a nivel personal, me he propuesto trabajar durante el Adviento la confianza. Ya hace tiempo que intuyo que una de las razones de tanto cansancio y malestar colectivo reside en esto, en la pérdida de la confianza. Hablo, claro está, de razones más personales o subjetivas. Porque de razones objetivas y claras de sufrimiento hay muchas: quien tiene dificultades para llegar a fin de mes; quien se encuentra solo y sin apoyo social; quien ha perdido el trabajo, o la casa, o la salud; quien trabaja bajo unas condiciones laborales infernales, etc. Todo esto forma parte de los llamados condicionantes sociales de nuestro malestar, bien claros, bien objetivos y denunciables. Me refiero ahora a este malestar añadido, cuando a pesar de tener estas cosas más o menos cubiertas, aparece un cansancio sin causa, una especie de pérdida de sentido.

Desde hace unos años estamos experimentando un deterioro de la confianza que se expresa a todos los niveles. Los más visibles y públicos son la política, pero también atraviesa toda la red de relaciones sociales hasta llegar al interior de los hogares. Nos cuesta cada vez más confiar porque todo parece animarnos a la desconfianza. En el fondo confiar es arriesgado porque quien confía se expone a ser engañado y a ser manipulado y, aparentemente, nos hace más vulnerables. La realidad es, sin embargo, la contraria: la desconfianza es fruto de un miedo profundo y es sobre todo el indicador más claro de la debilidad.

Quien se hace fuerte en la fe, descansa porque no ha de demostrar nada a nadie, porque sabe que más allá de las pequeñas circunstancias de la vida, hay alguna cosa más profunda que no depende solo de uno mismo. Confiar es quitarse el peso de la soledad para ponerlo en otro o en el Otro que acoge, a la vez que nos hacemos depositarios del peso de los otros, de aquellos que confían en nosotros. Entonces el peso se reparte, se hace llevable y podemos descansar. Jesús en esto fue muy claro: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar […] Porque el yugo y la carga que yo os impongo son ligeros» (Mt 11,28).

En cambio, la desconfianza es miedo, es no querer cargar con el peso de nadie, pero tampoco dejar cargar a nadie el propio peso. La desconfianza es alerta permanente para no ser engañados, de tal forma que, cuando esto pasa, no hacemos sino reafirmarnos en la misma idea, encerrados en el bucle de la propia soledad y desencanto.

Desconfiar es cansado, y quizás una parte del cansancio que nos expresamos los unos a los otros como una especie de epidemia de malestar, reside precisamente en una falta de fe: en Dios, en los otros, en la humanidad.

Dios confió en la humanidad hasta tal punto que no la dio por perdida y envió a su Hijo.  La Navidad es el Acto más grande de confianza. Por eso, estos días, en medio del ruido del mundial, somos invitados de nuevo a creer… una vez más.

[Imagen de Gerd Altmann en Pixabay]

El wellness espiritual

Dediqué mis dos columnas anteriores a mostrar cómo la espiritualidad se ha medicalizado y psicologizado en la época moderna. Siguiendo el mismo orden de ideas, en esta ocasión reflexionaré en torno a uno de los rostros de dicha medicalización-psicologización. En las últimas décadas, la espiritualidad se ha visto estrechamente relacionada con el mundo del wellness, traducido normalmente al español como bienestar. Lejos de reducirse a una mera expresión, el wellness se ha convertido en una cultura que ha permeado las distintas esferas de la sociedad de una u otra forma y en distintas escalas, siendo la espiritualidad una de las esferas más influenciadas por esta narrativa. Antes de abordar directamente lo que se ha llamado el Spiritual Well Being o Bienestar Espiritual, considero pertinente dedicar unas palabras a entender mejor de dónde viene la cultura del wellness.

Según Ben Zimmer,[1] este término proviene de Halbert L. Dunn que para la década de 1950 era el director del National Office of Vital Statistics. Dunn tenía como objetivo buscar una terminología que hablara de la salud no en términos negativos, es decir, en tanto prevención de enfermedades, lenguaje médico que predominaba en aquel entonces. Al contrario, Dunn pensaba que hacía falta una narrativa que abordara la salud en su positividad y ayudara a alcanzar el mayor y más completo estado de bienestar posible. Escribió una serie de artículos alrededor de lo que en su momento llamó “high-level wellness”, definiéndolo como un método integral orientado a maximizar todo el potencial del individuo. En 1961, Dunn publicó su libro High-Level Wellness, el cual no tuvo mucho éxito al inicio.

Tuvo que pasar una década para que John W. Travis encontrara por casualidad el libro de Dunn y quedara fascinado con las ideas ahí presentadas y con sus aplicaciones. Para 1975, Travis había fundado el Wellness Resource Center en California, donde promovía una serie de técnicas e ideas que posteriormente fueron conformando la cultura del wellness. Actualmente se entiende el wellness como “un proceso activo mediante el cual nos concienciamos y hacemos ciertas elecciones en vistas de una existencia más plena”, por utilizar los términos del National Wellness Institute con sede en Wisconsin.

Con todo, no se esperaba que el término llegara a obtener popularidad, o por lo menos, nos cuenta Zimmer, así lo expresó Dan Rather en 1979. Hoy, entrada la tercera década del siglo XXI, el wellness no solamente es mundialmente reconocido, sino que ha logrado penetrar e influir en las más distintas esferas de la vida cotidiana. Esta influencia es especialmente palpable en el campo de la salud y la psicología, pero también en el de la espiritualidad.

Conforme fue pasando el tiempo, distintas investigaciones fueron comprobando lo incompleto que estaría un referente de bienestar humano que se basara únicamente en los criterios materiales, como puede ser la alimentación, la salud o el éxito profesional. Rápidamente comenzaron a tomarse en cuenta criterios psicológicos y, por supuesto, espirituales. Se defendía, sobre todos en los Estados Unidos, que para la población era muy importante la creencia y la relación con la esfera de lo trascendente, independientemente de cómo se le nombrase. Fue así que en 1983 apareció el famoso artículo de C.W. Ellison “Spiritual well-being: Conceptualization and measurement” en el Journal of Psychology and Theology.[2] Un año antes Ellison había publicado junto con R.F. Paloutzian otro artículo titulado “Loneliness, spiritual well-being and the quality of life”.[3] La propuesta era bastante original, no meramente por el hecho de incluir la espiritualidad como un factor clave del wellness, sino por proponer bienestar propiamente espiritual, medible a través de metodologías y análisis.

Ellison y Paloutzian desarrollaron la Spiritual Well-Being Scale (SWBS) o la Escala de Bienestar Espiritual. Esta escala tiene el objetivo de hacer posible la medición de la dimensión espiritual del ser humano.[4] La SWBS tiene la forma de un examen psicométrico constituido por 20 preguntas, las cuales se subdividen en dos categorías: la Religion Well-Being (RWB) con 10 preguntas y la Existential Well-Being (EWB) con otras 10. La primera es vertical en tanto que se refiere a la relación con Dios (entendiendo este concepto en un sentido amplio), mientras que la segunda es horizontal tomando en cuenta la satisfacción personal, el sentido de vida y aspectos similares. Esta diferenciación entre escalas permite brindar datos de personas con distintas prácticas espirituales, algunas más relacionadas con la religiosidad tradicional, otras más enfocadas en la espiritualidad sin religión.

A continuación, presento íntegramente los 20 rubros presentados por la SWBS con la traducción al español del Westmont College:[5]

1. No encuentro mucha satisfacción al orar en privado con Dios.
2. No sé quién soy, de dónde vine o a dónde voy.
3. Creo que Dios me ama y creo que sí le importo.
4. Creo que la vida es una experiencia positiva.
5. Creo que Dios es impersonal y que no está interesado en mis situaciones diarias.
6. Siento que mi futuro es incierto.
7. Tengo una relación personal significativa con Dios.
8. Me siento pleno y satisfecho con la vida.
9. No obtengo fortaleza personal ni respaldo de mi Dios.
10. Tengo una sensación de bienestar con respecto a la dirección en la que va mi vida.
11. Creo que a Dios le preocupan mis problemas.
12. No disfruto casi nada de la vida.
13. No tengo una relación personal con Dios que me satisfaga.
14. Me siento bien con respecto a mi futuro.
15. Mi relación con Dios me ayuda a no sentirme solo.
16. Siento que la vida está llena de conflictos e infelicidad.
17. Me siento más pleno cuando estoy en comunión cercana con Dios.
18. La vida no tiene mucho significado.
19. Mi relación con Dios contribuye a mi sentido de bienestar.
20. Creo que hay un propósito verdadero para mi existencia.

Los numerales 1, 3, 5, 7, 9, 11, 13, 15, 17 y 19 se refieren al RWB, mientras que los 2, 4, 6, 8, 10, 12, 14, 16, 18 y 20 al EWB. Cada uno de los rubros tiene respuestas de opción múltiple, una escala que va de Completamente de acuerdo, Moderadamente de acuerdo, De acuerdo, En desacuerdo, Moderadamente en desacuerdo, Completamente en desacuerdo. Los puntajes son del 1 al 6 dependiendo del tipo de pregunta. Los números 3, 4, 7, 8, 10, 11, 14, 15, 17, 19 y 20 toman el “Completamente de acuerdo” con valor de 6 y de ahí para abajo, mientras que el 1, 2, 5, 6, 9, 12, 13, 16 y 18 al revés, es decir, “Completamente de acuerdo” vale 1 y “Completamente en desacuerdo” vale 6. Sumas los puntajes y, si tus resultados entran dentro del rango de 20 a 40 puntos, significa que tienes un bajo nivel de bienestar espiritual, de 41 a 99 un bienestar espiritual moderado y de 100 a 120 un bienestar espiritual alto. También se pueden sacar el RWB y el EWB por separado.

Los creadores de esta metodología son conscientes de algunas problemáticas internas, por ejemplo, el hecho de que casi todas las preguntas del RWB van dirigidas a personas con una fe a un Dios personal. Sin embargo, aclaran que por “Dios” hay que entender cualquier ser supremo o entidad espiritual que se conciba. Además, consideran que el EWB complementa al RWB, ya que contempla sobre todo a las personas que no son teístas. Así, alguien puede tener un RWB bajo por no ser religioso, lo que repercute en su puntaje general del SWBS. Sin embargo, si se considera únicamente el EWB, puede ser que la cosa cambie. Otro problema es el de la traducción, del cual también se muestran conscientes los impulsores de esta metodología. Proponen un esfuerzo de traducción no solamente literal sino “cross-cultural”, es decir, que tome en cuenta las diferencias culturales para adecuar cada uno de los rubros a lo que sería correspondiente en otras culturas.

Explorando la literatura respecto al SWBS, encontré algunos ejemplos de casos aplicados en distintos países y en distintas poblaciones, siendo otro de sus puntos interesantes la mayor actualidad de los estudios frente a los originales de los años 80. El primero de ellos es el de un caso checo del 2014, en el que se trató aplicar el SWBS a estudiantes de entre 13 y 15 años en ambientes secularizados.[6] Este estudio muestra unos matices interesantes respecto del test original, como la disminución de preguntas y la consideración del género, todo en función de arrojar más datos en el tipo de población específica que se estudiaba. Otro caso se dio en Brasil en el 2011, en esta ocasión entre enfermeros y profesionales de la salud.[7] El objetivo del estudio era mostrar el rol de la espiritualidad tanto en el cuidado de pacientes enfermos como del propio cuidado del personal de salud. Un último caso, en esta ocasión en México, propone analizar el bienestar espiritual, utilizando otras metodologías, pero en esta ocasión entre personas ancianas en relación a su fortaleza.[8]

El segundo estudio citado define el bienestar espiritual en los siguientes términos:

El bienestar espiritual puede ser entendido como un estado sentimental, comportamental y cognitivo positivo para las relaciones con uno mismo, con los otros y con una dimensión transcendente, dando al individuo una sensación de identidad, actitudes positivas, armonía interior, y objetivo en la vida. Estudios realizados en diversas poblaciones encontraron asociación positiva entre el bienestar espiritual y la salud mental.

La primera ocasión que leí sobre el SWBS creí que había dado con uno de los mayores ejemplos de lo que he llamado la medicalización de la espiritualidad (ver mi artículo sobre el tema). Después de haber profundizado un poco en esta metodología e incluso haber realizado el test yo mismo, no puedo más que confirmar mi primera sospecha.

Incluso se ha intentado normatizar para mejorar su ejecución y fortalecer su cientificidad.[9] No es difícil distinguir en este fenómeno las características analizadas en mis dos artículos anteriores: la automodernidad, la medicalización de la espiritualidad, la espiritualización de la salud, etc. La conquista que lleva a cabo la narrativa del bienestar dentro de la espiritualidad llega a un punto casi irreversible cuando se crean y aceptan metodologías como la SWBS.

Temo que llegue el día en que una alta puntuación en alguna de estas mediciones sea prerrequisito, como ahora lo son los psicométricos, para ser aceptado en un trabajo o incluso para formar parte de un grupo religioso, como las órdenes religiosas católicas que hacen exámenes psicológicos a sus prospectos para determinar si son aptos o no para ingresar en el proceso vocacional.

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[1] Ben Zimmer, “Wellness”, en New York Times, https://www.nytimes.com/2010/04/18/magazine/18FOB-onlanguage-t.html

[2] Ellison CW. Spiritual well-being: Conceptualization and measurement. Journal of Psychology and Theology. 1983;11(4):330–340.

[3] Paloutzian RF, Ellison CW. Loneliness, spiritual well-being and the quality of life. In: Peplau LA, Perlman D, editors. Loneliness: A sourcebook of current theory, research and therapy. New York: Wiley; 1982. pp. 224–237.

[4] Rodger K. Bufford, Raymond F. Paloutzian and Craig W. Ellison, “Norms for the Spiritual Well-Being Scale”, in Journal of Psychology and Theology, Vol. 19, 1991, pp. 56-70.

[5] En la siguiente página se puede encontrar más información sobre la SWBS, el test en varios idiomas, así como el manual de instrucciones para ejecutarlo: https://www.westmont.edu/psychology/raymond-paloutzian-spiritual-wellbeing-scale

[6] Malinakova K, Kopcakova J, Kolarcik P, Geckova AM, Solcova IP, Husek V, Kracmarova LK, Dubovska E, Kalman M, Puzova Z, van Dijk JP, Tavel P. The Spiritual Well-Being Scale: Psychometric Evaluation of the Shortened Version in Czech Adolescents. J Relig Health. 2017 Apr;56(2):697-705. doi: 10.1007/s10943-016-0318-4. PMID: 27787695; PMCID: PMC5320003.

[7] Mesquita, Ana Cláudia, Costa Valcanti Avelino, Carolina, Neves Barreto, Maiara, Alves Nogueira, Denismar, Souza Terra, Fábio de, & Cássia Lopes Chaves, Érika de. (2014). El bienestar espiritual y la prestación del cuidado espiritual en un equipo de enfermería. Index de Enfermería, 23(4), 219-223. https://dx.doi.org/10.4321/S1132-12962014000300006

[8] Whetsell, Martha V, Frederickson, Keville, Aguilera, Paulina, & Maya, Juan Luis. (2005). Niveles de bienestar espiritual y fortaleza relacionados con la salud en adultos mayores. Aquichan, 5(1), 72-85. Retrieved September 21, 2022, from http://www.scielo.org.co/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1657-59972005000100008&lng=en&tlng=es.

[9] Ver Rodger K. Bufford, Raymond F. Paloutzian and Craig W. Ellison, “Norms for the Spiritual Well-Being Scale”, in Journal of Psychology and Theology, Vol. 19, 1991, pp. 56-70.

[Imagen de vined mind en Pixabay]

Deber de resistencia

A finales de octubre, domingo 23 por la tarde, Emmanuel Macron fue uno de los invitados a dirigir la palabra a los presentes en el encuentro anual que, con el título Il grido della pace, este año convoca la comunidad católica mundial San Egidio desde 1987 en la estela del espíritu de Asís (1986). Además de Macron estuvieron presentes otros presidentes como el de la República Italiana, el católico Sergio Matarella, el cardenal Matteo Zuppi, arzobispo de Bolonia y presidente de la Conferencia episcopal italiana que proviene de San Egidio y que el pasado 14 de junio estuvo en Santa María del Mar con la comunidad de Sant Egidi en Cataluña (“queremos leer los libros de las lágrimas, para elegir el camino de la paz y no aceptar la ley de la impotencia”, dijo Zuppi) y el historiador Andrea Riccardi.

Dijo Sergio Matarella en el encuentro que Europa no puede permitirse el lujo de caer prisionera de la precariedad, ni ser incapaz de cumplir su papel natural de garante de la paz y la estabilidad, reivindicando el “espíritu de Asís”; que hay que crear caminos hacia la paz con perseverancia, mediante el diálogo, las negociaciones y el uso de ”la diplomacia en lugar de las armas”; que “la paz no se logra exaltando la guerra y la voluntad de poder”; y que hay que saber escuchar “el grito de sufrimiento y el grito de la paz que viene de las mujeres y los hombres” y traducirlo en actos concretos, según el presidente italiano.

Por su parte, Riccardi sostuvo que deres, creyentes de distintas religiones y humanistas seculares, no encerrados en laboratorio, son los que trabajan por la paz y que las religiones son organismos vivos que recogen los anhelos y están cerca de los dolores, las alegrías y el sudor de las personas.

Como es lógico, Macron fue a ver a Jorge M. Bergoglio, con quien, según La Croix, el diario católico francés, comparten raíces comunes. Macron es antiguo alumno de La Providence, el colegio jesuita de Amiens, y, desde 2018, ha visitado tres veces al santo padre en Roma. Hay buena relación entre ambos. Si Riccardi, antiguo ministro italiano, reclamó “abrir nuevos caminos” con imaginación profética, el presidente de la República francesa se dirigió a las Iglesias y confesiones, siguiendo la trayectoria iniciada en les Bernardins de París. Lo que decía Riccardi recordaba aquellas palabras de Pablo VI en Octogesima adveniens de 1971: “Jamás, en cualquier otra época había sido tan explícito el llamamiento a la imaginación social. Es necesario consagrar a ella esfuerzos de invención y de capitales tan importantes como los invertidos en armamento o para las conquistas tecnológicas” (n. 19; también, nn. 10 y siguientes).

Macron volvió a sorprender a los asistentes: “Me he esforzado por dialogar con el presidente Putin” (la imagen de hace unos meses, antes de la guerra, de una larga mesa creadora de una distancia enrome, sigue proyectando esa distancia) y “cada día me hacía esta pregunta: ¿cómo nos hemos metido en este túnel? Sólo hablamos de victoria o de derrota; he venido hoy para hablar de paz, quizás algo insoportable para los que luchan por su libertad; para algunos, tal vez una traición”. El presidente de la República francesa insistió en que la paz no fuese capturada por el poder ruso. Neutralidad significaría aceptar el orden mundial del más fuerte y éste no puede ser la consagración de un estado de cosas, sino que la paz se ha de construir con quien hoy es el enemigo, alrededor de una mesa, no siendo manipulados por el poder ruso, como lo está siendo la iglesia ortodoxa.

En el discurso de Macron del domingo por la tarde, de más de media hora, algunas palabras fueron repetidas: universalismo, relacionándolo con la dignidad humana, la alteridad y la narración diferenciada y el esencial deber de resistencia de las religiones. Su tono era ágil, distendido. El lenguaje corporal amable. Estaba a gusto ante quienes hablaba. Para Macron ese deber de resistencia debe ejercerse contra los poderes que, muchas veces con altas dosis de revisionismo histórico y de nacionalismo exacerbado, mezclan religión con política. Para Macron, el nacionalismo, que diferenció del patriotismo, es algo del todo inaceptable. Las religiones pueden ayudar a pensar y realizar una vida juntos y a reequilibrar el mundo.

Francisco dijo en el ángelus que “la oración es la fuerza de la paz” y lo repitió en el Coliseo romano el martes 25 de octubre, rezando por “la paz en Ucrania y en el mundo”, junto con los representantes de las iglesias y comunidades cristianas, y de las religiones del mundo. 

[Imagen extraída de Vatican News]

El desafío del fenómeno migratorio

Sigue siendo increíble que, en pleno siglo XXI, sigamos teniendo en nuestras sociedades, tantas manifestaciones xenófobas, racistas, y tantas otras actitudes despectivas hacia los migrantes que nos llegan hoy a gran escala de otras partes del mundo. Según la Organización Internacional para la Inmigración (OIM), al finalizar el 2020, teníamos más de 281 millones de migrantes en el mundo[i], cifra que sin duda se vio frenada por el avance de la pandemia del Covid-19, pero que seguramente hoy día sea mucho mayor. Las diversas situaciones por las cuales los hombres y mujeres se ven obligados a emigrar están cambiando el panorama geopolítico mundial, haciendo necesario una toma de conciencia de toda la población para que este tema sea asumido con responsabilidad, no sólo por los gobiernos de turno, sino por la sociedad en su conjunto. Podemos decir que hay algunos planes inclusivos del extranjero, no solo en el plano legal, sino que, en las leyes laborales, en el acceso a la documentación también, pero lo que nos falta cambiar es la mentalidad de rechazo que impera.

Desde un pensamiento encarnado, que intenta ser crítico con la experiencia de la vida de las personas, necesitamos ahondar en una reflexión filosófica que se sirva sí de los datos estadísticos, pero que apunte a lograr explicar mejor qué implica hoy ser humano. Por un lado, para reconocerse mejor a sí mismo, y por otro reconocerse en el otro, que es distinto pero que necesita de lo mismo que todos para vivir. Cada ser humano, sea en la situación que se encuentre, depende siempre de factores históricos, políticos, geográficos, económicos, sociales y religiosos, que hacen de quien es una persona con características específicas. Pero hay una condición en el ser humano, dicha hace unos años por el filósofo francés Gabriel Marcel, que el ser humano es un homo viator, un “hombre viajero”, un ser siempre en camino, un ser de viaje, alguien que va de paso. En el tiempo y espacio que nos toca vivir, el ser humano es un peregrino que camina por este mundo en búsqueda de una mejor realización.

Desde esto, siendo seres “de paso”, no podemos olvidar aquellos factores que van condicionando nuestra endeble existencia humana. Para algunos son las guerras, las persecuciones, los desastres naturales, la falta de oportunidades, que van acorralando muchas veces la existencia, pero sobre todo acorrala a grandes grupos humanos, sin darle otra salida que la búsqueda de realización en otra tierra. Por eso también entendemos esa condición humana de la existencia como un ser circunstancial. Recordamos la frase del filósofo español Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Esto nos revela que la identidad de cada ser humano se va construyendo a partir de las circunstancias espacio-temporales que le toca vivir y que la atraviesa siempre junto con otros y otras por lo que, primero se deben pensar las circunstancias que inciden en la vivencia de esa comunidad humana, para luego procurar salvar a esa comunidad. Si no aceptamos las situaciones injustas por las que hoy muchos salen de sus territorios para poder sobrevivir, tampoco estamos trabajando para salvar nuestras comunidades.

La realidad de la migración nos revela la falta de criterios profundamente humanos que ayuden a que nuestras sociedades sean más justas. En una sociedad del cansancio (Han), experimentamos la pereza instalada a la hora de pensarnos respecto a aquello que va más allá de lo necesitamos de forma inmediata. Pareciera que, en este mundo del capitalismo consumista, es siempre más importante la necesidad personal, que estar atentos a lo que otros están sufriendo. Hay una urgencia de una revisión de las nociones fundamentales de justicia, responsabilidad, ética, necesidad. Como afirma Pérez: “Cuando en el día a día de nuestra dinámica social tenemos la noticia de miles de inmigrantes que en penosas condiciones llaman a las puertas de los países desarrollados, en buena parte de los casas para ser devueltos como ilegales la círculo infernal de la miseria de la que huían, no nos queda más remedio que constatar la urgencia política y el imperativo moral de repensar nuestros criterios y prácticas”[ii].

Según el antropólogo francés Marc Augé, esta capacidad de movilidad (homo viator) como un derecho de todos, choca con la lógica capitalista de buscar réditos de forma rápida dejando para “otro momento” las necesidades urgentes de nuestros migrantes. Afirma Augé: “Concebir la movilidad en el espacio pero ser incapaz de concebirla en el tiempo es, finalmente, la característica que define al pensamiento contemporáneo, atrapado en una aceleración que lo sorprende y lo paraliza”[iii]. Afirmar teóricamente que el mundo es el espacio de realización del ser humano, negándole en su urgencia de brindarle seguridades para su subsistencia, tiene detrás una intencionalidad macabra. Todo ser humano tiene el derecho de movilizarse, debido a esta condición de movilidad dentro de su propio territorio, pero también cuando decide trasladarse más allá de las fronteras internacionales. Si la decisión de emigrar es voluntaria, sin importar las razones, debe haber un marco legal que facilite este movimiento. En esto también se juega una ética del cuidado, como se habla mucho en estos tiempos, de acoger al necesitado, al que sufre injustamente, reconociendo en ese “otro” que llega a pedir asilo, un “yo” que posee características similares.

Debemos aunar esfuerzos por combatir las políticas del miedo al extranjero, donde muchas veces se canalizan los miedos más profundos del ser humano que son manipulados por intereses egoístas de los que tienen el poder. Normalmente hacemos una selección de a qué o quienes temer: no tememos al extranjero que posee capitales y viene a invertir en nuestros países. Le tememos al extranjero pobre. La aporofobia proclamada por Adela Cortina, revela el rechazo selectivo de nuestras decisiones que descartan en nuestro cotidiano vivir aquello que amenaza nuestros bienes, sin percibir la propaganda que está detrás de todo ello. Al contrario de aprender a compartir lo poco que tenemos, nos volvemos cada vez más egoístas y celosos de lo que poseemos. Y esto nos ciega haciéndonos incapaces de ponernos en la piel del inmigrante y el miedo que carga. Como dice Bude: “Unos tienen miedo porque se sienten amenazados por una minoría, y otros tienen miedo porque se sienten amenazados por la mayoría”[iv]. Si la mayoría unificara más esfuerzos, podríamos recibir al extranjero como un hermano y ayudarlo a rehacer su vida.

Necesitamos re-humanizarnos para lograr que aquellos que dejan sus países de origen, de los cuales seguramente no quieran salir pero que lo hacen por extremas necesidades, puedan ser acogidos dentro de un clima de fraternidad universal para que puedan continuar sus vidas donde elijan. Pero para eso, no basta procurar un cambio en las políticas migratorias, en los pactos internacionales, sino que sobre todo hay que provocar una educación en un humanismo comprometido con las necesidades de todos, que nos lleve a ir más allá de las normas. Como propone el papa Francisco: “Existe la gratuidad. Es la capacidad de hacer algunas cosas porque sí, porque son buenas en sí mismas, sin esperar ningún resultado exitoso, sin esperar inmediatamente algo a cambio. Esto permite acoger al extranjero, aunque de momento no traiga un beneficio tangible”[v]. Dar lugar a quien necesita, dar de comer al hambriento, dar cobijo a quien tiene frío, debería ser una práctica cotidiana que nos lleve a trabajar por una justicia interpersonal, donde aprendamos a colocarnos empáticamente en el lugar del otro. Sigamos procurando avanzar en este camino.

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[i] https://publications.iom.int/es/node/4126

[ii] Pérez Tapias, José Antonio, Del bienestar a la justicia, Ed. Trotta, 2007, p. 197.

[iii] Augé, Marc, Por una antropología de la movilidad, Ed. Gedisa, 207, p. 89.

[iv] Bude, Heinz, La sociedad del miedo, Ed. Herder, 2017, p.135.

[v] Fratelli Tutti n.139.

[Imagen de Jim Black en Pixabay]