Mixofobia
La mixofobia es el cimiento de la no inclusividad, la fobia a incluir a otros en el propio paisaje de vida, la fobia a mezclarse. «La ‘mixofobia’ —escribía hace unos años Bauman— se manifiesta en el impulso a dirigirse hacia islas de similitud y semejanza en medio del mar colmado de variedades y diferencias».[1] Un grupo social mixófobo, a pequeña o a gran escala, se apoya en un mito fundacional que presupone que «el otro», el que no es de mi etnia, nacionalidad, orientación sexual, religión o lengua, aporta desorden, inseguridad y alteración de mi identidad.
Este mito, enriquecido con bulos, posverdades, mentiras y falsificación de datos, excluye sistemáticamente la diversidad, así como la empatía con quien es calificado de diferente o de extraño. El relato mixófobo del mito está cargado de odio y, al mismo tiempo, de miedo y necesidad de protección contra una imaginaria posibilidad de ser atacados.
Por ello, provoca siempre violencia y hace imposible la convivencia pacífica, porque atribuye al excluido el origen de todo tipo de problemas y males sociales. Aunque sea manifiesta esa injusticia contra seres humanos, que son tan personas como quienes los excluyen, se argumenta que es preferible la injustica al desorden. Es más, se juega con el fraude lingüístico, con las palabras encubridoras, porque «un buen lavado lingüístico blanquea cualquier barbaridad».[2]
Se construye así una mitología inhumana en la que los supremos principios a mantener son el supuesto orden, la supuesta seguridad y la identidad única del grupo que se cree superior. No admite otras identidades; por el contrario, exige la «prioridad nacional» o cualquier otra prioridad excluyente de las identidades diferentes.
Hacer que el diferente se sienta insignificante
La presión mixofóbica tiene como primer objetivo la anulación de cualquier horizonte de esperanza en el excluido. Matar la esperanza de otros es el método cruel para ejercer la superioridad del grupo excluyente y mantenerse en el poder, sea político o cultural. Es una forma de terror psicológico.
De este modo, el excluido se siente insignificante, porque se convierte en invisible, culpable e ignorado. Posiblemente, no exista daño mayor que el que nuestra vida sea tachada de insignificante, porque eso acarrea dudas sobre el valor de la propia identidad o produce identidades inestables.
La forma de provocar la insignificancia y de controlar al excluido es mantenerlo en una situación social de pobreza, privación de derechos (salud, educación, acceso a ayudas sociales…), imposibilidad de vivienda digna, amenazas de expulsión, falta de reconocimiento de sus cualidades. En definitiva, hacer que se autoconsidere una no-persona.
El «patrimonio» doloroso de las personas excluidas
«¿Cuánta pena —se pregunta M. Margalit, refiriéndose al sufrimiento humano de los palestinos en Israel— puede un ser humano cargar sobre sus hombros, cuánto tiempo puede plantarse frente al espejo y reconocerse ocupado, con toda la connotación humillante que ello comporta?».[3] Todos tenemos límites a nuestro dolor, nuestra pena, nuestra resistencia al trato inhumano. Por todo eso, las personas excluidas no podrán aguantar indefinidamente, ya que ningún ser humano es superior a otro, y aquel a quien hacen sentirse inferior acumulará lo que irónicamente puede denominarse un «patrimonio». Un patrimonio que, aunque al principio será negativo, luego le hará necesariamente luchar por su libertad y su dignidad.
El primer elemento de un «patrimonio» desolador de quien es excluido es la desaparición de todo horizonte de esperanza. Eso es lo que pretenden provocar quienes imaginan que únicamente ellos tienen derecho a vivir sobre los que no tienen derecho a vivir —ni siquiera a sobrevivir—.
El segundo elemento del «patrimonio» de quien se siente humillado, desposeído de su dignidad y despreciado es, posiblemente, el odio; un odio que tal vez le lleve a la violencia contra quien ejerce violencia sobre él.
El tercer elemento puede ser la memoria histórica de ese odio, un legado que deje a su descendencia, como puede comprobarse constantemente en los pueblos masacrados impunemente por otros pueblos.
Pero, como no es posible arruinar definitivamente la esperanza —porque, recordando a Neruda, «podrán cortar las flores pero no podrán impedir la primavera»—, las personas no admitidas en una sociedad no inclusiva terminarán por hacer oír su voz, con el apoyo también de quienes las acogen, las consideran iguales en dignidad y les facilitan la inclusión con todos los derechos y libertades.
Empobrecimiento de cualquier sociedad no inclusiva
No hay nadie de raza pura, de genética transmitida sin mezclas, de pertenencia secular a una misma sociedad. Todos somos permanentemente migrantes, no solo geográficos, sino culturales e ideológicos. La ausencia de inclusión empobrece siempre a la humanidad, precisamente porque la hace menos humana al no aceptar ni el reconocimiento político ni el reconocimiento cultural de todas las personas. «Por eso, hoy, más que nunca, necesitamos relatos que nos digan que la única forma verdaderamente humana de relacionarnos con nuestros semejantes es situarnos frente a ellos en la misma dinámica ‘amorosa’ del Universo del que surgimos».[4]
Quien piensa que sus costumbres o «su verdad» merecen mayor reconocimiento y valoración que las de otros que no han tenido la misma fortuna de «nacer, pensar, vivir y actuar bien», lo único que hace es contemplar el mundo por un agujero minúsculo, montado a la defensiva, con una mentalidad pobre y estrecha que no tiene ni la valentía ni la libertad de ser plenamente humana. El mito de la sociedad no inclusiva es el mito del disparate humano, del complejo de inferioridad, del miedo a la diversidad.
Harari se preguntaba hace no mucho tiempo: «Si los sapiens somos tan sabios, ¿por qué somos tan autodestructivos? […] ¿Por qué somos tan buenos a la hora de acumular más información y poder, pero tenemos mucho menos éxito a la hora de adquirir sabiduría?».[5] Pues, sencillamente, porque no somos tan sabios como queremos creer que somos; el desarrollo de la inteligencia no implica necesariamente el desarrollo de la sabiduría.
[1] Zigmunt Bauman, Amor líquido. Fondo de Cultura económica, Madrid 2009, p. 145 y 146-152.
[2] Meir Margalit, Jerusalén, la ciudad imposible. Catarata, Madrid 2018, p. 63.
[3] O. cit., p. 43.
[4] Bruno Mori, Por un cristianismo sin religión. Abyayala, Quito 2021, p. 136.
[5] Yuval Noah Harari, Nexus. Penguin Random House, Barcelona 2024, pp. 11 y 12.
[Imagen de Vilius Kukanauskas en Pixabay]