Siempre me ha gustado el número 4. Desde pequeño he sentido una tierna afinidad por ese número, sin explicarme muy bien por qué. De trazos rectos y robustos, pero flexible y amplio como una vela a la deriva sostenida sobre un fuerte mástil. Sin mayores vueltas numerológicas ni usos esotéricos rebuscados. El 4 es mi número porque me gusta, y porque le gustaba al niño que un día fui.

Cuatro son los días que he caminado a Caravaca de la Cruz, y cuatro los lugares donde pude descansar en mi andadura: Murcia, Alguazas, Mula y Bullas. Y pese a ser una risa de peregrinaje si es comparado con Santiago por distancia, infraestructura y número de peregrinos; la experiencia me confirma que toda peregrinación tiene un regalo. «Es algo así como una tecnología espiritual muy potente», me dijo mi admirada Mardía Herrero, veterana peregrina, hace dos meses en Madrid.

Voy a ser conciso y procurar no perderme en relatos románticos o fantasías poéticas de lo que ha sido mi camino a Caravaca de la Cruz en este Año Jubileo. Solo quiero invitarte a caminar: solo o acompañado, pero que te animes al Camino para así probar su dulzura.

El primer día, el recorrido hasta Alguazas fue feo, desolador en algunos tramos. Tan descuidado, rodeado de basura y paisajes industriales, solo pude juzgar el camino. Me defraudó. O quizás fue ese deseo de inmediatez por la experiencia cuqui, perfecta y fotografiable, tan característico de nuestra época. Era tan solo un comienzo. Todavía quedaba camino.

El segundo día mejoró cuando los badlands, las tierras yermas, fueron ganando terreno. Con algo decente que ver, mi juicio externo quedaba satisfecho y descansaba. Pero, atención, la soledad se me hizo entonces evidente. Sin distracciones, el juez interior que todos llevamos dentro vino a entretenerme. Abstraído de los pasos que daba, fueron mil las conjeturas que pude hacer durante 26 kilómetros. Lo que fue en mi pasado y quise que fuera de otra manera, lo que quiero que sea un futuro que siempre desconoceré. Mi presente y mi presencia habían sido raptados. Cuando quise darme cuenta quedaban 6 kilómetros para llegar a mi destino, que se hicieron repentinamente demoledores para mis piernas y eternos para mi tiempo.

Pero al tercer día, en el ecuador del camino, algo hizo un ‘clic’. La noche anterior, mi cansancio fue acogido con mucho amor por las hermanas clarisas, y en su Monasterio de la Encarnación pude comer, dormir, contemplar la ‘Santa espina’ y orar hasta bien entrada la noche en la capilla. Partí tras la misa matutina.

Me esperaba entonces un paisaje ya montañoso, a 630 metros de altura, reverdecido y misterioso. Hacía frío y el viento soplaba a fuertes rachas de hasta 60 kilómetros hora. Ni un pueblecito entre mi origen y mi siguiente destino. Ni un alma en el camino, salvo la mía. Y en ese escenario mi presencia se instaló dulcemente. Sin esfuerzo. Ahora sí, solo me apetecía estar. Caminar, tiritar del frío. Reírme cuando sin querer me desviaba del recorrido.

Si algo me dispuse a recordar, fue a todas y cada una de las personas que en algún momento de mi vida han abierto las puertas de sus casas para darme un plato caliente y cobijo, como a un peregrino. Gente siempre querida. «Gracias, gracias, gracias». «Bendícelas», repetí, junto a sus nombres.

Pasando por bosques de pinos y campos de almendros, me puse la canción que un joven musulmán que atiende a misas católicas se reserva para estas especiales ocasiones: «Allah Hu – Flamenco Qawwali». Una bellísima melodía que nos recuerda que, cuando la diversidad se hermana, la Verdad se manifiesta.

«Allah Hu, Allah Hu, Allah Hu». La alegría desbordaba la montaña. «Allah Hu, Allah Hu, Allah Huuuuuuuu». Yo brincaba como si nada pesara ni nada pasara, salvo ese momento. Con el viento en contra y tras 21 kilómetros que se habían esfumado a mi paso, llegué a mi penúltimo destino… ¡en la mitad del tiempo estimado!

El cuarto y último día, una pésima noticia me cayó como un jarro de agua fría al despertar: un íntimo y jovencísimo amigo enfermaba, quizá de lo más temido. Con ello, salí a caminar. Mis pasos ya no eran los brincos ligeros del día anterior, ahora pesaban de preocupación. Pareciera que la trama del Camino no se resuelve tras un clímax. Esta es más enrevesada y compleja, y siempre supera todo lo que nuestro entendimiento puede esperar.

Completados 20 kilómetros entre el frío y la desazón, preguntando al aire por qué las cosas son como son, un sorprendente detalle me alivió. Tras salir de un oscuro túnel ferroviario y pasar un merendero, alguien me llamó por detrás. «¡Eh! Perdona, ¿eres peregrino?», «Ven, come con nosotros, te ves cansado». ¡Eran gallegos! Su hospitalidad y acentos me teletransportaban con morriña a Santiago de Compostela. En más de 100 kilómetros yo no había encontrado con quien hablar, pero en la recta final me esperaban hospitaleros de pura cepa para darme un impulso. Como si todos los caminos fueran Uno solo. Como si todos los amores fueran el recuerdo del Mismo.

Sin más, te invito a caminar. Especialmente si eres joven y buscas sentido. Hay algo gustoso y transformador en todo esto. Caravaca de la Cruz es una buena oportunidad para probar. 2024, año jubilar, contiene un 4 en su cuarta cifra. Y ese detalle infantil hace de mí un hombre contento.

Caravaca de la Cruz, 25 de febrero de 2024.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

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(Tánger, 1997). Politólogo y comunicador. Premio Nacional de Juventud de España y Premio Andalucía Joven por su labor de defensa de los derechos humanos. Ha trabajado en migraciones, infancia, género y cooperación internacional en países de África y Europa. Es patrono de la Fundación Instituto de Cultura Andalusí, promocionando el conocimiento de la mística islámica, y miembro del Centro Persona y Justicia, donde impulsa encuentros interreligiosos de juventud.
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