Cuando hay lugar en el corazón,
hay lugar en la casa.
Proverbio danés
La RAE define la palabra hospitalidad como «una virtud que se ejercita con peregrinos, menesterosos y desvalidos, recogiéndolos y prestándoles la debida asistencia en sus necesidades». Alain Thomasset, sj, define la hospitalidad como «una acción o práctica que consiste en acoger visitantes o extranjeros en el propio hogar con generosidad y buena voluntad… Recibir invitados en casa suele incluir pasar tiempo con ellos… Esta hospitalidad implica una profundización de la relación… Excluye un significado mercantil o interesado…»[1].
A lo largo del tiempo, la humanidad ha ido tejiendo una tradición de hospitalidad, sobre todo a través de mitos y cuentos. El profesor de literatura y especialista en interculturalidad, Alain Montandon, nos recuerda que en la representación de la hospitalidad hay un fenómeno que se inscribe en el ámbito de la magia o de lo sagrado[2]. Del mismo modo, hoy sabemos que la hospitalidad no es sólo un concepto sociológico o histórico; y que como nos lo recuerda Alain Thomasset, la hospitalidad también es una «virtud», si la entendemos como un compromiso por parte de la humanidad que incluye aspectos de carácter morales y religiosos. Una de las declinaciones de la hospitalidad es la de la noción del asilo, la protección que se da a las personas que están amenazadas o en peligro. Por ejemplo, la justificación del asilo político se encuentra ya en la antigua Grecia: en la obra Las Suplicantes[3] de Esquilo, Zeus Hospitalario insta al rey Argos a acoger un grupo de mujeres suplicantes que huyen de un matrimonio forzado; en La Odisea, Ulises es un viajero que pide asilo; en la obra de Sófocles, Antígona va más allá de la ley al desafiar y desobedecer al rey proponiendo una hospitalidad incondicional para poder enterrar a su hermano. En la mitología, encontramos varias teofanías donde los dioses visitan al hombre y a la mujer, bajo apariencia humana para ser asistidos y poner a prueba su rectitud; basta pensar en el mito clásico de Filemón y Baucis donde Zeus y Hermes, adoptando una forma humana y deciden vagar entre los mortales, pidiendo un lugar donde descansar. Fueron rechazados en toda la región, excepto por una pareja de ancianos, Filemón y Baucis[4], que los acogieron generosamente. Los dioses deciden castigar a los habitantes de la región que no los habían acogido, pero recompensaron a la pareja de ancianos concediéndoles un deseo, accediendo a su petición: ser los guardianes del templo, vivir todo el tiempo que puedan juntos y morir al mismo tiempo.
En los cuentos, encontramos dos personajes recurrentes: el ogro y el hada, que simbolizan la posibilidad de ser devorado, es decir, de perder la identidad, o bien, de que se nos conceda un deseo si se acoge. Así, cada persona tiene la oportunidad de abrir la puerta al desconocido, pero duda, pues al no saber si se trata de un ogro o de un hada, el extraño que llama a la puerta es potencialmente una amenaza o una bendición. La persona solo lo sabrá si se arriesga, y tomar ese riego tendrá seguramente una recompensa.
En la Biblia también encontramos varias teofanías y ejemplos de hospitalidad: la encina de Mambré muestra a Abraham ofreciendo hospitalidad a los tres ángeles del Señor que lo visitan bajo forma de peregrinos. Como resultado de esta acogida, Abraham y su esposa Sara tendrán un hijo, una bendición largamente esperada, signo de la nueva fertilidad de la pareja. Lot asegura la protección de sus invitados, unos ángeles-mensajeros, que han tomado forma de forasteros, al hacerlo, Lot será librado de la destrucción de Sodoma. En otro episodio de la Biblia, Rebeca recibe a Isaac dándole de beber, signo por excelencia de hospitalidad, y más tarde se casarán. Encontramos el mismo signo de hospitalidad entre Jesús y la samaritana, donde dar de beber a alguien significa acogerlo en la comunidad porque el agua es vida, devuelve el bienestar y nos regresa a la fuente, al origen. En todos estos ejemplos, la noción de hospitalidad remite a la promesa divina de posteridad, de protección o de vida eterna. De esta manera, nos damos cuenta de cómo los mitos, los cuentos y nuestras propias tradiciones espirituales modelan nuestra manera de pensar y de representarnos el mundo, nos dan claves para entenderlo. Dar de comer y beber, abrir la puerta de casa, recibir y acoger a alguien, pasar tiempo e interesarse de manera sincera y auténtica por su persona, son signos de hospitalidad. Son acciones sencillas que cualquiera puede realizar y que, sin embargo, evocan el encuentro entre lo humano y lo divino.
Esta hospitalidad coincide plenamente con la praxis de Jesús, con el anuncio del Reino a través de los símbolos de la comida, la fiesta o el banquete, en definitiva, todo lo que es signo del encuentro mutuo, recíproco. Jesús compartió la mesa, comiendo y bebiendo con los que estaban marginados por razones económicas, sociales, morales, sanitarias o étnicas. La invitación de Jesús a participar en esta gran mesa compartida es una buena noticia para los empobrecidos y excluidos, para todos aquellos que están perdidos o que no encajan, que no cuentan para la sociedad. Ellos son acogidos por Jesús, que les revela el Reino de Dios y les ayuda a reintegrarse en la sociedad. De este modo, Jesús es forastero, huésped, anfitrión y pan. A través de la hospitalidad practicada por Jesús, podemos compartir la hospitalidad de Dios y llegar a ser plenamente humanos. Los Padres de la Iglesia, con sus enseñanzas, nos heredan posicionamientos radicales en la acogida de extranjeros y en la hospitalidad invitándonos a recibir a los extraños pero también, a salir a su encuentro, a buscarlos[5]. Finalmente, la Iglesia retoma esta tradición al desarrollar la noción de santuario haciendo que los templos sean lugares de refugio y de asilo sagrado[6].
Todas estas historias, narraciones y relatos nos ayudan a entender nuestro mundo, estructuran nuestro pensamiento e iluminan nuestras búsquedas en relación al otro, al extranjero, a la persona diferente, al que viene de lejos y llama a nuestra puerta. Y ese otro, en nuestros días, se presenta en la forma de aquellas y aquellos que buscan refugio.
En este 20 de junio celebramos el Día Mundial de las Personas Refugiadas, según Naciones Unidas más de 89,3 millones de personas en todo el mundo se han visto obligadas a huir de sus hogares, entre ellas 27,1 millones son refugiados, lo que significa que 1 de cada 88 personas está desarraigada[7].
Detrás de todas estas cifras y datos, y detrás de la palabra refugiado, hay hombres y mujeres, niños y niñas, como todos nosotros, que intentan encontrar un lugar donde puedan acceder a una vida digna, plena y abundante, a un futuro luminoso. Detrás de cada estadística se esconde una historia especial y sagrada. Hoy día, los refugiados son teofanías vivas llamando a nuestra puerta, invitándonos a acoger la diferencia y a descubrir el rostro de Dios que viene de lejos, con nombres, idiomas, acentos y colores diferentes. Los refugiados nos llaman a abrirnos a la novedad, a la incertidumbre y a la esperanza. Una novedad, como la del Evangelio, que nos exige descentrarnos, ir a la periferia, ser creativos y escuchar al Espíritu de Dios que nos llama a la conversión, a cambiar de rumbo, a seguir a Cristo que nos invita a acercarnos con fe a estos lugares de paso, de frontera. Los refugiados nos invitan a no tener miedo, a superar las adversidades, a verlos como una oportunidad, como un regalo que viene a transformarnos, a descubrir cómo Dios camina con nosotros en el exilio. De esta manera, podremos percibir a los refugiados como portadores de un fuego nuevo, ayudándonos a explorar nuevos caminos, iluminándolos. De este modo, el encuentro y la acogida de los refugiados nos llevarán a un camino de misericordia y de conversión que renovará y regenerará nuestras comunidades y sociedades en la que cada persona tendrá un lugar digno. Tenemos la oportunidad de elegir asignar a los refugiados un lugar que no nos moleste, o bien, dejarnos mover por la misericordia para acompañarlos, tomarlos en serio, caminar con ellos a su ritmo, permitiéndonos transformarnos gracias a sus experiencias de vida. Migrantes, exiliados y refugiados son los portadores de un Evangelio en marcha, de una Iglesia que se pone en movimiento de manera sencilla, transparente y pascual.
En este 20 de junio, a un año del asesinato de los sacerdotes jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora, también hacemos memoria y celebramos su vida y su compromiso. Refugio era lo que buscaba el guía de turistas Pedro Palma al entrar en la iglesia de San Francisco Javier en Cerocahui al ser perseguido por un sicario; santuario fue lo que le ofrecieron Javier Campos y Joaquín Mora al abrir las puertas y acogerlo; martirio fue lo que encontraron al ser asesinados en su propia casa, la casa de todos y todas, la casa que durante tanto tiempo fue testigo de la vida allá en la sierra Tarahumara, y ahora, tierra de resurrección.
Muchos somos los que esperamos que la acogida hospitalaria hacia los refugiados pueda suscitar una nueva fraternidad y sororidad en el mundo y que nuestra fe cristiana pueda ser vivificada gracias a esos encuentros, nuestra praxis mejorada y nuestra esperanza renovada. Que mantengamos viva la memoria de nuestros mártires contemporáneos para que sea fermento de una sociedad donde haya paz con justicia y dignidad; y que nuestra confianza en Dios se sostenga a través de la apertura a los demás, para que juntos seamos signo de la nueva familia humana, esa que tiene un corazón sin fronteras, que hace memoria, se abre a la vida todos los días y celebra la esperanza de la resurrección.
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[1] Thomasset, Alain, 2015, Les vertus sociales : justice, solidarité, compassion, hospitalité, espérance, Namur-Paris: Lessius, chapitre IV.
[2] Montandon Alain et al, 1999, Mythes et représentations de l’hospitalité, Clermont-Ferrand: Presses Universitaires Blaise Pascal, p. 11.
[3] ESCHYLE, 2004, Les suppliantes, version française de Dimitri T. Analis, France: La Différence, p. 37.
[4] Ovide, 1992. Les Métamorphoses. Paris : Gallimard, p. 276–280.
[5] José Luis González Miranda, sj, La migración en la doctrina social de la Iglesia, magisterio pontificio, Red Jesuita de Migrantes, UCA, URL, 2023.
[6] Ídem.
[Imagen extraída de Freepik]
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