Seguramente esta Navidad hemos vuelto a oír –incluso a rezar– estas palabras del Prólogo del Evangelio de Juan. El verso vuelca el original griego «o lógos en pròs tòn theón», por lo que algunos han optado por traducir de modo diferente al habitual ese pròs, que evoca nuestro “pro”: más un “hacia” de movimiento que un “estar” de quietud. Podríamos decir también, pues, que la Palabra, en el principio, se dirigía a Dios. Así lo traduce alguna Biblia. Como si el Hijo y el Padre, justo “antes” de la creación del mundo, mantuviesen un diálogo en el Espíritu, que es Amor. “Inmediatamente”, ese diálogo habría creado el mundo.  Desde entonces, el Hijo ya no se dirige solo al Padre, sino que está como “en medio” del Padre y de toda la creación, escuchando y dirigiendo su palabra a Él y a nosotros “al mismo tiempo”.

Esta posibilidad en la contemplación, facilitada por una traducción alternativa, no es solo bella. Creo que explica también la misteriosa consistencia de la que están dotadas algunas palabras, en particular aquellas que recibimos en nuestra relación con Jesús. Palabras capaces de sostener la vida y transformarla: como si Padre e Hijo, en esa donación total que es el Espíritu, estuviesen dialogando sobre nosotros, y nos comunicasen aquello que hablan para llevar nuestra existencia, no solo hacia delante, sino también hacia una mayor plenitud. 

¿No es paradójica esta posibilidad? A simple vista, las palabras carecen de cuerpo, cuando parece que, para poder sostener, sería conveniente tener uno. De hecho, la palabra hebrea que traducimos por “fe” es emuná, y su raíz, amun o emun, tiene también el significado de construir, de apoyarse. ¿Cómo es posible apoyarse en una palabra? Para eso, es necesario que esta se haya hecho –como dice el mismo Evangelio de Juan– “carne”, cuerpo. 

Después de encontrarse la piedra quitada y el sepulcro vacío, María Magdalena va corriendo a ver a Pedro y al discípulo que Jesús amaba tanto: “¡Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto!”, les dice. Entonces, Pedro y el otro discípulo van también corriendo al sepulcro. Pedro llega primero, pero duda. Es el otro quien ve antes las vendas y el sudario “enrollado en un lugar aparte”, y entonces cree. La fe en la resurrección de Jesús está unida –dramática, sí, pero también necesariamente– a la ausencia de un cuerpo al que seguir llorando y venerando. Esto marca para siempre al cristianismo como fenómeno histórico: desde entonces nunca podrá estar completo.

Nadie ha visto nunca –después de enterrado– el cuerpo muerto de Jesús y, mientras estamos en esta vida, tampoco tenemos delante su cuerpo glorioso. Sin embargo, a partir de aquel momento, sus palabras parecen tomar una corporalidad nueva y misteriosa: Juan cree porque el Señor lo dijo, y eso trasforma su existencia, configurándola con la del Maestro. Es como si se hubiera producido un intercambio: a falta del cuerpo muerto de Jesús –que haría casi imposible creer en la resurrección– y en ausencia de su cuerpo glorioso entre nosotros, son sus palabras las que se han vuelto, en cierta forma, carnosas y gloriosas: ahora tienen, misteriosamente, cuerpo, y, por eso mismo, son capaces de sostener la vida y recrearla. 

Pero una palabra no es lo mismo que un cuerpo, y eso ha de tener, necesariamente, efectos sobre la fe. Si los discípulos hubieran reencontrado el cadáver de Jesús, habría sido muy complicado creer en el Resucitado; si tuviéramos delante su cuerpo glorioso, entonces no serían posibles la fe ni la duda. Al menos, no tal y como las conocemos. Delante de él, estaríamos como frente a la solución de un puzle de infinitas piezas –quizá sin poseerlo nunca del todo, como contemplándolo completado sobre la mesa–. El cuerpo glorioso del Señor es el lugar donde veremos cuánta razón tenía o no Lutero, la cantidad de verdad presente en el Islam, por qué –después de Jesucristo– persiste el judaísmo, incluso si lo que dijo en Twitter Juanito se corresponde o no con la realidad. El cuerpo glorioso del Señor es, en definitiva, la Verdad. Pero lo que tenemos delante en esta vida no es esto, sino palabras que, en medio de muchas amenazas, sostienen la vida: palabras gloriosas. Caminamos hacia la Verdad gracias a estas palabras gloriosas que nos acercan –sin alcanzarla ni poseerla nunca del todo–, a la Verdad, que es el cuerpo glorioso del Señor. Mantener esta diferencia es necesaria para que el cristianismo no se vuelva totalitario, pretendiendo dar respuestas cerradas de las que no dispone; pero habría que preguntarse si renunciar al don de esta posibilidad y este horizonte no deja nuestra vida demasiado expuesta a aquello a lo que siempre ha estado: el caos y la violencia. 

La Palabra que viene hacia nosotros es carnosa, pero no tiene tanto cuerpo que clausure la verdad y cierre la vida. 

La Palabra que viene hacia nosotros es gloriosa: tiene cuerpo suficiente para impedir que la vida caiga, irremediablemente, en el vacío.

[Imagen de charlotte_202003 en Pixabay]

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Jesuita en formación. Estudia la Licencia en Teología Fundamental en la Pontificia Facoltà Teologica dell´Italia Meridionale de Nápoles. Colabora con la asociación Figli in famiglia en el barrio de San Giovanni a Teduccio.
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