Benedicto XVI será recordado por dos elementos fundamentales: su condición de teólogo conservador y el hecho de haber renunciado al pontificado; y, de los dos, su renuncia será unánimemente admirada por todos los católicos. De hecho, fue el primero que lo hizo voluntariamente, por amor a la Iglesia, desde tiempos del papa ermitaño, Celestino V (1294), si descontamos a Gregorio XII (1415) que fue obligado a renunciar para reunificar el papado en Occidente tras el cisma de Aviñón. Benedicto XVI quedó desbordado por la responsabilidad del pontificado y se sintió incapaz de continuar, por unas turbias circunstancias que tardaremos años en conocer. El 11 de febrero de 2013, anunciaba por sorpresa su renuncia, diciendo el latín: “He llegado a la certeza de que mis fuerzas, debido a mi avanzada edad, no se adecuan por más tiempo al ejercicio del ministerio petrino. Con total libertad declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma y sucesor de Pedro.”

Sin embargo, lo cierto es que diversos escándalos vaticanos hicieron tirar la toalla al papa-teólogo. En particular, uno de los más graves fue el llamado Vatileaks, acontecido un año antes. Se filtraron documentos secretos del Vaticano y cartas internas dirigidas al papa donde se ponían de manifiesto casos de corrupción al más alto nivel, de homosexualidad de algunos obispos, y de luchas de poder. La capacidad de gestión del cardenal Bertone, Secretario de Estado (equivalente a un Primer Ministro), quedaba profundamente afectada. Su destitución, tras la elección de Francisco, sería considerada por el propio cardenal como resultado de “una red de cuervos y víboras” que habían vertido sobre él acusaciones falsas.

Fuera por la envergadura y extensión del problema o por dificultad de Benedicto para discernir qué acusaciones eran ciertas y cuáles eran falsas y malévolas, estas le hicieron retirarse tras casi ocho años de pontificado (2005-2013). Los cardenales iban a elegir aire nuevo, a alguien que no pudiese tener ninguna relación con ninguna de las partes: el papa Francisco, escogido desde “los confines del mundo”.

Benedicto fue papa y teólogo, y, probablemente más teólogo que papa. Entendió su pontificado como una cierta continuación de su tarea precedente como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, o guardián de la ortodoxia. Al acceder a la Sede de Pedro, sin embargo, escogió ser más inspirador que “guardián”. Por ello, escribió una trilogía sobre Jesús de Nazaret (2007-2012) y un tríptico de encíclicas sobre las tres virtudes, esperanza, caridad y fe (esta última acabada por Francisco). Al ser nombrado papa publicó un libro de conferencias anteriores con su nombre de teólogo y pronunció una polémica conferencia en Ratisbona sobre el islam y la paz, que quería que se recibiese como teólogo y no como papa.

La tarea de gestión del Estado la dejaba totalmente en manos de su Secretario de Estado y de los dicasterios (=ministerios). Cuando vio que se le había ido de las manos, renunció. Su gesto de reconocimiento humilde de su incapacidad, su liderazgo sin aferrarse al poder, su confianza en el Espíritu Santo que haría que se escogiese un nuevo papa con fuerzas para afrontar las reformas pendientes, y su exquisito silencio para no interferir en el pontificado de Francisco, serán recordados unánimemente.

En su haber, es preciso señalar también el inicio de la lucha contra la lacra de la pederastia y los abusos sexuales del clero, que continuará después con la tolerancia cero de Francisco: recordemos que una de las primeras decisiones de Benedicto fue la de afrontar con valentía el dossier del caso Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, e intervenir la dirección de la orden.

En el campo del diálogo interreligioso trabajó decididamente desde una perspectiva teológica, asegurando la necesidad de combinar fe y razón, para conseguir que las religiones pudiesen ser constructoras de paz. Sin embargo, su convencimiento de que la Verdad está de parte de la Revelación en Cristo (contra la modernidad atea y contra los pluralismos religiosos), su lucha contra los relativismos de la posmodernidad, y su estilo a menudo admonitorio frente a teólogos que querían forzar una revisión dogmática, le llevó a un pontificado accidentado con ciertos teólogos “progresistas” y con ciertas religiones. Recordemos que se rompieron las relaciones entre el Vaticano, el Azhar de Egipto y los coptos del país.

Benedicto XVI fue un hombre sabio y lleno de fe, esperanza y caridad, donde se “confesó” él mismo bellamente en sus encíclicas correspondientes, pero no fue un hombre carismático. Los que más le llorarán son los que han querido utilizarle para oponerse y denunciar al papa Francisco como impostor. Esa extrema “derecha” eclesial, integrismo católico preconciliar con tintes carlistas en extremismo moral y político, han tomado ilegítimamente su nombre como bandera para contraponerlo a Francisco. Si Benedicto no hubiese dicho claramente que renunciaba con “total libertad” se habría extendido más la denuncia de que el papa Francisco es no solo heterodoxo sino incluso falso, y que, por tanto, en situación de “sede-vacantismo”, Francisco no debía ser obedecido.

Es imposible negar que Benedicto quería echar el freno frente a los excesos post-Vaticano II, que había potenciado una revisión tradicionalista de la liturgia permitiendo de nuevo la misa en latín (¡pero para intentar acabar con el cisma de Lefebvre!), que había negado tajantemente la ordenación de las mujeres y que consideró que había una correlación entre laxismo, homosexualidad y pederastia en la Iglesia, pero se equivocan, o intentan engañar, los que le contraponen a Francisco para reconsiderar el Concilio Vaticano II. Sus diferencias son innegables, pero también su comunión y su amor por la Iglesia: así lo prueban las numerosas visitas de Francisco a Benedicto y el exquisito silencio de Benedicto después de su renuncia para respetar a Francisco.

Benedicto mostró ser un hombre sabio con su palabra (escrita y oral) y lo confirmó con su silencio. ¡Descanse ahora en paz, a sus 95 años, en la comunión de los santos!

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

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Jesuita. Profesor en la Facultad de Teología de Granada (Universidad Loyola) y director de su Cátedra Andaluza para el diálogo de Religiones (CANDIR). Licenciado en filosofía por la UB. Licenciado en Teologia por el Centro Sèvres de París. Doctorado en Estudios Islámicos por el EPHE (Sorbona de París) con una tesis sobre el místico sufí Ibn ´Arabî. Ha realizado largas estancias en la mayoría de países islámicos del Mediterráneo, especialmente en Egipto (3 años). Ha publicado con Cristianisme i Justícia en su colección Cuadernos CJ Fundamentalismo (mayo de 1997), Vidas Itinerantes (diciembre de 2007) e Islam, la media luna… creciente (enero de 2016), así como diversos Papeles CJ como «Coronavirus: una sola humanidad, una común vulnerabilidad» (mayo de 2020) o «Palestina: la reivindicación imposible» (junio de 2021), entre otros.
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3 Comentarios

  1. Diganme en que parte de la biblia habló Jesús del papa??? No me sean pendejos

  2. Es cierto que su dimisión fue un acto audaz, porque dado que el papado es una monarquía electiva absoluta, una vez que el papa dimite toda la estructura eclesiástica queda en funciones. En ese sentido hizo un gran bien a la Iglesia y todos los creyentes le estamos profundamente agradecidos por esta decisión.
    Pero no veo que “lo del exquisito silencio” haya sido tal. Las presencias y los gestos acerca de actitudes, posiciones o asuntos pueden ser muy elocuentes sin necesidad de ser dichas explícitamente.
    Nunca desmintió ninguna de las maniobras de los sectores ultracatólicos que pretendieron manipularlo en contra de Francisco Y desde su retiro se convirtió en el referente de todo el conservadurismo que él mismo alentó siendo Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Dicasterio desde el que hizo sufrir a muchos creyentes sinceros y honestos. Lo decía muy elocuentemente Jon Sobrino en la carta que le dirigió al General de la Compañía (Kolvenbach) cuando Ratzinger le envió su Notificatio sobre su cristología:
    «No es fácil dialogar con la Congregación de la fe. A veces parece imposible. Parece que está obsesionada por encontrar cualquier limitación o error, o por tener por tal lo que puede ser una conceptualización distinta de alguna verdad de la fe. En mi opinión, hay aquí, en buena medida, ignorancia, prejuicio y obsesión para acabar con la teología de la liberación. Sinceramente no es fácil dialogar con ese tipo de mentalidad».
    Ratzinger ya no era Benedicto XVI cuando falleció. Lo fue durante el tiempo que fue papa, pero desde el momento de su renuncia dejó de ser Benedicto XVI y volvió a ser el cardenal Ratzinger. La figura del papa emérito induce a confusión y debería ser tipificada canónicamente (los máximos responsables de las órdenes religiosas, cuando dejan sus cargos, vuelven a ser religiosos de a pie y se van de Roma). Y, por supuesto, los papas dimisionarios no deberían vestir nunca de blanco, porque eso da a entender algo que no es.
    Que descanse en paz.
    El Padre bueno, al acogerlo, le habrá leído el chiste de Máximo en el que un Dios reflexivo le comenta en voz alta a un ángel mientras pasea por el cielo: «No comprendo cómo con un evangelio de izquierdas, nos ha salido una iglesia de derechas».

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