Malas noticias: un año difícil

«Un calabacín costaba 0,79€ en 2021, 1,29 en marzo y 2,99 ahora» (El País, 13 de octubre).

«La sequía lleva a la producción hidráulica al nivel más bajo de su historia» (El Periódico, 13 de noviembre).

«Cáritas dice que llegar a fin de mes es una “heroicidad”» (RTVE Balears, 1 de diciembre).

«Catástrofe humanitaria en Haití» (Cadena Ser, 1 de octubre).

«La creciente privatización de la FP aumenta la exclusión de los jóvenes con menos recursos» (Público, 24 de octubre).

«Putin dice que el riesgo de guerra nuclear está creciendo, aunque aclara que no se han vuelto “locos”» (BBC News, 7 de diciembre).

«Reclaman que el racismo y la discriminación sean declarados riesgos universales para la salud» (eldiario.es, 12 de diciembre).

«Lo que ocurrió con la valla de Melilla es un caso de racismo social e institucional» (Onda Regional de Murcia, 30 de junio).

«Petro dice que Latinoamérica necesita 200.000 millones de dólares contra la crisis climática» (EFE, 15 de noviembre).

«Aumentan un 10% las denuncias y víctimas de violencia de género en el tercer trimestre de 2022» (Europa Press, 12 de diciembre).

«El frío mata a más de 25.000 alpacas en Perú por la falta de pastos» (TV3, 28 de noviembre).

«Unos 1838 migrantes perdieron la vida en el Mediterráneo en 2021, una media de cinco muertes al día» (Heraldo, 11 de enero).

«Incrementa el número de refugiados salvadoreños en Guatemala» (El Faro, 5 de junio).

«El Defensor del Pueblo atiende a 201 víctimas de abusos sexuales en la Iglesia católica en dos meses» (EITB, 13 de septiembre).

«Italia: del “Bella ciao” a la victoria de la ultraderechista Meloni» (La Marea, 26 de septiembre).

Así las cosas, ¿qué podemos decir para cerrar el año y que no resulte banal?, ¿cómo escoger las palabras para no caer en el desánimo y el nihilismo?, ¿cómo sostener la esperanza? La panorámica no ayuda: inflación, emergencia climática, crisis energética, conflictos armados y catástrofes humanitarias de toda índole que nos llevan a cuestionar nuestra propia humanidad, incremento de la exclusión social, racismo institucional, violencia machista, abusos… No es necesario hacer una selección de titulares demasiado pormenorizada ni exhaustiva para darse cuenta de la dimensión de estos problemas. Basta con ir al supermercado o al mercado a hacer la compra, con hablar con nuestras vecinas y compañeros de trabajo, con salir a la calle, con estar atentas…

Saber leer lo que pasa en el mundo…

Esta es nuestra realidad, la realidad que nos toca habitar en este momento; pero habitarla, no significa resignarnos ante ella. En primer lugar, exige saber leer lo que sucede en el mundo.

Encendemos el televisor y lo primero que vemos son nuevas noticias sobre la guerra de Ucrania, noticias ante las que ya no sabemos qué decir. La costumbre… Según el informativo que veamos, según el país de donde sea el diario, la guerra la gana uno u otro. Buenos y malos, pero cada vez menos contexto y menos análisis. Leemos en La Vanguardia que «Ucrania copa la información sobre conflictos bélicos con más del 87% de las noticias» (12 de diciembre). ¿Y qué hay del otro 13% de guerras olvidadas del
que no nos informan?

Según datos de la Escuela de Cultura de Paz (ECP), al iniciarse el 2022 había una treintena de conflictos armados activos en todo el mundo. Aún no está cerrado el año y, por tanto, tampoco el informe que este centro de investigación para la paz de la Universidad Autónoma de Barcelona elabora anualmente, pero nada hace augurar que esa cifra vaya a
descender significativamente.

Otra noticia nos habla del ascenso de la ultraderecha en el mundo, de los países en los que ya gobiernan y en los que dejan de gobernar sin querer retirarse. Le sigue otra noticia sobre una catástrofe ecológica y luego otra en las que nos informan de que Elon Musk ha comprado Twitter y que dejará en la estacada a un montón de trabajadores y trabajadoras. Para colmo, los espacios deportivos de los noticiarios dedican horas y horas de información al mundial de Qatar, obviando, por supuesto, los muertos en la construcción de las instalaciones y las políticas represoras del país, como ha ocurrido otras veces.

Mientras se mantienen las luchas de poder por seguir los movimientos tectónicos del mercado, la vida sale a nuestro encuentro y nos recuerda que aumentan quienes pasan hambre, que el cereal se convierte en moneda de negociación de alianzas geopolíticas y económicas en lugar de blindarse como bien de primera necesidad. Y, ante esta situación, obviamos de nuevo el grito de la tierra clamando que esta situación es insostenible para su existencia tal y como la conocemos.

… para dejarnos (con)mover

Ante esta avalancha de realidad, no podemos quedarnos impávidos. No podemos. Toca, sin duda, analizar la realidad, intentar comprenderla, formarnos para saber la que se nos avecina y, sobre todo, dejarnos (con)mover por ella. Todo ello requiere voluntad y esfuerzo, pero no hay fuga posible ni amparo que pueda venir de la evasión y el inmovilismo.

Da la sensación que nos encontramos ante una carrera global para ocupar el primer puesto en la casilla de salida. Todo parece indicar que estamos en un momento de transición, que el mundo cambia, y que hay que ocupar un buen espacio ante la nueva situación. Y ahí estamos, inmóviles, dando codazos a quienes corren a nuestro lado, pero atascados en
aquello tan gramsciano de que «el viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer». Así que, ¿hacia dónde estamos corriendo?

Decía Gloria Anzaldúa que saber es doloroso porque, después de que se produce ese conocimiento, no podemos quedarnos «en el mismo sitio como si tal cosa», porque ya no somos la misma persona. Abrir el periódico o recibir las alertas de las últimas noticias en el móvil implica no solo enterarse y tomar conciencia de lo que ocurre a nuestro alrededor o en la otra punta del planeta, implica también movimiento. Podemos hacernos cargo y cargar con la realidad; bien, pero también hace falta encargarse de ella, como bien nos enseñó Ignacio Ellacuría, y para ello hay que levantarse del sofá y arremangarse.

Si ante la situación pandémica ofrecíamos la fraternidad como respuesta, si ante las penúltimas palabras ofrecíamos un principio de esperanza, ante la situación global que hemos vivido este último año solo podemos implorar solidaridad; una solidaridad que nos permita ver un cielo y una tierra nuevos y, al mismo tiempo, una solidaridad que se deje
guiar por quienes son capaces de ver dicho cielo y dicha tierra nuevos en medio del dolor, en las dificultades, a pesar de la violencia; una solidaridad guiada por quienes ven a Dios en todas las cosas, aunque la niebla enturbie la mirada. Solo desde ahí generaremos no ya un nuevo mundo posible, sino nuevas formas tangibles de ser y estar desde el cuidado, el amor, la igualdad, la resistencia, la cotidianidad, la ayuda mutua… Solo así actuamos como Iglesia «en salida».

Buenas noticias: no siempre gana Goliat

«La esperanza está en la generación de trabajo genuino» (Página 12, 6 de enero).

«Un fármaco que “roba” el combustible al cáncer de piel» (Ara, 13 de diciembre).

«Trabajo estudia propuestas para subir el salario mínimo hasta 1.082 euros al mes» (El País, 13 de diciembre).

«Con Lula los adultos han vuelto a sentarse en la mesa a hablar de las cosas que importan» (El Salto, 12 de diciembre).

«Francia Márquez, la mujer negra que aúpa a “los nadies” a la vicepresidencia de Colombia» (Huffington Post, 20 de junio).

«Acuerdo político en Chile para redactar una nueva Constitución y enterrar la Carta Magna de Pinochet» (Público, 13 de diciembre).

«Mujeres iraníes luchan por un cambio imparable» (DW noticias, 16 de noviembre).

«Más de 1.000 trabajadores de The New York Times protagonizan una huelga histórica» (La Marea, 9 de diciembre).

Después de celebrar estos días la Buena Noticia, queremos desear para este 2023 que podamos seguir llevando al mundo buenas noticias porque, aunque parezca mentira, no siempre gana Goliat. ¡Feliz año!

***

Si quieres, puedes decargar el Papel CJ de la Reflexión de Fin de Año aquí.

[Imagen de Gerd Altmann en Pixabay]

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