Hoy los habitantes de las sociedades occidentales hiperconectadas vivimos apresurados y siempre corriendo. No pocas veces experimentamos nuestra vida diaria como lugar de desgaste, de agotamiento e incluso de frustración. Necesitamos los fines de semana para cargar pilas y los períodos de vacaciones para reconectar e intentar encontrar el centro.

Reconociendo los grandes avanzes en el derecho a tener una jornada laboral razonable, la importancia de los tiempos de vacaciones y el derecho al descanso, quizás me puedo preguntar por cómo podría vivir mi cotidiano con más sentido. ¿Y si resulta que me cuesta vivir con sentido la rutina, las costumbres y aquello que retorna por el inconfesable pánico a confrontarme con mi propia verdad?

Mi vida –y me atrevo a decir nuestra– está muy marcada por la fragilidad, la pequeñez, la limitación y la irrelevancia… Pero esto cuesta admitirlo. Nos agarramos como a clavo ardiente a todas las propuestas del mercado consumista que nos prometen y nos permiten vivir superficialmente, creyéndonos omnipotentes. Quizás tenía razón Swami Abhishiktananda cuando decía que “el ser humano se aterroriza al descubrirse como ‘simplemente siendo’ (…) La absolutez del ser es tan aterradora para él como el no-ser, porque esta absolutez destruye certeramente todo lo que él desea ser, o mejor dicho, lo que desea sentir que es” (Saccidananda: A Christian approach to Advaitic experience).

A menudo prefiero una huida hacia adelante diciéndome: “el fin de semana será mejor”, “lo que necesito de verdad son unos días de parón para reencontrarme”, “cuando vaya a tal o tal lugar de vacaciones sí que encontraré sentido a la vida”. Como si solo estos tiempos fuera de lo cotidiano me permitieran encontrar el camino hacia los grandes y espectaculares éxitos a los que yo estoy llamado. Me quedo ensimismado pensando: “Un día sí que seré un gran influencer, o llegaré a ser un gran emprendedor, crearé una empresa unicornio…”. y mientras, imperceptiblemente pero inexorablemente, la vida se nos va escurriendo, como arena, entre las manos.

Sin embargo, la contemplación de Jesús en el silencio de los largos años de Nazaret (¡fueron 30 años!) nos lleva en otra dirección. Una vida, la de la Palestina rural del siglo I, marcada por las dificultades, las penurias y la brutal opresión del imperio Romano, sin ningún lugar a dudas. A la vez, también preñada de sentido, de fe, de trabajo, de profundidad, de gozo y celebración en comunidad. Ojalá reencontrarme con esta vida nazarena me pueda ayudar a desenmascarar mis sueños heroicos, prometeicos, llenos de planes irreales y del todo desconectados de lo que soy y somos aquí y ahora. Quizá también me puede permitir profundizar en la verdad y la autenticidad de una vida corriente, de una existencia humilde. O sentir la invitación a vivir contento como “uno de tantos” que diría Charles de Foucauld. El día a día que retorna, la fuerza del hábito que me acaba configurando, el vivir cotidiano profundo pueden tener y tienen mucho potencial si los vivo desde la serenidad, la lucidez y la entrega consciente.

El recuerdo del rostro pacificado de mi abuela mientras cosía algunas tardes cuando conversábamos largamente sin prisa me habla de verdad, de honestidad y de la atención al detalle.

La mirada paciente del campesino que una vez hecho el trabajo espera a que este año la cosecha en el huerto sea abundante me devuelve el sentido del saber esperar, de perseverar y de permanecer.

El encuentro de la comunidad con los representantes del pueblo remoto en África para decidir como ayudar a los más vulnerables que se alarga todo el día, me ayuda a cultivar el deseo de que todo el mundo sea incluido.

Los anocheceres tranquilos entre semana jugando una partida de ajedrez con un compañero me reconcilian con lo que no cuenta, no tiene precio, ni es eficaz.

El rato cocinando el almuerzo conscientemente y poniendole toda la atención hacen crecer en mi el deseo de los cuidados y la ternura.

La plantada vecinal en un portal para evitar por enésima vez el desahucio de una familia vulnerable me impulsa a seguir creyendo en el nosotros.

La reunión de trabajo en la que intentamos mejorar nuestro servicio a nuestros hermanos que tienen que malvivir en situación indocumentada me retornan el gusto por el trabajo bien hecho.

Un paseo por el barrio charlando y saludando a la peluquera, al dependiente de la panadería y al mendigo que cada anochecer se acomoda en el mismo rincón me humanizan.

No nos hacen falta grandes cosas. Podemos vivir lo cotidiano místicamente, incandescentemente, como Egide Van Broeckhoven, Madeleine Delbrêl, Dorothy Day o tantos otros que se han dejado inspirar por la vida oculta del carpintero de Nazaret. Quizás así pueda reencontrar la cotidianidad como la realidad primera de la realización humana, pues lo pequeño y humilde contiene una fuerza transformadora insospechada y el Reino de Dios solo crece desde abajo, día a día y poco a poco. Esta es la verdad a la que somos convocados, verdad que vivida plenamente nos llena de alegría y nos hace profundamente libres.

[Una primera versión más breve de este texto fue publicada en Pregària.cat/Imagen de Lena Lindell en Pixabay]

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Jesuita, arquitecto y teólogo. En Berkeley, en los Estados Unidos, amplió sus estudios en el área de la teología de las migraciones. Ha trabajado con el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Liberia, Nogales (frontera EEUU-México), Kakuma (Kenia) y Sudán del Sur. Actualmente trabaja en Barcelona en la Fundación Migra Studium, en el proyecto de acogida de refugiados y migrantes (hospitalaris.org). Es el coordinador de la Escuela Ignaciana de Espiritualidad (EIDES), que es el área de espiritualidad del centro de estudios Cristianismo y Justicia. Es coautor del Papel CJ “Refugiados. Víctimas del desbobierno y la indiferencia” e impartió en Cristianisme i Justícia el seminario “¿Qué espiritualidad para una acción social?”.
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1 COMENTARIO

  1. Efectivamente debemos ser conscientes de que las «correrías» son cotidianas, pero también en ellas encontramos momentos de sentido cuando en la escucha descubrimos esencialidades de la vida sufriente, amaneceres sencillos pero sorprendentes, como el escuchar a una mujer migrante, maltratada por el compañero en su país… «que ahora soy consciente de mi derecho a la felicidad y la agradezco y disfruto…»¡¡¡

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