¿Quién no ha experimentado la capacidad del afecto para movilizarle? Incluso para hacer cosas “ridículas”. Piensen en esas personas que a las 6 de la mañana vagan, cual ánimas en pena, con una botellita de agua, una bolsita y una cadena con un ser peludo al otro extremo. Llueva o haga frío tienen que salir a pasear ¡y agacharse para recoger las deposiciones! ¡Menuda forma de atarse a un animal! ¡Eso sí es devoción! (Lo confieso, se me hacía especialmente ridículo cuando el portador del chucho era un hombre de complexión fuerte, la escena se hacía más “ridícula” y risible… ¡Hace falta valor!).

Pero, de repente, llegó Linda a nuestra comunidad (es la perrita de la hermana de un compañero que está imposibilitada para atenderla y, de momento, se ha instalado como una integrante más). Y ahora me levanto de madrugada para pasear a “miss Daisy” y me sonrío cuando me miran desde los coches al pasar y se sonríen, ¡soy uno de esos pringados de la bolsita! Serán cosas del afecto… El afecto que conecta con nuestras necesidades de ternura y de nuestra capacidad de “dejarnos afectar”.

Una amiga me dice: “Qué bien le hace esa perrita a tu niño interior porque te transmite cariño sin filtrar, pide atención y cuidado, claramente, como un niño”. Pues será el afecto y el niño que llevo dentro pero el caso es que he pasado del “rezando voy” al “rezando vamos” y he integrado nuestra hora de paseo a mi rutina diaria de oración. No voy a mi paso, sino al que podemos hacer juntos y ¿camino quizás de manera más contemplativa? Ciertamente he descubierto jardines interiores de nuestros barrios cercanos que no conocía… Quizás mi niño interior se divierte al ver cómo reacciona Linda ante cosas desconocidas (la arena, el mar, una pinada…) y recupera su capacidad de asombro y agradecimiento… Y me ha venido de lujo.

“Afectarse” es un término que en la espiritualidad ignaciana se refiere a la carga afectiva que adquiere para una persona algo o alguien o una circunstancia. Dejarse afectar es esencial para vivir con sentido. Afectarse es propio del ser humano, de lo que nos constituye como personas. San Ignacio, con sus reglas de discernimiento, nos ayuda a caer en la cuenta de que somos seres de afectos (como parte de ser seres sintientes que diría Ellacuría) y nos invita a poner esos afectos en Cristo nuestro Señor.

Este tiempo de Adviento y Navidad, con los belenes, los villancicos, la liturgia más cuidada, nos ayudan a desempolvar los afectos, a revitalizarlos, a recordar, a agradecer, a hacernos niños… Es tiempo de dejarnos afectar por el amor de un Dios que nace pequeño y pobre, desvalido, necesitado desesperadamente de afecto y atención. Contemplamos a Dios como todo bebé, absolutamente dependiente de su madre.

Me encanta este tiempo litúrgico, me ayuda contemplar las escenas de la vida de Jesús en belenes creativos, las ferias artesanales por todos lados, las familias… Estos días le consiento a ese niño interior “suspender el juicio”, no “destripar” los pasajes evangélicos,  sino acogerlos como un niño que se asombra ante el anuncio del ángel, ante una estrella que marca el camino, ante un José que cree en el Dios-que-habla-en-sueños, y a unos “sabios de Oriente” que se ponen en camino… ¡Y que todo sea parte de un plan divino urdido con amor que parece tremendamente frágil porque depende de afectos humanos!

Es tiempo de dejarse afectar por Quien tanto afecto nos ha mostrado y de agradecimiento por las personas que nos quieren, que queremos y para preguntarnos por aquellas personas a las que deberíamos querer más. Por supuesto que es tarea para todo el año, para toda la vida, pero bien está que la liturgia nos dé la oportunidad de ejercitarlo más intensamente estos días.

Feliz Adviento, Feliz Esperanza, Feliz Navidad.

[Imagen de Simona en Pixabay]

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Tengo varios años de experiencia trabajando con jóvenes y como profesor de Secundaria y Bachillerato. También me he dedicado a la gestión de ONG como sacerdote jesuita. Activista por la justicia social, actualmente trabajo como director general en Fundación ECCA.
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