Cuando se acerca Navidad, algunas personas tienen interés en hacer rebrotar el debate sobre el sentido laico o religioso de esta fiesta cristiana. Hay gente, por lo visto, preocupada por esta cuestión. Éste es el caso de Mesa del Parlamento de Cataluña que ha decidido renunciar al pesebre en nombre de la laicidad de la institución, y sí poner un inmenso abeto en sede parlamentaria. Curiosa elección porque la tradición de adornar el tiempo de Navidad con un abeto es también cristiana, pero del norte de Europa. No quiero reflexionar sobre la simbología del binomio pesebre o abeto, sino sobre el razonamiento particular y singular de la Mesa sobre la laicidad.

Pienso que los diputados de la Mesa no se han dado cuenta de que la diversidad religiosa de nuestro país ha contribuido a desarrollar un nuevo concepto de laicidad. Ahora vivimos en un tiempo de laicidad inclusiva y abierta a integrar las aportaciones de los valores religiosos en el proyecto de convivencia. Pero la Mesa del Parlamento se mueve en unos parámetros de laicidad excluyente, según los cuales la laicidad significa abolir, en aras del respeto e integración, cualquier referencia al hecho religioso del espacio público. Por suerte, la madurez democrática de la sociedad permite abordar hoy esta cuestión con una perspectiva diferente a cómo se había tratado en el pasado. La normalización de la secularización en la sociedad ha creado un nuevo marco de referencia para ese tipo de debates. Esto es importante en un país como el nuestro, donde desde siempre ha existido una historia hilvanada de sucesivos y dramáticos enfrentamientos con el hecho religioso como protagonista.

Esta nueva comprensión de la laicidad, que puede definirse como laicidad abierta o inclusiva, admite la existencia en el espacio público de una pluralidad de identidades, entre las que las referidas a las creencias tienen también cabida. Se acepta al otro como diferente con la posibilidad de construir juntos un proyecto común de convivencia basado en un marco ético compartido. El retorno de algunas personas a lo sagrado y la presencia de los referentes religiosos en la esfera pública es una respuesta a la desorientación de significantes de nuestro tiempo resultado de la incapacidad de la razón laica de construir un mundo justo y en paz. Ante los graves problemas con los que se enfrenta la humanidad, en lugar de discutir sobre la solidez y la relevancia de las distintas cosmovisiones, tiene más sentido que éstas descubran cómo entenderse para resolver los importantes retos del mundo de hoy. La laicidad inclusiva, la laicidad positiva, acepta y asume el papel relevante que pueden desarrollar las distintas tradiciones religiosas junto con otras aportaciones del pensamiento contemporáneo para construir un mundo más humanizado. Es una laicidad que no le importa que las distintas religiones se manifiesten en el espacio público y no rechaza que las instituciones públicas sean receptivas y receptoras del valor de los significantes religiosos para vertebrar la convivencia cívica.

La laicidad inclusiva tiene una comprensión positiva de lo religioso. Es una laicidad basada en el respeto. Reconocer el respeto como fundamento de la laicidad permite desplegar la laicidad del encuentro, respetuosa con las religiones, manifestaciones públicas y convicciones, y el enriquecimiento que emerge del encuentro de las creencias y cosmovisiones presentes en la sociedad. Las religiones no deben estar recluidas en el espacio privado de la conciencia, ni negar su huella como presencia en las manifestaciones de cultura popular. En nuestro país nuestras tradiciones culturales reflejan años de construcción de una identidad en la que la religión cristiana ha tenido un papel relevante. La presencia de un pesebre debería tener el mismo respeto, como la participación de las instituciones públicas en la fiesta del fin del Ramadán de los musulmanes, la consideración hacia los judíos en sus fiestas tradicionales y así con las demás religiones. En cualquier caso, la laicidad inclusiva entiende que las religiones están en el espacio público y se integran en el latido de la sociedad. Esta nueva laicidad hace posible la convivencia de todas las culturas y confía en que éstas, junto con otras formas de entender la existencia humana, harán posible la convivencia cívica. En Cataluña, por más que lo haya decidido la Mesa del Parlament, un abeto nunca podrá sustituir el valor significante de un pesebre.

[Artículo publicado originalmente en catalán en Catalunya Religió/Imagen de Iris Hamelmann en Pixabay]

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Doctor en Biología, diplomado por ESADE en Gestión Pública y máster en Calidad de la Formación por el Instituto Nacional de Administración Pública. Es de la generación de mayo del 68. Desde su ingreso a la universidad ha estado vinculado a la política activa y movimientos eclesiales. Ha sido Director General de Asuntos Religiosos de la Generalitat y previamente Jefe de Servicio de Formación Local de la Diputación de Barcelona. Hasta enero de 2011 fue Presidente de la Comisión Ejecutiva del Patronato de la Montaña de Montserrat adscrito a la Presidencia de la Generalitat. Durante el año 2012 ha sido gerente de cultura de la Diputación de Barcelona y actualmente trabaja en esta institución. Blog personal: Vita Moleskine
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