La existencia humana en los países llamados desarrollados está siendo limitada al ámbito de lo material-manipulable. Se propaga el cientificismo como único paradigma cognoscitivo, se intensifica la fascinación del consumismo y se promueve la adicción al mundo virtual. El resultado es que los ciudadanos acaban por creer que sólo es real lo que se puede controlar y gozar en esas dimensiones. Hay gente deseosa de escapar de ese clima, pero viviendo en esta atmósfera es difícil evitar el contagio y la gravedad del contagiarse reside en que se impide a la persona hacer experiencia de sí misma, de quién es y de qué está llamada a ser. Logrando que los ciudadanos se identifiquen como consumidores se facilita que vivan anestesiados.

La auténtica ciencia y desarrollo tecnológicos son bienvenidos en cuanto ayudan al sano y justo progreso de la humanidad pero la mencionada presión cultural en lugar de potenciar al ser humano lo cosifica. Entonces, en este contexto, ¿cómo reaccionar para permitirnos hacer experiencia vital de nosotros mismos, de nuestra humanidad?

Si alguien quiere salir de una atmósfera necesita poner distancia, desplazarse “medio palmo” como sugiere Josep Ma. Esquirol. Desplacémonos pues “medio palmo”, hacia dentro de nosotros mismos, en profundidad. Un desplazamiento al que es necesario volver con constancia, al ritmo de la vida, poco a poco, y en la medida en la que se practica se recogen los frutos. Y es que ahí, medio palmo hacia el fondo de sí, la persona se experimenta con una sabiduría que le desvela lentamente el sentido de la propia existencia y con una certidumbre que la ancla en la realidad.

¿Cuándo y cómo efectuar ese “medio palmo”? Aprovechando lo que la vida te presenta, puede ser a raíz de una contrariedad a superar o de una alegría a agradecer, o simplemente siguiendo una invitación como, por ejemplo, la del tiempo litúrgico recién iniciado: el Adviento.

Adviento proviene del latín adventus, venida y litúrgicamente su razón de ser consiste en prepararnos a celebrar el nacimiento del Dios que viene al encuentro de la humanidad: Jesús. Desplazándonos “medio palmo” en profundidad nos disponemos para reconocer hoy, en nosotros, esa acción del Dios que viene.

Al dirigirnos hacia lo hondo percibimos estar existiendo. Si nos mantenemos un poco ahí, captamos que la vida misma, esa realidad misteriosa e indefinible que nos hace existir, no es una posesión controlable, es algo que “viene”. Y lo comprobamos a todos los niveles. Cada mañana, al despertarnos, nos “ha llegado” la vida; en nuestras relaciones, la amistad nos “llega” en la palabra y los gestos de los otros; al artista le “llega” la inspiración, igual que al escritor, al científico o al profeta. Es más, las realidades más preciadas de nuestra biografía personal nos han sido dadas, nos “llegan”. Ciertamente también nos “llegan” las dificultades, y con ellas también “viene” la resiliencia necesaria para afrontarlas, aunque sea fatigosamente.

La vivencia cotidiana sana que se genera en nosotros al existir es que la vida “adviene” sin hacer nosotros nada.  De hecho, se enferma por la obsesión de controlar la propia vida y queriendo dominar la vida de los otros se les causa un sufrimiento injusto.

Que la vida sea Adviento, despierta en nosotros la esperanza. Esperamos porque tenemos experiencia de recibir. Esperamos porque conocemos que lo que está por venir, tanto los objetivos más cotidianos como los deseos personales más anhelados, no depende de nuestra voluntad, esfuerzo o capacidades. Esperamos aquello que hemos comprobado que construye y devuelve la dignidad humana, aunque cueste enormes esfuerzos. Esperamos y sentimos que esa esperanza “estira” de la vida hacia adelante. Nos damos cuenta de que esa esperanza activa alimenta nuestra resiliencia y nos permite ser agentes positivos en la tarea interminable de transformar los espacios de muerte de nuestro mundo en contextos de humanidad.

Pero ¿cómo hacer para que esa esperanza sea algo más que resiliencia y vivifique enteramente nuestro vivir? No se puede vivir sólo de resiliencia, la esperanza necesita el amor.

Quien ama conoce, descubre y valora las posibilidades de las personas o de las causas que ama. Ese amor humaniza la esperanza. Y porque es amor verdadero pone los medios necesarios, permanece, aguarda, confía, comprende, apoya, no se arredra ante las dificultades y no cede en su empeño de esperar.

Quienes son objeto de ese amor, se transforman, porque ese amor les capacita para dar el salto cualitativo que va de la posibilidad a la realidad. Y quien ama así también es transformado. El amor rompe las fronteras personales y genera vida en ambas partes.

Por eso, cuando las dificultades, los conflictos, los sufrimientos, las injusticias tanto a nivel local como global parecen deshinchar la esperanza en causas o personas, más que autoanimarse conviene cuidar la calidad de nuestro amor.

¿Y cómo nace en nosotros ese amor? Ciertamente es responsabilidad nuestra prepararnos, pero amar de esa manera es, fundamentalmente, don. Don recibido. Don que necesitamos suplicar. Y aquí adquiere de nuevo una importancia capital el Adviento.

La cultura actual no reconoce la necesidad de la súplica, pero para quien hace experiencia de sí y de que lo esencial de su existencia le es dado, la súplica se convierte en la irrenunciable atmósfera interior.

Los cristianos pedimos “Ven Señor Jesús”, porque ese tipo de Amor, Dios, se expresó en Jesús. En este tiempo de Adviento, desplacémonos “medio-palmo” en profundidad de nosotros mismos, oremos con palabras y gestos para que nos sea concedido ese Amor. Así podremos parecernos a Jesús y posiblemente evitaremos que las luces navideñas, las campañas comerciales y demás estrategias nos cosifiquen.

San Agustín lo resumió expresando: «dame uno que ame, y entenderá lo que estoy diciendo»[1].

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 [1] cfr. San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de san Juan, 26, 4, tomo XIII, BAC, Madrid 1955, p.661.

[Imagen de Piyapong Saydaung en Pixabay]

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Licenciada en Pedagogía, Filosofía y Ciencias religiosas, postgrado de Acompañamiento Espiritual. Miembro del seminario y del consejo de EIDES y dedicada a la espiritualidad de los Ejercicios Espirituales y acompañamientos personales y de grupos.
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