No sabemos durante cuánto tiempo seguiremos viendo activistas entrando en museos y salpicando cuadros con pintura o comida. Probablemente el efecto sorpresa, cuando la acción ya se ha repetido suficientes veces, se pierde y deja de tener el propósito deseado. Pero lo cierto es que estas acciones son un síntoma del momento presente que pide ser pensado. Que la crisis ecológica es el gran reto que la humanidad enfrenta en el siglo XXI –el siglo de la gran prueba– ya nadie lo duda. Cómo hemos llegado hasta aquí ya ha sido más que analizado y probablemente no pide más explicaciones. De las tres preguntas kantianas nos quedan dos por responder: ¿qué debemos hacer? y ¿qué podemos esperar? Quien lanza salsa de tomate a un cuadro y se pega después a su marco está diciendo desesperadamente que quiere una respuesta para la primera pregunta, y que no encuentra ninguna para la segunda.

¿Qué debemos hacer?

Como buenos nietos de la modernidad vivimos intentando alcanzar la mayoría de edad. Queremos hacernos responsables de nuestros actos. Pero no hay manera. Ante la pregunta sobre cómo responder a la emergencia climática, su complejidad y su dimensión global inabarcable nos deja tan sólo dos opciones: o confiamos en los dirigentes reunidos en la cumbre de turno, políticos que sabemos atados de pies y manos por unos intereses que les impiden dar pasos coherentes con los discursos sobre ODS con los que se llenan la boca; o nos sumamos a proclamas del tipo “cambiémoslo todo y hagámoslo ya” de una ingenuidad galopante y totalmente estériles. Entre estas dos propuestas se abre un gran agujero, un espacio donde el ciudadano de a pie sólo tiene al alcance el gesto de dejar de utilizar bolsas de plástico o reducir su dosis semanal de proteína animal. «¿Soberano… de qué?», ​​se pregunta el sujeto occidental preocupado por el futuro de sus nietos y que parece que sólo tenga el consumo como medio para transformar el mundo. “¿Soberano… de qué?”, se interroga la familia chadiana desplazada por el hambre y la sequía dependiendo de unas ayudas occidentales insuficientes y que no llegan.

¿Qué podemos esperar?

Ante este estancamiento descrito, la pregunta se transforma y la inquietud nos lleva a poner en cuestión cualquier expectativa, cualquier esperanza. La apocalíptica ahora mismo no es una opción sectaria más, sino el marco en el que nos encontramos totalmente pegados. Cuando estos jóvenes se untan las manos con cola para plantarlas a los bordes de las Majas de Goya, nos están señalando desesperadamente su única opción, la del marco apocalíptico al que no tienen más remedio que sumarse. Las tentaciones milenaristas son bien conocidas en la historia reciente, la culpa la tenemos los cristianos que afirmamos con contundencia que habían acabado los tiempos cíclicos, que la historia tenía un sentido de salvación y que el Reino de Dios llegaría. Cuando todo esto se seculariza, y el Reino ya no es una promesa para la otra vida sino un ideal a construir aquí y ahora -¡desgraciada fe en el progreso!-, cuando esta promesa se aplaza hacia un final de la historia que no llega, cuando observamos que la salvación terrenal parece reservada sólo a unos pocos escogidos -el 1% de lo que algunos sin creerlo formamos parte-, la apocalíptica como relato y espíritu de los tiempos –zeitgeist– se apodera de nosotros. No sé si el fin de los tiempos había estado tan presente en el imaginario occidental como hasta ahora, pero entre la emergencia climática y las posibilidades de una guerra nuclear, las tesis escatológicas se esparcen como la pólvora. Sólo nos queda esperar a que baje algún tipo de mesías y nos salve. Al igual que en la escena final de la película Don’t look up acabaremos rezando alrededor de una mesa por mucha secularización a la que creamos hemos llegado.

El marco apocalíptico trastoca nuestra visión del mundo y nos urge a una respuesta. Los tiempos presentes se convierten sobre todo en tiempos de reacción. Y ésta tiene más números de ser reaccionaria que liberadora. Algunos profetas de calamidades contemporáneos, como Houellebecq, han entendido que la posible vinculación entre ecologismo y autoritarismo marcará las políticas de las próximas décadas, y que sólo una lectura teológica puede darnos las claves para entender el momento presente (como muy bien ha analizado aquí Joan Burdeus).

En la película Children of Men, de Alfonso Cuarón, en un contexto similar al que describen los discursos colapsistas, un funcionario inglés se dedica a recoger obras de arte en su despacho para que éstas no sean destruidas. Entre ellas vemos el David de Miguel Ángel en la recepción del despacho, o el Guernika de Picasso decorando el comedor mientras el mundo entra en llamas. Cuando el protagonista llega a este tipo de Arca de Noé contemporánea de la historia del arte, el funcionario le confirma: «No pudimos salvar La pietà«. No sé si los activistas han leído a Houellebecq o han visto Children of Men, pero no cabe duda que, ante la inminente posibilidad del fin del mundo, las obras de arte invierten todo su sentido. Ya nos avisó de ello Walter Benjamin: todo documento de cultura es a la vez un documento de barbarie. Supongo que éste es el mensaje. El debate hoy lo tenemos centrado en aquello que podemos o no esperar, pero si no queremos caer en un inminente futuro reaccionario, necesitaremos reubicar el debate en el terreno de lo que podemos hacer. De otro modo, ya podemos empezar a recopilar aquellas obras que más ilusión nos haría conservar, porque: ¿de verdad creemos que querremos visitar los museos que exponen lo que adorábamos mientras el mundo se acababa? Será una experiencia para la que sólo los arqueólogos estarán dispuestos a perder el tiempo.

[Imagen de Ralph en Pixabay]

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Licenciado en matemáticas y master en filosofía. Profesor adjunto en la Cátedra de Ética y Pensamiento Cristiano del IQS-Universitat Ramon Llull. Ha sido director del centro de estudios Cristianisme i Justícia y es autor del cuaderno CJ Fiscalidad justa, una lucha global.
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