Durante mis cuarenta y tantos, mis esperanzas se vieron truncadas tres veces. En cada una de ellas, una experiencia mística inundó mis caídas, envolviéndome de luz, entendimiento, hasta beatitud e inhabitación. Sin embargo, al intentar agarrarme a la luz —hasta el punto de olvidarme de beber, comer o dormir—, la oscuridad empezaba a asaltarme con reproches, discordia. Me daba cuenta de que estaba en alguna cima, un territorio asombroso, donde todo se movía suave o ferozmente; donde se libraba una batalla en la que no podía luchar. Agazapada, solo podía agarrarme a la roca, abrirme a lo que me atravesaba y presenciarlo. Postrada, no lograba hacer pie. La tercera caída, en marzo de 2020, fue más oscura, y mi semana de insomnio acabó en hospitalización. Cuando me desperté, sabía que, a partir de ahora, tenía que ponerme a estudiar: estudiar para sondear mi fe.

Un año más tarde, fui recibida en la Iglesia católica —proveniente del anglicanismo—, en Santa María del Mar: un viraje. Allí supe que pisaba un terreno por donde pasó Ignacio de Loyola. Inmersa como estaba en El Peregrino, allí me lo imaginaba preguntándose qué debía hacer. Y, mira por dónde, en una nota al pie del texto, encontré la cita que, sin saberlo, andaba buscando en todas mis lecturas. En la 2ª semana de los Ejercicios, sus mociones de consolación o desolación me hablaban directamente a mí. Necesitaba que un soldado me explicase lo que había acontecido en la batalla que me había paralizado. Que me enseñase el camuflaje, que me ayudase a discernir, que me atenazase para que yo pudiese relajarme. Mi corazón se sobresaltó: salí corriendo a comprar Los Ejercicios Espirituales, y allí descubrí que no se me permitía leerlo. ¡Tenía que ser acompañada!

Sobre lo que vino a continuación se podría escribir una novela (que estoy haciendo). Baste señalar que la criatura rescatada por la inundación de luz, depositada en alturas inesperadas, aprendió a ponerse de rodillas en oración. Aprendió a recibir la bendición de su acompañante espiritual, hasta su absolución. Luego, en la contemplación ante el niño Jesús, junto con los Magos, aprendió a dejarse balancear como el incienso, entre los puntos
cardinales de la adoración que ahora le permitían restablecerse, permitiéndole seguir una  moción holística y postrarse de verdad.

Me descubrí recorriendo a pie el camino hacia el Templo, saltando junto al Mesías que iba a hablar con los sacerdotes sobre asuntos profundos. Y perdí pie permitiendo a Jesús lavarme los míos, recordando en mis lágrimas mi nacimiento en parto podálico, remolcada, precisamente, por los pies que Jesús ahora estaba cuidando. Mi acompañante delicadamente lo acogió como mi nacimiento ante la Pasión de Cristo. Donde, ante «nuestro gigante arrebatado de pasión resucitado», nuestra cima eterna, podamos despertarnos cada día en amor, alabanza, reverencia, servicio: encarar nuestro «oriente de cumbre sonrosada» y dejar «que renazca en nosotros» (Manley Hopkins, SJ).

[Este artículo fue publicado originalmente en Catalunya Cristiana/Imagen extraída de Jesuitas-Provincia de España]

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Laica y filóloga.
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