Me callo su nombre. La conversación esta noche, con una cerveza y algo de picoteo, nos traerá lágrimas. Ella fue lideresa estudiantil en los tiempos de la guerra. Va dando nombres. Eran sus amigas y amigos, las gentes del grupo con el que trabajaban. “Los fueron desapareciendo”, dice haciendo un esfuerzo que retoca su voz. “Una amiga me recibió en casa”. Me cuenta cómo buscó refugio. “¿Por qué no me desaparecieron a mí? Quizás esperaron para hacerlo más adelante”. Esta noche hace fresco. Llovió durante la tarde y el ambiente tiene aroma de tierra húmeda. Nos habíamos reunido para hablar de IGER, pero la conversación nos llevó de una cosa a otra hasta la memoria herida. Hago mis cálculos de tiempos: 1982, tendrían 22, 23 años. “No, no hemos conseguido hacer nada que se parezca a la reconciliación. Andamos cada cual jugando con su memoria y muchas familias siguen buscando dónde fueron a parar los suyos”. Me habla de las búsquedas, las exhumaciones, los equipos forenses, las negativas de la administración, las resistencias del ejército. “Reconciliación no es olvido”, me dice.

La Ciudad de Guatemala me parece un monumento a la desigualdad. Como su propio paisaje con llanadas que se quiebran en barranqueras impresionantes cubiertas por una vegetación frondosa allí donde no crecen las viviendas de autoconstrucción a la que llegan paulatinamente el agua y la luz. Con Paco Iznardo, el párroco, recorro la lomada Buena Esperanza donde tantas escaleras dan cuenta de mi sobrepeso. Él se mueve ágil en las callejas que, salvando enormes distancias, recuerdan el trazado serpentino de los barrios árabes. Paco me enseña los rincones a un ritmo misericordioso, para evitar que el aire me acabe faltando en las escaleras. Mientras me asombran las viviendas y callejas de Buena Esperanza, tengo una imagen de unos días antes, sentado en un café, en un barrio relativamente cercano que nada envidia a los mejores de las ciudades más caras de Europa. En Guatemala, la desigualdad viene de lejos. El país figura en las últimas posiciones de América Latina en lo que a percepción de la corrupción se refiere (solo Venezuela, Nicaragua y Honduras por detrás), y el último en el índice de desarrollo humano del PNUD en Centroamérica.

“Sí, tercero de bachillerato”, contesta Sonia cuando, al salir de la celebración en la pequeña capilla del barrio, le pregunto por sus estudios en IGER (la institución guatemalteca fundada por Franz Tattembach SJ a finales de los setenta siguiendo el modelo de Radio ECCA). “¿Cómo conociste IGER?”, pregunto mientras ella va reuniendo a la gente menuda de la catequesis. Me habla de Puente Belice, entidad también creada por un compañero, Manolo, ya en la vida de Dios. La entidad toma nombre del lugar donde nació, un barranco impresionante en cuyas laderas escalan las viviendas permanentemente inacabadas casi colgando del precipicio dominado por el puente que lo atraviesa. Sonia me cuenta una historia en la que las personas y los recursos de ambas instituciones se unen, en un barrio dominado por las maras, para ser así una historia de salvación.

En la pared de la casa parroquial, está el retrato de Fernando Hoyos SJ. Fernando había pedido salir de la Compañía de Jesús. Hacía tiempo que ante su contacto con la realidad del campesinado guatemalteco y la violencia en que vivía el país, su corazón se inclinaba a sumarse a una guerrilla que se alzaba contra el gobierno del militar Efraín Ríos Montt. Su decisión de dejar la Orden nunca se oficializó porque su carta llegó al Provincial después de que el 13 de julio de 1982, sufriera una emboscada en la que fue tiroteado hasta la muerte. Cuando el Ejército Guerrillero de los Pobres, la organización a la que se había unido, dio cuenta de su muerte, hizo llegar un comunicado en el que afirmaba: “Su vida, su militancia y su muerte se insertan en la mejor tradición de la historia reciente de los cristianos que abrazan sin reserva la causa de los desposeídos”. Una frase que explica una mirada, una época.

En la habitación de la comunidad jesuita en la que paso estos días en Guatemala, en la parroquia de San Antonio, vivió Carlos Pérez Alonso SJ. Su retrato me mira desde la pared mientras escribo estas letras. El 2 de agosto de 1981, Carlos desapareció. Escribo esta nota tras estar atento a lo que se dice en un acto de homenaje que José Luis, el párroco de San Antonio, organiza con motivo del cuarenta y un aniversario de su desaparición. El País publicó al año siguiente (1982) un relato en el que se mantenía la esperanza de que todavía viviera. Se sabía que había sido secuestrado por personal armado al salir del hospital militar donde celebraba misa cada domingo. Suponía el artículo periodístico que Carlos había sido testigo de la tortura de Luis Pellicer, otro compañero jesuita al que tiempo después el gobierno exhibió como confesante de delitos de terrorismo. Carlos, así lo decía El País en 1982, tendría alguna información que no podía salir a la luz. Nunca se encontró su cuerpo. Nunca ha habido colaboración por parte de las autoridades civiles o militares de Guatemala para encontrarlo. Como de tantas otras personas desaparecidas nos quedan solo los relatos, el reconocimiento que le profesamos y una fotografía en la pared de la habitación que, de algún modo, comparto con él.

Callejeando de vuelta hacia ASEC-IGER, conversamos con el conductor de los acontecimientos de este agosto que comienza: la detención de Zamora, director de El Periódico; el presunto atentado contra el presidente Giammattei, que ahora parece más bien una cortina de humo, el curioso trato judicial de favor para Alva Elvira Lorenzana, esposa del magnate de televisión Ángel González, cercano al poder; el bochornoso trato que el Parlamento da al Procurador de Derechos Humanos, que sufre acoso de quienes forman un entramado político y económico cercano al crimen organizado. En una carta dirigida a los equipos de la red de instituciones vinculadas a la Compañía de Jesús en el país se  advierte de la cooptación del poder político por parte de un entramado duro de corrupción y mafia; se suma a los señalamientos de la Conferencia Episcopal y muchas otras instituciones de la sociedad civil.

Tras sortear un tráfico imposible que alarga nuestra conversación, me impresiona la belleza de una institución como ASEC, que da paraguas al IGER, a un grupo de emisoras radiofónicas, a una editorial… Las personas están en el centro. Es lo que toca. La formación académica es una herramienta importantísima aunque está claro que no es suficiente para que esta sociedad viva la salvación no como un hecho personal más o menos sorprendente, sino como un proceso de esperanza para todas y todos. Estamos en pleno proceso de planificación estratégica. Durante las reuniones, una y otra vez me viene Sonia y sus palabras a la mente, la alumna de IGER con la que hablo a la puerta de la Iglesia: “Para poder irme, fuera, para eso estudio”. En la prensa se anuncia hoy que una delegación de congresistas estadounidenses viene al país para “promover la cooperación bilateral en economía y negocios, y para impulsar la inversión del sector privado de los Estados Unidos”. Después lo comentaré con los compañeros jesuitas de la comunidad, que muestran una hospitalidad desbordante, pero ahora iré a cenar con gente vinculada a la institución. Es allí donde, a pesar de la cerveza y el tiempo, lo escucharé de boca de una de esas personas extraordinarias -mujer- que se jugaron su vida e hicieron frente a la injusticia: “La salvación no es la desmemoria. La reconciliación no es el olvido”.

[Imagen proporcionada por el autor]
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Jesuita, del equipo CPAL, asesor de la Red de Radios SJ de América Latina y el Caribe.
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