Si mi pretensión es pensar una posible ascética contemporánea que ilumine la mística en nuestra circunstancia actual, no podía dejar de hablar de la atención. 

El padre del desierto Poimén dijo:  “El principio de todos los males es la distracción”. Utilizando otras palabras, la mística y filósofa Simone Weil consideraba que la “raíz del mal es la ensoñación”. La misma autora escribió: “La atención es toda la fuerza del espíritu. La única fuerza que es nuestra.” Las distintas prácticas contemplativas ponen un énfasis especial en la atención. No queda duda, por lo tanto, que el cultivo de la atención forma parte, de una manera u otra, del camino espiritual en su inmensa diversidad, conscientes de la variedad de comprensiones de la misma. 

Sin embargo, mi motivación por escribir respecto a este tema provino de una fuente diferente. Buscando entre los estantes de una librería di con Clics contra la humanidad. Libertad y resistencia en la era de la distracción tecnológica de James Williams. El autor estadounidense tenía ya una trayectoria sobresaliente en Google cuando finalmente abandonó la empresa para dedicarse a estudiar filosofía y ética de la tecnología. ¿A qué se debió este giro tan abrupto de un joven prometedor de Google? Williams señala que se dio cuenta del telón de fondo que colgaba tras el lindo escenario de tecnologías como las redes sociales, el GPS y otras. 

El objetivo del libro que comentaré es simple: ayudarnos a darnos cuenta de que dichas tecnologías no están de nuestra parte; que lejos de ser creadas con la finalidad de facilitarnos la obtención de nuestras metas, son elaboradas desde su diseño con un único objetivo: “captar y monopolizar nuestra atención.” El argumento de Williams es que, sueltas y sin control, estas tecnologías suponen una amenaza para la voluntad individual y colectiva, incluso política, y que por lo tanto habría que pensar una “liberación de la atención humana” en tanto lucha política por excelencia dadas las circunstancias actuales. 

Me parece importantísima la advertencia que nos hace Williams respecto al profundo cambio que ha significado para la atención humana la llamada “era de la información”. Su diagnóstico me recordó al de Iván Illich cuando hablaba de la “era cibernética” y cómo esta implicaba una transformación incluso antropológica y no únicamente histórica. La experiencia del autor en su trabajo en Google era la de una distracción sui generis, la cual no podía equiparar a cuando simplemente nos distraemos:

«Algo se había trastocado a un nivel más profundo que el de la simple molestia, y sus efectos nocivos se me antojaban mucho más peligrosos que el leve fastidio que trae consigo nuestro día a día. Tenía la sensación de que algo se desintegraba y se disgregaba, como si el suelo hubiera cedido bajo mis pies y mi cuerpo comenzara a reparar en que estaba cayendo. Sentía que la historia de mi vida peligraba por alguna razón confusa que no alcanzaba a expresar. La materia del mundo que habitaba se estaba volatilizando».

Lo narrado por Williams me parece aterradoramente cercano. No lo dice con esos términos, pero la palabra que me viene a la mente es “enajenación”, el sentir la vida secuestrada de forma sutil por mecanismos heterónomos a mi voluntad. Me atrevo a preguntarles si no hay un poco de esta sensación también en sus vidas. 

Repito, el elemento central consiste en entender que las tecnologías cibernéticas no comparten nuestros objetivos. La tecnología neutral no existe, nos advierte Williams. La tecnocracia, podría decirse, es tautológica hasta cierto punto, puesto que los prefijos ciber- y gober- (de “cibernética” y “gobernar”) provienen de la misma raíz griega kiber-, que significa “guiar” o “pilotear”. Pero la gobernanza de la tecnología actual no tiene precedentes. Se enfoca en estructurar nuestras mentes de determinada manera. La persuasión industrializada es un hito inédito en la historia que solamente es comparable, dice Williams, con la religión, el mito o el totalitarismo. 

Hoy por hoy se invierten miles de millones de dólares con un único objetivo: que prestes atención a lo que se quiere que prestes atención, que des click en ese anuncio y no en otro, que compremos un producto y no otro. A esta realidad propia de lo que Williams llama la “era de la atención”, el mismo autor la nombra “economía de la atención”, “un entorno en el que los productos y servicios digitales compiten sin descanso para captar y explotar la atención del consumidor.”  La guerra comercial es por nuestra atención, y miles de estrategas, psicólogos, sociólogos y científicos de las mejores universidades del mundo se dedican tiempo completo a crear los mecanismos para ganar la carrera. Un ejemplo son los clickbait, los anuncios estilo “Conoce los 10 destinos turísticos más baratos del mundo” o “Noticias que te quitarán el aliento”. Un click lleva a otro click y, cuando menos nos damos cuenta, ya se nos fueron 10, 15 o hasta 60 minutos entre página y página. No es exagerado decir que nos encontramos ante un nuevo régimen que nos lleva “a un nuevo gobierno, a un nuevo credo, a una nueva lengua” que poco a poco se va volviendo universal. 

Considero que hablar de “economía de la atención” es un acierto genial de parte de Williams. Toda economía es por definición parte del reino de la escasez. En este caso, la escasez a la que nos referimos es la de la atención. En la economía capitalista se pretende superar la escasez a través de la abundancia, pero sabemos que lo único que produce la producción capitalista es más y más escasez. Lo mismo sucede con la supuesta abundancia de información: a mayor abundancia de información mayor será la escasez de atención. Quizás este es el momento de la historia en el que contamos con una mayor información sobre una enorme cantidad de áreas y de temas, pero al mismo tiempo presenciamos un incremento insólito en la escasez de nuestra atención. 

La publicidad no tiene el objetivo de satisfacer nuestros deseos, sino de crearnos nuevas necesidades. Si no logramos limitar a qué “regalamos” nuestra atención (no es “prestamos”, porque no nos devuelven nuestra atención), nos sumergimos en un remolino sin fin de consumo, y, peor aún, perdemos con ello nuestra vida. ¿Qué sucede cuando direccionamos nuestra atención hacia algo?, se pregunta Williams. Para responder esta pregunta habría que ir más allá de una mera respuesta psicológica. La atención es la constructora de nuestra vida, de ella proviene qué hacemos, a qué le dedicamos tiempo, qué sujeto construimos, qué relaciones cultivamos, etcétera. En realidad, la batalla por nuestra atención va más allá de un simple fin comercial o de bienestar personal: se trata de un control por nuestras mentes y nuestras vidas, nuestros deseos y nuestra capacidad política de decidir por nosotras y nosotros mismos.  

En este punto Williams se acerca a los análisis de Illich o de Girard, para quienes está claro que el deseo, dentro del círculo capitalista, no se limita a desear el producto sino el reconocimiento (la atención) del otro. Pero esto no es nuevo, aparece ya en La teoría de los sentimientos morales de Adam Smith. Por eso una ascesis del deseo, de la atención, se vuelve tan necesaria hoy en día desde una perspectiva mística pero también política y liberadora. Además, si como dice Williams, “religioso” es el mejor adjetivo con el podríamos catalogar esta nueva economía, la ascesis de la atención contemporánea se vuelve también una lucha contra la idolatría. 

Soy yo quien habla de esta ascesis, no Williams, y sin embargo encuentro sus análisis bastante apropiados para pensar dicha ascesis. Ahora, no podemos caer en falsas soluciones. Williams advierte, antes de proponer algunas vías para ganar la libertad de atención, contra las siguientes pseudosoluciones: la primera es buscar que las personas se adapten a la inmensa ola de distracciones (Williams habla de tres: la común, la existencial y la epistémica, cada una más profunda que la anterior). Adaptarse sería seguir con el mismo juego. Pero tampoco una resistencia individual es la respuesta. Frente a esas acciones individuales se encuentran miles de profesionales bien pagados que, independientemente de sus buenas o malas intenciones, buscan captar nuestra atención. 

Tampoco, y me agrada mucho que lo mencione Williams, puede estar la solución en el cultivo de la atención estilo mindfulness. Lo que dichas prácticas suelen hacer es buscar mejorar la atención y el bienestar sin criticar directamente las fuentes estructurales, laborales y sociales. Cuando mucho, ganar en atención estilo mindfulness te dará más atención para que te la quiten. No puede ser ese el camino. 

Williams apuesta por las siguientes vías, reconociendo que hay otras muchas: “(a) el replanteamiento de la esencia y el objeto de la publicidad, (b) la reestructuración conceptual y lingüística, (c) la modificación de los factores determinantes del diseño tecnológico y (d) la promoción de mecanismos de imputabilidad, transparencia y medición.” Aquí es donde me distancio del autor, que por lo demás, a lo largo del libro, muestra una profunda afinidad a la democracia liberal y a los ideales estadounidenses de justicia y libertad. Me parece que las soluciones que propone, si bien pueden ayudar en términos prácticos en el horizonte de las políticas públicas, al final son soluciones dentro del mismo sistema que no llegan a poner en jaque el proyecto moderno-capitalista en su conjunto. 

No pretendo aportar la solución definitiva, pues en lo que sí estoy de acuerdo con Williams es que no hay recetas, y, agregaría, tampoco tiene porqué haber únicamente un camino, ya que en la diversidad de mundos que podemos construir como alternativas habrá que encontrar, por lo tanto, diversidad de “respuestas”. Una de ellas puede ser la mística, la cual la encontramos en la experiencia profunda de hombres y mujeres que se han tomado enserio su relación con el Misterio, la misteriosidad de la realidad de la cual formamos parte y que se nos descubre de muchas y muy variadas maneras. 

Para la mística, como podemos verlo en Simone Weil, la atención tampoco se reduce a un ejercicio psicológico. Tiene que ver con la voluntad, que tanto subraya Williams, pero una voluntad entendida de forma muy particular. La voluntad refiere sí a nuestros deseos, pero también a nuestras relaciones en general, a nuestros amores. En la mística cristiana, el trabajo con la voluntad se encamina a ordenar todo desorden para llegar a la comunión total con la voluntad divina. Para las y los místicos cristianos, la unión de voluntades simboliza el encuentro máximo con Eso que llamamos Dios. Si el trabajo de la voluntad es en el fondo el trabajo de la atención, entonces cultivar nuestra atención es también cultivar nuestra relación con Dios, reorientando nuestra atención, liberándonos de la enorme cantidad de distracciones que, unidas ya voluntad y atención, se refiere a nuestros afectos. Un buen ejemplo son los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, cuyo objetivo es planteado por el propio Ignacio como “preparar y disponer el alma para quitar de sí todas las afecciones desordenadas…” (EE 1). 

Por otro lado, como sí lo menciona Williams, de la atención resulta qué hacemos realmente con nuestra vida. Es por ello, por ejemplo, que en el budismo zen se complementa el zazen, sentarse a practicar, con el samu, el trabajo manual hecho con atención. Para los caminos espirituales la práctica de la atención no se reduce únicamente a un momento del día, tampoco son acríticos con el tipo de actividades que se realiza. El mindfulness, por ejemplo, suele subrayar la posibilidad de “estar en el presente” en cualquier circunstancia, sin plantearse si dicha circunstancia es en sí opresora o injusta. Las tradiciones, por el contrario, vienen siempre acompañadas por una visión ética del mundo que les lleva a discernir y mediar sus actividades. Weil habla de la “descreación”, un ejercicio o proceso mediante el cual el yo se va diluyendo al tiempo que se abre a la auténtica transformación social del mundo. Desde el zazen-samu hasta el ora et labora, la atención en la mística implica tanto una transformación estructural de la persona como del mundo que habita. Tiene pues una dimensión explícitamente social. 

Existen muchos ejemplos contemporáneos para regular y poner límites a la atención. Tenemos que tener muy presente lo que dice Williams sobre cómo estas tecnologías no son neutrales, es decir, no dependen del uso que les demos. No hay que individualizar el problema despolitizándolo como si se tratara de algunos sujetos que se vuelven adictos a las tecnologías (por más que psicológicamente sí pueda suceder). Estas mismas tecnologías están diseñadas para robar nuestra atención, por lo que no basta una mera ascesis enfocada a controlar el tiempo que les dedicamos, aunque este pueda ser el primer paso. 

Williams aboga por una transformación en el mismo diseño de las tecnologías. La pregunta es, ¿realmente podemos esperar que a estas grades empresas devoradoras de nuestra atención les llegue una epifanía moral y de pronto cambien sus objetivos? Lo dudo mucho. En mi experiencia, la construcción de tecnologías libres y autónomas es una salida más realista que las reformas legales. Además, solo podemos recuperar nuestra atención si la direccionamos a algo más, a la construcción de otro mundo posible. En Bolivia tuve la posibilidad de pasar un par de semanas en un ashram en donde únicamente había una computadora, la cual usábamos entre todas y todos por unos minutos a la semana. Nuestra atención y voluntad se dirigían hacia otros horizontes, desde el producir la comida, orar o convivir. Sé de algunas experiencias en Estados Unidos de grupos enteros que han optado por abandonar el celular y únicamente cuentan con un teléfono para todo el grupo, el cual utilizan exclusivamente para emergencias. 

En resumen, considero que las vías se abren por dos caminos paralelos y complementarios: poner límites personales y colectivos al uso de estas tecnologías que, como ya vimos, no están diseñadas para ayudarnos sino para robar nuestra atención, y buscar el modo autónomo y comunitario para generar nuestras propias tecnologías conviviales, diría Illich. De esta manera recuperamos los límites de nuestra carne, el percibir el mundo con nuestros sentidos y no a través de aparatos prótesis, y regresamos a ser lo que somos: relaciones concretas cultivadas desde nuestras posibilidades reales. Entre estas relaciones identifico la relación con el Misterio, relación cada vez más socavada en medio de una cultura y una economía de la distracción. 

Una mística contemporánea, por lo tanto, habrá de acompañarse de una ascesis de la atención consciente de los términos en los que nuestra atención habita actualmente. Lo que queda por aprender son los modos prácticos y concretos de habitar esta ascesis, pero estos variarán en cada ciudad, en cada monte, en cada lago. 

[Imagen de Alexandra_Koch en Pixabay]

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Filósofo, profesor, mistagogo y escritor. Su campo de interés es la relación entre la mística y las luchas sociales. Colabora en distintos colectivos sociales, de diálogo interreligioso, espiritualidad y universidades. Es autor de los libros Encuentro, Religación y Diálogo. Reflexiones hacia un diálogo Inter-Re-ligioso (Samsara, 2020) e Impotente Ternura (PalabrasPalibros, 2021), Descubrirte en lo pequeño (Buena Prensa, 2021) y Convivencialidad y resistencia política desde abajo. La herencia de Iván Illich en México (CuLagos, 2021). Forma parte del Grupo de Religiones y Paz de Cristianisme i Justícia y del Centro de Estudios de Religión y Sociedad (CERyS) de la Universidad de Guadalajara, así como de la Academia de Trascendencia y Sociedad del ITESO.
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