Estos días, supongo que por este calor inusual o por estar terminando curso (los que vamos por cursos) hay una frase que se repite cuando preguntas a alguien «¿cómo estás?». No es extraño que la respuesta sea «Estoy cansado». Hay cansancios y cansancios, y lo que se expresa con frecuencia en las conversaciones, en las reuniones, tomando algo con los amigos, es una especie de cansancio profundo, existencial. Es como si de repente notásemos el peso de la existencia, esa pesadumbre de la vida cotidiana… No es propiamente una depresión, sino una desgana, una falta de ilusión. A veces es personal; otras, como quizás ocurre ahora, forma parte de un ambiente motivado por mil y una circunstancias (pospandemia, guerras, inflación, cambio climático…).

En el fondo, sin embargo, este estado de ánimo forma parte de la vida. En la vida espiritual, san Ignacio lo definió como «desolación», y es un elemento muy importante para el crecimiento y el conocimiento espiritual, ya que es el lugar donde la persona se siente especialmente tentada por sus propios fantasmas. Y nadie se conoce bien del todo si no conoce sus propios fantasmas. 

El problema es que la desolación encaja mal en un mundo donde se nos ha vendido que la alegría perpetua o incluso, la euforia, es el estado normal del ser humano y que, por tanto, no hay lugar para los momentos bajos, para la tristeza o para la sensación de pesadumbre.  Repito, no hablo de la depresión como tal, hablo de la tristeza y de la desolación.

La desolación puede ser, pues, un momento de autoconocimiento muy profundo. De conocimiento de los propios límites y como decía de los propios fantasmas, ya que en un momento bajo a cada uno se le aparecen tentaciones diferentes: tentaciones de tirarlo todo por la borda, tentaciones de evasiones adictivas, tentación de disimular… Precisamente el único consejo que san Ignacio da es que la persona que está sufriendo esta situación no se acomode, sino que «haga contra la desolación para vencer las tentaciones». La desolación puede ser un agujero negro narcisista, un lamento continuo contra todo y contra todos, un encerrarse sobre nosotros mismos, o puede ser un efectivo entrenamiento contra todo esto. 

En momentos como los actuales, donde el subjetivismo es considerado el único camino de acceso a la propia realidad, precisamente lo que Ignacio nos propone es salir de nosotros mismos para «hacer contra» aquellos elementos que no hacen otra cosa que separarnos del mundo y de los otros, de los compromisos adquiridos y de sus preocupaciones. 

Por esta razón, la publicidad y el capitalismo, que tan bien juega en todos los estados de ánimo más que animar a «hacer contra» lo que nos dice es que nos «entreguemos a la tentación». Lo que dice es que tienes toda la razón de estar enfadado con el mundo y que “ellos” tienen, en forma de producto, la solución para superarlo. Y esta solución no pasa nunca por un trabajo interior, por tragarse los límites, sino por intentar distraer la misma desolación en mil y una capas de consumo y diversión. 

De ahí la necesidad de hacer también elogio de la desolación, no para arrastrarse permanentemente en ella y quedarse, sino como un momento privilegiado de conocimiento, de hacer el duelo, de asumir la realidad tal como es. En definitiva, la tristeza y la desolación, cuando acontecen, es para transitar por ellas y así hacernos más fuertes en humanidad. 

[Imagen de Piyapong Saydaung en Pixabay]

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Miembro del equipo de Cristianisme i Justícia. Licenciado en Psicología por la UB, en Teología por el Instituto de Teología Fundamental y máster en Teoría Política por la Universidad Pompeu Fabra. Presidente del Patronato de la Fundación Migra Studium.
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4 Comentarios

  1. Una joya de reflexion y según leo, desde el enfoque Ignaciano. Gracias a Dios por Cristianisme i Justicia. Dios siempre con todos y cada uno de ustedes.

  2. – ¡Hombre señor Puchades, dichosos los ojos…!
    – Lo mismo le digo, señor Castell.
    – ¿Qué tal está? ¿Y la familia?
    – Muy buena
    – Lo veo muy ufano.
    – Ay, señor Castell y no es para menos
    – Usted medirá el motivo.
    – Estoy que no quepo en mí de gozo: he caído en la desolación; estoy desolado.
    – Vaya, qué suerte. Lo envidio, ojala pudiera yo decir lo mismo.
    – Ay mi querido amigo, si usted supiera el momento privilegiado de conocimiento en que me encuentro…, si usted supiera el privilegio que es hacer el duelo, asumir la realidad…
    – Es usted afortunado. Yo, en cambio ni siquiera sé que es eso de hacer el duelo.
    – Quizás algún día caiga en la desolación y llegue a saberlo.
    – Ojalá tuviera esa fortuna.
    – Fíjese si no es una verdadera delicia usar la desolación como pasadizo para transitar por ella y así hacerme más fuerte en humanidad. Me siento verdaderamente desolado.
    – Quién pudiera decir lo mismo.
    – No se preocupe que el día menos pensado, ¡pum! la desolación se instala en su alma.
    – Me consuela oírlo. Adiós señor Puchades.
    – Adiós, señor Castell.

  3. – Esto…; un momento señor Puchades ¿sabía que cuando lo desolación lo invade no debe permanecer mucho tiempo en ella?
    – Naturalmente, pero es muy difícil dejarlo después de haber tenido acceso ese momento privilegiado de conocimiento que me ha llevado a distinguir la realidad de la realidad tal como es y, sobre todo de hacer duelo; sí, es muy difícil dejarlo después de haber transitado por ella. No puede usted hacerse idea de lo fuerte que estoy en humanidad. No, estoy desolado y seguiré estándolo. Estoy seguro de que estando en ella, podré encontrar más oportunidades para alcanzar lo sublime.
    – Como usted quiera señor Puchades.
    – Quedo a sus órdenes señor Castell.

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