Hay semanas en las que no te explicas tanta luz.

Una persona muy débil y enferma sale por fin de peligro. Se resuelve favorablemente otro caso de asilo. En la residencia se escuchan los resultados de las clases de español. Las mujeres migrantes bromean en la acogida. Hay sensibilización en el garaje y arriba reunión de articulación. El taller de costura prepara con mimo el fin de curso con una exposición. Unas voluntarias regresan de El Aaiún habiendo completado una audaz investigación. Otras llenan de color, chapuzones y sonrisas las mañanas de los más peques. Otras se disponen a llevar los talleres sobre derechos adonde es mejor no decir. Otra edita vídeos con una sensibilidad y atrevimiento que asusta de emoción. Otro se sirve de los recursos de radio ECCA para ensayar una nueva innovación en el Centro Baraka. En la iglesia, los primeros en disfrutar de la exposición sobre San Charles de Foucauld son unos amigos musulmanes y un grupo de judíos. Es como si el Espíritu nos silbase al oído que su obra no tiene fronteras.

Y tanto es así, que no te explicas cómo en un lugar de semejante bendición y al abrazo de tanta ternura celebrada en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y la del Inmaculado Corazón de María, más de 30 personas hayan perdido violentamente la vida.

¿Cómo logra alguien convencerse de la necesidad de proteger una valla al precio de desproteger la vida humana?

¿Cómo elige un territorio reforzar controles y medidas para impedir a personas llegar a él, en vez de reforzar los medios a su alcance para proteger sus vidas y asegurar el cumplimiento de sus derechos?

¿Acaso escogería alguien renunciar a nuestra interdependencia y vulnerabilidad común, a nuestra humana verdad, la que se alegra al proteger la vida del migrante como la de cualquier familiar?

¿Qué hace que unas vidas sean más dignas de protección que otras? ¿Qué hace que unas vidas sean más dignas de duelo que otras? ¿Compartir un continente de origen?

¿No nos damos cuenta de que la vulneración de los derechos humanos de la otra persona es la vulneración de nuestros derechos?

¿Acaso no sentimos verdad y consuelo cuando afirmamos que todas las vidas merecen ser lloradas porque no hay muertes menos dolorosas que otras?

Hay semanas en las que la luz parecía querernos cegar, consciente de la importancia de dejar su señal para mostrarnos su rastro en la noche.

[Imagen de pixelRaw en Pixabay]

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Nacido en 1974, entró en la Compañía de Jesús en 1997. Su trayectoria le ha llevado a varios países africanos como la República Democrática del Congo, Ruanda o Sudán del Sur. Actualmente trabaja en la Delegación Diocesana de Migraciones en Nador.
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