Me gustaría hacerte una pequeña invitación práctica: 

El cuerpo y el gesto se tornan protagonistas en la propuesta de oración que presento. Por ello, te propongo que adoptes una postura orante, cualquiera, habitual o no. Basta colocar las manos en forma de cuenco, o elevar los brazos. En la silla o de pie. Y en esa postura te invito a recitar interna o vocalmente una oración o mantra de tu propia tradición espiritual. Por ejemplo, en el cristianismo el Padrenuestro o el Ave María. Despacio, consciente de las palabras que recitas.

Después de dejar un momento de silencio, puedes retomar la lectura.

El gesto, el movimiento y la danza facilitan la profundización de cualquier experiencia. Permiten que lo vivido se haga cuerpo y quede grabado en él. De esta manera se trata de evitar el peligro de un acercamiento meramente intelectual a la divinidad.

Al danzar hay una conexión con el cuerpo, donde está alojada la propia historia con emociones profundas. El cuerpo no engaña, y la persona, al orar a través suyo, queda al desnudo ante su Dios. El gesto manifiesta sinceramente el interior. Si se reproducen movimientos con los que la persona no conecta, algo en su interior se rebela y rechina,  experimentando incomodidad. En cambio, cuando el gesto conecta con lo que se vive interiormente, se experimenta una profundidad y autenticidad en la oración que deja huella en la persona. Se vivencia el silenciamiento de la mente, lo que permite conectar con el ser profundo, con el corazón, con la Fuente.

Comencé a danzar para Dios, en un contexto cristiano, católico, cuando atravesaba una noche oscura. Cuando meses después, con diecinueve años, experimenté el Amor de Dios, los brazos se me elevaron al cielo en alabanza, desbordada por una Presencia que para mí era incuestionable. 

Comencé a acostumbrarme a danzar a solas, a escondidas para ese Dios que se me desvelaba. De una manera improvisada, en la intimidad de esa relación que tomaba matices distintos de hasta entonces.

Solo cuando vi a un grupo de jóvenes bailando una danza hebrea en una Eucaristía comprendí que la danza podía fijarse, coreografiarse y ser enseñada para ser compartida y así alabar conjuntamente. De manera que fui dejando que mis experiencias espirituales tomaran la forma de una coreografía. Sin apenas pensar, dejando fluir los movimientos, el alma, el corazón. 

Mi gran sorpresa fue descubrir que cuando enseñaba estas danzas, las personas entraban muy fácilmente en oración. De manera que durante todos esos años aprendí a maravillarme del ser humano, ante personas concretas por un lado y ante el ser humano, en general, con su capacidad de conectar con la Fuente que le habita. Veía cómo la persona tenía la capacidad de transformarse con la práctica y de un estado de cierto estrés, con mecanismos de defensa y patrones fijos a flor de piel, podía pasar a un estado de fluidez y amor, donde la acogida a otro ser humano era la tónica general. Llamé a esta forma de relacionarme con Dios primero danza litúrgica y, posteriormente, tras años de experiencia, danza contemplativa, porque esta danza, esta oración, llevaba a la contemplación de la divinidad y de las personas que nos rodean, a las que reconocemos sagradas. De hecho, solemos danzar sin calzado, por comodidad pero también por simbología recogiendo la experiencia bíblica de Moisés cuando oye: “Quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es tierra sagrada”. 

Pero, ¿qué gestos hacemos? Los gestos de las danzas no son cualquier gesto, son gestos orantes. Tienen una simbología concreta para el coreógrafo que los incorpora: reverencia, petición, apertura… Sin embargo, en último término, es la persona que hace suyo ese gesto, esa intención, quien descubre qué significado tiene para ella, pues en nuestra relación con Dios pasamos por muchos momentos y etapas. Como nos sucede con las personas. Son muchos los sentimientos y emociones que nos habitan. Por ello, distintas danzas nos ayudan a manifestar todo ello. Y como cada persona es un mundo, muchas danzas dan pie a que cada persona elija, por ejemplo, un gesto final o unos movimientos iniciales que ayude a afinar en la expresión de la vivencia propia.

Un elemento que aporta especialmente esta manera de relacionarse con la divinidad es que en general la realizamos de manera comunitaria, manifestando una actitud común, sintiéndonos unidos ante un mismo Dios.

Una cuestión importante es que es la repetición de los gestos y las danzas las que van revistiendo de profundidad la oración danzada. Por ello conviene practicar. Siempre se puede danzar en casa, en la intimidad o compartiendo la danza con la familia. La posibilidad más interesante de orar danzando me parece que es de manera asidua en parroquias o diversos centros. Otra posibilidad es incluir una danza orante en alguna celebración litúrgica o act,o ya sea realizándola un grupo que ha ensayado para ello, o bien, invitando a toda la asamblea. De una forma u otra, nos dirigimos a la divinidad y experimentamos su Amor, regalándonos distintas experiencias, entre ellas, la más común: la pacificación de la persona.

[Imagen de efes en Pixabay]

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Máster en Mística y Ciencias Humanas. Licenciada en Astrofísica. Experta en Educación Transpersonal e Interioridad. Psicomotricista y coreógrafa. Creadora de la Danza Contemplativa. Directora de la Escuela de Danza y Contemplación en la Universidad de la Mística, Ávila.
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