Podría parecer un tópico hablar del ministerio en un Jueves Santo. ¿Para qué una reflexión más, sobre el día en el que los sacerdotes celebran de forma especial su ministerio? Aún me resuena la homilía de una misa crismal, previa al inicio de la liturgia con el pueblo, dirigida específicamente a los ministros, en la que el obispo se dirigía a los sacerdotes presentes ahondando en el misterio del oficio in persona Cristi. Un cierto aire de elitismo, elección y unción especial rezumaba de estas palabras y de la liturgia de los seleccionados que participaban (mi participación parecía un poco fuera de lo común) y muy recientemente he vuelto a este recuerdo, al leer -a colación del tema de las sinodalidades- que en las últimas tres décadas entre el 80% de ministros ordenados se mantiene la convicción de que “son ontológicamente diferentes a los laicos”[1]. No se sabe hasta qué punto Jesús de Nazaret o, incluso, Pablo de Tarso se identificarían con esta afirmación, no solo teniendo en cuenta su condición (no eran sacerdotes) y su naturaleza humana que no se sabe cómo se explicaría desde el dualismo ontológico (sacerdote-laico/varón-mujer/ cultura-naturaleza, etc.) y que tanto ha costado defender. No extraña que algunos teólogos señalen un monofisismo manifiestamente velado en el imaginario creyente actual…

A su vez, la conexión entre el ministerio y la sinodalidad me resulta llamativa, por dos razones: (1) porque no son temas a priori tan ligados y -a pesar de ello- comparecen juntos; (2) porque parecen distinguirse dos líneas de la reflexión sinodal en torno al ministerio ordenado. Éstas son: la visibilización de las inquietudes de las mujeres que se sienten llamadas al ministerio sacerdotal y la reflexión del camino sinodal alemán que sugiere que quizás haya llegado el momento de plantearse en la Iglesia si el ministerio ordenado es necesario[2].

Esta breve reflexión tiene por objetivo evocar unos pocos hitos relacionados con el ministerio sinodal y dejarnos interpelar al ver al Jesús del jueves santo en actitud de servicio, de la que etimológicamente deriva la palabra “ministerio”: koinonia, sutilmente distinguidas en la traducción por las prácticas eclesiales. La idea es volver los ojos a Jesús que se ciñe la cintura y se pone a servir (Jn 13,4-17) subvirtiendo las jerarquías asignadas al liderazgo y poniendo en valor el rostro del ministerio en clichés femeninos.

Las ausencias de las mujeres en los relatos bíblicos y en los cuadros representativos de la última cena, no tanto en otros banquetes de Jesús que le han valido el apodo de “borracho y comilón” (Mt 11,16-19), contrastan con la actuación del Maestro, cuyo ministerio y servicio peligrosamente se asemejan a las labores de la barrendera buscadora de la moneda perdida (Lc 15,8-10) o de Marta (Lc 10,38-42) preocupada por que los huéspedes se sintieran a gusto. Sin embargo, allí está el Reinado: cuestionar los esquemas mentales y las lógicas de poder “renunciando a la falsa uniformidad construida con los fines de control y poder para favorecer la expresión de las singularidades que el Espíritu inspira en la Iglesia”[3]. Para Celia Rojas el sínodo trata de desaprender “nuestra forma de concebir la Iglesia”[4], con una mayor sensibilidad intercultural, ecológico-social y para que se dé un cambio de perspectiva hacia los márgenes[5], un abordaje valiente de los abusos y estructuras eclesiales clericalistas y del formato de participación y la representación de las Iglesias locales dentro de la Iglesia Universal. Mientras el término “laico” se refiera a los no-expertos y el poder religioso esté en manos del clero cuando la mayoría de los bautizados sigan siendo laicos, el camino de sinodalidad (syn-odos= caminar junt@s) comienza con la premisa errónea de que la mayoría masculina clericalizada conducirá la nave (el coche) mientras las mujeres y los demás fieles sean sus ruedas[6], y esto podría impedir que la Iglesia se convierta en sinodal[7].

“La sinodalidad puede ser el punto de inflexión en la historia evolutiva de la Iglesia”[8] si permite liberarse de su bagaje feudal, imperialista y patriarcal. La oración, las comidas y el compartir los recursos podrían ser las tres prácticas que entrenamos en Cuaresma para preparar el Triduo Pascual y siguen siendo la hoja de ruta de la cristiandad sinodal[9]. Las tensiones entre el ministerio de las mesas y el ministerio de la palabra que se reflejan en Hch 6,1-7, se hacen eco en el debate por el liderazgo en la comunidad.

Las mujeres reivindican los siete sacramentos para las personas bautizadas, mientras que la plenitud del escándalo de la comprensión de in persona Cristi se reserva solo a los ordenados, en una organización desordenada, al menos, desde el punto de vista canónico: no puede haber obispo sin la diócesis. Tales ordenaciones son nulas según el c. 6 de Nicea y los cc. 6 y 29 de Calcedonia[10]. Si se consienten estas excepciones, ¿por qué no consentir las ordenaciones de las mujeres?[11].

La necesidad sociológica no puede ser la única razón, ni tampoco la ordenación sacerdotal de las mujeres pueda ser solamente una cuestión de excepción o privilegio. Mientras haya mujeres que no quieran ser sacerdotes[12], Marciano Vidal recuerda dos razones por las que la tradición moral priva a las mujeres del séptimo sacramento[13]: la asunción de que las mujeres son viciosas y por su presunta impureza ritual (que no considera convincentes), apuntando a que es un problema de consciencia. Y nunca mejor dicho. El moralista cita a S. Agustín de Hipona[14] y a Tomás de Aquino[15] que reflexionan si el deseo del sacerdocio es un deseo bueno, como afirma 1 Tim 3,1 (“si alguien aspira a ser jefe de los ancianos, tiene un buen deseo”) bajo dos restricciones y desde un aspecto positivo: no para el honor ni para prevalecer (¿dónde están los 80% que afirman una diferencia ontológica?), sino para servir, para el ministerio.

Ante la negativa de la institución y el deseo personal, las actitudes recordadas por Marciano Vidal, citando al moralista Ebenhard Schockenhoff de Friburgo, serían: no aumentar el conflicto, abrirse a la esperanza para que la cosa madure, perseverar sin abandonar la lucha, la resiliencia, y trabajar, no en solitario, sino en conjunto, haciendo el camino sinodal[16] de renovación. Vidal augura un cambio antes del 2040 de la dinámica en la Iglesia y profetiza que no se conseguirá el sacerdocio ordenado de las mujeres mientras no haya sacerdotes casados, no haya igualdad en la Iglesia y mientras los cargos en la Iglesia no se repartan con la participación de los fieles.

Celebremos esta esperanza en la noche del banquete del amor.

***

[1] Survey of American Catholic Priests (1973, 1993, 2001). https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=3951931

[2] Una de las propuestas que sí se votó y que se aprobó por la mínima diferencia (95 a 94) es que “se estudie si la Iglesia católica todavía necesita el sacerdocio”. En la rueda de prensa posterior, Mons. Bätzing se apresuró a asegurar que “nadie ha pensado en abolir el sacerdocio; no puede haber una Iglesia católica sin sacerdocio”. Ahora bien –añadió–, “no solo por la crisis provocada por los abusos, hay cuestiones que plantear sobre el papel de los sacerdotes”. No es menos significativo que estas conclusiones se den en dinámica de la asamblea sinodal, donde es necesaria una triple mayoría de dos tercios: del pleno, de los obispos y- a petición- de las mujeres. https://www.aceprensa.com/religion/iglesia-europa/el-camino-sinodal-aleman-prosigue-entre-fuertes-criticas/

[3] Francisco I, Un temps pour changer (Paris, Fayard, 2020).

[4] Celia Rojas Chávez, “El III sínodo Diocesano de S. Cristóbal de las Casas, Chiapas. Una experiencia sinodal inculturada en contexto maya”, Concilium 390 (2021/2), 14.

[5] Julia Knopp y Martin Kirshner, “El camino sinodal de la Iglesia en Alemania y su relevancia para la Iglesia Universal” Concilium 390 (2021/2), 28.

[6] Abraham, “Sinodalidad”, 45.

[7] Kochurani Abraham, “Sinodalidad: cuestiones críticas y preocupaciones de género desde Asia”, Concilium 390 (2021/2), 41.

[8] Abraham, “Sinodalidad”, 49.

[9] Barbara E. Reid, “Pensamiento y acción sinodal y colegial en el Nuevo Testamento”, Concilium 390 (2021/2), 65.

[10] Hervé Marie Legrand, “La sinodalidad es práctica: un alegato a favor del aprendizaje”, Concilium 390 (2021/2), 135.

[11] Jacqueline Straub, Joven, católica y mujer. Por qué quiero ser sacerdote, Madrid: PPC, 2022.

[12] Mª Cristina Inogés Sanz, No quiero ser sacerdote. Mujeres al borde de la Iglesia, Madrid: PPC, 2020.

[13] Foro PPC: Joven, católica y mujer. https://www.youtube.com/watch?v=KSfoNThAa9U

[14] S. Agustín de Hipona, Ciudad de Dios, Libro 19,  cap. 19.

[15] Sto. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II- II, q. 185.

[16] https://www.lavanguardia.com/vida/20220206/8037006/camino-sinodal-iglesia-catolica-alemania-celibato-papa-mujeres-homosexuales.html

[Imagen de congerdesign en Pixabay]

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Doctora en Teología por la Universidad Pontifica Antonianum de Roma y Doctora en Artes y Humanidades por la Universidad de Murcia. Profesora en el Instituto Teológico de Murcia en el Master en Teología. Miembro de la Asociación de Teólogas Españolas (ATE), de la European Society of Women Theological Research (ESWTR) y del Seminario Teológico en Valencia. Máster en Administración y Dirección de Empresas por la ENEB (Barcelona) y Especialista en Dirección de Ventas por ESIC (Valencia). Nacida en Polonia y residente en Valencia (España). Sus principales líneas de investigación son la ética y la hermenéutica teológica. El interés se centra en investigar si existe un acuerdo de mínimos entre las diferentes propuestas de la ética feminista de las filósofas de la segunda mitad del siglo XX.
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