En una entrevista ocurrida en octubre del 2021 en el diario El Debate[1], el escritor y sacerdote español Pablo d’Ors mencionó que “apagar el móvil es al menos el 50% del camino espiritual”. En mi columna pasada titulada «Desencarnación en tiempos de conzooming y cronofagia virtual», advertía que era necesario pensar una ascética contemporánea en vistas de las nuevas condiciones tecnológicas en las cuales vivimos. Me parece que hacia allá se dirige la frase de Pablo d’Ors. Iván Illich lo había comprendido ya a finales de los 80, cuando junto a su propuesta de seminario para la McCormick Theological Seminary de la Universidad de Chicago escribió lo siguiente: “el ascetismo que puede ser practicado a finales del siglo XX es profundamente diferente a cualquier otro previamente conocido”[2].

La ascética es una palabra casi abandonada en la espiritualidad actual. Remonta a tiempos que quieren olvidarse, a ciertos excesos negadores de la carne y aparentes desprecios por los vaivenes de la historia. Sin dudar de los abusos que el término haya podido tener, lo cierto es que la ascética ha sido, por lo menos en la espiritualidad cristiana, la otra cara de la mística. Semejante relación encontramos en otras tradiciones que buscan cultivar a la persona para que florezca en ella la sensibilidad propia y adecuada en su respectivo camino espiritual. La ascética ha de entenderse como la transformación personal no únicamente de forma previa a la vida mística, sino como propio fruto de esta, ya que la transformación es un continuum en este camino.

A este espectro pertenecen la vía purgativa cristiana, los yamas y niyamas del yoga, el óctuple sendero budista y, entre otras, una serie de prácticas que, por ejemplo, los marakames (chamanes) del pueblo wixárika en México tienen que realizar con el fin de prepararse para su función comunitaria. No pretendo igualarlos, simplemente señalo que en las distintas tradiciones la ascética está presente de una u otra manera. Sin embargo, ¿puede la ascética actual ser idéntica a aquella de hace mil, dos mil o cinco mil años? Los tiempos han cambiado, lo han hecho también las sociedades, ¿no cabría esperar que cambiara también la ascética?

Parte del seminario que Illich pretendía impartir en Chicago y que lamentablemente nunca se realizó, giraba en torno a reflexionar sobre la custodia oculorum, la guardia de la mirada. Para el cristianismo (lo mismo que para el budismo y otras tradiciones) era necesario cuidarse de lo que el ojo ve. También podríamos decir algo similar respecto a cualquier otro de los sentidos, señalando además que ese era el propósito de la ascética: ordenar los sentidos para capacitarlos a su encuentro con el Misterio. Subrayo el “ordenar”, que no significa suprimir o condenar, sino constatar que los sentidos desordenados nos pierden mientras que unos sentidos ordenados pueden capacitarnos mejor para la relación con el Misterio.

¿A cuántas imágenes podrían haber estado expuestas las primeras comunidades cristianas? Seguro a bastantes, pues la imaginación es fuente casi infinita de imágenes. Con todo, no me parece exagerado afirmar que el grado de exposición a contenido visual es simplemente incomparable entre la Palestina del siglo III y la Nueva York del siglo XXI. Sabemos bien que el capitalismo en su vertiente neoliberal explota los sentidos, induce al consumo desmedido y nos bombardea constantemente con nuevos estimulantes. Si no son las sustancias son las películas, si no son estas son las redes sociales, el internet, anuncios, televisión, celular… La lista no podría terminarse fácilmente, pero cada uno de sus elementos compartiría una misma característica común: estimular los sentidos a un nuevo nivel de hybris, de desorden, de pérdida de cualquier proporción que nos hable de una relación carnal con el mundo. Por eso hablaba en mi anterior columna sobre la desencarnación y el reto actual por una ascética que nos ayude a encarnarnos.

Me parece que en el momento que vivimos actualmente es necesario replantearnos la ascética. No tanto en un sentido de cambiar su objetivo de ordenar los sentidos, sino en función de la enorme y singular realidad que tenemos enfrente. Repito, una ascética contemporánea no puede vivirse igual que aquella expuesta en la mística española del siglo XVI o en la India del Bhagavad-Gita. Quizás el espíritu sea el mismo, pero las concreciones puntuales variarán.

A continuación, ofreceré algunas perspectivas que pueden inspirarnos para pensar y sobre todo vivir una ascética contemporánea, sin jamás perder de vista que la ascética únicamente tiene sentido en su relación con la mística, ya que sin esta la primera se convierte en mero voluntarismo. No se quiera entender lo siguiente a modo de receta o consejo, simplemente ejemplos que pinten por donde podríamos caminar.

Comienzo por lo ya mencionado: dejar el móvil o el celular. Me parece que hay que aplicar este principio a todas estas nuevas tecnologías que, como el celular, se han convertido en nuestras prótesis. Ciertamente será difícil dejarlas por completo, pero seguramente podremos limitar sus usos a momentos específicos del día, “desconectarnos” de las redes lo más posible, no dormirnos habiendo sido la pantalla del celular o la tablet lo último que vimos.

Otro tipo de tecnologías cuyo uso podríamos limitar son los electrodomésticos. Aquí me gustaría subrayar un principio importante: cualquier reducción en el uso de los aparatos modernos se traducirá en un aumento de relación con los demás, nuestro entorno y nuestro propio cuerpo. Así, disminuir el uso del Whatsapp podría traducirse en más conversación con la familia o vecinos. Volviendo a los electrodomésticos, si optamos por lavar nuestra propia ropa a mano, no solo trataremos de tener menos ropa, sino que dedicaremos un tiempo de calidad con nosotras o nosotros mismos y usaremos nuestros cuerpos.

Un ámbito que me parece de cardinal importancia es el de la comida. Muchas personas no saben lo que es cocinar, ni se diga ya producir sus propios alimentos. El ejercicio cada vez más extendido del cultivo urbano o de las relaciones entre consumidores urbanos y productores rurales nos regresa un poco a la tierra y a nuestra humanidad. Hacer el esfuerzo por cocinar nuestros propios alimentos, en caso de que no podamos producirlos, nos brinda un contacto directo con los procesos de la vida y los elementos, haciéndonos reconocer capacidades propias que siempre fueron nuestras pero que habían sido secuestradas por las redes de profesionistas. Algún día escribiré sobre el terrible daño que nos han hecho los restaurantes, un invento que casualmente nace por la época de la Revolución Francesa.

Un último ejemplo que no es mío, sino de Thich Nhat Hanh. El recientemente fallecido monje budista cuenta que, en una ocasión, después de cenar y conversar con un amigo suyo durante uno de sus viajes, el amigo se dispuso a lavar los platos. “¿Estás seguro de que sabes lavar los platos?” preguntó el monje. El amigo, extrañado, le respondió que sí, que por supuesto, que lo había hecho toda su vida. Hanh insistió dos o tres veces más en que mejor los lavaba él, pues intuía que su amigo no sabía lavar platos. Finalmente, el amigo algo molesto lo encaró, pero con su característica calma Hanh le dijo: “Creo que no sabes lavar los platos porque cuando lavas estás pensando en nuestra conversación, en lo que haremos después, en lo que tu tienes que hacer mañana… Cuando yo lavo los platos, lavo los platos”.

Esta anécdota me recuerda a Teresita de Lisieux, que no por nada el gran teólogo Urs von Balthasar la consideraba un modelo de mística para nuestros tiempos. Las prácticas ascéticas de Teresita no se asemejaban a las de su antecesora Teresa o a las de su maestro Juan, ambos también carmelitas. A Teresita le bastaba sentarse derecha en la silla, tratar de no dormirse en las oraciones comunitarias, sonreír a la hermana que le caía mal. Todas prácticas cotidianas que ordenaban su corazón y sus afectos, pero dentro de su contexto y situación particular.

Si acaso es posible hablar de una ascética contemporánea, solo será desde un análisis profundo de nuestras condiciones específicas. Simplemente no puede ser lo mismo desindentificarse del ego para un budista en tiempos de Siddhartha Gautama que para un americano criado toda su vida para el éxito individual. Nuevas prácticas, pero sobre todo nuevas narrativas, son necesarias para habitar místicamente esta crisis civilizatoria que vivimos. Si bien estas notas seguramente no lograron si quiera aproximarse al seminario que Illich quería organizar en Chicago en 1989, espero sean suficientes como para despertar la pregunta y la reflexión al respecto.

***

[1] https://www.eldebate.com/cultura/20210930/pablo-d-ors-apagar-movil-50-camino-espiritual.html#:~:text=Pablo%20d’Ors%3A%20%C2%ABApagar,el%2050%25%20del%20camino%20espiritual%C2%BB

[2] Citado en David Cayley, Ivan Illich. An intellectual Journey (Pennsylvania: Pennsylvania State University, 2021) 261.

[Imagen de Руслан Сикунов en Pixabay]

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Filósofo, profesor, mistagogo y escritor. Su campo de interés es la relación entre la mística y las luchas sociales. Colabora en distintos colectivos sociales, de diálogo interreligioso, espiritualidad y universidades. Es autor de los libros Encuentro, Religación y Diálogo. Reflexiones hacia un diálogo Inter-Re-ligioso (Samsara, 2020) e Impotente Ternura (PalabrasPalibros, 2021), Descubrirte en lo pequeño (Buena Prensa, 2021) y Convivencialidad y resistencia política desde abajo. La herencia de Iván Illich en México (CuLagos, 2021). Forma parte del Grupo de Religiones y Paz de Cristianisme i Justícia y del Centro de Estudios de Religión y Sociedad (CERyS) de la Universidad de Guadalajara, así como de la Academia de Trascendencia y Sociedad del ITESO.
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4 Comentarios

  1. ¿Esta propuesta exactamente para quién es? Para curas y frailes, me parece. O para jóvenes adultos sin más compromiso o dedicación que el cultivo de su propio narcisismo espiritual. Desde luego no lo es para mujeres y hombres trabajadores precarios, para migrantes, para padres y madres, especialmente aquellos separados, para personas con discapacidad, etc. ¿Cómo se puede proponer algo tan desencarnado, que ignora las condiciones materiales y culturales en las que vivimos las mayorías? Por cierto, ¿cómo se hace uno «mistagogo»? ¿es un título universitario? ¿qué le lleva a alguien a definirse como tal? Salud

  2. Gracias por tu comentario Antoine Larrepetit. Lo tomo muy enserio, te responderé más extensamente en otra columna cuando sea posible su publicación.
    Salud

  3. Me pareció muy interesante apreciación, y a diferencia del comentario anterior, veo que sus propuestas sí se pueden llevar a cabo por el ciudadano común, el que tiene sus necesidades básicas y cubiertas en tal grado, cada quien a su posibilidad.
    Saludos de alguien que aprende sobre mística y espiritualidad

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