En varios lugares del Nuevo Testamento, Jesús se encuentra con unas personas que le preguntan lo que ellos deben hacer para ganarse la vida eterna. Invariablemente Jesús les dice que, además de obedecer los Mandamientos, si quieren ser perfectos, deben vender todo lo que tienen y seguirle a Él. En otras palabras, deben empobrecerse para alcanzar el Reino y para poder proclamar el Evangelio a los pobres. San Pablo nos dice que Dios se hizo pobre, tomando la forma humana, despojándose de las ventajas divinas. Vivió la gran mayoría de su vida como pobre carpintero, uno como muchos otros hombres de su aldea, santificando la vida cotidiana y dándole valor. Sin embargo, ni Jesús ni los primeros cristianos jamás dijo que ser pobre era una cosa buena. Vivir marginado de la sociedad no es una cosa deseable en sí misma. Al contrario, el Evangelio es una llamada a los pobres que se unan a la comunidad cristiana y que compartan todo en común, reconociendo que todo les ha llegado del amor de Dios.

Escoger la pobreza es otra cosa. Escogerla para el beneficio del Reino de Dios es la forma más radical de seguimiento de Jesucristo. Se forma una relación de dependencia total en la bondad y la misericordia de Dios. Es una aceptación con toda humildad del hecho de que no soy Dios, de que recibo todo y así todo lo debo a Dios. La humildad, la gratitud y el agradecimiento no son actitudes que se valorizan mucho en nuestro mundo de hoy. ¿Cuántas veces damos las gracias a alguien y realmente no la sentimos? ¿Cuándo podemos aceptar sin celos que otros tengan sus propios dones? La humildad no es nada más que la aceptación de la realidad como es y no como queremos que sea. Por eso, la pobreza verdadera es un don de Dios. No es un don solamente para los que optamos por una vida de comunidad religiosa. Conozco varias personas laicas que han formado comunidades de vida sencilla, o familias que tratan de mantener un estilo de vida que respeta el medioambiente. Contribuyen según sus habilidades y recursos al bienestar común. Ellos sí demuestran su pobreza, aunque no sea con un cartel. La pobreza solamente requiere que uno sepa quién es, ante Dios y ante los demás.

La pobreza ha sido algo práctico e importante por toda mi vida apostólica de jesuita. Desde el comienzo de mi vida de religioso deseaba trabajar entre los pobres, y especialmente los pobres hispanos de los Estados Unidos. Una vez que me ordené de sacerdote hace 45 años, el ministerio me ocupó completamente, formando una comunidad parroquial, trabajando en cárceles y enseñando a adultos. Luego me licencié de abogado precisamente para poder suministrar a los pobres un servicio tan necesario. Fue mi propia pobreza la que me empoderó y me permitió hacer el ministerio legal. No tenía que cobrar el dinero necesario para mantener el bufete porque sabía que otros me proveerían. Si era realmente un ministerio del Señor, entonces al Señor le tocaba mantenerlo. Por más de 30 años no me faltó nada. Siempre tenía los recursos necesarios para poder seguir adelante. Nunca tuve que buscar clientes porque el Señor los guiaba a mi pobre oficina de todas partes del mundo sin jamás hacer publicidad de mis servicios. Nada habría sido posible si no fuera por la pobreza. La pobreza para mí fue libertadora.

Precisamente por esa misma razón, la liberación, la pobreza es un don del Espíritu Santo de Dios. Creo que mucha gente piensa que la pobreza es algo que restringe, que pone ataduras a las posibilidades y no permite que una persona haga lo que quiera y realice todos sus deseos. Hasta cierto punto tienen razón. Sin embargo, la pobreza voluntaria, o lo que a veces se llama el espíritu de la pobreza, libera a la persona del afán de adquisición, de la búsqueda de poseer más y más, de la carrera inagotable para conseguir lo superfluo, la comodidad y lo más nuevo. Hoy en día tener un teléfono móvil es una necesidad, pero no quiere decir que hace falta el teléfono más caro. Hay que tener zapatos, pero ¿los de la última moda que se van a cambiar en unos meses? Los pobres y humildes de todo el mundo han aprendido cómo aceptar lo que reciben de la mano de Dios, y la lección la deben comprender los demás.

Nos hemos enterado de los científicos y analistas que los recursos que podemos extraer del planeta son limitados y los estamos consumiendo tan rápidamente que se van a agotar pronto. Al mismo tiempo destruimos el medioambiente de la Tierra, creamos cambios climatológicos que no son sostenibles y malgastamos energía, comida, y agua. Especies de animales que se han desarrollado a lo largo de millones de años están desapareciendo. No dejamos la naturaleza y el mundo que hemos heredado de nuestros antepasados para las generaciones por venir. ¿Por qué? Porque no hemos aprendido todavía lo que podría enseñarnos la pobreza. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad se empobreció para que tengamos la vida en abundancia. El don de la pobreza nos conduce a despojarnos, a conservar y utilizar bien lo que hemos recibido, a reconocer que la creación no es solamente para que disfruten los privilegiados, ya sean individuales o naciones.

Hay otro beneficio importante que nos trae el don de la pobreza, la paz. ¿Cuánta gente pasa su vida corriendo de un lado para otro intentando ganar más, adquirir más, ser más popular o más famosa, tener más prestigio, gozar más de los placeres que el mundo puede ofrecer? Ellos nunca están tranquilos, nunca están en paz, porque no parecen estar contentos nunca. En cambio, el que tiene el don de la pobreza sintoniza con su mundo, vive en armonía con la naturaleza y no trata a los demás como objetos o como enemigos que es preciso conquistar o relegar a un puesto más bajo. Aceptar la vida como es, recibir con humildad lo bueno y lo malo, y vivir conociéndose a uno mismo resulta en una paz profunda.

Una última cosa. Entiendo que la pobreza es algo distinto para un estadounidense, un hondureño, un congolés y un indio. Yo nunca diría que es aceptable que uno tenga que vivir sin comida suficiente o sin techo. Uno de los fines del don de la pobreza es nivelar las grandes discrepancias que existen en cuanto a la riqueza. Pero eso no pasará nunca si los que poseen más no se contentan con menos. Como todo don, el de la pobreza no se regala a todo el mundo. Uno puede pedirlo, pero eso no garantiza su concesión. Nos toca a nosotros que lo recibimos abrazarlo y vivir según lo que Dios nos pide.

[Imagen de Thanh Thắng Trần en Pixabay]

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Nacido en el estado de Pensilvania, EEUU, lleva 53 años de jesuita. Se ordenó en 1978. Se laureó en Lenguas y estudió un máster en literatura española. En 1984 se doctoró en Leyes y en los siguientes 35 años ejerció de abogado para varias comunidades de inmigrantes. Ha estudiado en la Universidad Autónoma de Madrid, ha vivido en Salamanca y le fascina Barcelona. Habla también italiano y un poco de ruso.
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