Sergio Mattarella, anciano presidente de Italia y sin adscripción a ningún partido desde 2009, quería jubilarse de forma bien merecida tras un reconocido y nada fácil septenio en la más alta magistratura transalpina. Había ya iniciado su mudanza del Quirinal, el palacio presidencial, a un apartamento de alquiler. No le ha sido posible culminarla. Le han suplicado que se quede, por 759 votos de los 1009 posibles, ante la incapacidad de la clase política para consensuar un sustituto. En él coincidió una de las mayorías más holgadas de la historia de la República italiana.

Por cierto, en su discurso de inauguración del nuevo mandato a inicios de febrero subrayó la necesaria lucha contra las desigualdades y la pobreza.

El economista, que no político, Mario Draghi, el candidato oficiosamente mejor posicionado para sustituirle, también continúa en su función como primer ministro porque, según parece, no encontraban a nadie tan idóneo como él para seguir al frente del gobierno. Y si hubiera abandonado el ejecutivo, aunque fuera para ocupar la jefatura del Estado, se presentían elecciones con resultados caóticos en un momento delicado para relanzar el país tras las fases más agudas de la pandemia. Draghi, sin estar asociado a partido alguno, goza de gran prestigio internacional por haber iniciado los pasos adecuados para encauzar la solución a la terrible crisis económica desatada en el 2008, desde sus responsabilidades previas como presidente del Banco Central Europeo, cuando buena parte de políticos continentales se enrocaba en discusiones sobre la austeridad.

Según muchos analistas, es el fracaso de los partidos políticos, en un contexto donde el guirigay parlamentario es notable. Preocupados por arañar parcelas de dominio, se enfrascan en jugadas tácticas y prevalece la greña ante quien no piensa igual, lo que alimenta con deleite los medios de comunicación, alejándose de la búsqueda del bien común. Al final, los que tienen que sacar las castañas del fuego son profesionales reconocidos, a lo mejor menos contaminados por el cambalache de las cuotas de poder que políticos de toda la vida, o que advenedizos oportunistas o populistas. Enrico Letta, diputado y antiguo primer ministro, por ejemplo, reconocía que esa segunda elección consecutiva del presidente italiano ponía en evidencia la dificultad de la política. Qué pena. Por desgracia, no solo ocurre en Italia. Que cada país haga examen de conciencia.

Sería deseable una regeneración de la política, donde primara menos la imagen, el espectáculo o el vocerío y pudiese sobresalir el consenso para trabajar con eficiencia para la solución de los problemas que más afectan a la ciudadanía, sin estar pendientes de las medallas que colgarse. Sin embargo, unos cuantos se afanan en aplicar el proverbio de divide y vencerás, en beneficio propio o de su grupo. Olvidan lo que advirtió Unamuno: «Venceréis, pero no convenceréis». Podríamos añadir: y bien poco arreglaréis.

En ese sentido, cobran valor las candidaturas de quienes menos codicia tienen, aunque sí conocimiento, experiencia, honradez y capacidad de sacrificio. Desafortunadamente, este último término no suele tener predicamento en la propaganda que la sociedad de consumo machaconamente nos martillea, subrayando la ambición y la soberbia. Sin humildad, no se puede cooperar y de ese modo, tanto los propios partidos, como la política en general, corren el riesgo de convertirse en una torre de Babel. No hay más que asomarse a las noticias estos días.

[Imagen de Sergio Mattarella extraída de Wikimedia Commons]

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