No se preocupen: no es este un nuevo artículo de análisis geopolítico. Pero sí ha de partir necesariamente de algunos movimientos que se están dando en el mundo desde que comenzó la invasión de Ucrania por parte de Rusia, el pasado 24 de febrero. No se trata ahora de volver hacia las causas, sino de dejar hablar a sus primeros efectos, y ver si pueden decirnos algo sobre lo que rezar o pensar.

Se diría que la decisión de Putin de invadir Ucrania ha sido como el manotazo en un tablero de ajedrez de una partida un poco bloqueada. De repente, los diferentes polos donde aquella se juega aparecen más claros, con líneas más definidas. Vemos que entre Rusia y Europa se ha abierto una herida que será muy difícil cerrar. Las élites políticas de la Unión parecen sacar la conclusión de que es el momento de la defensa europea y avanzar en su particular estructura federal. Los que hablan de Eurasia están contentos: finalmente, Rusia ha entendido que el entendimiento con esa Europa que queda a occidente es –al modo de ver de aquellos– metafísicamente imposible, y la alianza se da en clave autoritaria, en el terreno común de rechazo a la democracia liberal compartido con China. Estados Unidos busca nuevos aliados energéticos, y toma decisiones menos titubeantes, en ese sentido, que la Unión Europa, que se ve en la necesidad de cambiar la estrategia…

No sigo. Ya digo que este no es un artículo sobre geopolítica. Pero si, a partir de estos efectos, nos atrevemos a interpretar alguna de las intenciones del zarpazo sangriento de Putin, podríamos decir que el 24 de febrero ha traído un mundo más claramente multipolar. Es aquí donde creo que puede entrar la reflexión teológica: en el tipo de multipolaridad que se está creando y desde qué ideología; incluso, por qué no decirlo, desde qué espiritualidad o visión de la religión.

Me ha llamado la atención, leyendo algunos artículos de Aleksander Duguin, el analista y estratega político que parece estar detrás de algunas de las ideas de Putin, que utilice a menudo la expresión “logos ruso”. No hace falta ser cristiano para darse cuenta de la importancia de la palabra “logos”. Es, seguramente, la palabra clave en el prólogo del Evangelio de Juan, y se refiere al mismo Jesucristo, el Logos encarnado. Duguin no solo habla de un logos ruso, sino que, coherente con su propuesta de un mundo multipolar contrario a la globalización liberal y, hasta donde yo sé, sin referencia a ninguna forma de universalidad, invita a América Latina a encontrar su “logos”, y al islam político a hacer lo propio con el suyo. Incluso, convencido de que el entendimiento con Europa ha sido imposible, también esta debería buscar su ser, su logos. El razonamiento evidencia, entre otras, la curiosa utilización que desde cierto pensamiento político se está haciendo de la mística y de la religión, encaminadas a producir identidades regionales fuertes que, sí, pueden dialogar, pero que, en el fondo –hasta donde yo veo– no tienen espacio común, ni interés en generarlo.

Pongamos un ejemplo concreto, que siempre ayuda: imaginemos por un momento que forma parte de este “logos ruso” la persecución del movimiento LGTBI y el autoritarismo como forma de gobierno. ¿Es que no hay nada que nos permita hacer una crítica desde fuera a eso? La pregunta que trae un tipo de multipolaridad como el que está ya encima de la mesa es dramática y merece, a mi modo de ver, ser tomada en serio: ¿no hay nada que podamos considerar común?, ¿nos hemos cansado ya de buscar un proyecto de ese tipo? Tener tan cerca en el tiempo una encíclica como Fratelli tutti, desde ese punto de vista, nos ayuda. Era –y hoy lo es más– profética.

Un Logos fragmentado: a uno le da la sensación de que la propuesta sea esa. Planteado por una internacional paradójicamente anti-universalista que utiliza la religión y la mística para generar identidades nacionales y regionales fuertes, sin importarle algo que para un creyente cristiano es basilar: el Logos de Dios no se ha identificado con la supuesta alma de un pueblo que defiende unos valores que son solo suyos, sino con el Siervo sufriente de Isaías, con la víctima de un malentendido humano que es, sí, universal. La víctima de las tropelías del neoliberalismo, de la desigualdad de América latina, de la homofobia de ciertas élites políticas y religiosas rusas, de la maquinaria de vigilancia china, del neocolonialismo en África y de las bombas en Ucrania, tienen un hermano que se les hace cercano: Jesús es el hermano universal de cada víctima regional, y no hay logos propio que impida ese movimiento de cercanía de Dios.

Estas líneas podrían ser solo especulación teológica: es muy difícil moverse con claridad en el mundo hoy. Sería mejor que procedieran de una errónea interpretación de lo que sucede. Pero creo que hay que estar vigilantes antes esos intentos de romper el Logos, generando mundos y almas autorreferenciales. Las consecuencias suelen ser muy concretas y las pagan a menudo los de siempre: los hermanos de Jesús, donde quiera que hayan nacido.

[Imagen de PIRO4D en Pixabay]

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Jesuita en formación. Estudia la Licencia en Teología Fundamental en la Pontificia Facoltà Teologica dell´Italia Meridionale de Nápoles. Colabora con la asociación Figli in famiglia en el barrio de San Giovanni a Teduccio.
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