La guerra en Ucrania deja de nuevo la triste imagen de dos países de mayoría cristiana matándose. En este caso, son dos países en los que la fe ortodoxa está profundamente arraigada pero donde se vive un verdadero cisma religioso, aunque sus límites no correspondan exactamente con los ucranianos de lengua autóctona y los de lengua rusa. Fundamentalmente, tenemos en el país un cisma entre la Iglesia ortodoxa sometida a Moscú (17%) y la reciente Iglesia ortodoxa del patriarcado de Kyiv (53%), declarada independiente en 1993, y reconocida por Constantinopla hace tres años. Significativamente, un 30% restante de ortodoxos no saben o no quieren definirse. Tenemos además una pequeña Iglesia en comunión con Roma que celebra en rito ortodoxo y otros pocos católicos de influencia polaca que celebran en rito latino.

De hecho, aunque entre sus diversas justificaciones de la invasión Putin haya incluido la religiosa (defender a la Iglesia ortodoxa rusa presente en Ucrania), la iglesia rusa ucraniana también ha condenado la invasión a través de la voz de su metropolita (=obispo principal), Onufry, que tiene una amplia autonomía. Una parte de esta Iglesia ha ido asumiendo con el tiempo su conciencia ucraniana.

Ucrania es de una gran importancia simbólica para Rusia porque fue el lugar desde donde se cristianizó la región. El príncipe Volodymyr (Vladimir) rechazó el paganismo y se bautizó en Crimea en el 988. El nacionalismo ruso necesita de alguna manera esta región puesto que remite a sus orígenes. Es sabido que los mitos fundadores de los países son extraordinariamente más poderosos y movilizadores que muchos de los conflictos que puedan ir apareciendo después a lo largo de la historia. Es significativo que tanto Putin como el Presidente de Ucrania tengan el mismo nombre que este fundador. El líder ruso le erigió en 2016, frente al Kremlin, una estatua de 17 metros, y el patriarca Kyril de Moscú le definió como «padre del pueblo ruso y símbolo de la unidad de todos los pueblos de la Rusia histórica».

Esta pretendida unión, empezó a romperse con las invasiones tártaras, que partieron el país en dos, e hizo que se trasladase la sede del metropolita de Kyiv a Moscú en 1325. Y, posteriormente, en 1589, Moscú obtuvo de Constantinopla el título de patriarcado, con la pretensión de convertirse en la tercera Roma. Surgía así un nuevo patriarcado ortodoxo al lado del de Alejandría, Jerusalén, Antioquía y Constantinopla, que era el primus inter pares.

Constantinopla (ahora ya Estambul, bajo dominio Otomano desde el s.XV) acabó delegando en 1686 en el patriarca de Moscú la potestad de escoger y ordenar al metropolita de Kyiv. Aunque la delegación fue temporal, según Constantinopla, la permanencia en el tiempo, ha sido considerada por Moscú como una delegación definitiva, y por tanto una autoridad sobre ella.

En 2019, el patriarca de Constantinopla, revirtió esta delegación y reconoció al metropolita de Kyiv como independiente del de Moscú tras la petición oficial del nuevo gobierno ucraniano. En efecto, después de la caída del gobierno pro-ruso de Ucrania, en 2014, el nuevo gobierno se propuso desligarse también religiosamente de Rusia. Es de advertir, sin embargo, que en la eclesiología ortodoxa es común otorgar al obispo principal de cada país la “autocefalía”, es decir, una potestad sobre todos los cristianos ortodoxos del país y una autonomía de jurisdicción respecto a los Metropolitas de los otros países. Corresponde al Patriarca de Constantinopla (=Estambul) otorgar esta potestad.

La indignación del Patriarcado de Moscú fue de tal magnitud que rompió la comunión con todas las Iglesias ortodoxas que reconocieron a Kyiv. Se trata de un gesto de extrema gravedad que supone, a nivel religioso, una convergencia con la visión político-nacionalista de Putin: igual que los antiguos territorios de la URSS deben continuar sujetos al poder político de Moscú (aunque puedan ser Estados independientes), sus respectivas Iglesias deben caer bajo la jurisdicción del patriarcado de Moscú, aunque puedan tener cierta autonomía. Por ello, Kyril, en su homilía del 27 febrero apoyaba políticamente a Putin considerando como “fuerzas del mal los que luchan contra la unidad histórica de Rusia y de Ucrania”. El pueblo cristiano ortodoxo de Ucrania, sin embargo, es ajeno a esta confrontación jerárquica. Incluso no siempre es consciente de si asiste a una iglesia dependiente de una o de otra obediencia. Para poder medir la amplitud del problema, es interesante ver que el 63% de los rusófonos de Ucrania consideraban en 2016 que “Rusia tiene la obligación de protegerles”, contra el 30% que lo negaban.

En ese año, el famoso centro de estudios de opinión, Pew Research, lanzó un importante estudio sobre el fenómeno religioso de los países del Este que habían estado bajo dominio comunista. Según este, la adscripción a la Iglesia ortodoxa había crecido en Rusia del 37% en 1991 al 71%, y en Ucrania del 39% al 78%. Los católicos en este país representan ahora un 10%, pero son mucho más practicantes (43%), frente a los ortodoxos (12%). El número de ateos, musulmanes y judíos es proporcionalmente insignificante.

En cuanto al tradicionalismo de la sociedad ucraniana y rusa, no parece haber apenas diferencias puesto que, por ejemplo, el apoyo a la legalización del matrimonio homosexual no supera en ninguno de los dos países un 10%.

De este estudio, probablemente lo más significativo fue que Ucrania era el país de la antigua órbita soviética con una mayor insatisfacción respecto a la vida en su país (94%). Solo un 2% se sentían satisfechos. Y, aun peor, solo un 1% decían que la situación económica del país era buena.

Con un pesimismo de esta envergadura no deja de sorprender el empeño numantino de defender su país ante la agresión rusa. ¿O tal vez explica que son una población que considera que no tiene ya nada que perder?

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

¿TE GUSTA LO QUE HAS LEÍDO?
Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Con tan solo 1,5 € al mes haces posible este espacio.
Jesuita. Profesor en la Facultad de Teología de Granada (Universidad Loyola) y director de su Cátedra Andaluza para el diálogo de Religiones (CANDIR). Licenciado en filosofía por la UB. Licenciado en Teologia por el Centro Sèvres de París. Doctorado en Estudios Islámicos por el EPHE (Sorbona de París) con una tesis sobre el místico sufí Ibn ´Arabî. Ha realizado largas estancias en la mayoría de países islámicos del Mediterráneo, especialmente en Egipto (3 años). Ha publicado con Cristianisme i Justícia en su colección Cuadernos CJ Fundamentalismo (mayo de 1997), Vidas Itinerantes (diciembre de 2007) e Islam, la media luna… creciente (enero de 2016), así como diversos Papeles CJ como «Coronavirus: una sola humanidad, una común vulnerabilidad» (mayo de 2020) o «Palestina: la reivindicación imposible» (junio de 2021), entre otros.
Artículo anteriorLos puentes de Pittsburgh
Artículo siguienteLos feminismos o el coraje colectivo de las mujeres para reconfigurar el mundo

1 COMENTARIO

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here