Caminar es uno de los primeros aprendizajes que realizamos en nuestro proceso evolutivo desde bebés. Con los años, hemos transitado muchos caminos desde aquellos primeros pasos ensayados a tientas, entre ensayo y error, bajo la mirada atenta de los referentes más cercanos. Algunos de estos caminos son los que la rutina diaria nos lleva para movernos de un sitio a otro, movidos por el automatismo y sin demasiada intención en cada paso que damos. Damos pasos bajo las agujas del reloj, que marca un tiempo a menudo huidizo.

Otros, son caminos transitados con voluntad de ponernos en ruta, de movernos más allá del mero desplazamiento necesario marcado por el imperativo de lo cotidiano. La disposición inicial que movió a Ignacio de Loyola hace 500 años a ponerse en camino desde la casa solariega respondía a una experiencia vital, una moción interior en el propio lenguaje ignaciano. Abandonando la vida cortesana, le ponía en movimiento el deseo de llegar a Tierra Santa para permanecer en los espacios pisados ​​por el nuevo Señor, Jesucristo, a quien deseaba servir. Se disponía tratando de seguir huellas marianas que le acompañaran en su recorrido hacia la ciudad de Barcelona donde se proponía embarcarse hasta aquellas tierras. En Arantzazu y Montserrat encontró esa impronta.

Otras disposiciones iniciales empujan a quienes han seguido este mismo camino desde hace siglos. Si a Ignacio le movilizó la herida física de Pamplona, ​​a menudo el motor inicial desde entonces vuelve a ser una herida. “¿Dónde voy y a qué?” (cf. EE 206) -en términos ignacianos- se pregunta que mueve a los peregrinos que viven el camino como ocasión de reencontrarse consigo mismos y hacer experiencia espiritual gustando internamente.

La finalidad ya no es buscar qué camino lleva a la meta deseada, sino seguir el camino viejo, trazado por Ignacio, para vivir un camino nuevo, personal, adentro, de encuentro con uno mismo. Aunque a veces lo que empuja a ponerse en camino es una fuga, de lo que uno no puede rehuir es de sí mismo. Sea para ir o huir, la mochila inevitable es el propio cuerpo, la propia mente y la propia alma. Después pondremos una carga u otra, siempre con mirada minimalista, que los hombros puedan sostener. La corporeidad se pone en juego entre paso y paso, en beneficio de estar más presente en cada paso en firme y evitar que la mente divaga en sus habituales soliloquios dispersos.

Al fin y al cabo, comienzas haciendo camino y acabas dándote cuenta que es el camino el que te va haciendo, con todo lo que ocurre. Tanto si haces experiencia acompañada como en solitario, se capta el beneficio de hacerlo con mirada nueva, como si fuera la primera vez que se transita: haciendo consciente el trayecto, con mirada atenta a lo que aporta cada paso, cada respirar, cada paisaje, cada aldea que atraviesas… Todo son ocasiones para entrar en la pedagogía de un camino que te va haciendo, si te dejas hacer.

En la disposición inicial también juega el factor tiempo. En el camino el tiempo se detiene, se estira, se desacelera. Pasamos del cronos (tiempo cronológico) que el reloj nos indica, a ampliar la experiencia del momento presente, de lo que ocurre en el aquí y ahora. Cada huella toma un aire de sacralidad cuando se pisa orientando en sentido del paso y reconociendo la tierra sagrada por la que se transita. Mientras así lo hacemos, cuerpo y espíritu se disponen a hacer experiencia de kairós (tiempo favorable), de ese insight en el que la atención crece y la sensibilidad permanece más atenta al momento. La experiencia de presencia crece. El camino se convierte en sacramento.

La neurociencia explica que nuestro sistema nervioso es capaz de percibir una información de 4 millones de bytes/segundo. De toda esta información, nuestra mente es consciente de 2.000 bytes/segundo. Es decir, ocurren muchas más cosas más que aquellas de las que llegamos a ser conscientes. La información que atraviesa todo el sistema nervioso es mucho mayor que la que atraviesa la mente consciente. Reducimos capacidad sensorial para sobrevivir y vivimos como si toda la realidad fuesen esos 2.000 bytes. Al ampliar nuestro nivel de conciencia -pongamos por caso, cuando hagamos camino días sostenidos reduciendo inputs– ganamos en atención presente y ampliamos nuestra capacidad intuitiva. Entramos así en disposición de hacer uso de información que nuestro neocórtex desconoce, como cuando notamos la presencia de quien no vemos, al acercarse alguien por detrás. Un camino de desaceleración dispone a incrementar esta sensibilidad y ampliar los 2.000 bytes/segundo, creciendo en niveles de percepción sutil, de conciencia y presencia.

La neurociencia explica lo que pueden ser puertas abiertas al Espíritu, captar el sutil paso de Dios por la propia vida, por la de los demás y por el mundo entero, si así nos disponemos. Aquel gustar internamente tendrá algo que ver con ese incremento de bytes en nuestra percepción de la realidad.

En definitiva, podemos dibujar 4 registros que va tomando el camino, cuando lo hacemos con la disposición de dejarnos transformar. Uno primero que consiste en transitar el camino, ponerse en marcha, dejándose interpelar por aquella pregunta movilizadora, en modo desacelerado. Al mismo tiempo, un segundo registro se va activando: aquél que incrementa la posibilidad de encarnar el camino, de hacer vida aquel “hacia dónde voy y a qué?”, cuando se enfoca a un fin, tanto en los pasos hacia fuera como en la vivencia y percepción interna. De encarnarlo pasamos al tercer registro: reflejar el camino, entendido cómo dejarse tocar por la experiencia interior que revierte afuera. Indicadores son la ganancia en atención, en coraje, al permanecer más despiertos. Un último registro puede asomarse si la disposición inicial le favorece: orar el camino. Ocasión para sentir que no es una vivencia en solitario, que el Señor camina con y en uno, haciendo camino a tándem, sacralizando el espacio pisado y considerando la apertura al paso del Otro.

La opción de vivir el camino como sacramento tiene que ver con la intención de vivirlo haciendo la experiencia de los Ejercicios Espirituales. Ésta es la propuesta de Ignacio para recorrer a lo largo de 4 semanas con el fin de ordenar el batiburrillo interno de la propia vida y configurándose cada vez más al estilo de Cristo.

Al fin y al cabo, el dónde voy y a qué, lleva a reencontrarse con el origen por el que hemos sido creados, la pregunta primordial del sentido de todo. En ella, principio y fundamento, inicio y clausura de la experiencia del Camino ignaciano. Un camino que genera dependencia de las flechas naranjas. Ojalá sea para vivir otra, que no entra en contradicción con la libertad, la que da sentirse en la compañía del Señor.

[Imagen de ThreeMilesPerHour en Pixabay]

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Doctora en Pedagogía. Profesora de la Facultad de Educación de la UB y miembro del GREM (Grupo de Investigación en Educación Moral) de la propia Universidad. Profesora de ciclos formativos en la Escuela Jesuïtes Sarrià-Sant Ignasi. Miembro del Área de Espiritualidad (EIDES) de Cristianisme i Justícia.
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