El papel de la mente en lo que podríamos denominar “dimensión espiritual” del ser humano ha dado pie a la aparición de variadas corrientes en el ámbito de la Psicología Humanista, así como a una extensa literatura de autoayuda vinculada al análisis de los diferentes estados que afectan a la consciencia en su relación con el ser humano y su identidad.

Es lugar común creer que somos aquello que pensamos que somos, o que son nuestras acciones las que definen nuestra identidad. Creemos ser lo que nuestro datos biográficos dicen de nosotros y somos juzgados o recordados por las cosas que hicimos en nuestro recorrido vital. La cuestión es si todo eso no es otra cosa que nuestra apariencia de ser, nuestra “personalidad” o modo de ser, pero no es lo que somos como “persona”. Nos identificamos por nuestros pensamientos y acciones, pero nuestra esencia como persona está más allá de todo eso. Identificar “personalidad” con “identidad” es para la Psicología Transpersonal (corriente de la Psicología que surge en los años 60) una “creencia errónea”. Uno de sus representantes, E. Martínez Lozano, afirma que “tenemos un cuerpo, una mente, un psiquismo, pero “somos” más que eso. Tenemos pensamientos, reacciones, sentimientos… pero somos algo más. Lo que realmente somos es “Aquello” que es consciente de todo eso”.

Esta concepción transpersonal conduce a utilizar la mente como una herramienta a nuestro servicio, en lugar de identificarnos con ella, evitando caer en todo tipo de reduccionismo. La mente es muy poderosa. Y precisamente por ello es por lo que hay que manejarla con cuidado. Porque bien gestionada es capaz de lo mejor y mal administrada puede conducir a obsesiones enfermizas. La identificación con la mente hace que el pensamiento pueda volverse compulsivo y, cargado  de implicación emocional, puede llegar a ser autodestructivo. La experiencia nos dice que es mejor tener la mente de aliada que de enemiga, porque si te ve débil, se ensaña, y si te ve fuerte, te engaña….

La mente tiene un carácter instrumental pero no es definitoria de la esencialidad del ser humano. Afirma Eckhart Tolle que el problema surge no tanto cuando “usamos la mente, sino cuando la mente nos usa a nosotros”. Es cuando la mente nos atrapa con un pensamiento incesante o un parloteo mental continuado y estéril. Entonces hemos perdido su control y es ella quien domina nuestra vida. Ese proceso culmina en una autoidentificación con nuestra mente y nos conduce a creer que “somos lo que pensamos”. Por ello, es importante no perder de vista su naturaleza, el de herramienta poderosa que sirve para lo que sirve, y es mucho, pero que no es tan útil en otras facetas de la vida, como el de la de la dimensión espiritual del ser humano. ¿O acaso desde la pura racionalidad pueden entenderse las experiencias de los grandes místicos de cualquiera de las tradiciones espirituales?

Todo ello apunta a la aparición de un nuevo ”modelo de cognición”, no basado en el análisis y la reflexión, propio del modelo mental, sino en otro que implica el paso del “pensar al atender”, de la “mente a la consciencia”. El tránsito de un modelo a otro requiere ejercitarse en pasar del pensamiento a la “atención”, porque solo acallando la mente es posible “ver” en profundidad. De ahí que la práctica meditativa se inscriba en el ámbito del silenciamiento de la mente y en el ejercicio de la atención sin pensamiento. Nos alejamos de la absolutización de la mente, aferrada a doctrinas y creencias, y nos introducimos en el territorio de la consciencia y la sabiduría. Como dice Tolle y la generalidad de los meditadores, cuando empiezas a “observar al pensador” y no a los pensamientos, se activa un nivel de conciencia superior, un “vasto reino de inteligencia” más allá del pensamiento, un reino del que surgen las cosas verdaderamente importantes: la belleza, el amor, la alegría, la paz interior, la sensación de plenitud….,lo que los místicos de todas las tradiciones llaman el “despertar”.

La mayoría de los maestros espirituales de las diversas tradiciones religiosas coinciden, con uno u otro lenguaje, en la concurrencia de varias etapas de lo que podríamos considerar como un “proceso de cognición”. El primer y más extendido estadio de nuestro modo de percepción es el de la incesante actividad de contenidos mentales que nos asaltan, sin orden ni control, en un estado de dispersión mental continuada. Es el estado habitual para el 99% de los humanos. Es un estado no volitivo, en el que el ser humano ha “caído” sin saberlo ni quererlo. Para un profundo conocedor de estos procesos como Sesha, vivir en esta fase es como vivir “en babia”, en la “periferia” del ser humano, lejos del “centro” como explica maravillosamente R. Panikar en su libro Elogio de la sencillez. En esta etapa el ser humano se “define” por sus contenidos mentales y emocionales, lo que pensamos y lo que sentimos, nuestros miedos y tensiones, nuestros proyectos e ilusiones, lo que hacemos y a lo que nos dedicamos. La identificación entre el sujeto y los objetos mentales es total. El ser no vive en el presente, viaja al pasado y al futuro. Es un estadio en el que los pensamientos se hacen protagónicos y arruinan el presente.

Rebasar esta fase experiencialmente a través de un proceso de silenciamiento de la mente, observación de uno mismo, concentración interior… nos conduce a un estadio en el que el perceptor, el “testigo” como le llama Pablo D’Ors, se desvincula de los objetos de percepción. Esa es la clave. Se llega a ella mediante una gestión correcta de la “atención”. Requiere una actitud de ecuanimidad más que de esfuerzo, de actitud más que de voluntad. Algunos meditadores comparan este proceso de desvinculación con el de la “destilación” en las sustancias químicas. Hay como una “disolución” de los contenidos mentales, que se disuelven, se debilitan, se esfuman.. Se entra en un nuevo estadio que los místicos llaman de “vacuidad”, “vacío”… que es estable y continuo mientras se experimenta, frente al fraccionamiento que caracteriza al dominio absoluto de la mente. Pero no comporta una privación del sentir, se siente y se vive, pero desde otra dimensión. Es una modificación de la percepción, en el que la atención es la clave y en el que el presente actúa de catalizador. En palabras de místicos y meditadores, la atención es la clave porque no tiene causa, es el “origen”, es la actividad dinámica de la conciencia, es el Eso, el Aquello, el Absoluto….

Procesos de esta naturaleza hunden sus raíces en el hinduismo, en los textos sagrados Veda, en los Upanishad, en la filosofía advaita, en el budismo, en los sufíes y poetas persas, como Rumi, en la Grecia clásica de Plotino y Orígenes, en la Escolástica latina, entre los místicos occidentales, como Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, o en contemporáneos más cercanos como Krishnamurti…

Quiero concluir con unas líneas entresacadas de un hermoso poema-reflexión de Mario Corradini en su agudo y penetrante libro El Buscador. Refiriéndose a la atención y la presencia, afirma que ejercer la atención es una gran virtud (la mayor según Simone Weil), ya que “uno es según el sentido que imprime a su esfuerzo consciente. La atención consciente es un elixir que disuelve los velos de lo irreal, acumula tu energía e impide que se disperse en una infinidad de pensamientos simultáneos”. Y alerta de las malas interpretaciones:

“No digo que debes estar presente en ti y ausente del mundo en que vives, ni que debes renegar de sentir lo que sientes, afirmo que el mar de tus sentimientos no tiene que ser más alto que el faro de tu Presencia, porque pierdes fuerza, energía útil para despertar… La Presencia, una Atención impecable, no es una idea, ni una opinión, ni una cuestión de fe, sino  algo práctico, una nueva forma de conocer, una forma  de energía que desperdiciamos cuando solamente vivimos en el mundo de las cosas exteriores… en donde pierdes el contacto con tu ser profundo y abandonas el quieto lecho del mar  para oscilar con el vaivén de las olas”.

La presencia enriquece tu estar en el mundo, aquí y ahora, y es la clave para acceder a tu potencial dormido. La atención es un atributo de la presencia y la presencia es una cualidad del ser.

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Doctor en Filosofía y Letras y Licenciado en Derecho. Ha sido profesor de Antropología Cultural en la universidad y, en su actividad política, parlamentario en el Congreso de los Diputados durante cinco legislaturas. Sus áreas de dedicación han sido especialmente la Unión Europea, los países mediterráneos, el Magreb y el Próximo Oriente. Ha participado como observador electoral en Rusia, países del Este y Territorios Palestinos. En la Junta de Andalucía fue Director General de Políticas Migratorias y Secretario General de Acción Exterior. Finalmente, Director del Instituto Cervantes en Praga.
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