En los últimos años, nuestras «Reflexiones de fin de año» han estado marcadas por una sensación de amenaza permanente: el auge del autoritarismo, la ruptura del contrato social, junto con un aumento de las desigualdades y del malestar de una parte importante de la población, o, incluso, el impacto de una pandemia que, si bien ha puesto al descubierto mucha solidaridad y generosidad, también ha revelado nuestras debilidades y miedos más profundos. En todas estas reflexiones, hemos intentado destacar aquellas grietas que dejaban pasar un poco de luz, a veces practicando un cierto ejercicio voluntarista y siempre con la precipitación de creer que todo había pasado. El tiempo nos va situando y haciéndonos más humildes: aquello que imaginábamos pasajero parece que va para largo, y la lista de amenazas no solo no disminuye, sino que crece, sumiéndonos en una tristeza y una desorientación que pueden llegar a ser paralizantes.

De ahí que, al finalizar este año 2021 y al estrenar el 2022, ya no nos atrevamos con grandes palabras, sino tan solo con penúltimas palabras, dichas con temor y temblor, y pronunciadas con el deseo de ayudar; penúltimas palabras que quieren invitar a recuperar dos principios que, en el momento presente, pueden servir de orientación para la vida de personas, comunidades e instituciones. No son principios nuevos, sino que beben de la tradición que ha guiado los cuarenta años de vida de nuestro centro de estudios y que seguimos reivindicando como válidos.

Principio de realidad

Hace unos años, el teólogo Jon Sobrino, en una visita a Barcelona, explicó su despertar a la conciencia política después de años de enseñar teología a espaldas de la realidad. Y dijo, entonces, que ese despertar fue a raíz de ver correr la sangre por las calles de la capital de El Salvador, y de ver que «la sangre era roja». La sangre era sangre, y era roja; imposible esconderla utilizando subterfugios o eufemismos políticamente correctos.

Necesitamos volver a recuperar el principio de realidad para poner todos los sentidos en ella: devolverle a la palabra desahucio todo el valor que supone (22.532 desahucios en España en los dos primeros trimestres de 2021); no quitar un ápice de gravedad al mal estructural de la violencia machista (42 mujeres y 6 menores asesinados en España en 2021, solo teniendo en cuenta los crímenes cometidos por parejas o exparejas); no pasar página a las 30.700 muertes de personas mayores en las residencias españolas acaecidas desde el inicio de la pandemia; preguntarse también por qué un 17 % de trabajadores en España tienen dificultades o muchas dificultades para pagar facturas básicas o por qué decenas de miles de personas de origen extranjero tienen que vivir en la irregularidad administrativa, forzados a trabajar en condiciones de explotación en la economía sumergida; o por la sinrazón del hecho de que, en 2020, el 22 % (149,2 millones) de los niños menores de cinco años en el mundo sufrió retraso del crecimiento, el 6,7 % (45,4 millones) padeció emaciación y el 5,7 % (38,9 millones) tuvo sobrepeso; o denunciar que dos grandes bancos como BBVA y Santander, líderes de la Banca Armada española, han destinado en el periodo 2015-2019 más de 5.231 millones de dólares a las ocho empresas de armamento que han abastecido a los ejércitos alauí y emiratí en sus acciones bélicas en la guerra del Yemen. Y la sangre era roja…, una sangre roja que recorre las venas de la tierra. Unas venas doloridas y vapuleadas. Una tierra abandonada que clama una respuesta más allá de los intentos repetidos y fallidos como el de la reciente cumbre de Glasgow.

El principio de realidad nos obliga a preguntarnos por las causas. Hay estructuras de injusticia y hay una cultura que justifica esta realidad, que la esconde, que la considera un daño colateral necesario e inevitable para mantener nuestra «libertad», nuestro «modo de vida», nuestro ritmo de consumo desaforado y crematístico, nuestro ideal de «felicidad» individualista. Una cultura que pretende situarnos en el mundo de la virtualidad donde el dolor de los otros no perturba, donde la compasión desaparece, donde los otros se convierten en meros competidores y donde lo evidente deja de serlo, enmascarado por mil y un discursos de justificación.

Nunca como ahora hablamos de bienestar emocional y de la necesidad de preservarlo, pero nunca como ahora hemos olvidado esta conexión con lo real, que nos hace tomar conciencia de que, bajo el malestar, hay situaciones vitales bien concretas, injusticias palpables y una cultura deshumanizante hasta límites insospechados. Pretender abordar este bienestar de una forma abstracta, sin fundamentarla en nuestra manera de vivir, consumir o compartir, en nuestras políticas sociales, de vivienda, de educación, de cooperación internacional… no es nada más que seguir huyendo de la raíz de los problemas, seguir huyendo de las realidades que duelen porque atañen directamente a nuestras condiciones de vida o porque cuestionan nuestra insensibilidad.

En este sentido, resultan esperanzadoras experiencias de movimientos como la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), que ante una realidad concreta consiguen transformar procesos de culpabilización individual en una acción colectiva que acaba convirtiéndose en causa política. O las campañas de hospitalidad que han llevado a muchas organizaciones y familias a abrir las puertas de sus casas para acoger a personas que han llegado a nuestro país buscando refugio.

Toda esta recuperación de la realidad solo será posible si somos capaces de abrir los sentidos y poner nuestros cuerpos en una situación de intemperie, una intemperie receptiva a toda situación de injusticia y dolor, pero también a aquellas que nacen de la celebración, la vida y la solidaridad. Un movimiento contrario a la tentación, que muchas personas experimentan hoy, de cierto escapismo (a veces espiritualista), a encerrarse en lo conocido y seguro, y a relegar a la virtualidad y a las redes sociales todo compromiso social.

Principio de esperanza frente a principio de incertidumbre

Pero el principio de realidad no es suficiente. Tal como decíamos al inicio, el dolor y el malestar en una situación como la que vivimos puede acabar por desbordarnos y paralizarnos. Y todavía más ahora, cuando se han visto confirmadas por los datos científicos las palabras de algunos profetas que hasta hace unos años, al usar la palabra colapso, asociándola al cambio climático, eran acusados de alarmistas. Algo está cambiando y la conciencia de estar al límite ya no es minoritaria, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, que ven amenazado su futuro. Ante ello, son muchas las tentaciones, y con nombres muy diversos (nihilismos, negacionismos, neofascismos, cinismos…), tentaciones ante las cuales es urgente y necesario levantar la bandera del principio de esperanza.

Una esperanza que en el caso del cristianismo se fundamenta en la fe y en la confianza en que Dios cumplió su promesa y dio su última palabra en el Cristo crucificado-resucitado. Una esperanza que confía en que «otro mundo es posible», porque Dios, en Jesús de Nazaret crucificado y en el Espíritu del Resucitado, ha sembrado la historia de posibilidades divinas de justicia, verdad y paz humanas. Esta última palabra de Dios, que a veces parece ir contra toda evidencia, debemos cuidarla, cultivarla y celebrarla. Pase lo que pase, hay una última palabra expresada y es en la tierra de esta confianza, al mismo tiempo frágil e inquebrantable, maltrecha (crucificada) y consoladora (resucitada), el lugar donde arraigar nuestra vida presente. Debemos reivindicarla, no solamente como un motivo de consolación íntima y personal, sino como un auténtico motor de transformación social. En cada momento la esperanza nos invita a convertir en realidad histórica lo viable de lo inédito de la promesa de Dios en favor de la humanidad sobrante. Un avance de un milímetro o de «medio palmo» alimenta la esperanza y la hace razonable porque la realidad puede cambiar y el mal moral no es inevitable.

Y es así como la última palabra se despliega en forma polifónica de penúltimas palabras pronunciadas desde multitud de lenguas y lugares diversos, expresión de la riqueza y diversidad de la humanidad; pronunciadas por personas que han abandonado sus miedos, su comodidad y sus seguridades, y se han movido en dirección a los otros en un auténtico proceso de conversión, a veces desde la fe, a veces desde el puro humanismo.

Es la palabra que se levanta indignada delante de la comitiva judicial y policial para parar un desahucio; es la palabra que grita en la calle cada vez que una vecina, una hermana, una desconocida muere víctima de una violencia que la ha despojado primero de su dignidad y después de su vida; es la palabra amable y afectuosa que rompe la soledad del anciano en una residencia cuando lo visitamos; es la palabra que reivindica los vínculos comunitarios recuperando una fiesta para todas en la calle del pueblo; es la palabra de la sindicalista, el activista o la política que defiende el trabajo digno y las medidas sociales que mejoren la vida de trabajadores y pensionistas; es la palabra que abre el propio hogar para acoger al extranjero; es la palabra que calla y propicia un espacio de silencio al margen de la eficacia y que permite la lucidez y la certeza de que es posible caminar en fraternidad; es la palabra de los informes que cada año ponen en evidencia la inmoralidad del gasto y el comercio en armas; es la palabra que se reivindica palabra desde una minoría nacional o cultural amenazada por la globalización… y tantas otras.

Multitud de penúltimas palabras que quizás no eviten el colapso, ni la transmisión de nuevas pandemias, ni esa sensación de tiempo final que vivimos, pero que transformarán de manera misteriosa y a veces invisible la vida de muchas personas. Millones y millones de penúltimas palabras enraizadas en la Última palabra y que pueden –deben– ser pronunciadas durante este 2022 en una preciosa sinfonía que, de tan humana, seguro que acabará siendo divina.

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Si quieres, puedes decargar el Papel CJ de la Reflexión de Fin de Año aquí.

[Imagen de Okan AKGÜL en Pixabay]

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