Hoy, 17 de diciembre, el papa Francisco cumple 85 años. Con más de ocho años de pontificado -fue elegido el 13 de marzo de 2013- esta efeméride puede ser un momento idóneo para hacer cierto balance de lo que han sido estos años, para ayudar a preguntarnos dónde estamos y saber proyectar hacia el futuro con esperanza.

Sin duda, el pontificado de Francisco pasará a la historia y lo hará de forma controvertida, alabado por unos y denigrado por otros. Pero, ¿no fue así la vida de Jesús de Nazaret? Con esta afirmación no quiero decir que todo lo que decide o hace el papa Francisco sea acertado. Al tratar de temas complejos en un mundo tan interconectado e interdependiente como el de hoy, es fácil caer en contradicciones e incluso errores, que no invalidan, sin embargo, lo que está en la raíz de su actuar: su fidelidad al Dios Padre-Madre revelado en y por Jesús de Nazaret. Nos encontramos, así, con un Francisco atrevido, valiente y profeta utópico y, al mismo tiempo, con un Francisco constructor, paciente y pragmático, de una Iglesia que quiere más fiel a su Señor, y de un Reino que debe extenderse por todas partes del mundo. Se le recordará como aquel papa que ha puesto en el centro de su atención a los pobres y marginados de todo tipo, empezando por los migrantes y desplazados forzosos, atento a la dignidad de todos, sin excepción. Y también como aquél que ha puesto orden a la curia y ha destapado corrupciones y abusos de todo signo en el seno de la Iglesia: no sólo ha denunciado la existencia de hechos del todo reprobables, pidiendo perdón; ha tenido la valentía de hacer investigar lo que ocurría en todas las diócesis del mundo, dado voz a las víctimas y posibilitando la reparación y que pidieran perdón a los pastores responsables.

Los tres amores del papa Francisco

Al papa Francisco se le puede definir:

a) Por su amor apasionado a los pobres y debilitados, a los marginados de todo tipo, porque ama al ser humano en todas las etapas de su desarrollo vital, sin excluir a nadie por su situación moral, fiel a Jesucristo y a su experiencia de Filiación (somos hijos de un mismo Padre y hermanos unos de otros); y porque ve especialmente en los más marginados (aquí podríamos también nombrar a las mujeres) el rostro de Jesús crucificado-resucitado hoy, haciendo verdad lo que significa la catolicidad de nuestra Iglesia, al trascender todas las fronteras.

b) Por su amor a la Iglesia entendida, siguiendo el Concilio Vaticano II, como Pueblo de Dios en camino que tiene algo que aportar a la humanidad: Jesús y sus enseñanzas, vividas no sólo en la vertiente interna (y por eso nos exhorta a cultivar cada uno su interioridad), sino también colectiva (ve el Magisterio social de la Iglesia, especialmente la Doctrina Social de la Iglesia, como un tesoro a ofrecer, desde la humildad, a todos).

c) Por su amor a la Creación, vía también de acceso a Dios a través de sus criaturas: en su encíclica Laudato si’ nos encontramos a la vez con una loa agradecida al Dios creador, que rezuma una mística muy franciscana de la fraternidad universal, y con la constatación y fuerte denuncia de cómo hemos dañado nuestra Casa Común, de la que debemos cuidar, pues todo lo que pasa en nuestro hábitat nos afecta.

Las tres conversiones necesarias

Francisco exhorta con pasión a un cambio de rumbo (en palabras cristianas, conversión), pues si no revertimos la situación que en gran parte nosotros mismos hemos creado, nos encaminamos a la autodestrucción. Por eso, por fidelidad al Dios-Amor, nos invita a una conversión (metanoia) integral, pues en este mundo tan interrelacionado hemos incidido en todos los ámbitos de la realidad.

a) Esta conversión debe ser a los pobres, a los más débiles, a los excluidos y marginados, en gran parte por una manera de hacer nuestra que, entre otros, es hoy una de las principales causas de las migraciones y desplazamientos de población al planeta, muchas de ellas causadas también por el cambio climático (LS 25).

b) Asimismo, nos pide una conversión dentro de la Iglesia para que ésta pueda ser creíble y significativa por los hombres y mujeres de nuestro mundo, poniendo realmente en práctica el amor-servicio a todos, sin excepciones.

c) Finalmente nos propone una conversión a la Madre Tierra, consciente de que las causas de la degradación ambiental tienen que ver con la degradación humana y social pues el destino de la naturaleza y el nuestro están entrelazados (cuestiones tratadas suficientemente por las encíclicas Laudato si’ y Fratelli tutti). Por Francisco ha llegado el momento en que la noción de progreso debe dar paso a la de desarrollo humano integral que debe abarcar la naturaleza. Debemos cambiar, pues, nuestros estilos de vida. No podemos pensar sólo con criterios utilitaristas de eficiencia y productividad mirando el beneficio individual sino que es necesario utilizar criterios de justicia y, por tanto, de alcance social; tampoco podemos hablar de desarrollo sostenible sin una solidaridad intergeneracional, y cuidar a los jóvenes, futuro de la humanidad.

El papa exhorta a vivir desde estas conversiones que, en definitiva, son conversiones a un Dios Padre-Madre Amor que se da continuamente a quien es capaz, desde la humildad, de abrirse a su acción transformadora; un Dios que se nos ha revelado plenamente en la forma de ser y hacer de Jesús de Nazaret a quien confesamos el Cristo, el Hijo de Dios, abrasados ​​por el fuego de su Espíritu que da en nosotros testigo de este Amor. Es el Espíritu que nos posibilita una mirada nueva capaz de buscar y encontrar a Dios en todas las cosas para amarle y servirle en todo, siguiendo la mística ignaciana tan cercana al papa Francisco (Contemplación para alcanzar amor, EE 230-237: «A Él en todas amando y a todas en Él», Constituciones 288).

Paz, justicia, fraternidad

Ante la situación del planeta, con una visión positiva -que no ingenua- de la condición humana, Francisco apuesta decididamente por la colaboración y la convivencia en la diversidad y por ver el futuro con esperanza. Sabe que no podemos lograr en este proceso revertir el rumbo consolidado durante tantas décadas sin que haya paz y fraternidad, cuestiones, por otra parte, que tocan el núcleo esencial del cristianismo. Por eso el papa Francisco no sólo ha denunciado las causas de muchas de las injusticias presentes en nuestro mundo, ha hecho gestos significativos y ha hablado con quien fuera para favorecer la paz en todas partes, muy consciente de que la verdadera paz es fruto de la justicia y también de un desarrollo armonioso de personas, colectivos y pueblos y que es, a la vez, don y tarea a cultivar en el día a día, en un sentido integral (que tiene también en cuenta la dimensión espiritual y religiosa de todo ser humano).

Es en este marco en el que Francisco ha dado nuevo impulso al diálogo interreligioso, pues para que haya paz entre los pueblos debe existir también paz entre las tradiciones religiosas, presentes en el conjunto de la humanidad. Asimismo, exhorta a hacer vida el valor de la fraternidad, núcleo fundamental del cristianismo y camino para sentirnos responsables unos de otros, al tener todos un origen, fundamento y destino comunes. Y eso mismo propone a todo aquel que quiera escucharlo y acogerlo. La última encíclica, Fratelli tutti se ocupa en el capítulo octavo de cómo las diferentes tradiciones religiosas están al servicio de la fraternidad en el mundo y cómo entre las religiones es posible un camino de paz, pues “la violencia no encuentra fundamento en las convicciones religiosas fundamentales sino en sus deformaciones” (cf. FT 282).

Caminar y discernir juntos; cultura de la solidaridad y búsqueda del bien común

En un mundo tan global las líneas para afrontar los nuevos retos deben ser más holísticas, con una aproximación más integral y transversal y con mayor participación en los diferentes ámbitos. Por eso Francisco no se cansa de decirnos que debemos andar juntos, pasando del yo individual al nosotros colectivo. Y esto comporta la necesidad de espacios de escucha, de diálogo y discernimiento conjunto y, en consecuencia, dar voz a múltiples voces que nos hablen desde distintos ángulos, con acentos plurales, integrando todos los ámbitos de la realidad y sobre todo a los afectados por tantas injusticias y discriminaciones que deben ser vistos como sujetos, no como objetos. Y esto nos lo dice tanto cuando habla para la Iglesia, como cuando habla para todos, hombres y mujeres de buena voluntad, personas que tienen responsabilidades diversas en colectivos también diferentes y plurales, gente de empresa, políticos en el gobierno y en la oposición en los distintos países innovadores y personas maduras que pueden aportar experiencia vivida. Todos somos necesarios para afrontar los nuevos retos que se nos presentan como humanidad. Y cada uno debe interrogarse seriamente sobre el “poder” y, por tanto, la responsabilidad que tiene sobre otros, sea a nivel más cercano o más macro.

Pero para construir sociedades basadas en relaciones fraternas, esta actitud de hermandad debe empapar la cultura de las mismas, más allá de credos, ideologías y polarizaciones partidistas: debe impregnar los diferentes niveles de las relaciones sociales frente a esa cultura de la indiferencia que nos hace mirar a otro lado frente al dolor ajeno. Y esta fraternidad vivida tendrá como resultado una cultura de la solidaridad, con vocación inclusiva, que busque con perseverancia el bien común de la colectividad (muy interesante la lectura de los capítulos tercero -“Pensar y gestar un mundo abierto”-, cuarto -“Un corazón abierto al mundo entero”-, quinto -“La mejor política”- y sexto -“Diálogo y amistad social”- de Fratelli tutti).

Como cristianos, se nos invita a abrirnos a una alteridad que nos es constitutiva (somos seres relacionales a imagen del Dios Trino) y, por tanto, a no encerrarnos en el propio bienestar, lo que hace necesaria la implicación en las realidades sociopolíticas. El amor (la llamada caridad política en la DSE) debe poder llegar a las instituciones, transformándolas en todo lo que de injustas tengan. Sólo la extensión de esa cultura de la fraternidad y la solidaridad puede asegurar los derechos humanos, el bien común, la paz y la reconciliación. En otras palabras, este gran reto no es otra cosa que dar pasos, aunque sean mínimos, en la construcción del Reino de Dios en la historia, como llamada permanente a encarnarlo aquí y ahora, en el contexto y en las circunstancias que nos toca vivir, aunque tendrá su plenitud escatológica. Y por eso la importancia que nos preguntamos individualmente y como colectivo Iglesia qué quiere Dios de nosotros y el papel fundamental que juega el discernimiento tanto personal como grupal para descubrir dónde y cómo, conforme los dones recibidos, eres llamado a comprometerte, en seguimiento de Jesús, el Cristo.

Los procesos sinodales

En este marco general debemos situar los procesos sinodales puestos en marcha por todas partes, considerados por algunos como algo verdaderamente “revolucionario”, pero que en realidad concretan y profundizan lo ya previsto en el Concilio Vaticano II. Francisco, ante la necesidad de cambios, ha optado no como Juan XXIII en la década de los 60 del siglo pasado convocando un Concilio, sino por el procedimiento de convocar sínodos en los distintos continentes. Por su naturaleza, un proceso sinodal es mucho más lento que un Concilio, precisamente porque es más participativo y esto es interesante, pues la Iglesia tiene claros déficits de participación. También es un procedimiento más complejo. Preguntarse como comunidad de bautizados, jerarquía incluida, qué podemos aportar como Cuerpo (Místico) de Cristo hoy a este mundo enfermo de tantas desigualdades, injusticias, violencia y desamor, es una manera de ser Iglesia distinta de lo que estamos acostumbrados; requiere mucha escucha, capacidad de acogida y participación de todos y también una desclericalización que lleve a dar protagonismo al laicado. La sinodalidad entendida como camino discernido, responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios que se ponen a la escucha del Espíritu, es una dimensión constitutiva de la Iglesia que puede, en estos momentos históricos, poner las bases para una profunda transformación.

Todo esto requiere humildad y audacia y no es cosa sólo del papa Francisco. ¿Tendremos el coraje para seguir estas propuestas? ¡Nos jugamos mucho!

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

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Doctora en Derecho por la UB. Profesora de Moral Social en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona (ISCREB). Ha sido Profesora de la Business & Law School ESADE (URL). Ha publicado numerosos artículos y algunos cuadernos de Cristianisme i Justícia (CJ), entre los que se encuentran: "Ante una democracia de 'baja intensidad'" (1994), "Un futuro para la democracia" (2002) y "Construir la convivencia. El nuevo orden mundial y las religiones" (2008). Asimismo, es autora del libro Tejiendo vínculos para construir la casa común. Una mirada, desde la fe cristiana, a la crisis migratoria y de los refugiados (Sal Terrae 2017). Es miembro del equipo de CJ y participa en los grupos de trabajo sobre Religiones y Paz y Noviolencia cristiana y en el Seminario interno del Área Teológica. En Justícia i Pau Barcelona está integrada en el eje de acción "Paz, Diversidad y Democracia", es miembro de la Red Interreligiosa por la Paz (CHIP) y participa en un Grupo de Diálogo del Barrio de Gracia, impulsado por el Asociación Unesco para el Diálogo Interreligioso e interconviccional (AUDIR).
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