En estos tiempos en que lo último demanda con vehemencia convertirse en lo primero, quizá la irrupción –como por ensalmo– de la memoria, de nuestra memoria, sea uno de nuestros grandes motivos para la esperanza de este Adviento. Me refiero al recuerdo de que hemos tenido una vida, y a cómo ese recuerdo es capaz de remontarse hasta lo primero de todo.

Confieso que me preocupa que una memoria ocupada y saturada por lo último –las últimas noticias, el último mensaje o tuit, la última foto, lo último de lo último…– tenga cada vez más difícil remontarse en su propia historia hasta el misterio de lo primero: que somos hijos, al hecho de que estemos aquí sin que hayamos tenido que hacer nada para ello. No es que hayamos perdido la memoria; sigue ahí, sólo que a menudo sepultada y ensombrecida por el montón de mantas de nuestra ultimidad.

No es lo mismo la memoria de nuestra vida que la memoria de nuestra vida en la red. En mi vida en la red –bastión de lo último, inmenso reino con innumerables autorías–, puedo remontarme, como mucho, al día en que me convertí en usuario de un social, o en suscriptor de un periódico (aunque probablemente tampoco nos acordemos ya). Es la memoria de algo que hice yo, y de lo que los demás me han pedido, implícitamente, que haga con ellos: leerles. La memoria de mi vida en la red es una cadena de acciones que me tienen a mí por agente y de un mar de solicitaciones de lectura hechas por otros. En cambio, la memoria de mi vida fuera de la red es un remontarse cada vez más hasta un recuerdo de algo que yo no hice, un momento en que mi papel fue cero: recuerdo que una vez estuve en Camerún, que mis abuelas ya no están aquí, que siendo adolescente me gustaba alquilar películas de miedo en el videoclub, y que, de pequeños, mi hermano y yo a veces íbamos vestidos igual, porque era mi madre quien elegía nuestra ropa. Así, voy remontando la memoria de mi vida hasta que llego al recuerdo de lo primero, que no es, paradójicamente, un primer recuerdo: no recuerdo el momento en que nací, pero sí que soy hijo. Ahora que caminamos hacia la Navidad, misterio de un Dios que es también Hijo, quizá el Espíritu nos pueda acompañar meditando este misterio de nuestra filiación.

¿Por qué Dios habrá querido también ser Hijo? Quizá porque es muy cansado estar siempre en el origen de todo. En el origen de mis opiniones y gustos, en el origen de mi última foto, de mi último artículo, de mi última reflexión. La vida en la red corre el riesgo de reducirse a un ejercicio de paternidad/maternidad y autoría constante. Y esto puede ser agotador. Es bueno crear cosas, originar cosas, pero también necesitamos sentirnos hijos, recordar que lo primero fue recibir la vida, no originarla. Un mundo que se mantiene ansiosamente activo, como si la posibilidad de seguir con vida dependiese de una nueva creación, va dejando cada vez menos espacio para recibir la vida. ¿Cómo hacerlo, si mi constante ejercicio de maternidad/paternidad, de autoría, ahoga el recuerdo de que soy hijo, de que no soy yo el origen último de todas esas creaciones? ¿Dónde hallar, entonces, descanso?

Después de navegar en un cesto por el Nilo, de crecer en palacio y matar a un egipcio, Moisés ha tenido que ir al exilio cruzando el desierto. A pesar de esto, la vida le sigue sonriendo y encuentra familia y ganado. Tiene mujer, hijo y trabajo. Pero un día llega con sus ovejas más allá del desierto, hasta el Horeb, el monte de Dios. Allí encuentra una zarza que no deja de arder, un fuego que no se extingue. A través de esa zarza misteriosa, Yahvé habla, se revela, y antes que dar cualquier precepto, antes que ninguna misión, recuerda a Moisés que Él es “el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob”. Tú entroncas también con esta historia, parece decirle. Tú también eres hijo. Antes que cualquier otra cosa, te invito a experimentar eso.

El misterio de nuestra filiación es como una llama que habita en nosotros y que no se apaga, aunque lo último y todas nuestras autorías amenacen con hacernos insensibles a ella. Esa llama nos recuerda que recibimos la vida y que la seguimos recibiendo, y que no hay manera de oxigenar nuestro hacer –no digamos ya poder liberar a ningún pueblo esclavo en Egipto– sin sentir, de vez en cuando, su calor.

[Imagen de Daniel Nebreda en Pixabay]

¿TE GUSTA LO QUE HAS LEÍDO?
Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Con tan solo 1,5 € al mes haces posible este espacio.
Jesuita en formación. Estudia la Licencia en Teología Fundamental en la Pontificia Facoltà Teologica dell´Italia Meridionale de Nápoles. Colabora con la asociación Figli in famiglia en el barrio de San Giovanni a Teduccio.
Artículo anteriorPersona y comunión
Artículo siguienteNo fue accidente

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here