El fundador de Facebook, Marck Zuckerberg, uno de los hombres más ricos del mundo, ha anunciado recientemente el cambio de nombre de su compañía, juntamente a otras innovaciones digitales espectaculares. Ya no se llamará Facebook, sino Meta. Las razones de fondo parece que son las de limpiar la imagen de una compañía que se ha visto envuelta desde hace años en escándalos ligados a la privacidad de sus usuarios y a la manipulación política en períodos electorales –el más importante, el affaire Cambridge Analitica, que le obligó a declarar ante el congreso de los Estados Unidos. El error –o quizás haya sido solo un sutil patinazo– se evidencia cuando este cambio de nombre pone luz sobre las intenciones más oscuras de nuestros multimillonarios digitales. Meta, “más allá de…”, es usado como prefijo en todos aquellos campos de conocimiento que quieren explorar sus razones y fundamentos últimos: metafísica, metalenguaje… son probablemente los terrenos de más debate y controversia en el mundo intelectual porque, literalmente, están poniendo las bases de toda discusión teórica posterior. Cuando Zuckerberg llama Meta a su compañía, propietaria de redes como WhatsApp, Instagram o la misma Facebook, nos está diciendo que quiere proclamarse la razón última de nuestra vida social, la que nos proporciona la última verdad, la que es condición de posibilidad de nuestras relaciones y comunicaciones más íntimas. Viendo los problemas recientes con el apagón digital de WhatsApp, y las dificultades de abastecimiento energético por el funcionamiento de servidores alrededor del mundo, es decir, pensando en una lógica de raíz materialista –que es la que con frecuencia nos ayuda a pensar mejor–, nos damos cuenta de hasta qué punto, convertir en un “meta” lo que en verdad debería ser solo un “apéndice” de nuestra vida social, es perverso, y tiene cariz de experimento distópico e inalcanzable.

No es casualidad también que la empresa que controla Google se llame Alphabet. Alfa y Omega, principio y final, razón y fundamento de todo. Muerto Dios, y convertidas las religiones milenarias en nuevos sincretismos y religiones de mercado, la tecnología y el progreso se erigen como los grandes ídolos de nuestro tiempo a quien rendir pleitesía, como los oráculos que nos proveen de sentido y nos marcan el camino a seguir. Y ponerlo en cuestión, o simplemente negarnos a participar de este juego, supone nuestra condena en la plaza pública como luditas digitales, o lo que es peor, herejes de la única promesa de felicidad que, en tiempos apocalípticos, tenemos al alcance. Pero, no dejemos de recordar que todos los ídolos, todos, tienen pies de barro.

No está de más aprovechar la coyuntura para volver a ver la película de David Fincher, con un guion brillante de Aaron Sorkin, The Social Network (La red social) (2010), basada en la vida de Zuckerberg y el nacimiento de Facebook. Fiel o no a la realidad, no deja de ser un buen toque de atención para hacernos conscientes de la única intencionalidad que puede haber detrás de la creación de las redes sociales: la obsesión por el dominio de toda relación, la voluntad de erigirse en un panóptico que controla todas las mediaciones por el miedo a que nada se le escape.

Haríamos bien en desconfiar de las promesas de estos líderes digitales que como nuevos predicadores quieren mostrarnos los caminos hacia la felicidad. Tengo serias dudas de que la vida digital pueda proporcionarnos, más allá de la rapidez en las comunicaciones y el peligroso anonimato, esta arcadia feliz durante tantos siglos buscada.

[Imagen de Chetraruc en Pixabay]

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Licenciado en matemáticas y master en filosofía. Profesor adjunto en la Cátedra de Ética y Pensamiento Cristiano del IQS-Universitat Ramon Llull. Ha sido director del centro de estudios Cristianisme i Justícia y es autor del cuaderno CJ Fiscalidad justa, una lucha global.
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