No hace muchos años que todavía tenía lugar este ritual en San Giovanni a Teduccio de Nápoles: cuando una de las dos bandas que se disputaban el barrio quería demostrar su dominio, enviaban a un chaval a pasearse con una scooter por la calle principal, pegando tiros al aire. Si al chico no le pasaba nada, quería decir que la otra banda había aceptado el principado de la otra. Al menos, no era el momento de pelearlo.

Hoy uno de esos chavales está sentado en la silla desde la que comienza su papel en esta obra de teatro. El hombre que dirige el ensayo es un antiguo actor que decidió que el mundo del cine era demasiado estresante para él. No tenía el equilibrio suficiente para resistirlo. A él Dios le puso delante este grupo de jóvenes para seguir vinculado con la interpretación, que le sigue apasionando.

A través de las escenas que han decidido representar, el hombre y los chavales que dirige cuidan el barrio. No son raros los casos de violencia cuando una de las dos bandas que lo controlan descubren que un@ de sus miembros está saliendo con alguien de la otra. Por eso, representar Romeo y Julieta es cuidar el barrio. Con un pequeño fragmento de la obra de Shakespeare se intenta neutralizar esa agresividad, se ensaya la catarsis. Quién sabe si alguien, gracias a estos diez minutos de ficción, acaba pensando que es bueno dejar que el amor siga su curso.

La pasarela que lleva de una escena a otra son unos versos de Pasolini en los que grita contra la resignación, contra la mala resignación, la que nos lleva a aceptar cualquier tipo de atropello porque qué le vamos a hacer. Enseguida, terminada la declamación, dos de los chicos se mueven rápido para colocar los cuatro trastos que renuevan el escenario. Es el momento de Otelo, de los celos.

La chica hace como que duerme y un Otelo fuera de sí comienza a anunciar su intención de matarla. Su delito: le ha dado a otro el pañuelo que él le regaló. Cuántas historias de celos con pañuelo y sin pañuelo se repiten hoy por el mundo y acaban en muerte. Viendo la furia de Otelo, su sinrazón, la inocencia y los argumentos en vano de Desdémona, nos volvemos a dar cuenta: esto no está bien, algo muy malo se ha colado aquí, se está cometiendo una injusticia.

Para el espectador creyente, Dios ha puesto algo en las palabras y en los cuerpos que es capaz de operar pequeños cambios. Quizá la eficacia del profetismo esté ahí. Las grandes alocuciones y las voces altas intentan cambiar mundos enteros. Esas historias de sabor común, en las que nos seguimos viendo todos, se contentan con sembrar un minúsculo ─pero decisivo─ giro en la trama.

[Imagen de PIRO4D en Pixabay]

¿TE GUSTA LO QUE HAS LEÍDO?
Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Con tan solo 1,5 € al mes haces posible este espacio.
Jesuita en formación. Estudia la Licencia en Teología Fundamental en la Pontificia Facoltà Teologica dell´Italia Meridionale de Nápoles. Colabora con la asociación Figli in famiglia en el barrio de San Giovanni a Teduccio.
Artículo anteriorYalal Al-Din Rumi: Una poesía mística fecundada por el eros (I)
Artículo siguienteClarificando las intenciones más oscuras

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here