Era verano, a última hora de la mañana, en Sevilla. Colegio Mayor de Santa María del Buen Aire, en el Aljarafe. “Han asesinado a Jáuregui”. Entre los que estábamos en aquel seminario de formación política participaba un buen amigo, militante del PSE-EE. La noticia nos conmovió, como tantas veces. Fue un 29 de julio de 2000.

Era primavera, en Córdoba. Centro San Hipólito. Presentábamos el libro Los ojos del otro. Encuentros restaurativos entre víctimas y ex miembros de ETA, coordinado por Esther Pascual Rodríguez y editado en 2013 por Sal Terrae. Asistió la viuda de Juan Mari Jáuregui, Maixabel Lasa. Su relato nos conmovió, con justicia. Entre otros participaron, Txema Urkijo, uno de los impulsores de la «Vía Nanclares», y el buen amigo Pepe Castilla, abogado y mediador en justicia restaurativa. Fue un 9 de abril de 2014.

Es comienzo de otoño. Se presenta en el Kursaal de Donosti, en el Festival de Cine de San Sebastián, la esperada película Maixabel, dirigida por Iciar Bollaín; se estrena un 24 de septiembre de 2021.

El asesinado en Tolosa de un tiro en la nuca por el comando “Buruntza” de ETA había sido Juan Mari Jáuregui, antiguo gobernador civil de la provincia entre 1994 y 1996. Después de ejercer el servicio político y de ser amenazado por la banda, Juan Mari, trasterrado a Chile, seguía viniendo alguna vez a su Euskadi natal. Su esposa y su hija seguían viviendo aquí.

Los integrantes del comando, Ibon Etxezarreta Etxaniz, Luis María Carrasco Aseginolaza y Patxi Xabier Makazaga Azurmendi fueron juzgados en la Audiencia Nacional en 2004, encontrados culpables de asesinato y condenados a treinta y nueve años de prisión. Carrasco y Makazaga, jefe del comando, el que apretó el gatillo, tras una decisión “a suertes” minutos antes, entraron donde estaba Juan Mari, mientras Ibon Etxezarreta les esperaba con el coche dispuesto para huir. Al mismo comando se le atribuyeron otros treinta atentados.

Los ojos del otro ayuda a entender en nueve capítulos la experiencia iniciada para la superación completa de la violencia política en la vida social y moral del País Vasco. El libro pretende describir, analizar y reflexionar sobre el método conocido como «Vía Nanclares» por el nombre de la prisión donde se tuvieron algunos encuentros de la conocida como justicia restaurativa. El libro pretende ayudar a la construcción sólida de la paz desde la superación de las heridas personales más profundas por medio de un instrumento internacionalmente contrastado en el ámbito penal: el encuentro restaurativo, que, como es sabido, está condicionado a la renuncia absoluta a la violencia por el causante de la misma, no supone ventajas penales o penitenciarias y parte de la más absoluta libertad, sinceridad y verdad de los participantes. No es un sustituto de la justicia punitiva, sino que busca “recuperar lo que hay de común humanidad” entre víctimas y asesinos (J. I. Calleja). Ver con los ojos del otro libera una mirada bloqueada. Los asesinos no sabían a quién mataban; su vista estaba nublada. No sabían nada de él o de ella; simplemente les asignaban la faena, triste “faena”. La verdad compartida en ese diálogo entre víctima y victimario no es equivalente o equidistante neutralidad, sino aceptación de que el otro siempre es un ser humano capaz de rehacerse; tal vez, hasta el victimario es capaz de pedir perdón y la víctima es capaz de perdonar.

Resulta difícil creer que un criminal pueda cambiar a fondo o que una víctima pueda creer en el cambio personal del victimario y acoger su solicitud de perdón: “Lo individual y lo social recorren direcciones aparentemente distintas, pero convergentes: lo individual tiene que ver con la reparación y sanación de personas dañadas; y lo social, con la reconstrucción de la sociedad más justa y segura… La reconciliación es el cierre ideal de un itinerario restaurativo que asegura una convivencia… sin cierres en falso”, leemos en el citado libro (pp. 224-225).

Hace unos días recordamos el aniversario del anuncio del final de la lucha violenta. Fue un 20 de octubre de 2011. Ramón Jáuregui, desde el temple moral que le caracteriza, escribía este verano Recuerdos y memoria. Mi relato de la verdad (a propósito de la victoria democrática sobre ETA): “Yo creo que nunca hubo razón para matar. Creo que matar siempre estuvo mal. Nunca hubo una ETA buena. Nunca fueron antifranquistas, solo fueron nacionalistas fanatizados por una manipulación cultural y política que el nacionalismo de Sabino Arana se inventó a finales del siglo XIX, en pleno romanticismo nacionalista. Nunca lucharon por la democracia española, entre otras muchas razones, porque odiaban a España y la consideraban la concentración del mal”.

Los presos que participaban en los encuentros restaurativos, sin embargo, fueron rechazados por los anteriormente “suyos”. A ninguno se le festejó al regresar a su pueblo. No hubo ongi etarra para ninguno de los otrora considerados héroes, ahora rechazados como traidores. “Dejaréis de ser héroes cuando la gente no tenga miedo (…). Ahora sois carne de cañón, por eso os llaman héroes” (Stanley Kubrick en Paths of Glory, 1957).

Los fanatizados están imposibilitados para entender otras miradas. El dolor también bloquea la mirada. Muchos se resisten a aceptar un camino abierto, aunque éste no suponga renunciar a ninguno de sus principios. Otros tienen miedo a la reconciliación. Los encuentros restaurativos se suspendieron con un nuevo gobierno, aunque ahora se han restablecido de forma discreta.

“Al velar la claridad del mundo, las lágrimas obligan a retirarse. El agua de las lágrimas hace que desaparezca la firmeza y el brillo de las formas. Llorar no equivale a una confesión de impotencia frente a lo intolerable. Las lágrimas permiten percibir algo más que el estupor de una noche. La persona que llora renuncia a juzgar y a saber” (textos extraídos de Catherine Chalier, Traité des larmes: fragilité de Dieu, fragilité de l’âme, 2003). La persona que llora no se agarra a sus propias fuerzas para luchar contra su pena o su dolor, añado inspirado por la filósofa inscrita en la tradición de Lévinas. Las lágrimas hacen posible la andanza hacia la alteridad. Ahí está su consuelo, en romper la prisión de quien pretende entenderlo todo, dominarlo todo. Sólo así se puede disolver la identidad entre uno mismo y su dolor. Yo ya no soy sólo lo que queda tras mi dolor. En un dialogo entre Maixabel y su hija, aquella dice: he vuelto a ser yo. Las lágrimas tenues son un velo que des-vela una identidad que no es pérdida, sino obertura hacia la alteridad. Lo que vela puede des-velar y al final re-velar.

La herida infinita es el sendero de gloria para quienes asumen iniciarlo hacia la alteridad. Personas como Maixabel Lasa han librado un justo combate por la paz y han abierto anchas alamedas por las que podemos transitar con otra mirada.

[Imagen de la película Maixabel extraída de Sensacine]

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[Sobre este mismo tema os recomendamos la lectura del Cuaderno CJ número 217, Por una (contra)cultura de la reconciliación, escrito por Galo Bilbao e Izaskun Sáez de la Fuente en 2020].

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Jesuita desde 1990 y presbítero desde 1996, es profesor agregado de instituto de bachillerato y titular de universidad, como investigador y docente de Teología política, Ética social, Historia de la Filosofía Política e Historia de la Iglesia en la Universidad Loyola Andalucía y otros centros. Colaboró en El País y Revista de Fomento Social (como director entre 2008 y 2018) y colabora regularmente en El Ciervo, Razón y Fe y Religión y Escuela, además de escribir en algunos blogs. Ha publicado libros sobre la construcción del consenso pasivo en España (1934-1937), los cristianos de la dictadura a la democracia (1939-1975) y pedagogía ignaciana (traducido al francés y al portugués). Miembro de Cristianisme i Justícia, de EIDES y del Centre Internacional d’Espiritualitat Ignasiana de Manresa, colabora con el Institut de Teologia Fonamental y con el Institut universitari de Salut Mental. Vive en Manresa (Barcelona) desde 2020.
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