Podría ser mi hijo de 22 años, mi tío de 50 o mi abuelo de 65. Podría ser que se sintiese solo, sin esperanza ni futuro, sin un acompañamiento que lo llevase a vivir, a pesar de su prematura edad, en la calle. Puede ser que la enfermedad mental, la mezcla de esta con la adicción al alcohol y a las drogas, el fracaso en el mundo laboral o una falta de autoestima brutal le empujase a vivir solo en un callejón. Podría ser uno de los nuestros… y lo es. Son nuestros jóvenes, nuestros vecinos y vecinas de todas las edades que necesitan toda la comunidad, toda la ciudadanía para poder tirar adelante. Se encuentran en un callejón sin salida, y “sin salida” es el título de la campaña que este año hemos puesto en marcha las diversas entidades que trabajamos para acabar con el sinhogarismo en el Estado. Con la campaña se quiere incidir políticamente y acercar a la ciudadanía el problema que sufren muchas personas al encontrarse dentro de un sistema de protección que en realidad no protege.

La campaña pone de manifiesto las diferentes trabas que encuentran estas personas, unas trabas que han aumentado durante el tiempo de pandemia. Si bien este tiempo de restricciones nos ha recordado que todos somos vulnerables, también ha puesto de manifiesto que desgraciadamente, hay muchas personas aún más desprotegidas. En este sentido, y solamente por citar algunas trabas, ponemos estos tres ejemplos:

Una primera: la exclusión que genera la falta de competencias y recursos para acceder al mundo digital. Un mundo digitalizado que si tienes tecnología y competencias te abre a la posibilidad de citas médicas, contratos laborales, alquileres… pero que, si no las tienes, te deja fuera.

Una segunda: la falta de acceso a una vivienda digna, ya sea por la falta de vivienda social o por el abusivo precio o requisitos de acceso a un alquiler. Un acceso que discrimina por el tipo de nómina, de prestación, de color de la piel…

Y una tercera: el acceso al mundo laboral, tan básico y primordial.

Si bien el acceso a la vivienda, la salud, a un trabajo digno son derechos universales, la falta de estos, por el motivo que sea, nos habla de un sistema que no acaba de proteger. Solamente si como sociedad nos hacemos conscientes de que el que duerme en la calle es uno de nosotros y no un anónimo, empezaremos a cambiar. Solamente tendremos la fuerza para cambiar las políticas sociales, de extranjería, de acceso al trabajo o a la vivienda si vemos la sociedad como un nosotros, como un conjunto de personas con derechos y dignidad donde nadie queda excluido al acceso y al ejercicio de los Derechos Humanos.

[Imagen de Şahin Sezer Dinçer en Pixabay]

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Licenciado en Bellas Artes y en Teología. Está a cargo de la parroquia de Sant Ignasi en Lleida y es Presidente del Patronato de la Fundació Arrels Sant Ignasi. Desde hace años colabora con Cristianisme i Justícia ilustrando las portadas de los cuadernos.
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