Angela Merkel dejará la cancillería alemana, después de haber decidido no presentarse a las elecciones que tuvieron lugar el pasado 26 de septiembre. Un nuevo gobierno tomará el relevo a lo mejor antes de Navidad, si han culminado las arduas negociaciones que vertebrarán la futura coalición gobernante. Su partido, la CDU, Unión Demócrata Cristiana, cae a mínimos históricos, aunque el ganador SPD, Partido Socialdemócrata Alemán, no le ha sacado gran ventaja. Ambas formaciones rivales conformaban el hasta ahora ejecutivo bajo la batuta de Merkel y proporcionaban una solidez destacada a la dirección del país. La confirmación de su substituto está pues por llegar.

Merkel se habrá mantenido 16 años al frente de la primera economía europea y la cuarta del mundo. Ha dejado huella a escala doméstica, continental e internacional.

Me gustaría fijarme en algunos aspectos, a mi modo de ver reveladores de su estilo y mandato.

En primer lugar, sus orígenes. Hija de un pastor luterano, nacida en Hamburgo, pero trasladada de niña con sus padres en misión evangelizadora a la antigua Alemania oriental, donde pasó la juventud antes de irrumpir en política. Científica de formación, con un doctorado de química cuántica bajo el brazo, también fue su primera profesión. Su vida al otro lado del muro que separaba el capitalismo del bloque comunista donde ella radicaba le facilitó el conocimiento del ruso. Una ventaja para la distensión, ya que pocos líderes extranjeros hablan la lengua de Tolstoi. Una pena, pues la UE necesita dialogar con su gigante vecino oriental, aunque sea para solventar las dificultades que a menudo le acarrea. También domina el inglés, lo que le ha valido para tender puentes con Estados Unidos y los países anglosajones.

Entró en política federal de la mano de su mentor y artífice de la reunificación alemana, Helmut Kohl, un personaje de talla, y no solo física, que marcó un hito histórico al que no siempre se le concede suficiente importancia desde nuestras posiciones mediterráneas. De manera discreta, como es ella, se fajó para devenir en relativamente poco tiempo la primera mujer en dirigir su país y también la persona más joven en alcanzar la jefatura de gobierno después de la Segunda Guerra Mundial, a 51 años. Ha ganado cuatro elecciones seguidas y a pesar de que su partido, ya sin ella como candidata, perdiera en los recientes comicios, se retira invicta.

Alemania es un país estable, un valor en los tiempos que corren, algo que allana el camino para la implantación de políticas a largo plazo que redundan en beneficio de sus ciudadanos. Las coaliciones de gobierno se forjan concienzudamente, después de pactos pormenorizados que se suelen respetar. Por eso luego han resultado más duraderas, fiables y con menos tensiones de funcionamiento que en otras naciones. Y lo que es significativo, últimamente han cubierto un espectro ideológico amplio alrededor del centro. La voluntad de concertar esfuerzos cuando conviene se encuentra en varios ámbitos de la cultura institucional alemana y se da también en parte de su poderoso sector empresarial.

Pero volviendo a Merkel, ella ha encarnado esa cooperación fructífera con el otrora rival convertido en socio, si bien por necesidad electoral y cierto arraigo en la tradición germana. Y tiene la costumbre de pensar antes de actuar y de no dejarse llevar por el postureo. Sin aspavientos, ha personificado la firmeza serena y la confianza. Ello le ha permitido aglutinar a fuerzas que en otras latitudes parecen irreconciliables. En definitiva, ha logrado sintonizar con la mayoría social alemana a lo largo de su dilatada trayectoria, con un perfil pragmático, más que ideológico. Asimismo, ha ejercido otra virtud que debería ser más frecuente entre los dirigentes: la prudencia.

Entre los puntos que han suscitado notables críticas más allá de las fronteras germanas, sus políticas de austeridad que hicieron demorar la respuesta europea a la crisis desatada a partir de 2007. Acaso reflejo de su modo de proceder personal. Posteriormente se fue amoldando a la marcha de los acontecimientos y al conocimiento general que de ellos se fue desprendiendo.

Por otro lado, conviene subrayar su apuesta decidida y valiente por la acogida de refugiados, años después, cuando la mayor parte de Estados miembros de la UE miraban hacia otro lado ante la clamorosa llegada de personas huyendo de la guerra, en Siria, por ejemplo. Un coraje que le pasó factura políticamente, pero que sobrellevó con dignidad.

En una Unión Europea con liderazgos frágiles, cambiantes, contradictorios o a veces ausentes, ella ha constituido un pilar que va a echarse de menos próximamente. Con claras convicciones europeístas, ha proporcionado consistencia al eje francoalemán sobre el que gravita el peso de la Unión y ha sido uno de los pocos líderes escuchados y con capacidad de influencia, ante unos y otros. En un país sin armas nucleares, aunque con una potente industria, posiblemente se la pueda calificar como la mujer más poderosa del mundo. No en las efímeras pasarelas de la moda, del glamur del celuloide o de la charlatanería de los mass-media, sino de la cotidianeidad real, aunque sin hacer estruendo, con todas sus luces, sombras y servidumbres.

No sabemos qué hará cuando abandone el poder. Pero ojalá que más allá de las simpatías o antipatías que despierte, otros puedan aprender tanto de sus errores, como sobre todo de determinadas actitudes que ha desarrollado, especialmente de sus aciertos. Y aunque la polarización y el populismo no ayuden a ponerle las cosas fáciles, deseamos a su sucesor éxito, por el bien del mayor número de sus conciudadanos y de los de Europa, tanto nativos, como de los que deseen y puedan compartir su futuro común.

[Imagen de dianakuehn30010 en Pixabay]

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