En una sociedad profundamente secularizada y donde la Iglesia católica pierde fieles al ritmo del chorro de agua que se cuela por el fregadero, todavía hay gente que se casa y criaturas que se bautizan y hacen la comunión, pero muchas veces estas celebraciones han perdido todo su sentido litúrgico y, en el peor de los casos, hemos dejado que lo evangélico de los sacramentos sea fagocitado y deturpado por grupos ultraconservadores que poco o nada tienen que ver con el mensaje de compromiso y justicia de Jesús de Nazaret.

Mi compañero y padre de mi hijo no es creyente. Siempre ha respetado mis creencias cristianas y hemos dialogado y debatido mucho sobre el hecho religioso y como este se imbrica con el espacio público, con la política, con la educación, etc.; hemos hablado largo y tendida del tema, pero stricto sensu no sé si se definiría como ateo o, tal vez, más bien como agnóstico, simpatizante del Jesús histórico de Ellacuría y «fan» de las encíclicas del papa Francisco. Yo, en cambio, confieso que como feminista no espero nada que venga del papado ni del clericalismo que aún impera en la Iglesia y pienso que las grandes transformaciones tienen que venir desde la base, pero esto sería harina de otro costal y objeto de otro artículo…

Con todos estos «peros» puestos sobre la mesa, hace unos meses decidimos bautizar a nuestro hijo que entonces ya tenía más de año y medio; vaya, que ya no era ningún bebé como suele ser habitual. La decisión estaba en stand by porque requería un proceso largo de discernimiento que fue interrumpido –guiño a Metz– por los acontecimientos cuando Jaume Flaquer, jesuita, amigo y compañero mío de trabajo en Cristianisme i Justícia durante 9 años, me comunicó que lo trasladaban a la Facultad de Teología de Granada.

Tras la tristeza inicial, y el disgusto y el enojo, no lo niego, pasé a la aceptación, y cuando compartí la noticia con mi pareja, este me dijo: «¿No querías bautizar a Ézaro? Pues tiene que hacerlo Jaume antes de que se marche.» La razón de esta designación tan tajante tiene que ver con que Jaume fue una de las primeras personas -más allá de la familia- que vino a darle la bienvenida al mundo a nuestro hijo recién nacido uno o dos días después del parto, en patinete, de noche, fuera de horas de visita y en plenos disturbios de octubre de 2019 en Barcelona, ​​y eso no se olvida. Sin duda, debía ser él…

Yo me eduqué en la Institución Teresiana y para mí la fe siempre ha estado muy ligada a la lucha por la justicia desde el movimiento feminista y desde la cultura de paz, principalmente, que han sido mis campos de acción-investigación durante los últimos 15 años. “La justicia que brota de la fe”, como el título de aquel maravilloso libro de 1982 que escribieron Víctor Codina, J. I. González Faus, Josep M. Rambla, Xavier Alegre y otros teólogos jesuitas y que sigue teniendo una vigencia alucinante casi 40 años después. Esta es mi fe: la que alienta la construcción de un mundo más justo, equitativo y habitable; un mundo donde quepan muchos mundos, como afirmaban y afirman las compañeras zapatistas en Chiapas. La fe, por supuesto, que nos transmitió Jesús y que me hace creyente pese a la Iglesia institucional, porque como decía Santa Teresa de Ávila, “no son tiempos de creer a todos sino a los que viereis van conforme a la vida de Cristo”…, sean religiosos o laicos, cristianos o ateos.

Así que pocos días antes de la celebración, Jaume me preguntó qué lecturas quería para la ceremonia y me dijo que pensara qué sentido le queríamos dar al bautizo. Recuerdo que estábamos en el pasillo de Cristianisme i Justícia y que yo iba a casa a descansar porque la celebración era al día siguiente y un par de días antes me habían diagnosticado bronquitis aguda, y pensé: «¡Uf! ¿Qué lecturas? ¡Qué complicado! ¿Esto no lo escoge normalmente el cura?».

Por la noche, googleando y repitiéndome eso del sentido, recordé algunos pasajes de la Biblia que encajaban a la perfección: un fragmento del Salmo 72 y un trocito del evangelio de Mateo que dicen lo siguiente:

“Que las montañas traigan al pueblo la paz,
y las colinas, la justicia;
que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos de los pobres
y aplaste al opresor.
Que dure tanto como el sol y la luna,
a lo largo de las generaciones;
que sea como lluvia que cae sobre el césped
y como chaparrones que riegan la tierra.
Que en sus días florezca la justicia
y abunde la paz, mientras dure la luna”.

(Fragmento del Salmo 72)

“Vosotros sois la sal de la tierra. Pero, si la sal se vuelve insípida, ¿cómo recobrará su sabor? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee.

Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de todos, para que ellos puedan ver vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en el cielo”.

(Mt 5, 13-16)

Ahora faltaba la primera lectura, pero a mí no me daba el cerebro para más y en consonancia con el salmo, Jaume escogió una lectura del profeta Ezequiel, una crítica demoledora contra los líderes políticos corruptos e injustos que en un momento dado dice así: “¡Ay de vosotros, pastores de Israel, que solo os cuidáis a vosotros mismos! ¿Acaso los pastores no deben cuidar al rebaño? Vosotros os bebéis la leche, os vestís con la lana y matáis las ovejas más gordas, pero no cuidáis del rebaño. No fortalecéis a la oveja débil, no cuidáis de la enferma ni curáis a la herida; no vais a por la descarriada ni buscáis a la perdida. Al contrario, tratáis al rebaño con crueldad y violencia”.

Paz, bondad, luz, denuncia de la injusticia, esperanza… Este es el horizonte y el sentido que le quisimos dar al sacramento del bautismo para Ézaro. Nada de un ritual vacío de significados, pero lleno de parafernalia, sino la firme transmisión de una fe de brazos abiertos, comprometida con los otros y las otras en toda su diversidad; una fe marcada por el amor y la empatía, en diálogo con otras formas de contribuir a la acción de la ruah que vienen desde otras espiritualidades, creencias y convicciones, dentro y fuera de la religión; una fe que pise calle y que encuentre a Dios en todas las cosas.

[Imagen de Kinga Mucha en Pixabay]

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Investigadora, docente y crítica audiovisual. Doctora en Comunicación Audiovisual y Publicidad. Responsable del Área Social y editora del blog de Cristianisme i Justícia. Está especializada en educomunicación, periodismo de paz y estudios feministas y es miembro de varias organizaciones y asociaciones defensoras de Derechos Humanos vinculadas al feminismo, los medios de comunicación y la cultura de paz. En (de)construcción permanente. Madre.
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1 COMENTARIO

  1. Yo sinceramente sigo creyendo en los bautizos. Tardé mas de 5 años en tener un hijo, y ahora que dios me lo ha dado tengo pensado bautizarlo en cuando cumpla la edad para ello.

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