Cada vez más acelerados y con más prisa. Más experiencias, más información, más imágenes, más, más, más… sin freno. En las sociedades occidentales vivimos en y del ruido. Vivimos distraídos, en la superficie, vacíos, siempre buscando algo nuevo. Nos dejamos seducir por el torrente de estímulos, por el espejismo de una sociedad de consumo que nos anestesia, nos hace creer omnipotentes, nos inocula el miedo irracional a la desconexión y nos utiliza a nosotros como mercancía. Nos sumergimos acríticamente y nos perdemos.

Esta permanente excitación, esta intoxicación, de hecho, nos aleja de la realidad y nos hace olvidar el profundo privilegio y excepcionalidad que supone tener acceso a la electricidad 24 horas, sin interrupciones (cuando más de mil millones de personas no tiene acceso a la electricidad o, por ejemplo, menos del 7% de la población de Sudán del Sur lo tiene). Olvidamos también que estar conectados permanentemente a internet no es algo obvio ni tampoco generalizado (más del 40% de la población mundial no está conectada en internet).

Recientemente, la doctora Anna Lembke, psiquiatra especializada en adicciones, al ofrecer maneras de abordar el vínculo insano –en algunos casos incluso patológico– con la tecnología (sobre todo el móvil), sugería algo tan sencillo como guardar el móvil en un cajón, como mínimo 24 horas y, si puede ser, varias semanas. También recogía un consejo que muy bien podría formar parte de cualquier manual tradicional de vida espiritual: “Es más sencillo pasar de la abstinencia a la moderación que no pasar de un consumo excesivo a la moderación.” El título de su último libro es elocuente: Nación dopamina: encontrar el equilibrio en la época de la indulgencia, haciendo referencia a la necesidad de limitar estímulos constantes que hoy la teconolgia nos pone al alcance.

Hace unos tres años un compañero jesuita de mi edad reconocía con honestidad que el uso desordenado de la tecnología no solo le impedía sino que le llegaba a imposibilitar la vida espiritual. En aquel momento tomó la decisión de no usar la tecnología antes de ir a dormir y no acudir a ella hasta la mañana siguiente una vez hecha la oración matutina. O aquella familia que cuando va de fin de semana recoge los móviles de todos los miembros y juntos hacen un detox tecnológico. O aquel hogar que apaga el wifi antes de la cena hasta el día siguiente. O aquel joven que después de una conversación profunda con un amigo vuelve a casa en transporte público y escoge no consultar el móvil para dejar reposar y poder saborear los ecos del encuentro. O aquel empresario que después de una reunión se retira no tanto para mirar si ha llegado algún nuevo correo electrónico sino que bolígrafo en mano anota serenamente cuales son los retos y las oportunidades que se abren. O aquella universidad que coloca inhibidores de señal de móvil y prohibe el uso de ordenadores y otros aparatos tecnológicos en muchas de sus clases… Hay maneras pues de limitar la dinámica del siempre más y el ahora mismo y poder así conectar con niveles más profundos y auténticos de nosotros mismos.

Me puedo preguntar: ¿realmente hay tantas cosas verdaderamente urgentes e importantes que me piden estar permanentemente conectado? ¿No hemos perdido el norte?

San Ignacio de Loyola, en el librito que escribe para el maestro espiritual (los Ejercicios Espirituales) que tiene ya casi 500 años recoge una serie de consejos (reglas les llamaba Ignacio) muy prácticos fruto de su propia experiencia. En una pequeña sección habla sobre la manera de ordenarse en el comer. La avidez se expresa de varias formas: en la comida, en el tener, en el aparentar… Las recomendaciones de Ignacio no distan mucho de las de la doctora Lembke; no es de extrañar que ya hace casi una década otro compañero jesuita hizo una relectura y actualizació de las reglas de Ignacio a nuestro contexto.

Hoy en las sociedades hiperconnectades el uso y el abuso de las pantallas es una de las maneras principales por donde la avidez nos puede sacar libertad hasta el punto de esclavizarnos. Y lo hace sutilmente, imperceptiblemente. Para evitarlo, hay que saber decir no, cultivar pacientemente la atención, poner límites y cierta distancia de la inmediatez, ordenar el uso, ser consciente del sentido global de mi vida y hacer períodos de abstinencia total. En el fondo sabemos que una vida frugal, sencilla y libre de todo vínculo insano es profundamente gozosa y plena.

Ojalá estemos dispuestos a hacer silencio, bajar a la cueva del corazón, recuperar la libertad y poder vivir más conscientemente, más agradecidamente y por eso más al servicio de los desposeídos de la tierra. De esto va el seguimiento de Jesús de Nazaret, ¿no?

[Una primera versión más breve de este artículo apareció publicada en Pregaria.cat/Imagen de Free-Photos en Pixabay]

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Jesuita, arquitecto y teólogo. En Berkeley, en los Estados Unidos, amplió sus estudios en el área de la teología de las migraciones. Ha trabajado con el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Liberia, Nogales (frontera EEUU-México), Kakuma (Kenia) y Sudán del Sur. Actualmente trabaja en Barcelona en la Fundación Migra Studium, en el proyecto de acogida de refugiados y migrantes (hospitalaris.org). Es el coordinador de la Escuela Ignaciana de Espiritualidad (EIDES), que es el área de espiritualidad del centro de estudios Cristianismo y Justicia. Es coautor del Papel CJ “Refugiados. Víctimas del desbobierno y la indiferencia” e impartió en Cristianisme i Justícia el seminario “¿Qué espiritualidad para una acción social?”.
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1 COMENTARIO

  1. Muchas gracias por el artículo! Estoy muy de acuerdo, cuanta necesidad de desconexión tecnológica para encontrarnos con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza…En casa, que tenemos hijos en edad adolescente y otros que están llegando a ella, nos supone un gasto grande de energía la necesidad de imponer límites al uso de tecnología. Es difícil no dejarse avasallar por tantos estímulos que, efectivamente, nos esclavizan y nos restan libertad. Leer, pasear, hacer deporte, jugar una partida de cartas, charlar y reirnos juntos durante las comidas…todo lo que se nos ocurra para respirar un ambiente más sano y menos tóxico. Animo y gracias!

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