Este año en la parte de los Estados Unidos donde vivo, hemos tenido una invasión de cigarras. Miles de millones han aparecido de repente como si nacieran de la nada. Cada 17 años salen de las raíces de los árboles donde yacen enterradas y dormidas. Al despertarse, el aire se llena de un ruido increíble en que las voces de las personas y el rumor de los autos se ahogan. ¿Y para qué? Tienen una vida muy corta de unos días y tienen que buscar a una pareja para reproducirse. Dejan caer su cáscara para cumplir con su única labor natural. Una vez que se juntan, el macho vuela a otra y la hembra deja sus huevos en una hoja. Pronto mueren y sus cuerpos se amontonan en los senderos y calles. Los huevos que han dejado destruyen la hoja en que han estado depositados y ésta se cae al suelo donde se desintegra dejando que la próxima generación de cigarras penetre en la tierra y espere 17 años más para repetir el ciclo.

Todo parece inútil. Por un momento breve hay una abundancia de vida y actividad y luego el silencio de la muerte. Parece que estas creaturas no tienen otro propósito que molestar a los humanos con su ruido y sus cáscaras y continuar el ciclo para reproducir su especie. ¿Para qué habrá creado Dios a este bicho, este insecto? Los únicos animales que las comen son los humanos que tratan de inventar platos de cigarras cocinadas. Es cierto que la nueva generación crea huequitos en el suelo para dejar entrar el sol y el agua que, a su vez, nutren los árboles. Pero hay muchos otros animales, por ejemplo, los gusanos, que tienen la misma función. La verdad es que nunca vamos a saber la razón de su existencia. El hecho es que existen y de alguna manera reflejan la imagen de Dios. Cumplen y han cumplido con su única meta desde hace miles y miles de años. Salen de la tierra, cambian de forma despojándose de las cáscaras, aseguran la próxima generación y vuelven a la tierra.

Yo he visto este fenómeno ya cuatro o cinco veces. Creo que no volveré a verlo otra vez. Es quizás por eso que me ha afectado más este año que en el pasado. Creo que nosotros los humanos pensamos que debemos tener un propósito en la vida, una razón para existir, algo para decirnos a nosotros mismos que no estamos malgastando el tiempo. Muchas veces tiene que ver con el trabajo. Hasta San Pablo nos dice que “el que no trabaja, que no coma”. Nos toca ganarnos el pan de la manera que mejor nos convenga. A veces la razón incluye una familia. “Vivo para mi familia”. Como si existiéramos solamente pare crear un hogar con pareja e hijos. Para otros, el propósito es luchar y seguir luchando, sin ver el fin de la lucha. Y la lucha no tiene fin. Me parece que hay también algunos cuya meta en la vida es aprovecharse de los demás, fingir que son mejores o más listos o más inteligentes. Si todo el mundo fuera así, si tuviera que servir para algo, la mayor parte de la creación se podría desvanecer. ¿A qué sirven los pájaros, los delfines o una rosa?

La pregunta correcta no es “¿cuánto vale?” o “¿a qué puede contribuir?”; es “¿cómo refleja esta criatura la imagen de Dios?”. Así que no importa el valor para los demás, sino el valor intrínseco que posee cada persona dentro de sí misma. Dios ha creado todo con amor y por su amor. Entonces toda creatura es amada. El papa Francisco lo ha dicho mucho mejor que yo en su encíclica sobre el cuidado del planeta, nuestro hogar común. Nada más quisiera añadir lo que he aprendido de la cigarra. A pesar de la molestia y la apariencia de inutilidad, tiene su belleza, es parte de la naturaleza, de nuestro hogar común, y por eso merece vivir. Dios ama a la cigarra.

Pero hay otra parte de la lección. La cigarra tiene que despojarse de la cáscara para poder vivir completamente. Ha subsistido dentro de la cáscara por gran parte de su existencia. Ha dormido cobrando fuerza para estallar en el mundo con todo su cuerpo. Se libra para que pueda gozar y disfrutar de sus pocos días de vida. Luego se muere, tal vez no feliz, pero ya con su misión cumplida. Es imposible quedarse en la cáscara para usar sus alas. Tiene que volar para encontrar a su pareja. Pues, los humanos tampoco podemos volar muy lejos dentro de nuestras cáscaras. Y todos las tenemos. Las agarramos ferozmente porque es lo único que conocemos, el ambiente donde hemos crecido, y estamos bien cómodos allí dentro. Puede ser la cáscara del hogar infantil, o la de las ideas que hemos heredado, o la de la educación que hemos recibido, la clase social a la que pertenecemos o el pueblo donde hemos nacido. A todas las tenemos que dejar atrás para poder vivir libres y bien. Si nos quedamos encerrados, nunca aprenderemos a volar, nunca conoceremos el mundo ni a nuestra pareja, ni a la misión que nos ha encomendado Dios.

¡Ay, pero se mueren las cigarras! Por supuesto. Todo se muere. Es necesario que una generación se muera para que la próxima tenga vida y crezca. Nada ni nadie fructifica sin la nutrición que les pasa la generación precedente. En el caso de la cigarra, ella ha dado hasta su propio cuerpo para que sus hijos tengan vida. ¿Qué madre o padre no daría su vida por sus hijos? Hasta Jesús lo hizo. En el mundo de los animales, los padres hacen lo extraordinario para conseguir comida para sus hijos, para cuidarlos y protegerlos, para enseñarles como vivir por su cuenta. Sin embargo, hay humanos que pueden abandonar a sus hijos a la suerte, que les tratan como si fueran vacas o perros, que buscan su propio bien en vez de él de sus hijos. Aquí en Estados Unidos, por ejemplo, hay padres que bloquean la vacunación o el uso de mascarillas de sus niños por sus propias razones políticas. Niegan a aceptar lo que es para el bien de sus hijos o de los hijos de sus vecinos. Son padres que no quieren salir de sus cáscaras o aceptar el sacrificio debido.

Aprendamos de la cigarra. Salgamos de nuestras cáscaras y abramos nuestras alas. Veamos la belleza de la vida en nuestro hogar común. Reconozcamos el poder del sacrificio para dotar a las generaciones futuras, incluyendo a nuestros hijos, con un mundo mejor del que recibimos. Sigamos adelante aceptando la necesidad de la muerte.

[Imagen de Carlotta Silvestrini en Pixabay]

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Nacido en el estado de Pensilvania, EEUU, lleva 53 años de jesuita. Se ordenó en 1978. Se laureó en Lenguas y estudió un máster en literatura española. En 1984 se doctoró en Leyes y en los siguientes 35 años ejerció de abogado para varias comunidades de inmigrantes. Ha estudiado en la Universidad Autónoma de Madrid, ha vivido en Salamanca y le fascina Barcelona. Habla también italiano y un poco de ruso.
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