Los talibanes se han vuelto a hacer con el poder que perdieron después de la invasión norteamericana apoyada por la OTAN en 2001. En muy pocos días una ciudad tras otra ha ido entregando el poder sin oponer resistencia. La falta de defensa de los 300.000 soldados afganos es una muestra patente del fracaso de la misión occidental y del estado de desmoralización del país viéndose derrotados de antemano. Al anunciar ahora Estados Unidos el abandono total del país, que Trump había negociado con los talibanes, el Estado afgano ha tirado la toalla.

Lo que Occidente debería aprender es semejante a lo que hemos visto en Libia y en Irak: es fácil invadir un país si se tiene fuerza militar, pero puede ser imposible reconstruirlo. No importa que se mienta para derrocar a Sadam Hussein, se aproveche la primavera árabe para suprimir al extravagante y odiado Gadafi, se quiera perseguir a terroristas en Afganistán o se intente proteger a sus mujeres. Los tiempos de los pueblos no son los tiempos de las grandes potencias ni de nuestros mejores deseos. Propongo cuatro claves que nos ayuden a entender la situación:

  1. Clave política

El país ha sufrido un serio problema de gobernanza y de legitimidad, acusado de absoluta incompetencia y endémica corrupción: ¿cómo va a querer alguien dar la vida por un sistema que no funciona? El funcionamiento tribal de algunas etnias, el fundamentalismo islámico antidemocrático talibán, la falta de formación de muchos afganos y la persistencia incluso de formas nómadas de vida hacen casi imposible (¿y deseable?) construir unas estructuras estatales de tipo occidental.

  1. Clave étnica

El país es un verdadero puzle. Aunque no existen en el país más conflictos étnicos que en el vecino Pakistán, sí contribuye poderosamente a dificultar la cohesión del país. La mayoría de la población pertenece a los pastunes (un 40%), presentes especialmente en el sur y el este del país, pero raramente han estado unidos políticamente. Están divididos en diversas confederaciones y tribus a menudo enfrentadas. Los talibanes pertenecen mayoritariamente a los ghilani y el primer presidente tras la invasión americana a los durrani. En cualquier caso, la voluntad de dominio de los pastunes sobre todo el país se basa en que se consideran los verdaderos afganos autóctonos.

Los tayikos, de origen persa, son el 30% del país, y viven especialmente en el nordeste y el oeste del país. Fueron esenciales en la lucha contra los talibanes. Los hazaras del centro del país, un 15%, conservan algunos rasgos mongoles de su origen mestizo, y tienen una estructura social jerarquizada con rasgos feudales.

Además, existe un cierto número de etnias turcas (12%) (los uzbecos, los turkmenos, kirguizos, kazajos y aimaqs), una región, Nuristán, que no fue islamizada hasta el s.XIX, y algunas minorías nómadas o seminómadas, como los beluchis, los brahuis, y los koochis.

  1. Clave religiosa

La práctica totalidad del país es musulmana, aunque con interpretaciones diferentes. El chiismo, que es muy minoritario, lo encontramos entre los hazaras. Su confesión islámica distinta de la sunita les ha enfrentado a menudo a los pastunes y a los tayikos.

Aunque la escuela de interpretación islámica sunita mayoritaria del país es la más tolerante, la hanafi, la etnia pastún ha sufrido una intensa influencia del wahabismo saudí, creando el movimiento talibán (surgido de escuelas coránicas) y permitiendo el nacimiento de al-Qaeda.

La aparición del Estado Islámico también en la región y su enfrentamiento con al-Qaeda ha “moderado” tal vez a esta. Los pastunes se rigen por un código moral propio muy estricto, el pastunwali que, aunque no es incompatible con la Ley islámica no se identifica exactamente. El neuroticismo purificador del Estado islámico denunciando la mezcla de costumbres tradicionales de los pastunes y la táctica pactista del al-Qaeda afgano con corrientes islámicas más moderadas (como los hanafíes) para unir a los musulmanes frente a Occidente, ha distanciado a al-Qaeda del Estado Islámico, y, por comparación, al-Qaeda y los propios talibanes han quedado situados “más al centro”. Al ser vistos como más moderados, han conseguido pactar más fácilmente con todos los decepcionados con el sistema político afgano derrotado. Ahora que han llegado al poder deberán demostrar que no son los que gobernaron entre 1996 y 2001. Sabemos que su voluntad de pactar con interpretaciones islámicas más moderadas a las suyas tenía como objetivo principal expulsar a los occidentales del país, pero ahora está por ver de qué manera tolerarán las visiones más moderadas de la religión.

  1. Clave internacional

No cabe duda de que la intervención internacional ha sido también decisiva en este conflicto. Los grandes imperios modernos que la han intentado dominar, han fracasado: el colonialismo británico del s. XIX, la invasión soviética (1979 al 1989) y ahora el dominio de Estados Unidos (2001-2021). La voluntad de este último de evitar la expansión soviética por Asia armó a los talibanes, y permitió la creación de al-Qaeda. La ideología islámica radical de unos se unió al dinero y armas de los otros: los combatientes contra los soviéticos iban a volverse ahora contra Occidente. El resto, lo conocemos: atentados del 11-S (2001) e invasión norteamericana para deponer a los talibanes que se negaron a entregar a Bin Laden.

Pakistán tiene una larga frontera común con Afganistán, precisamente en las zonas de dominio pastún. De hecho, un 15% de los pakistaníes son de esta etnia, lo que hace de Pakistán un interesado y un aliado del movimiento talibán, de mayoría pastún. Este acercamiento, contradice la tradición pakistaní de alianza con Estados Unidos. De hecho, una encuesta de 2012 en el país por Pew Research Center hizo patente la animadversión de este país por Estados Unidos: un 74% lo consideraban un enemigo, por estar utilizando su país para atacar a los talibanes. Estos, además, ayudan a Pakistán a mantener una posición de fuerza en Cachemira, la región de la India de mayoría musulmana que reclama Pakistán. Por ello, la India se ha significado contra los talibanes ayudando al gobierno afgano depuesto. Estados Unidos, por su parte, está escogiendo a la India como gran aliado regional frente a las ambigüedades de Pakistán.

Irán, está por una parte, interesada en la expulsión de los Estados Unidos, pero por otra parte defiende a la minoría chiíta, busca impedir la propagación del salafismo saudí entre los talibanes y está interesada en la estabilidad del país por la entrada masiva de refugiados afganos en Irán. Ya cuenta con un millón de ellos. Busca, pues, un imposible: expulsar a Estados Unidos y evitar la influencia saudí de los talibanes al mismo tiempo. De hecho, los únicos tres países que reconocieron al gobierno talibán antes de la invasión americana fueron Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Pakistán. Por otra parte, los talibanes han creado en Qatar su centro de negociación política.

Turquía se alza como mediador entre los talibanes y el mundo occidental al pertenecer a la OTAN y haberse quedado para proteger el aeropuerto. Vuelve a ser además esencial para evitar la entrada masiva de nuevos refugiados de esta región en Europa. Jugando un papel clave en Afganistán y Pakistán, Erdogan puede hacerse perdonar el alejamiento de la OTAN y de Occidente de estos últimos años.

Finalmente, tenemos un nuevo actor que se mantiene discreto: China. Desde hace unos meses ya daba por descontada la victoria talibán, y ya ha mantenido algunas negociaciones. La retirada estadounidense le permite explorar una cooperación para beneficiarse de la extracción de las tierras raras presente en el país y del gas que produce. China proyecta extender su dominio económico hacia Asia sin inmiscuirse en las políticas contrarias a los Derechos Humanos de estos países. Sin embargo, China vigila muy de cerca la posible defensa, por parte de los talibanes, de la minoría musulmana uigur.

En resumen, el panorama futuro es el deslizamiento del país desde el dominio occidental de la OTAN a una influencia de los países enfrentados a Estados Unidos: China, Irán y Rusia. Pakistán y Arabia Saudí reconocerán inmediatamente al nuevo gobierno, y Turquía se ofrecerá de mediador.

El bloque occidental abandona Afganistán después de haber constatado su completo fracaso. La caída inmediata del sistema tras la retirada es la prueba más clara de ello. El gasto militar español después de los 10 primeros años de guerra ya sumaba 3000 millones de euros. Ahora, después de veinte años, Estados Unidos ha dilapidado 1000 millones de dólares de manera directa que llegan a 2 trillones contando todas las partidas. ¿Cuántas cosas podrían haberse hecho en favor de los afganos con ese dinero?

[Imagen de David Mark en Pixabay]

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Jesuita. Profesor de teología y religiones en la Facultad de Teología de Granada (Universidad Loyola). Licenciado en filosofía por la UB. Licenciado en Teología por el Centro Sèvres de París. Doctorado en Estudios Islámicos por el EPHE (Sorbona de París) con una tesis sobre el místico sufí Ibn ´Arabî. Ha publicado con Cristianisme i Justícia Fundamentalismo (cuaderno 77, mayo 1997), Vidas Itinerantes (cuaderno 151, diciembre 2007), e Islam, la media luna…creciente (cuaderno 197, enero 2016).
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