Al terminar la final de la Copa de la Reina de fútbol, una de las futbolistas del Barça fue entrevistada por una periodista sobre cómo había llegado la victoria, y respondió, entre otras cosas, «nos lo merecíamos». Afirmación apasionada y comprensible, pero… ¿justa? ¿Cómo se puede saber si se la merecían más las jugadoras del Barça que las del Levante?

En este sentido, he leído con mucho interés el libro de Michael Sandel, La tiranía del mérito. Sandel, profesor de ética y política en la Universidad de Harvard, explica que muchos de los que votan a Donald Trump en EE.UU. son ciudadanos blancos sin un título universitario, que han perdido su empleo o han reducido sus salarios debido a la competencia que empresas globales han hecho a las empresas estadounidenses en que trabajaban. Pero además de haber perdido riqueza, se  han sentido humillados como perdedores de la globalización.

En efecto, los profesionales con títulos universitarios, que han conseguido ganar salarios y riqueza con la economía global, han humillado a estos perdedores repitiéndoles que son responsables de su fracaso en el mercado laboral. Que se han de esforzar por «reinventarse» y «formarse mejor»… Sandel opina que, en realidad, son la economía y la sociedad estadounidenses las que deben reinventarse: a fin de permitir una vida económicamente viable y un reconocimiento a todo ciudadano, independientemente de si sube o baja en la escala social. Es esencial que se valoren socialmente los trabajos que hacen los no universitarios: al fin y al cabo, un maestro de escuela o un trabajador sanitario contribuye más al bien común que un gran empresario de casinos de juego.

En todo caso, la razón, que dan los ganadores (profesionales con títulos universitarios) para justificar sus salarios y su desprecio, es que ellos han llegado arriba por méritos propios. Sin embargo, Sandel constata que los sistemas de acceso a las universidades de élite de EE.UU. se hacen muchas trampas que distorsionan el mérito. Además, afirma que el mérito es un espejismo, un autoengaño, una distorsión de la realidad. De hecho, quienes defienden que tienen una posición económica y social por su propio mérito

  1. subestiman su talento natural y todo lo que su familia les ha dado para que desarrollen este talento;
  2. y sobrevaloran el esfuerzo personal que han hecho: gente que se esfuerza tanto o más que ellos llega a ganar menos dinero. (¡Tal vez las jugadoras del Levante corrieron más que las del Barça!)

Por otra parte, Sandel constata que los que confían en el (propio) mérito, son gente que vive estresada por seguir siendo reconocidos y seguir subiendo en la sociedad. Son ganadores heridos que hieren a los perdedores responsabilizándolos de ser perdedores.

El mérito es, pues, un espejismo, un autoengaño que me hiere y hiere a los demás. Una tiranía que se combate con gratitud y humildad.

¿Cómo podemos dejar de engañarnos desplegando humildad y gratitud?

De entrada, debo valorar bien mi talento natural: lo que he recibido de la familia, y lo que he recibido del país donde he nacido (¿qué sería yo, si hubiera nacido con grandes talentos en la familia más pobre del país más pobre del mundo?). No tengo ningún mérito por haberlo recibido.

Incluso el carácter que tengo, y que me ha permitido esforzarme, lo he forjado gracias a la contribución de mis padres, maestros, monitores/monitoras, hermanos u otros referentes que me han motivado.

Finalmente, hay mucha parte de azar que explica los éxitos de los «ganadores de la sociedad». Sandel pone el ejemplo de un jugador exitoso de baloncesto la NBA: si por azar hubiera nacido en el siglo XVI, sus habilidades y sus esfuerzos de jugador baloncesto no le habrían servido para enriquecerse y tener reconocimiento social como ganador.

Y si la realidad es esta, entonces tengo que vivir la vida con una profunda y radical gratitud; hacer florecer mis talentos; trabajar para que todos puedan hacer florecer los suyos; y poner los frutos de mis talentos al servicio de aquellos y aquellas que han tenido menos suerte que yo.

En cuanto a mi relación con los demás, mejor suprimir toda referencia al mérito. En cambio, es bueno admirar la grandeza de las acciones de cualquier persona que procura hacer bien las cosas en unas circunstancias de talento, carácter y azar, que son siempre únicas y, por tanto, incomparables.

[Imagen de PDPics en Pixabay]

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Jesuita. Doctor en Economía (UB). Licenciado en Teología (FTC). Profesor de Análisis Social, Ética y Religiones del Mundo en ESADE. Miembro de Cristianisme i Justícia. Patrono de la Fundación IQS y miembro del Consejo Superior de la Universidad de Comillas. Estudia sobre valores y educación superior, en particular desde la tradición jesuita. Colabora regularmente en la web www.pregaria.cat (apartado Prega/Al cor del món).
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