El Código de Derecho Canónico determina que los fines del matrimonio canónico (que no dice cristiano) son «el bien de los cónyuges y la procreación y educación de la prole». Lo dice con ese lenguaje leguleyo, antiguo y aséptico que hace del matrimonio un mero contrato, donde cada una de las partes se obliga a cumplir lo pactado. El problema central del derecho matrimonial canónico está en el consentimiento, pues de su libertad depende que el contrato tenga validez. Lo que importa es la validez del matrimonio, pues de ahí se deriva su perpetuidad. Un matrimonio constituido válidamente, sin impedimentos, es un matrimonio perpetuo, indisoluble. Por eso, el canon 1096  § 1., dice  «Para que pueda haber consentimiento matrimonial, es necesario que los contrayentes no ignoren al menos que el matrimonio es un consorcio permanente entre un varón y una mujer, ordenado a la procreación de la prole mediante una cierta cooperación sexual». La literalidad del texto no exige que los contrayentes tengan un conocimiento suficiente de las obligaciones del contrato; basta con que no las «ignoren». Si fuese necesario un conocimiento profundo de las obligaciones, probablemente no habría matrimonios válidos.

Lo que más preocupa es que el amor no tiene ninguna función en el matrimonio canónico. No está presente en el consentimiento, ni lo está en los fines del matrimonio; no juega ningún papel. El sexo sí que lo juega, pues para asegurar la procreación se hace imprescindible «cierta cooperación sexual». Esta expresión es poco afortunada, pues se trata de una traducción del latín, que en todas las lenguas romances ha dado la misma expresión, no así en alemán, donde el significado es la procreación por medio de la actividad sexual (genital) compartida. La edición alemana clarifica el asunto, pues el consentimiento matrimonial implica asumir la genitalidad para lograr la procreación. Es decir, el fin del matrimonio está determinado por la procreación, para ello es imprescindible el acto sexual de un varón y una mujer que practican el coito, lo que implica penetración vaginal y eyaculación, de ahí que «la impotencia antecedente y perpetua» haga nulo el matrimonio.

Como se ve, la Iglesia sigue atascada en problemáticas que poco o nada tienen que ver con el mundo de hoy ni con la verdadera esencia del cristianismo. El matrimonio cristiano debería estar orientado a la construcción del Reino de Dios, lo que implicaría un proyecto común donde el amor de los contrayentes fuera la piedra angular para sostener una realidad que haga real en el Tierra el proyecto de amor de Dios para la humanidad. El matrimonio cristiano visibiliza de forma palpable la nueva forma de relaciones humanas que supone el cristianismo, donde ya no hay diferencias de raza, cultura o género, porque todos y todas estamos unidos en un mismo proyecto de amor. El matrimonio cristiano es la expresión contundente de este proyecto, que implica la creación de un mundo más humano donde se tiene la capacidad de crear hijos por el amor, aún sin la capacidad biológica para procrearlos. Es el amor y no la procreación, el fin último del matrimonio cristiano. Cuantos aman pueden constituir una familia cristiana.

[Imagen de Free-Photos en Pixabay]

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Doctor en filosofía (Universidad de Murcia) y Teología (Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia). Profesor Ordinario de Teología en el Instituto Teológico de Murcia OFM. Desde 2010 coordina el Máster Universitario en Teología (On line) en la Universidad de Murcia y dirige la Línea de Investigación en Teología en el Programa de Doctorado en Artes y Humanidades de dicha Universidad. Trabaja en dos líneas de investigación: una sobre la relación del cristianismo con la sociedad posmoderna y la otra sobre el Jesús histórico y el cristianismo primitivo. Dirige la revista del Instituto Teológico de Murcia, Carthaginensia. Su último libro: La revolución de Jesús. El proyecto del Reino de Dios (PPC, Madrid, 2018).
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