En el festival de incertidumbre pandémica en que vivimos[1], la complejidad y perplejidad pueden paralizar la capacidad crítica para analizar y actuar. Ciertamente, la gran transformación está atravesada por muchos vectores y el cambio climático es una de sus manifestaciones más evidentes junto con las pandemias y enfermedades, la explosión de las desigualdades de todo tipo, las guerras y violencia, que provocan migraciones masivas y el exilio de refugiados.

Observamos como valores morales y culturales vinculados históricamente a la libertad, la igualdad y la fraternidad para construir sociedades decentes y cohesionadas están en riesgo de desintegración. Parece que el pasado de solidaridad y luchas de los pueblos para la emancipación y soberanía plena están perdiendo el poder de conmover las conciencias. Se constatan las dificultades de la política democrática ante grandes oligopolios económicos. Sin embargo, la historia siempre es maestra de la vida. ¿Qué estamos aprendiendo? Las alternativas necesarias avanzan hacia un metabolismo más sencillo entre la especie humana y el medio natural, con menos consumo de recursos naturales, con energías limpias y renovables, con minimización de los residuos y respeto por los ecosistemas.

Un arte de vivir basado en la sobriedad feliz, la equidad y cooperación fraterna

El discurso sobre los valores a menudo parece una discusión de «Babel» llena de confusión. Sería mejor anteponer la metáfora del caleidoscopio: reconocer que depende de los acentos filosóficos, enfoques ideológicos y marcos mentales de quien los hace, que se prioricen unos valores sobre otros. En primer lugar, hay que alertar de que la cultura hegemónica del capitalismo se está apropiando del lenguaje emancipador y sabe interceptar los conceptos, valores significativos de las clases populares y trabajadoras con su imaginario simbólico. La exaltación de las pantallas y la nueva teocracia tecnológica prioriza la «transformación digital» a la transformación «social». Quieren arramblar los valores éticos y los derechos humanos como si fuera una obsolescencia programada por las nuevas oligarquías del feudalismo tecnológico. La digitalización avanza al mismo ritmo que la estupiditización masiva e instrumentalización banal de las redes sociales endogámicas…, sin criterios para el discernimiento ni concienciación para filtrar el exceso de «sobreinformación deformante». Todas las tiranías, incluyendo las tecnocráticas y posmodernas, buscan incentivar la ignorancia, manipular la información y tergiversar la realidad. Porque no hay dominio económico, social ni político si antes no se consigue la hegemonía ideológica y cultural que domina las conciencias y coloniza pensamientos y valores.

Cultura de los valores como fundamentos de una sociedad decente

Valores fundamentados en una ética de la dignidad y el respeto. Valores que formen las actitudes y las opciones de vida a partir del sentido de la medida y el respeto hacia la naturaleza y las demás personas que combatan toda forma de discriminación. Sin simplicidad voluntaria, equidad, ni sobriedad, no habrá futuro. Ahora vivimos la exaltación del dinero y el poder como dominio: la idolatría del consumismo, pero también sabemos que parte del camino es saber vivirlo con intensidad y serenidad. Siempre es más interesante disfrutar con moderación y sabiduría de todo lo que acontece durante el recorrido antes que de la llegada. Generosidad y ternura acompañan una actitud de sobriedad y un estilo de vida basado en la cooperación y simplicidad elegida… Encontraremos pena y sufrimiento, pero el dolor que nos apega a la tierra pertenece a la vida y nos enseña que la regla básica de la sabiduría consiste en saber vivir con poco, con un estilo de cooperación y alteridad solidaria que nos ayuda a reducir las necesidades y no a aspirar a tener más cosas y más codicia para satisfacerlas en equidad… Necesitamos más que nunca hacer una reivindicación y elogio de la sobriedad, que únicamente puede ser alegre e igualitaria cuando está íntimamente vinculada a la espiritualidad y la solidaridad, evitando discriminaciones de todo tipo. Hay que mencionar la función catalizadora que tienen los feminismos en el debate sobre los valores para una vida nueva. Tal y como estudia Pepa Torres[2], los feminismos son un movimiento de justicia social con las mujeres que cuestionan el patriarcado, que es el sistema mental y estructural causa de toda forma de violencia, empobrecimiento y subalternidad de las mujeres por el simple hecho de ser mujeres.

¿Adaptación o metamorfosis?

Cuando la democracia queda interceptada y manipulada por los poderes económicos y el totalitarismo del mercado, se produce una gran transformación de consecuencias colosales[3]. Las oligarquías financieras y empresariales engullen el sistema de partidos políticos a través de la desnaturalización y la manipulación, y desplazan a las periferias del sistema la voluntad de las grandes mayorías, que quedan huérfanas de representación y de mecanismos para intervenir en las decisiones o para regular los cambios necesarios. Estamos en medio de un grave conflicto de poder y de legitimidades entre los oligopolios de la globalización depredadora y la democracia real, porque se han apropiado de los imaginarios simbólicos y de los valores históricamente motores de emancipación y liberación de las clases oprimidas.

Cuando somos capaces de interpretar críticamente nuestra historia y asumir el pasado, también le damos un sentido y de este modo innovamos y nos proyectamos.

La ética solidaria y la fraternidad cooperativa se fundamentan en valores esenciales generadores de energía que hay que ejercitar y poner en práctica. Porque todo proyecto de regeneración socioeconómica y ecológica es promesa que se da en el futuro, pero depende de la praxis en nuestro inquietante hoy lleno de incertidumbres.

La formación de la conciencia de los seres humanos depende de nuestros valores y nuestra capacidad de comprender la realidad social en que vivimos, y ésta se encuentra condicionada por una información masiva y acrítica que recibimos a través de los medios de comunicación de masas, de los centros creadores de opinión y del modelo dominante de saberes. Todos ellos difunden una visión conformista de la realidad y el orden de las cosas tal como convienen a los intereses de sus amos. La interpretación de los hechos está mediatizada por tantos factores, que a veces bloquea el pensamiento y la imaginación, y entonces acabamos reproduciendo los mismos modelos sin transformar nada sustantivo.

Si los mercados financieros, erigidos en nuevos dioses a los que idolatramos, sólo conocen la inmoralidad del enriquecimiento sin límite, ¿qué otras éticas y valores podemos anteponer en el proceso de construcción de una sociedad decente?

En la hegemonía cultural domina la competitividad como principio rector de la vida, la inseguridad y el miedo como ideología máxima y el «sálvese quien pueda» como única opción de futuro.

Una apuesta por los valores matrices

Pensamos que estos cuatro son la condición de posibilidad y la trama de la solidaridad y la cooperación que ya es compartida por las utopías -los buenos lugares donde se experimentan innovaciones sociales asentadas en los valores y los derechos humanos- y las praxis de esperanza, desarrolladas en el mundo por las múltiples iniciativas de los feminismos, soberanía alimentaria y economía solidaria, que en sus vínculos e intercambios muestran un espacio de fértil creatividad e innovación social.

Sabemos que la cooperación es el motor de evolución de la humanidad y lo que ha permitido a los seres vivos avanzar en la historia. Los valores se generan y arraigan en la cultura, palabra latina que significa «cultivo, trabajo, tarea o beneficio de la tierra»… Sin cuidado amoroso de la tierra-cultura, no florecerán los valores. Es una necesidad de los humanos y también su creación más importante. Los valores culturales y la conciencia de clase son imprescindibles para tener un sentido de la vida, es decir, una orientación y significado que la haga digna.

Urge re-aprender y actualizar los valores éticos de la humanidad construidos a lo largo de siglos y custodiados por la sabiduría perenne que todos los pueblos han preservado como un tesoro… En esta larga marcha de la humanidad por la emancipación de todas las opresiones, hay que prestar una atención especial a la vigencia de la tríada de valores republicanos impulsores de la Revolución Francesa de 1789 y sueño para muchas luchas: libertad, Igualdad y Fraternidad como máxima responsabilidad y deber ético. Este anhelo de justicia y equidad ha sido plasmado en el Derecho gracias a la acción política democrática. A lo largo de la historia ninguna transformación del metabolismo social de la especie humana ha sido sólo tecnológica. Comporta cambios sociales, políticos económicos, pero también espirituales, éticos y culturales que se expresan en valores.

Somos responsables en la construcción de fraternidad y solidaridad. Somos «militantes antifatalistas» con capacidad de implicarnos y comprometernos en la mejora de las condiciones de vida, trabajo y educación de las personas y colectivos de nuestro entorno, impulsando y fortaleciendo iniciativas impulsadas por los nuevos valores. Por eso necesitamos desmitificar haciendo una lectura crítica de la historia[4], para verla no como un relato de progreso continuado propio del optimismo tecnológico, sino reconociendo que experimentamos hoy en día un periodo de regresión totalitario que es a la vez bárbaro y sutil, porque desmantela valores cooperativos, estructuras solidarias y abole derechos humanos a través de formas de explotación consentidas.

***

[1] Morin, Edgar, Tracts de crise nº 54,  Ed. Gallimard, 21 abril 2020.

[2] Pepa Torres, Teología en las periferias. De amor político y cuidados en tiempos de incertidumbre. Ed. San Pablo.2020. pepatorresperezblog.blogspot.com

[3] Josep Fontana, El futuro es un país extraño. Ed. PasadoPresente, 2012.

[4] Tony Judt, Algo va mal.  Ed. Taurus 2010.

[Imagen de Ashutosh Goyal en Pixabay]

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Maestro, educador y emprendedor social, es cofundador del Equipo PROMOCIONES, Red de Conocimientos y Servicios Avanzados para el Desarrollo, organización de economía social y solidaria pionera en el campo del desarrollo local, la creación de empleo y empresas, la formación y la inserción profesional. Es presidente de la Asociación para la Promoción de Iniciativas Sociales y Económicas (APRISE) y asesor de educación y empleo de diversas instituciones públicas y privadas.
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