Desde que se identificó el virus de la COVID-19 y se empezaron a sufrir sus perniciosos efectos a lo largo y ancho del mundo, un objetivo prioritario fue el desarrollo de vacunas que pudieran atajarlo. Como nunca antes, las naciones más avanzadas científicamente emprendieron una carrera contra reloj para lograr el tan ansiado remedio. La cooperación público-privada en investigación, espoleada por la premura debido al número creciente de muertes y la paralización de la economía, logró en aproximadamente un año lo que habitualmente se tarda casi un decenio.

En buena parte de los países de nuestro entorno, ni la generación actual ni la precedente han experimentado en vida una guerra en propio suelo. Salvando las distancias, que son considerables puesto que en un conflicto bélico se despiertan los peores instintos guiados por el odio y la destrucción, la COVID-19 ha sido lo que más se ha aproximado a ella. Como en numerosas contiendas, al principio nadie creía que iba a durar tanto, fuera tan letal o que adquiriera una magnitud global.

En primer lugar, cabe subrayar el cambio drástico del ritmo cotidiano con el confinamiento inicial y las restricciones posteriores que han alterado prácticamente la totalidad de órdenes de la existencia: las mismas familias, la organización laboral y los centros de trabajo, la educación, el transporte, la atención sanitaria, las alternativas de ocio y cultura, las actividades de culto y pastorales, los sepelios con miles de personas que no han podido ser acompañadas por los seres queridos en sus últimos días. Los medios de comunicación no han parado de martillearnos con el parte de bajas y la evolución de la pandemia, jornada tras otra. La política, como no puede ser de otro modo, se ha visto condicionada por la COVID como el propio devenir humano.

En segundo lugar, incluso en el occidente rico, de manera imprevisible, al comienzo escaseó lo básico para luchar contra el coronavirus: mascarillas, equipos de protección individuales, sin mencionar instrumental de diagnóstico o respiradores ya más sofisticados. Y los servicios médicos al borde del colapso y con personal agotado física y psicológicamente. Afortunadamente, la logística alimentaria y de servicios esenciales no ha fallado.

Y ante ello, no existe un manual infalible de instrucciones que indique el mejor camino a prescribir por las autoridades. Han tenido que ir aprendiendo sobre la marcha y frecuentemente, a base de prueba y error. Como en una guerra, se han aplicado dos tipos de estrategia: las basadas en los recursos tecnológicos y aquellas fundamentadas sobre la dirección de las personas. Se ha intentado la óptima combinación de ambas, con éxito relativo, según las circunstancias. Las primeras se basan en los medios técnicos y asistenciales, o en la capacidad financiera para compensar a los parados e inyectar liquidez en la economía. Las segundas enfatizan la organización social y la disciplina, autoresponsable o impuesta en distintos grados, para combatir al «enemigo» en forma de virus.

Como en cualquier conflicto, quienes se llevan la peor parte son los más vulnerables, cuyo número aumenta, así como sus carencias. Consecuentemente, las diferencias sociales se agrandan. En varias ciudades parece constatarse una incidencia de los efectos sanitarios y colaterales de la pandemia inversamente proporcional al nivel de renta de cada barrio, entre otros factores.

El coronavirus ha venido a corroborar aquella antigua máxima de divide y vencerás, lo que da ventaja al adversario, aquí microscópico e invisible, pero devastador. Pese a los llamamientos a la concertación de una Organización Mundial de la Salud más propositiva que ejecutiva, muchos optaron por el sálvense quien pueda, tanto a nivel doméstico como internacional.

Con las vacunas se creyó que una vez alcanzado su desarrollo por varios laboratorios, la solución final estaba cerca. No se contó con que su producción a gran escala fuera un reto mayúsculo, por no decir su distribución en condiciones adecuadas e inoculación en millones de ciudadanos. También la negociación entre los gobiernos que las gestionan y las multinacionales que las producen ha sido compleja.

Como en cualquier conflagración, ha faltado transparencia y hay todo tipo de intereses, unos manifiestos, otros latentes y algunos, ocultos. Es cierto que el lanzamiento de una vacuna, como la mayoría de fármacos, requiere de ingentes inversiones. Pero también es lógico pensar y justo esperar que empresas que han firmado contratos multimillonarios y a las que se les asegura de facto un mercado tan vasto, reaccionen con generosidad en un estado de emergencia excepcional. Por ello, varias voces pugnan por una liberalización temporal del uso de las patentes que las protegen. Entre ellas, el papa Fancisco o la OMS. Incluso Joe Biden se ha expresado en términos similares, aunque no se sabe todavía si es un brindis al sol, puesto que hasta hace unas semanas, Estados Unidos apenas exportaba vacunas, a diferencia de la UE. Esta última parece dividida por ahora sobre la cuestión. Por un lado, la exención de los derechos de protección individual de las patentes no es fácil de convenir a corto plazo en la Organización Mundial del Comercio, donde se dirime. Por el otro, no soluciona per se las dificultades de fabricación ya mencionadas. En cualquier caso, en su investigación se han vertido extraordinarios recursos públicos, de los que se han beneficiado las corporaciones farmacéuticas. Y debería garantizarse el acceso de los más pobres en condiciones de igualdad, antes de que sea demasiado tarde. En la segunda quincena de mayo, el director de la OMS denunciaba que el 75 % de todas las vacunas se había administrado en solo 10 países. Como indica el papa, hay que vencer el virus del individualismo.

Se habla de geopolítica de las vacunas. Es sorprendente que países cuya ciudadanía esté poco inoculada como Rusia, las produzcan y exporten notablemente, proyectando así su influencia política sobre otras regiones del planeta. También lo es el supuesto incumplimiento de suministro de algunas marcas conocidas en Europa, en condiciones de opacidad, lo que ha generado desconfianza.

Es de apreciar el esfuerzo de la Comisión Europea para coordinar la adquisición de vacunas. Pero la UE se concibió para construir la paz y no para hacer la guerra. Por eso, en determinadas cuestiones vitales como la gestión de la pandemia, han faltado mecanismos para tomar decisiones firmes y vinculantes con agilidad, sin estar al albur de influencias excesivamente locales o corporativas. Lo mismo ha ocurrido en el seno de distintos Estados miembros, donde se ha echado en falta más coordinación eficaz entre las administraciones, cuyas diferencias han causado no poca confusión y demoras.

Por el momento, la vacunación avanza lenta y desigualmente en función de las zonas del globo. Emulando una frase que se atribuyó al genial Marx (Groucho) aunque no la dijera así, necesitamos más vacunas (y para toda la humanidad), porque es la guerra. No de tanques que se afanan por conquistar un territorio, pero sí de inyectables en su carrera hacia la inmunización colectiva. Como recuerda el secretario general de Naciones Unidas, la respuesta a esta crisis requeriría la lógica y la urgencia de una economía de guerra.

Y en este combate, como en los precedentes, hay multitud de gestos solidarios, acaso heroicos y a menudo silenciosos de millares de mujeres y hombres que han dado lo mejor de sí mismos para socorrer a quien lo ha precisado, asistir calladamente a los sufrientes y acompañar a los afectados. Aunque todavía estemos lejos de la erradicación de la infección, hay luz al final del túnel y motivos de esperanza que se renuevan cada día.

[Imagen de Alexander Gresbek en Pixabay]

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