«Yo trabajo en la República Centroafricana. ¿En Sudáfrica? No, en Centroáfrica. Ah, ¿y dónde está eso?». La respuesta parece tan obvia…, ¿no?, pero no tengo suficientes dedos en las manos para contar cuántas veces he mantenido exactamente este mismo diálogo. Cosas del desconocimiento.

Sí, en efecto, aunque a muchos les pueda sorprender, la República Centroafricana —o RCA, para abreviar— es un país que existe realmente y que, como su nombre indica, se encuentra en el centro del gran continente africano o, mejor dicho, en Beafrica, el corazón de África, que es como los centroafricanos llaman a su país en la lengua nacional local, el sango. Un corazón fastuosamente verde, pues el país forma parte de la cuenca fluvial del río Congo, el segundo pulmón del planeta. La selva se extiende por todo el territorio volviéndose menos densa en el norte, ya en la frontera con el Chad, donde va tomando aromas de Sahel, aún lejos del Sahara.

Con una población actual estimada alrededor de los cinco millones de personas, el país es el penúltimo (188/189) en la clasificación del Índice de Desarrollo Humano (IDH) de 2019 que elabora el PNUD, solo por delante de Níger. Es el último en esperanza de vida al nacer, con 52,8 años. El 75 % de la población está por debajo del umbral de la pobreza. Algunas ciudades importantes del país tuvieron en su época una red eléctrica que dejó de funcionar hace tiempo, víctima seguramente del mal mantenimiento, de la falta de inversión, del vandalismo o de los saqueos.

Según el censo de 2003, las principales religiones de la República Centroafricana son el cristianismo (80,3 %, el 51,4 % del cual está formado por diversos grupos protestantes y el 28,9 %, la Iglesia católica), el islamismo (10,1 %), el animismo (9,6 %).

Un conflicto que viene de lejos

La naturaleza geográfico-administrativa de su nombre nos proporciona pistas sobre su origen. La República Centroafricana es un estado fruto del proceso de descolonización francesa de los años sesenta en África del oeste y central, un estado artificial, sin identidad nacional, que agrupó la gran diversidad de razas, religiones y lenguas que habitaban en ese territorio. Es heredero del territorio francés de Ubangui-Chari: «El (espacio) blanco en el mapa de África, el centro del continente, y cuyos contornos nadie podía trazar», como lo define Jean-Pierre Tuquoi en su libro Ubangui-Chari, el país que nunca existió (2017).

De su pasado precolonial, este inmenso y poco poblado territorio guarda ya recuerdos dolorosos: la esclavitud se practicó durante siglos, sobre todo por los sultanatos árabes de Ouaddaï, Ndélé y Birao establecidos en el norte, que favorecían la caza de hombres expidiendo «permisos de caza» para abastecer con esclavos los mercados de Magreb, Egipto, la península Arábiga e incluso Turquía.

La República Centroáfrica alcanza la independencia el 13 de agosto de 1960. Este periodo se caracteriza esencialmente por la sucesión de presidentes llegados al poder entre motines y golpes de estado. Entre ellos, destaca el pintoresco, aunque sangriento y cruel, “emperador” Bokassa I, quien gobernó entre 1966 y 1979. Los padres de quienes estudian la ESO sin duda recordarán la imagen del autodenominado emperador con su capa de piel de armiño (en pleno trópico), cetro y corona, en pretendida réplica de la ceremonia de coronación de Napoleón.

Françoise Bozizé (2003-2013)

Si hacemos un salto en el tiempo, saltándonos décadas de inestabilidad y conflictos armados, nos situamos en el 15 de marzo de 2003. Después de un golpe de Estado, François Bozizé llega al poder derrocando a Ange-Félix Patassé. Durante su mandato, se agudiza la etnicización del ejército y la administración. Su etnia, los gbaya, y especialmente los miembros de su familia ocupan todos los puestos clave. La corrupción y la opresión sobre las otras etnias se acentúan.

El país es denominado a veces la República de Bangui. La razón se halla en que, desde la independencia, todos los recursos, servicios, negocios… se han ido concentrado siempre en la capital. El olvido general de las provincias es notorio, basta pasear por algunas ciudades medianas para constatar que los edificios administrativos existentes (prefecturas, hospitales, escuelas…) datan del periodo previo a la independencia, con su típica arquitectura colonial en versión rústica. La presidencia de Bozizé no contribuye en absoluto a alterar esta tendencia, más bien al contrario.

Es en estas regiones del remoto norte donde, fruto del abandono y el aislamiento, se empiezan a organizar milicias armadas. La población de estas zonas es de mayoría musulmana y mantiene vínculos económicos y sociales históricos con sus vecinos chadianos y sudaneses, más que con el resto del país. Sus reivindicaciones son políticas y económicas, no religiosas. La respuesta del Estado a estas reivindicaciones únicamente a través de la represión alimenta el apoyo de la población a estas milicias y el enrolamiento de los jóvenes como combatientes.

En agosto de 2012, las milicias más importantes se juntan y crean la seleka (‘alianza’, en sango) bajo el liderazgo de Michel Djotodia. También se incorporan mercenarios chadianos y sudaneses que, terminado el conflicto chadiano-sudanés, han quedado en lo que se podría llamar “paro técnico”. La seleka avanza progresivamente en el control del territorio. En marzo de 2013, tras la conquista de Bangui, toma el control total del país, Bozizé es derrocado y Michel Djotodia accede a la presidencia del Estado.

Michel Djotodia (2013-2014)

Uno de los efectos inmediatos de la llegada de la seleka a Bangui es la desaparición de las Fuerzas Armadas Centroafricanas, las FACA. De un día para otro, el ejército nacional se disuelve. Un importante número de sus miembros se integran en los grupos denominados antibalaka. Estos tienen su origen mayoritariamente en grupos locales de autodefensa, mal armados y poco organizados, por lo general surgidos como pequeñas milicias de campesinos para protegerse de los grupos de pastores de etnia peul, que cada año llegan con sus rebaños durante el periodo de la trashumancia. Los rebaños de los nómadas a menudo desbordan los espacios abiertos, entrando en los campos y destruyendo las cosechas. La incorporación de los elementos de las FACA con sus armas aumenta la capacidad de estos grupos antibalaka, pero no consigue integrarlos en una milicia unida con capacidad operacional real.

Con la llegada al poder del presidente Michel Djotodia, las milicias seleka se entregan a la predación más absoluta de la capital y de las grandes ciudades del oeste: los robos de coches o de motos, los secuestros, las extorsiones… se convierten en moneda habitual. Si bien al principio se ceban únicamente con las comunidades cristianas, pronto se percatan de que los grandes comerciantes, principalmente de religión musulmana y que se concentran en el barrio de PK5 de Bangui, son los que tienen mayores recursos, por lo que pasan a ser también víctimas de todos estos abusos. Estos alcanzan tal dimensión que la comunidad internacional reacciona y presiona a Michel Djotodia para que ponga fin a esta situación. En respuesta a estas presiones, Djotodia decide disolver la seleka e intentar poner orden, sin conseguirlo. La tensión y el odio se acumulan entre la población contra los llamados, desde entonces, grupos exseleka que son identificados como milicias musulmanas.

La venganza de los grupos antibalaka llega el 5 de diciembre de 2013. Antiguos miembros de la guardia presidencial de Bozizé junto con antiguos miembros de las FACA de la mano de ciertos líderes antibalaka consiguen agrupar de forma temporal un contingente de unos mil elementos que ataca Bangui para echar a los exseleka y deponer al presidente Michel Djotodia. La carnicería alcanza tintes dantescos en las calles de la capital: cuerpos dentro de neumáticos ardiendo, personas colgadas de los árboles, cuerpos —o solo las cabezas— lanzados a los pozos para impedir que sean utilizados de nuevo… El contingente francés desplegado en la RCA, la fuerza Sangaris, no consigue frenar el caos desatado. La población huye presa del pánico y se refugia en grandes concesiones como parroquias, seminarios, mezquitas o la mayor de ellas: el mismo aeropuerto de Bangui. Solo en esta ciudad, cuatrocientas mil personas abandonan sus hogares en pocos días; cien mil de ellas se dirigen al aeropuerto, un espacio protegido por las tropas francesas.

Los días siguientes a la toma de la capital por los antibalaka, en Bangui y en el oeste del país se desarrolla una caza de hombres con el objetivo de masacrar la población musulmana considerada culpable de todo el sufrimiento causado por los seleka. Una mayoría huye y se refugia en el vecino Camerún, mientras otros se atrincheran en determinados territorios que se convierten en guetos completamente aislados y protegidos por milicias locales en general bien armadas. El mayor de ellos es el barrio de PK5 de Bangui, incrustado en el centro de la ciudad, defendido por diversos grupos de autodefensa que, con el tiempo, se convertirán en mafias de extorsión a la propia población.

La ascensión al poder de la seleka y su posterior caída constituyen el golpe de gracia del derrumbamiento lento pero inexorable del Estado centroafricano, sumergiéndolo en una crisis sin precedentes de una duración que se anuncia larga. De hecho, nunca desde la independencia la República Centroafricana había experimentado una oleada de violencia colectiva semejante. La lógica de los motines y golpes de estado poco o totalmente incruentos o de luchas entre grupos armados se sustituye por un ambiente de guerra civil caracterizado por la desaparición total de las estructuras del Estado, una economía de supervivencia y un conflicto intercomunitario con connotaciones religiosas que ha dividido de facto al país en dos.

Las imágenes de las matanzas de Bangui se hacen virales y atraen la atención del público mundial, pero solo durante unos pocos días: pronto caen en el olvido. Derrocado Michel Djotodia, la comunidad internacional presiona para un diálogo nacional que en enero de 2014 se concretiza en un gobierno de transición bajo la presidencia de Catherine Samba-Panza, antigua alcaldesa de Bangui, con el mandato de organizar unas elecciones democráticas antes de finales de 2015.

Catherine Samba-Panza (2014-2015)

Cuando Catherine Samba-Panza llega al poder en medio del marasmo general, el gobierno apenas controla un veinte por ciento del territorio, circunscrito mayoritariamente al entorno de Bangui. Incluso en el centro de la capital, el barrio musulmán de PK5 escapa a dicho control. Desaparecidas las fuerzas nacionales, ese dominio relativo se realiza esencialmente gracias a las fuerzas francesas de la operación Sangaris. A partir del 10 de abril de ese mismo año 2014, progresivamente se irán añadiendo a esas fuerzas los contingentes de la misión multidimensional integrada de las Naciones Unidas para la estabilización de Centroáfrica (MINUSCA), formados por unos doce mil elementos entre civiles y militares. Los contingentes militares de los diferentes países participantes en la operación de paz se irán desplegando en las grandes ciudades del país sin que ello implique realmente un dominio territorial superior.

La mayor parte del país queda, de este modo, bajo el control de una pléyade de grupos armados, entre exseleka y antibalaka, que aprenderán a convivir con la presencia de los cascos azules instalados en sus zonas, quienes no podrán —o no querrán— impedir los combates entre las diferentes milicias que tendrán como víctima final la población civil. Los enfrentamientos se irán sucediendo en los años siguientes en todas sus posibilidades: antibalakas contra antibalakas, selekas contra antibalakas, selekas contra selekas. La imprevisibilidad es total y las razones de estos conflictos son de lo más diversas: conflicto étnico, control de minas, simples incidentes que degeneran en violencia, robos, extorsiones, pillajes…

Muchas ciudades o barrios serán totalmente abandonados por sus moradores, quienes irán a instalarse en familias de acogida, en sitios de desplazados al lado de los campamentos de la MINUSCA, o partirán a los países vecinos como refugiados, sobre todo al Chad, a la República Democrática del Congo y a Camerún. Las cifras de desplazados irán aumentando hasta sobrepasar los 1,2 millones de personas, lo que significa que más del veinte por ciento de la población se ha visto obligada a abandonar su hogar. Las necesidades devienen ingentes: acceso al agua, letrinas, alimentos o alojamiento…, pero ni los fondos para financiar la respuesta humanitaria ni las Agencias ni las ONG internacionales tendrán la capacidad suficiente para ponerla en marcha a la escala requerida, centrándose en cubrir únicamente las necesidades más graves.

Al acercarse el plazo límite para celebrar las elecciones que deben poner fin al gobierno de transición, la violencia se desata de nuevo en el corazón de Bangui a finales de septiembre y, otra vez, a finales de octubre de 2015. Los combates entre las milicias musulmanas del barrio de PK5 y los antibalaka de los barrios que lo rodean provocan un nuevo flujo de desplazados y la destrucción total de esos barrios circundantes. El PK5 queda rodeado por un anillo de desolación que aísla todavía más a la población musulmana de la capital, una zona tampón vaciada de todos sus habitantes en la que la selva recupera su territorio.

Las elecciones, que se convocan in extremis para el 30 de diciembre, corren serio riesgo de anularse. Muchas voces cuestionan su pertinencia en un momento de tamaña inseguridad, pero un suceso inesperado provoca un cambio total de paradigma: el papa Francisco decide mantener la visita a la República Centroafricana que tenía planificada para el 29 y el 30 de noviembre. La visita, fuertemente desaconsejada por las fuerzas francesas responsables de su seguridad, incluye una misa multitudinaria en el estadio y una visita a la mezquita central de Bangui en el emplazamiento de PK5 y la apertura de la Puerta Santa en la catedral de Bangui, que abre el Año Jubilar de la Misericordia.

La visita del Papa resulta un gran éxito celebrado por todas las confesiones y creencias, y trae consigo una atmósfera de reconciliación que impregna todo el proceso electoral, permitiendo que las dos vueltas de las elecciones presidenciales y parlamentarias (30 de diciembre de 2015 y 14 de febrero de 2016) transcurran con total tranquilidad.

Faustin-Archange Toudéra (2016-…)

Faustin-Archange Touadéra, profesor de universidad y antiguo primer ministro de Bozizé, resulta elegido en segunda vuelta con el 62,7 % de los votos. A pesar de pequeñas irregularidades, el proceso es considerado transparente y la victoria es reconocida por sus oponentes. Touadéra toma posesión del cargo el 30 de marzo de 2016 y empieza así un periodo de relativa calma que se romperá el mes de octubre cuando las luchas entre los grupos armados se retomarán en la zona este y volverán a desestabilizar el país.

Tras varios intentos, nada menos que ocho desde 2012, el 6 de febrero de 2019 se firma el Acuerdo Político para la Paz y la Reconciliación en RCA (APPR-RCA), también conocido como acuerdo de Jartum entre el Gobierno de la RCA y catorce de los principales grupos armados del país, bajo los auspicios de la Unión Africana y el apoyo de las Naciones Unidas. La sociedad civil centroafricana fue dejada completamente de lado durante todo este proceso. Detrás del acuerdo de paz se encuentra el impulso de Rusia, que empezó a ocupar el espacio dejado por Francia tras la salida de la operación militar Sangaris, que tuvo lugar en octubre de 2016.

El acercamiento entre Rusia y el gobierno de Touadéra se visibiliza por primera vez en 2017 tras una entrega de armas de Rusia al ejército centroafricano y el apoyo de los famosos instructores rusos, autorizados por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, destinados a reforzar las capacidades del ejército centroafricano. En realidad, estos instructores son mercenarios de la famosa Brigada Wagner del magnate ruso Evgeny Prigogine, cercano a Vladímir Putin, que, entre otras cosas, formarán la nueva guardia pretoriana del presidente junto con elementos ruandeses de la MINUSCA. También aparece en escena Valery Zakharov, nuevo asesor de seguridad del presidente centroafricano y antiguo oficial de la inteligencia militar rusa. Esta presencia rusa no será del agrado de Francia, que se alejará gradualmente de Touadéra y de su antigua colonia.

Los grupos armados seguirán con sus prácticas de predación incluso después de firmar el acuerdo de paz. Son prácticas habituales imponer peajes en las rutas comerciales, ya sea a los camiones de paso como a los pobres campesinos que se acercan a la ciudad el día de mercado; explotar las minas de oro y diamantes abundantes en ciertas zonas del país; firmar acuerdos de «protección» a las explotaciones madereras, a los comerciantes o a los ganaderos trashumantes; las «tasas» en la administración de justicia. A pesar de periodos de calma relativa, las luchas fratricidas entre grupos arrasaron Birao en septiembre de 2019 y Ndélé en marzo de 2020.

Actualidad

El fin de 2020 trajo un nuevo ciclo electoral. Las elecciones se convocaron para el 27 de diciembre en primera ronda. Entre las candidaturas, destacaron la del presidente en ejercicio Touadéra y la del antiguo presidente Bozizé. La candidatura de este último fue rechazada por la Corte Constitucional al estar bajo una orden de detención internacional emitida por el Gobierno centroafricano en 2013. Las consecuencias de este rechazo fueron funestas.

Bozizé consiguió tejer alianzas con algunos de los mayores grupos rebeldes (AB, MPC, 3R, FPRC, UPC) y el 18 de diciembre, en los acuerdos conocidos como de Kamba Kota, se crea la Coalición de los Patriotas por el Cambio (CPC). Se trata de una unión contra natura que aúna tanto a grupos antibalaka como exseleka con el objetivo último de impedir las elecciones y la más que probable reelección del presidente Touadéra. La coalición se lanza a controlar el territorio y se acerca a la capital, Bangui; para ello, contarán con la participación de mercenarios de origen chadiano y sudanés.

A pesar de la situación de conflicto generalizado, las elecciones se celebraron en la fecha prevista gracias al apoyo omnipresente de la MINUSCA y el PNUD, y bajo la presión de la comunidad internacional que no aceptó un retraso en el proceso. La CPC, por su parte, impidió la apertura de los colegios electorales en las zonas bajo su control para deslegitimizar todo el proceso y acusó a Touadéra de fraude electoral con la colaboración de la MINUSCA. Al final, Touadéra ganó en primera vuelta con un 53,2 % de los votos emitidos, pero que representaron un porcentaje muy reducido de los inscritos y, por tanto, minaron también su legitimidad. A pesar de ello, la comunidad internacional apoyó sin fisuras la elección de Touadéra para el nuevo mandato como única opción para el futuro del país. Francia no tuvo otra opción que aceptar, por el momento, que el intruso eslavo fuese ganando influencia en lo que consideraba sus dominios.

Ante el avance de las fuerzas de la CPC hacia la capital, Touadéra echó mano del apoyo ruso, que incrementó su presencia en el territorio, y también firmó un acuerdo con Ruanda para el envío de fuerzas bilaterales, no incluidas en el marco de la misión de paz de la MINUSCA, con una clara voluntad ofensiva y de reconquista del territorio. El 13 de enero de 2021, la coalición llegó a los barrios periféricos de Bangui, pero la superioridad aérea proporcionada por los helicópteros rusos y la colaboración de estos con las FACA y la MINUSCA lograron repelerlos. En los días sucesivos, las fuerzas gubernamentales consiguieron ganar terreno alrededor de la capital, pero no así liberar el paso de los camiones por la MSR1, la única gran ruta comercial que conecta Bangui con el puerto de Duala, en Camerún. El corte de este eje, verdadero cordón umbilical por el que se abastece la capital, provocó un incremento importante de los precios de los productos básicos y amenazó con ahogar la ciudad.

Con el transcurso de los meses, el Gobierno, con ayuda de los contingentes ruso y ruandés, ha ido recuperando una buena parte del territorio, tomando el control de ciudades clave como Bria, Kaga-Bandoro y Markounda entre otras, reabriendo el eje comercial de Camerún y recuperando algunas zonas mineras importantes (ver mapa). Tras los sangrientos choques iniciales entre las dos partes, la dinámica posterior ante el avance de las tropas gubernamentales ha sido más bien de una retirada progresiva de los grupos rebeldes y su atrincheramiento en ciertas zonas mineras de difícil acceso.

La dinámica actual no ofrece grandes oportunidades a la esperanza. La retórica del gobierno es la de la guerra y el rechazo de toda negociación. La posibilidad de recuperar el espíritu de los acuerdos de paz parece remota y la sociedad civil centroafricana permanece callada y dividida ante la situación. Es de esperar que en algún momento se estabilicen las líneas de frente ante la incapacidad de unos y otros de controlar el país y que la situación se empantane de nuevo. Un suma y sigue que hunde la República Centroafricana cada día más en el pozo del subdesarrollo y la pobreza.

Fuente: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/e/ec/War_in_Central_African_Republic.svg

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

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Hasta marzo de 2021 fue Director de Oxfam Intermon en República Centroafricana donde ha trabajado durante cinco años. Ingeniero de Telecomunicaciones, en 2006 deja su trabajo en Orange para incorporarse al mundo humanitario de la mano del Servicio Jesuita al Refugiado, especializándose en contextos de crisis. La vida le llevará a Chad, Mozambique, Sudán del Sur y, finalmente, a la República Centroafricana.
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