Yemen es una de las más antiguas cunas de la civilización del Próximo Oriente. Tierra próspera, la Eudaimon Arabia o Arabia Felix de los textos de Ptolomeo, alcanzó su máximo esplendor como Reino de Saba, el de su misteriosa reina y su amorosa relación con el rey judío Salomón. Tras sucesivas civilizaciones que florecieron al abrigo de un lucrativo tráfico de especias, el territorio entró en la órbita islámica bajo el control e influencia de los califatos de Damasco y Bagdad. Un emirato de la dinastía zaidita, una rama del islam chiita, se mantuvo durante siglos como reino, con periodos temporales de sumisión al Imperio otomano y a la dinastía saudí. La presencia colonial vino de la mano de los británicos, que en 1839 se instalaron en el sur, en la región de Adén.

Durante la Primera Guerra Mundial, Yemen alcanza la independencia en 1918. Tras ingresar en la Liga Árabe y en la ONU, el último rey es derrocado en 1962 y se establece la República Árabe de Yemen, conocida como «Yemen del Norte». Mientras tanto en el sur, en la región de Adén, el dominio colonial británico, tras años de violencia y de ataques guerrilleros, dio paso en 1967 a la República Democrática Popular de Yemen, o «Yemen del Sur», el primer Estado árabe de orientación marxista, con el apoyo de la Unión Soviética. Tras enfrentamientos diversos entre los dos Estados y la caída de la Unión Soviética, ambas repúblicas avanzaron hacia la reunificación y en 1990 acabaron fusionándose en una, la actual República de Yemen.

LOS ORÍGENES DEL CONFLICTO

La «Primavera Árabe» yemení

En 2011, en el contexto de una serie de revueltas y protestas acaecidas en todo el mundo árabe (Primavera Árabe), los yemeníes se rebelaron contra el régimen del presidente Alí Abdalá Salé con manifestaciones pacíficas que fueron violentamente reprimidas por el Gobierno. El presidente se vio forzado a abandonar el poder tras 33 años en él (primero, como presidente de Yemen del Norte y, luego, de la República Árabe de Yemen) entre acusaciones de cleptocracia, corrupción y gobernanza fallida.

En su destitución desempeñaron un importante papel los huthis (en adelante, hutíes), grupo rebelde armado del norte del país y uno de los principales agentes políticos en el actual conflicto. La relación de los hutíes con el presidente Salé ha sido una suerte de montaña rusa: unas veces, su aliado y otras, su enemigo; acabarían asesinándole años después de su retirada, tras acusarlo de traición.

Una transición fallida

Tras la salida repentina de Salé, el vicepresidente Abd Rabbuh Mansur al-Hadi asumió la Presidencia a finales de 2011 con el objetivo de alumbrar una nueva etapa de apertura política y abrir un proceso de transición en el país. En el marco de una Conferencia Nacional de Diálogo, pretendía abordar los asuntos relativos a la gobernanza, la estructura territorial y la reforma del Estado, así como dar respuesta a las reivindicaciones surgidas de las protestas populares.

Tras dos años de consultas, la conferencia presentó un proyecto de estructura federal que dividía Yemen en seis regiones, sin tener en cuenta las reivindicaciones relativas a la distribución de los recursos naturales, el peso de las regiones comerciales o agrícolas, o el acceso a los puertos. El proyecto de reforma recibió un apoyo popular mínimo y, en particular, la firme oposición de los hutíes, para quienes el cambio a un régimen autonomista significaba una menor participación en la riqueza nacional, a la vez que les privaba de una salida al mar, que consideraban esencial.

La protesta acabó en insurrección y en el golpe de Estado de 2015, con la toma del palacio presidencial por parte de los hutíes, la disolución del Parlamento y el fin de la administración de Hadi, al que llegaron a expulsar de la capital Saná, obligándole a refugiarse en la ciudad portuaria de Adén junto con sus ministros y, posteriormente, a exiliarse en Arabia Saudí.

GUERRA CIVIL

Fue entonces cuando, a petición del depuesto presidente Hadi, una Coalición de Estados árabes encabezada por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos intervino con el objetivo de restaurar en el poder al gobierno reconocido internacionalmente y por las Naciones Unidas. Esta operación —llamada «Tormenta Decisiva»— señaló el comienzo de un conflicto armado abierto, mediante una campaña de bombardeos aéreos contra los hutíes. Sin embargo, cinco años de operaciones militares no han resultado suficientes para doblegarlos.

Los rebeldes ocuparon estratégicamente nuevos territorios en sus avances hacia el sur y establecieron su poder en nueve de las veintidós provincias de Yemen. Con ello, llegaron a controlar elementos clave como el puerto de Hodeida, en el mar Rojo, receptor del 80 % de las importaciones y centro neurálgico para el abastecimiento del país. Otro golpe audaz fue su ataque con drones, en septiembre de 2019, a las principales plataformas petrolíferas de Arabia Saudí, el cual obligó a reducir a la mitad su volumen habitual de producción, casi el 6 % de la producción mundial. Sigue sin aclararse el grado de participación de Irán en la operación, si bien se presume su colaboración, dada la envergadura de la acción.

Por si fuera poco, y aprovechando la debilidad del Gobierno nacional y el fracaso de las reformas federalistas que se intentaron durante la transición, los grupos y las milicias separatistas, aglutinados en torno al Consejo de Transición del Sur, alimentaron el sueño secesionista. Contaron con el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos, un país que ha desempeñado un papel ambiguo en la crisis, al ser, por un lado, aliado del Gobierno en su lucha contra los hutíes y, al mismo tiempo, al alentar las aspiraciones de los secesionistas del sur contra el Gobierno.

Finalmente, el Gobierno, con el apoyo de la coalición árabe, alcanzó el denominado «Acuerdo de Riad» (noviembre de 2019) por el que se prometía a los separatistas su integración en el Gobierno nacional, de modo que se abortaba temporalmente la aventura secesionista.

Reuters.

Meses después del citado acuerdo, la situación ha empeorado en todos los frentes: los separatistas del sur vuelven a la carga proclamando la “autodeterminación” en las zonas bajo su control (abril de 2020), la coalición árabe está herida de muerte por los intereses divergentes de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, que ya controla, con el apoyo de las milicias separatistas, el estratégico puerto de Adén y el de la mítica isla de Socotra. Y los rebeldes hutíes lanzan la mayor escalada militar en dos años (octubre de 2020), en la estratégica ciudad de Hodeida, poniendo en grave riesgo el frágil Acuerdo de Estocolmo de finales de 2018. Podemos concluir que tras cinco años de guerra, el conflicto está militarmente estancado y no hay visos de una solución negociada.

En el terreno diplomático, Trump empeoró la situación al declarar a los huties “grupo terrorista” al final de su mandato. Biden, en cambio, apuesta por la diplomacia y ha retirado el apoyo militar estadounidense a la coalición saudí.

En marzo 2021 se ha producido un intento serio de poner fin al conflicto. Arabia Saudí ofrecía un “alto el fuego global” supervisado por NN.UU., la reapertura del aeropuerto de la capital Saná y el acceso de combustible y alimentos a través del puerto de Hodeida. Los hutíes lo han rechazado, al exigir previamente el levantamiento del bloqueo aéreo y marítimo por parte de Arabia Saudí. Las operaciones militares se han recrudecido.

QUIÉN ES QUIÉN EN EL CONFLICTO

Los hutíes

Un emirato zaidita gobernó Yemen del Norte, bajo un sistema conocido como «imanato», durante casi mil años, hasta 1962, momento en el que se produjo la caída de la monarquía. Los herederos de esa tradición política y religiosa acabaron confluyendo en la constitución de un grupo rebelde conocido como Ansar Allah (‘Partidarios de Dios’). El nombre de hutíes proviene de su fundador Hussein Badr al Din al Huti, líder del primer alzamiento en 2004, que pretendía recuperar el peso perdido en el noroeste del país y, asimismo, proteger la religión zaidita y sus tradiciones culturales, que consideraba amenazadas por los islamistas sunitas.

Sus orígenes se enmarcan como grupo de resistencia antisaudí y su papel deviene relevante en las protestas de la Primavera Árabe, que dan inicio a los acontecimientos de la guerra civil descritos anteriormente. Su salto cualitativo de grupo político reivindicativo a grupo armado rebelde es un factor determinante en el desarrollo del conflicto.

Desde el principio, cuentan con la simpatía y el apoyo de Irán, aunque estos lo desmientan formalmente, pero no se entenderían el arsenal militar ni la financiación del grupo rebelde sin el concurso de una gran potencia como Irán.

Coalición internacional de países árabes

La creó Arabia Saudí a principios de 2015 a petición del gobierno de Yemen, cuyo presidente Hadi acababa de ser depuesto en la ofensiva de los hutíes sobre la capital Saná, para combatirlos. El objetivo no es otro que reponer en el poder a su aliado yemení (ya en el pasado, Yemen estuvo vinculada a la monarquía saudí) y contrarrestar la influencia de Irán en la región, para evitar lo sucedido en Siria, Irak o Líbano, donde los chiíes detentan el poder y convierten a sus gobiernos en cómplices de la estrategia iraní.

La coalición cuenta con el liderazgo de Arabia Saudí y el apoyo de Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Baréin, Catar y otros en menor medida, todos en la órbita suní. En el campo “occidental”, la coalición es respaldada por Estados Unidos, que ha prestado importante apoyo logístico a su aliado saudí, así como por el Reino Unido y Francia, aunque con menor implicación.

Los separatistas del sur

Aglutinados principalmente en torno al denominado «Consejo de Transición del Sur», centraron su objetivo en celebrar un referéndum de autodeterminación para el antiguo Yemen del Sur. El fracaso de los intentos de reformas federalistas durante la transición dio alas al movimiento separatista y sus milicias, con la complicidad de los Emiratos, que buscaban expandir su poder geopolítico en la región, mediante el establecimiento de bases militares navales en el Cuerno de África, y el control de los puertos, las rutas marítimas y las islas próximas.

ALGUNAS CLAVES PARA ENTENDER EL CONFLICTO

1- El factor estratégico

Yemen, orientado hacia el mar Rojo y el golfo de Adén, es una zona fundamental para controlar el suministro de hidrocarburos en el mundo, en particular para los intereses energéticos de Estados Unidos y Europa. Por sus aguas circulan casi cuatro millones de barriles de petróleo al día.

2- Una gobernanza fallida

El régimen autocrático instaurado por el presidente Salé en sus 33 años en el poder estaba basado en un clientelismo de familias, clanes y tribus, cuyas alianzas utilizaba y dividía en función de los intereses en juego. A ello se añadía el dominio casi absoluto de su partido, el Congreso General del Pueblo, en el Parlamento y las instituciones. La bonanza económica de las décadas ochenta y noventa por las rentas del petróleo permitieron una cierta estabilidad, pero los posteriores enfrentamientos con los hutíes y las revueltas de la Primavera Árabe acabaron en su derrocamiento.

Una suerte parecida le acaeció a su sucesor y actual presidente en el exilio, Hadi, con el fracasado proceso de transición. No obstante, su Gobierno mantiene el reconocimiento internacional y de las Naciones Unidas.

3- La fractura territorial

La fusión de los dos Yemen (Norte y Sur) que dio lugar a la nueva República resultó un tanto forzada y asimétrica: se sintió más como una absorción del sur por el norte que una verdadera fusión. Los intentos durante la transición de equilibrar la situación resultaron fallidos y la brecha entre los territorios de los dos antiguos estados se ha consolidado.

4- La lucha por la hegemonía política regional

Arabia Saudí, como líder de la coalición árabe, es el principal aliado del presidente depuesto y al que busca reponer. Irán, como potencia antagónica en la región, es el principal apoyo del movimiento hutí. Ambos juegan sus cartas en la región en un episodio más por liderar la hegemonía política en todo el Próximo Oriente. Yemen es, en gran medida, el teatro de operaciones donde se ventilan los intereses más globales de dos visiones geopolíticas enfrentadas.

Como ha ocurrido en los conflictos de Siria e Irak, ambas potencias libran en diferentes escenarios lo que se ha denominado «guerras por procuración o delegación», apoyándose en sus «grupos confesionales» locales para las operaciones sobre el terreno: Arabia Saudí y el Gobierno yemení comparten la misma causa suní, mientras que Irán vuelca su apoyo al movimiento huthi, ambos en la órbita chiita.

5- Los intereses de las grandes potencias

Tanto Estados Unidos como Europa persiguen objetivos basados en la “seguridad”: seguridad energética y de las rutas marítimas, por las que circula el mayor tráfico mundial de petróleo, y también seguridad política ante la amenaza del terrorismo yihadista. Ante la debilidad del Gobierno nacional, Yemen se convirtió en territorio apetecible para los objetivos del islamismo radical: Al Qaeda instaló en Yemen una de sus bases estratégicas y ha regado el territorio de ataques terroristas; el Estado Islámico intentó hacer de Yemen una de las principales “provincias” de su quimérico Estado. Al Qaeda sigue viva, mientras que el Estado Islámico se ha visto arrastrado a su declive actual.

6- El factor “religioso”

El conflicto hunde sus raíces en la rivalidad religiosa ente chiitas y sunitas, con diferencias ancestrales que arrancan en el año 632 con las luchas internas por la sucesión del profeta Mahoma, lo que comenzó como una disputa entre dos vertientes del islam divididas desde entonces. El islam sunita es claramente mayoritario en el mundo árabe, mientras que el chiismo se concentra en Irán, con tentáculos de influencia en toda la región y, en particular, en Irak y Líbano. En el caso de Yemen, el 47 % de la población pertenece a la rama chií y el 53 %, a la suní.

No obstante, la rivalidad en Yemen no ha sido particularmente violenta en lo religioso. Según algunos analistas, el zaidismo es el grupo más moderado del islam chiita, que incluso en tiempos pasados mantuvo unas relaciones pacíficas de convivencia con los suníes locales. Ha sido en tiempos recientes, al calor de un sentimiento de marginación de su comunidad respecto de su pasado de siglos de poder zaidita, cuando se han visto arrastrados a una lógica identitaria y reivindicativa frente a lo que consideran «usurpación sunita». Conviene recordar que un emirato zaidita estuvo en el poder hasta su caída en 1962 y que la constitución de la República comportó una pérdida de poder zaidita, así como un auge del sunismo salafista, tanto en los partidos políticos como en el control de las mezquitas.

UNA CATÁSTROFE HUMANITARIA

La situación de Yemen constituye, según las Naciones Unidas, el «peor desastre humanitario» causado por el ser humano. Algunas cifras ayudarán a entenderlo:

Cerca del 80 % de los veintiocho millones de yemeníes necesitan asistencia humanitaria urgente, catorce millones de personas sufren inseguridad alimentaria y casi dieciocho millones no tienen acceso a agua potable. La malnutrición aguda grave amenaza la vida de unos 400.000 niños menores de cinco años. Save the Children ha alertado sobre una desnutrición infantil casi endémica, lo que deja a 100.000 menores de cinco años entre la vida y la muerte. Solo la mitad de las 3500 instalaciones sanitarias del país funcionan, lo que significa que diecinueve millones de personas carecen de asistencia médica básica. La guerra ha forzado a tres millones y medio de personas a huir de sus hogares, de los cuales dos millones continúan desplazados. La hambruna y las epidemias de cólera han causado estragos, sobre todo entre la población infantil, dada la destrucción de los sistemas de alcantarillado y saneamiento. Ahora se teme que el coronavirus y otras enfermedades como el dengue completen la tragedia.

Foto de Ahmad Al-Basha vía Getty Images.

La reconstrucción de un Estado fallido en lo político, devastado en lo económico, destrozado en sus infraestructuras y con buena parte de su rico patrimonio cultural arrasado… requiere de una ayuda masiva por parte de la comunidad internacional. Las cifras, sin embargo, están muy lejos de las contribuciones que las Naciones Unidas solicitan a la Conferencia de Países Donantes. En 2019, de los 2600 millones de dólares comprometidos apenas se desembolsaron la mitad y, en 2020, el compromiso se ha quedado en 1350 millones, de los que solo se ha recibido un 24 %. En palabras de Lise Grande, coordinadora humanitaria de las Naciones Unidas para Yemen: «Vamos a tener que cerrar nuestros proyectos en 189 hospitales que la ONU apoya en el país» por falta de fondos.

PERSPECTIVAS DE FUTURO

La situación está lejos de encarrilarse. Aún no se atisba la luz al final túnel. Para ello, se necesita que se cumplan algunas premisas:

-una desescalada militar del conflicto que dé paso al silencio de las armas. Tras cinco años de guerra, la solución armada está estancada. No hay un vencedor claro, ni perspectivas de que lo haya. La creciente percepción de ese agotamiento podría servir de acicate para buscar otras salidas.

-la implementación gradual de “medidas de confianza” (intercambio de prisioneros, treguas…) que reduzca la tensión entre las partes y ayuden a superar las desconfianzas mutuas.

-dar forma al convencimiento de que la vía política, basada en una negociación que culmine en la integración y la participación de todas las partes en el conflicto, es la única solución. Pero las posiciones siguen muy alejadas.

-las tendencias geopolíticas en el mundo árabe y la rivalidad crónica entre Arabia Saudí e Irán no ayudan. La constatación de que el actual enquistamiento no aporta réditos a ninguna de las dos potencias podría propiciar una apertura de negociaciones entre los yemeníes, que solo se iniciarían con el visto bueno de sus respectivos patronos.

Una nota personal. En marzo de este año tuve ocasión de participar en un encuentro con la comunidad yemení en Bruselas, organizado por la UNESCO, sobre los proyectos en marcha para la reconstrucción del país. Los datos, abrumadores, invitaban al desaliento, pero el contacto con el capital humano representado en unos 150 yemeníes, en su mayoría jóvenes, me deparó una sorpresa inesperada: si grande era la tarea que realizar, mayor era el entusiasmo transmitido por unos ciudadanos deseosos de volver a su país para participar en su restauración. Que así sea y que sea pronto.

Organizaciones que trabajan en el terreno


Armas Bajo Control

Las ONG de la campaña “Armas Bajo Control” (Amnistía Internacional, FundiPau, Greenpeace y Oxfam Intermón) exigen al al Gobierno español que suspenda la venta de armas en los países de la coalición saudí que bombardea Yemen. Desde el inicio del conflicto en el 2015, más de 12.000 civiles han muerto como consecuencia de los enfrentamientos y al menos cuatro millones de personas han tenido que huir de sus hogares. Las partes en conflicto siguieron cometiendo con impunidad violaciones del derecho internacional humanitario y abusos contra los derechos humanos.

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Doctor en Filosofía y Letras y Licenciado en Derecho. Ha sido profesor de Antropología Cultural en la universidad y, en su actividad política, parlamentario en el Congreso de los Diputados durante cinco legislaturas. Sus áreas de dedicación han sido especialmente la Unión Europea, los países mediterráneos, el Magreb y el Próximo Oriente. Ha participado como observador electoral en Rusia, países del Este y Territorios Palestinos. En la Junta de Andalucía fue Director General de Políticas Migratorias y Secretario General de Acción Exterior. Finalmente, Director del Instituto Cervantes en Praga.
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