En la película Batman v. Superman (2016), antes de que empiece el desenlace de la trama, Lex Luthor le dice a Superman: «Si Dios es todopoderoso, no puede ser infinitamente bueno, y si es infinitamente bueno, no puede ser todopoderoso». La frase es un poco forzada y descoloca (la propia película no recibió las mejores críticas en su momento), pero hace referencia a un debate recurrente: la posibilidad de la coexistencia del mal y Dios.

El «problema del mal» es tan antiguo como la idea de Dios. Siempre nos ha costado admitir que puede existir un Dios todopoderoso, infinitamente bueno, que lo conoce todo y, a la vez, la enfermedad, los desastres naturales y los genocidios. Esta paradoja está expresada en el trilema de Epicuro: si Dios lo puede hacer todo, lo sabe todo y quiere el bien absoluto, el mal no debería de existir. Pero como el mal existe, Dios no puede existir si lo definimos de esta manera.

Evidentemente, esta paradoja no es un punto final y ha tenido muchas réplicas y réplicas de las réplicas. Es necesario definir, por ejemplo, qué es el mal o la omnipotencia de Dios y, sobre todo, es necesario pensar en las implicaciones que conlleva el hecho de la creación. Dios, por definición, es perfecto. Por lo tanto, si Dios crea algo (distinto a él), su creación no podrá ser perfecta. Por esto, en la creación también aparece el mal.

Esta afirmación, que es obvia pero que nos cuesta tanto admitir, está en el centro de muchos dilemas cotidianos. La condición de ser criaturas y no dioses tiene que ver, por ejemplo, con cómo entendemos al ser humano. Nosotros no somos dioses y, por lo tanto, estamos capacitados para generar el mal. Por desgracia lo experimentamos a menudo. Del mismo modo, podemos preguntarnos por el resto de la creación. ¿Es buena la creación de Dios? Tal como dice el Génesis, sí. Ahora bien, ¿el mal se hace presente en la creación de Dios? Sin duda. La naturaleza, sin incluir al ser humano, no es buena por cómo es o por lo que nos da. La naturaleza es buena porque es obra de Dios.

A menudo tenemos el peligro de caer en una visión romántica de la realidad y pensamos que la naturaleza es el ideal al que deberíamos aspirar. No es cierto, pese a que muchas corrientes de pensamiento dentro del ecologismo parezca que lo defiendan. La creación es un gran don de Dios, pero también es creación la ley del más fuerte en la lucha por la supervivencia. La creación también es el débil ratón de campo descuartizado por la lechuza, del que arranca sus diferentes partes para alimentar a sus crías. La creación también es sufrimiento, enfermedad, parasitismo, extinciones por causas naturales, la cadena trófica con depredados y depredadores, los seres humanos y las atrocidades que cometemos y, naturalmente, la muerte.

Hay unas cuantas buenas preguntas que nos podemos hacer sobre esto. Por ejemplo, así como los seres humanos estamos llamados a la plenitud y a liberarnos del mal en nuestras vidas, ¿qué es la liberación y la plenitud a la que toda la creación está llamada? ¿Es la imagen del ternero y la cría de león paciendo juntos en el prado? Es muy interesante que nos lo preguntemos y que nos preguntemos si algo así es posible.

Otra pregunta interesante es sobre la opción preferencial por los pobres que nos pide, por ejemplo, la encíclica Laudato si’. ¿Qué sitio ocupan los pobres, si tomamos como modelo el funcionamiento de la naturaleza? ¿Los «inadaptados», los enfermos, los abandonados, los «defectuosos», los que «sobran», los que no pueden ir al mismo ritmo que la mayoría, los que ya no pueden producir ni asegurarse su propia supervivencia, tendrían sitio en «el mundo ideal» regido nada más por las leyes naturales?

Efectivamente, la naturaleza es un libro desde el que Dios nos habla, pero la naturaleza no es suficiente para hablar de Dios. Aunque hay atalayas desde las que se pueda afirmar la armonía casi hedonista de todo lo creado, cuando los pies y las manos tocan el sufrimiento y la muerte del mundo, aparece más viva que nunca la necesidad de redención y liberación de la esclavitud que conlleva no ser dioses. Cuando los pies y las manos tocan el sufrimiento y la muerte del mundo solamente aquel que ya ha sufrido y muerto aparece como la única esperanza para encontrar sentido en el mundo real.

El gran peligro del ecologismo de los ricos es olvidar esto, olvidar el ecologismo de los pobres. Al ecologismo de los ricos le encanta «fruncir el ceño cuando ve comportamientos que le parecen del todo inadecuados», como dicen los Manel. Pero es muy fácil dar lecciones desde las burbujas de opulencia en las que vivimos. ¡Qué poco sentido tiene salvar la vida de una ballena cuando a pocos quilómetros tierra adentro hay personas muriendo de hambre! ¡Qué poco sentido tiene no comer animales o reciclar cuando se vive en una sociedad que para mantener su nivel de consumo necesitaría más de siete planetas como la Tierra! La encíclica Laudato si’ no se cansa de repetir que todo está conectado. Ojalá lo podamos tener presente cuando pidamos justicia para el planeta para asegurarnos de que también luchamos por la justicia de los más abandonados.

[Imagen extraída de Wikimedia Commons]

¿TE GUSTA LO QUE HAS LEÍDO?
Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Con tan solo 1,5 € al mes haces posible este espacio.
Jesuita. Está terminando los estudios de teología en la Jesuit School of Theology de Berkeley. Antes, estudió Ciencias Ambientales en la Universidad Autónoma de Barcelona. Le interesa mucho la reflexión sobre la ecología integral y la justicia ambiental. Actualmente, forma parte del Comité de Concienciación sobre el Cambio Climático de su facultad.
Artículo anteriorCOVID, incertidumbre y desigualdad
Artículo siguienteHonduras: un país roto

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here