Mientras el mundo desarrollado vuelve a correr al ritmo que le permite la vacuna (a veces ansiando alcanzar algo que había dejado atrás), hace unos días nos llegaba la noticia de que Cristiano Ronaldo iba a jugar un partido en Ceuta. En realidad, se trataba de la publicación de un falso rumor que había circulado como señuelo para que los niños marroquíes cruzaran hacia España. ¿Qué podía hacer Cristiano en Ceuta?, nos preguntamos. Y la respuesta era: nada. Se trataba, una vez más, solo de la imagen de Cristiano, de su cromo futbolístico, esta vez en calidad de trampa. Una bolsa de caramelos al otro lado del bosque, aun sabiendo que en este hay lobo encerrado. Tampoco había abuelita que esperara en su casa a esos chavales para darles la merienda.

Si enviamos a los niños en medio de sombras y aguas desatadas es que seguramente nos importa ya muy poco lo que pueda sucederles. Quizá los hemos empezado a ver como potenciales competidores y sustractores de bienes, como rivales por el botín ordeñable a este momento de la historia. Parecidos a esos delfines a los que matamos porque les encantan los mismos peces que a nosotros. “No tengo planes más allá de esta cena”, cantaba Amaral, pero ahora entonado por una sociedad demasiado preocupada por lo inmediato. Una forma geopolítica de “solucionar” la cuestión de la superpoblación mundial: ¿qué más da si desaparecen algunos niños intentando cruzar las fronteras? Con un poco de suerte lleguen al otro lado, y nuestra conciencia quede tranquila imaginando cómo comen toneladas de perdices. Si no, al menos su imagen encerrada servirá para dañar al gobierno cuya fama conviene ensuciar. Hay muchas “ventajas” en la utilización de estos niños-ariete, y eso mismo nos descubre ─pepita de oro de esperanza─ que seguimos conservando un remanente de empatía por lo que les ocurra.

Pero, además de todos los análisis políticos, la sucia treta de sacar el cromo de Cristiano revela algo profundo en lo que vale la pena detenerse, y que nos ayuda a hacer nuevas traducciones del Evangelio.

Es ya clásica la glosa de los pasajes en que Jesús hace referencia a los niños: no se trata de verlos como los consideramos hoy en nuestras sociedades desarrolladas ─sobreprotegidos y mimados─, sino como los pequeños del s. I de nuestra era, que eran nadie porque aún no eran fuerza de trabajo. Sin embargo, dice Jesús, los niños tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios, junto a viudas y extranjeros, precisamente por ser últimos. Es la mejor tradición de Yahvé riéndose de Marción. Pero, si cambiamos simplemente “niños” por “últimos”, ¿no estamos perdiendo algo específicamente suyo en la traducción? ¿O hay alguna dimensión más en que el último sea el niño?

El partido trampa de Cristiano en Ceuta revela que el niño sigue siendo el gran vulnerable en otro sentido, y los adultos los grandes responsables también a ese respecto: los niños serán, siempre, los últimos llegados al mundo de los sueños. Su fragilidad también se muestra en que sus sueños están brotando ahora, en este momento. Es la vida en carne viva. Su alma titila frente a cada posible referente, ante todo aquello que le deslumbra, que despierta admiración. Adulto es, por contra, el ser que solo cambia de rumbo si se estrella. El adulto es, fundamentalmente, alguien ya tejido. Y sin embargo son estos seres ya muy macizos los responsables de sembrar sueños en los niños. El adulto es el que sabe que un partido de Cristiano o una fiesta en Ceuta tienen la capacidad de llevarse a un niño pobre de su casa, como el hombre del saco. No es difícil imaginar a Jesús clamando que más le valdría, a quien hace eso, que le “ataran una piedra de molino al cuello y lo arrojaran al mar”.

El ser básicamente consolidado y muy macizo que es el adulto no necesita cambiar de rumbo a no ser que se estrelle, pero esa dirección tan tierna aún del niño le concede una posibilidad a través de la cual seguir mejorándose: el adulto puede soñar todavía pensando y proponiendo sueños para niños; consistentes, que nutran y que den felicidad. Si, encima, dejamos que se acerquen a Jesús, el Entusiasta, permitimos que ese campo abonado para los sueños se llene de expectativas y tareas que sí podrían merecer que en un momento dado abandonasen su hogar, caminando a su lado. Porque son expectativas y tareas que abren a la vida abundante de Dios.

Qué vergüenza y qué fracaso ver cómo el flautista de Hamelin podría ser hoy Cristiano Ronaldo, tocando el balón en Ceuta. Pero también pensar que ni verlo aparecer en el salón de casa serviría para que algunos de nuestros hijos levantasen la mirada de la tableta.

[Imagen de Darvin Santos en Pixabay]

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Jesuita en formación. Estudia 3º de Teología en la Universidad Pontificias de Comillas y vive en el barrio de la Ventilla (Madrid). Colabora en la pastoral universitaria en la Comunidad Francisco Javier y con la ONG Pueblos Unidos, dentro del programa Baobab.
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1 COMENTARIO

  1. Wow. Quien pensaria. Yo pensaba que Cristiano prefiere algunas islas paradisiacas para pasar vacaciones. Seguramente tuvo una buena razon por la que estaba ahi. 🙂

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